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El derrumbe y el desmembramiento de la Unión Soviética


El voluminoso libro de Serhii Plokhy, nacido en Nizhni Nóvgorod en 1957, estudiante en Zaporiyia (Ucrania), catedrático de Historia de Ucrania en Harvard y autoridad mundial en política e historia sobre las repúblicas soviéticas, analiza los acontecimientos decisivos que condujeron al desmembramiento de las repúblicas que formaban la URSS. Originalmente su publicación es de 2014.

El tema adquiere otra notoriedad actualmente, debido a los avatares electorales, y a cierta crítica de parte de la izquierda para quien entiende que todo el proceso soviético —desde la revolución rusa de 1917 y Lenin, hasta su implosión más o menos silenciosa, pasando, por supuesto, por los crímenes del estalinismo— es un tema aún no resuelto, y que, además, es un tema que pesa aún entre toda la izquierda, como si fuera un lastre. La defensa entusiasta de sus primeras medidas —sobre todo después de tener que enfrentar una intervención militar de trece países, coaligados contra el naciente gobierno de los soviets—, como la Nueva Política Económica o la electrificación del país, y también la victoria militar sobre el nazismo, no pueden opacar los errores políticos, las desviaciones autoritarias, el culto a la personalidad o la falta de libertad, y el estancamiento y el posterior fracaso económico.

Desde la introducción el autor nos adelanta algunas de las causas de esta implosión: “la derrota en la carrera armamentista, el declive económico, el movimiento democratizador y la quiebra del ideal comunista”. Otros factores para la desintegración territorial pueden ser “la composición multiétnica y la estructura pseudo federal del estado”. Sobre la cuestión étnica, que será un punto importante en la descomposición de la unión política, “la Unión Soviética era, en realidad, una amalgama de naciones que Moscú controlaba alternando la fuerza bruta con la tolerancia hacia sus peculiaridades culturales. La represión fue, sin embargo —dice el autor—, la tónica del período soviético”.

Este autor, que escribe desde Occidente, y basa la información sobre todo en fuentes estadounidenses, algunas de uso restringido, ayudado por algunas entrevistas a ex funcionarios soviéticos que tuvieron cierta participación en los hechos analizados, a menudo desliza opiniones suyas y las reafirma con algunas aseveraciones de sus entrevistados, extractos de artículos de prensa o párrafos de las Memorias de los principales protagonistas de este libro: Mijaíl Gorbachov y George H. W. Bush. Hay, también, importante documentación: documentos desclasificados de la biblioteca presidencial de Bush, archivos del Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, transcripciones de entrevistas y conversaciones telefónicas entre Bush con otros dirigentes (Gorbachov, Yeltsin, Kravchuk), junto a otras fuentes primarias y entrevistas. Intercala, en una exposición “como para todo público”, algunas anécdotas que buscan humanizar el relato pero que, sin embargo, le quitan seriedad.

El análisis se centra, específicamente, en el periodo comprendido entre finales de julio y finales de diciembre de 1991, y la importancia de Ucrania en el devenir del proceso soviético y ruso, y tras su lectura vemos en qué medida los Estados Unidos aprovecharon las circunstancias políticas —iniciadas por la caída del Muro de Berlín— y “empujaron” a la caída del comunismo y aún más, pretendieron hacer creer a los estadounidenses, y al resto del mundo, que la victoria de la Guerra Fría había sido gracias a los Estados Unidos, como si las condiciones concretas de este derrumbe no hubieran existido. Sin embargo, en los hechos, Estados Unidos se erigió como única potencia y desde ahora todos los males de la  humanidad ya no se le pueden achacar a ningún otro sistema social, político y económico que no sea el capitalismo y su variante neoliberal.

Una visión (Chernaiev) de alguien cercano al mandatario: “Gorbachov era un visionario que había cambiado su país —y el mundo— para mejor. Además era, en el fondo, un demócrata, aunque no se había sometido nunca a las urnas ni había sabido marcharse a tiempo”

El autor nos habla de imperio —y por ende su caída como El último imperio— y lo hace en el mismo sentido de los imperios del siglo XVIII y XIX, como el austro-húngaro, el otomano, el británico, el francés y el portugués. Es decir, ese imperio que invade y conquista nuevos territorios e impone su ley. “Mi análisis parte de la premisa de que el poder imperial es incompatible con la democracia…”, afirma el autor, y señala que esto pasó en la ex URSS.

Reestructuración y transparencia
La caída de la URSS “fue un proceso iniciado e impulsado desde arriba”, nos dice el autor, un proceso efectuado por las élites políticas, desde la temprana “glásnot” (transparencia, aplicada al no control de los medios de comunicación), y la “perestroika” (reestructuración, descentralización de la economía). Pero para Estados Unidos el proceso entero fue mirado con cautela, sobre todo por el temor de que los misiles nucleares pudieran quedar en manos no muy amigables. Se asegura que “la perestroika destruyó la vieja estructura económica del país antes de que los mecanismos del mercado pudieran consolidarse y producir resultados. La glásnot molestó profundamente al aparato del partido, que ya no ejercía un control total sobre los medios de comunicación: por primera vez desde 1917, podía recibir críticas con libertad. Las dificultades económicas se agravaron y las condiciones de vida empeoraron en poco tiempo”.

Mientras tanto, el 31 de julio de 1991 se firma el Tratado para la reducción y limitación de armas estratégicas ofensivas (Start I), y con ello Europa del este evolucionó cada uno de los países a su manera, dentro de la llamada doctrina Sinatra (política soviética de permitir a los países vecinos del Pacto de Varsovia resolver sus asuntos internos y fijar su evolución política). Ya desde 1987 había habido un acuerdo para limitar arsenales y desmantelar misiles nucleares de medio alcance en Europa, firmado por Gorbachov y Reagan. “Las armas nucleares desempeñaron un papel decisivo en la Guerra Fría: la llevaron a los momentos más tensos y de mayor peligro para el mundo, pero también evitaron un enfrentamiento directo entre Estados Unidos y la Unión Soviética […] pues el riesgo de destrucción total era demasiado grande”.

Otros mojones de la carrera armamentística historía la creación de la Bomba H (1950), la órbita del satélite Sputnik (1957), la tecnología de misiles nucleares, la crisis de los misiles de Cuba (1962, donde se acordó que la URSS retirara sus miles de Cuba y Estados Unidos de Turquía), la extensión del campo de batalla entre capitalismo y socialismo, con Asia (Corea, China, Vietnam), y la descolonización, sobre todo en Africa. A eso habría que sumarle la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE), de 1983, conocida como “Guerra de las Galaxias” (proponía un programa de investigación y tecnología para el establecimiento de un escudo defensivo ante un ataque soviético con armas balísticas estratégicas).

Gorbachov tenía malas relaciones con el complejo militar y el tratado de 1981 daba ventajas a Estados Unidos. La razón de esas desavenencias pueden explicarse: “en general, y con el consentimiento tácito de Gorbachov, la URSS ha quedado en una situación de inferioridad, puesto que el presidente soviético ha renunciado sin más a la principal ventaja militar de su país —la que tiene en misiles balísticos terrestres—, permitiendo a Estados Unidos mantener la suya en bombarderos, misiles crucero y submarinos nucleares” (artículo de Strobe Talbott, especialista en relaciones internaciones, publicado en la revista Time).

“El acuerdo START obligaba a cada uno de los dos países a restringir a seis mil el número de cabezas nucleares desplegadas contra el otro, y a mil seiscientos el número de misiles intercontinentales capaces de transportarlas”, pero además, en contrapartida, “el presidente estadounidense se comprometió a pedirle al congreso de su país que otorgara a la Unión Soviética el estatus de país favorecido en los intercambios comerciales, que hasta entonces se le había negado, alegando que violaba los derechos humanos y denegaba visados de salida a sus ciudadanos judíos” (pág. 45). Estados Unidos aplicaba entonces la política del premio y castigo para cada etapa en la que se iba acercando a sus posiciones, y muchas veces el premio se iba postergando o disminuyendo en cantidad, anulando la capacidad de respuesta.

Por ejemplo, “los soviéticos cedieron a las exigencias de Estados Unidos comprometiéndose a recortar la ayuda económica al régimen de Castro”, en una base de concesiones políticas por dólares frescos. “El mundo es cada vez más diverso y multipolar, pero tiene que haber una especie de eje rector, y nuestros dos países podrían formarlo”, es la doctrina principal que sostiene Gorbachov, intentando establecer un Nuevo Orden Mundial, teniendo enfrente a la Unión Europea, Japón, China e India, más Oriente Medio y el papel actual de Africa.

Además, la URSS tenía, al parecer, “graves problemas de liquidez”, en julio de 1991, y se habla, por primera vez, de que la URSS acuerde integrar el FMI y que este organismo, y otros, puedan efectuar un préstamo importante para resolver problemas de abastecimiento, principalmente.

Y, puntualmente, la necesidad de los Estados Unidos pasaba por negociar con Yeltsin, el nuevo hombre fuerte, a pesar de su comportamiento excéntrico aunque decidido a “cambiar radicalmente la política interior y exterior de Moscú”, tratando en todo momento de no desairar a Gorbachov y su intento democratizador pero manteniendo la unidad política y la búsqueda de un nuevo acuerdo de unión entre las repúblicas soviéticas.

 Yeltsin, el nuevo convidado
El poder efectivo, en 1989, por obra de Gorbachov, pasó “de las oficinas de los secretarios a los soviets y los parlamentos de las repúblicas”, despartidizando la conducción política. En 1980 se suprimió de la constitución soviética “el artículo que otorgaba un estatus especial al partido (PCUS, Partido Comunista de la Unión Soviética) en el Estado y en la sociedad”. Además, “el intento de Gorbachov de reformar la economía dirigida —la obra de Stalin— precipitó su derrumbe”, tras el fracaso de las medidas económicas, el desabastecimiento de bienes básicos, la mayor libertad de crítica pasada y presente al PCUS, en consecuencia, derivaron en el malestar social. Lo que quedaba de socialismo ya no podía cumplir el papel “socializante” y lo nuevo aún no terminaba de cuajar: es cuando lo viejo se resiste a morir y lo que viene aún no se sabe lo qué será.

Boris Yeltsin unió a los “partidarios más progresistas de la perestroika y los líderes del movimiento sindical” —con diputados reformistas— hasta que éste renuncia al PCUS en julio de 1990 siendo presidente del parlamento de la Federación Rusa. Hasta ese momento, “pertenecer al Partido era una condición necesaria para obtener un cargo no solo en la administración, sino también en las instituciones de enseñanza superior y en los gigantescos y bien financiados centros de investigación científica” (pág. 57). A todo eso se sumaron organizaciones independentistas bálticas, que reivindicaban su autonomía política y se sentían extrañas a la URSS (habían sido anexadas tras el pacto Ribbentrop-Molotov de 1939). Y por supuesto, Yeltsin alimentó el nacionalismo ruso hasta sus últimas consecuencias.

La primera alarma es Lituania, que intenta independizarse y se envían a los paracaidistas a las repúblicas bálticas para reprimir, mientras Gorbachov busca una fórmula para satisfacer por igual a los intereses de la república y del gobierno central. Y la situación va tendiendo hacia una dualidad de poderes, que llegado el momento cúlmine se resolverá en favor de Yeltsin.

Para la administración de Estados Unidos pronto quedó claro que “ya no bastaba negociar con Moscú: había que viajar a las repúblicas y entrevistarse con sus líderes” (su política era bien clara, intentando hacer todo lo posible para conseguir aliados y debilitar, de esa manera, el poder central). Dice el autor que “los elementos contrarios a Moscú eran numerosos pero no violentos, y posiblemente estarían dispuestos a escuchar el mensaje de Washington”, que fomenta las tendencias separatistas. En los hechos se va configurando un nuevo orden de cosas, al tiempo que todo el proceso en realidad viene a ser un periodo de tránsito, inestable, en el que van desapareciendo las instituciones soviéticas y surgen nuevos organismos o nuevas formas políticas que van llenando los huecos dejadas por aquellas. Sin embargo, quienes formaban parte del aparato del estado soviético, se mantuvieron en sus cargos, a pesar de la voltereta política y en la mayoría de los casos obtuvieron buena parte de los recursos disponibles. De allí provienen muchos de los millonarios actuales, tanto rusos como de las otras repúblicas.

 Ucrania: país nativo
Para volver al país nativo, siempre hay que ir hacia las raíces. Ya desde el nombre, Ucrania nos reclama el origen, por ello no nos llama la atención que desde allí se haya iniciado la ruptura. El sentimiento ucraniano de la época se expresa así: “Somos una nación expoliada por el gobierno de Gorbachov”, además del daño “que ha causado la Unión Soviética por su codicia”. Dos elementos para entender este sentimiento puede verse en el acuerdo de las nacionalidades de Stalin, el original de 1922 (integrada por 15 repúblicas nacionales); la actualización de 1942-1943, debido a las circunstancias de la invasión nazi; el nuevo enfoque, con más libertad, en 1956, tras los levantamientos populares en Alemania Oriental, en Polonia y Hungría, como consecuencia de la nueva política (que condena los crímenes de Stalin) del XX Congreso del PCUS. Y también que económicamente Ucrania era el granero de la Unión Soviética, produciendo el 22,3% del total de la producción agrícola de toda la URSS, casi la mitad de los cereales (fundamentalmente trigo) que se consumen en todo el país y dos tercios de la remolacha azucarera, además de otros productos.

Fue así que la visita de Bush (con motivo de la firma del tratado Start) sirvió para estrechar lazos con el presidente del Parlamento ucraniano, quien fungía como jefe de estado: “Kravchuk y los demás dirigentes decidieron aprovechar la visita de Bush para pedir dos cosas: el establecimiento de un consulado ucraniano en Estados Unidos […] y cinco mil millones de dólares de inversión”. A eso hay que agregarle la ayuda de Estados Unidos por el desastre nuclear de Chernobyl, que afectaba no sólo a la salud sino también a la producción agrícola. Existía, entre los estadounidenses, el temor de que Moscú perdiera el control de las armas nucleares.

La estrategia de la administración Bush es bien clara: “nuestro objetivo es mantener a “Gorby” en el poder el mayor tiempo posible, ayudándolo a avanzar en la dirección adecuada y haciendo lo que más nos convenga a nosotros en política exterior”, y del otro lado los conspiradores actuando cuando “vieron peligrar la posición que ocupaban en la pirámide del poder”.

 El golpe de Yeltsin
En torno al golpe de Estado hay muchas especulaciones y pocas certezas, más allá de la imagen de Yeltsin encaramado a un tanque, pero es un suceso que rompe con todos los esquemas y contiene un elemento distorsionador de todo el proceso. Tras este golpe, frustrado a los tres días, se da la derrota del sector más duro, pro comunista y que quiere mantener la URSS unida, y quien sale mejor parado es Yeltsin, aglutinando en su torno a las fuerzas democráticas.

Dado el golpe por gente de la confianza de Gorbachov (aunque a éste lo aíslan), Yeltsin encabeza el contragolpe —y sale fortalecido—. Entran tropas a Moscú, pero finalmente no hay incidentes. Y el autor insiste en mostrar a los Estados Unidos como fundamental para el respeto de la legalidad, en contra del golpe, por su apoyo a Gorbachov, pues éste es el que sale disminuido, con menos apoyo personal y político.

“Para un buen ciudadano soviético, una cosa era reconocer que los países capitalistas ofrecían una plétora de productos a las élites, y otra muy distinta darse cuenta de que los trabajadores y las minorías, grupos supuestamente explotados, podían comprar artículos del todo inaccesibles a los apparatchiks soviéticos”. De todos modos, esta afirmación nos quiere mostrar dónde se encuentra la supremacía del capitalismo, en la disponibilidad de bienes de consumo, más allá de si podemos o no acceder a todos (siempre habrá quienes no puedan acceder a nada, apenas a respirar).

Se demuestra, en esta obra, con la información dada, que de hecho Estados Unidos se puso de lado de Yeltsin, aunque siguió apoyando a Gorbachov para mantener la estabilidad de la zona, para evitar una desintegración a la yugoslava. Y sobre todo incidió para crear un terreno favorable en contra de los golpistas y para apoyar a quienes mejor representaban sus propios intereses. Al nuevo embajador de Estados Unidos en la URSS, Bob Strauss, “se le ordenó que no presentase sus credenciales ante las nuevas autoridades, y a los locutores de la emisora Voice of America (VOA) se les pidió que ayudaran a Yeltsin a difundir su mensaje en la Unión Soviética” (pág. 46). Al estar neutralizados los medios de comunicación independientes, “los medios occidentales (estadounidenses y otros) van a desempeñar, por tanto, un papel cada vez más importante”. Esto, ¿no se trata de injerencia?

Tenemos otros ejemplos de la injerencia estadounidense: “Unos años después, un funcionario estadounidense le reveló al periodista de investigación Seymour M. Hersh que el presidente Bush había ordenado transmitir a Yeltsin el contenido de las comunicaciones telefónicas que se captaran entre los cabecillas del golpe y las autoridades militares soviéticas” (pág. 155), y “el ministro de Defensa y el director del KGB utilizaban las líneas telefónicas más seguras para comunicarse con los comandantes militares […]. A Yeltsin le contábamos de inmediato lo que decían” (las informaciones al respecto, del material de las oficinas de inteligencia, continúan clasificadas en su mayoría y no se han hecho públicas, por lo que es la versión del periodista de investigación Seymour M. Hersh según lo que recuerda un funcionario estadounidense). Incluso hubo una ley “firmada por el presidente (Bush) cuatro días antes del golpe, prohibiendo ejecutar operaciones encubiertas en otros países sin antes notificar al Senado”, cosa que no fue hecha.

Para el presidente Bush “había funcionado muy bien su estrategia de apoyar la incipiente democracia rusa, pero sin romper del todo relaciones con los golpistas”.

A la liberación de Gorbachov, después de estar tres días retenido, Yeltsin impone el poder basado en el apoyo conseguido de los rusos y hace nombrar en puestos clave a seguidores suyos. En sus memorias, Gorbachov dice que los primeros nombramientos fueron equivocados: “Tales errores se debieron a falta de información. Hubo muchas cosas que tardaron meses en salir a la luz, y algunas todavía no se han aclarado del todo”. Los seguidores de Yeltsin, en especial Burbulis, secretario de Estado de la Federación Rusa, dirige a las masas reunidas, y exaltadas, hacia el edificio del Comité Central. De ese modo, anula la capacidad del Partido Comunista de la Unión Soviética para reorganizarse. Es el verdadero contragolpe, y está hecho para quedarse con todos los bienes del partido y repartírselo entre ellos.

“El grueso del dinero (del PCUS) fue a parar a los bancos y negocios creados por los apparatchiks del partido y sus empresarios amigos durante los dos últimos del mandato de Gorbachov. Apartados de sus cargos, los funcionarios del partido buscaban transformar su poder político en riqueza material, asegurándose una vida cómoda fuera del aparato” (también de allí salen algunos millonarios actuales). Había llegado el momento decisivo: Yeltsin “había firmado un decreto ilegalizando el Partido Comunista de Rusia”. Y ahora, sucedería lo mismo en Ucrania, al impulso de una manifestación que calificaba al Partido Comunista como “organización criminal y contraria a la constitución”, poniéndole fin a sus actividades. Además, se exigía la independencia, conformándose un nacionalismo ucraniano chovinista. “Algunos llamaron a la resistencia activa” (aunque no dice, individualizando, quiénes), ya que en Ucrania ahora hay liberales, nacionaldemócratas e independentistas.

Tras la declaración de independencia de Ucrania, otras repúblicas soviéticas se independizaron: Georgia, Estonia, Lituania, Letonia, Bielorrusia, Moldavia, Azerbaiyán, Kirguistán y Uzbekistán. Expresamente el Manifiesto de Voshchanov habla de disolver la URSS, pacíficamente, y crear una comunidad de repúblicas democráticas, pero también había quienes “propugnaban la disolución de la URSS, fuesen cuales fuesen las consecuencias”.

En los Estados Unidos existió el Joint Baltic American National Comitee, que defendía la libertad (la independencia) de los tres países bálticos (Letonia, Estonia y Lituania), incluso se protegió “el oro del Báltico” que Estados Unidos había recibido en 1940, cuando la entonces URSS la anexionó, en el marco de la Segunda Guerra Mundial.

“En los dos últimos años del mandato de Gorbachov, la dependencia soviética de la ayuda económica occidental fue uno de los factores que llevaron al presidente a intentar resolver la crisis báltica otorgando más autonomía a las repúblicas rebeldes”, aunque no se explica el porqué, las causas, de esa dependencia económica. Y la administración estadounidense, asegura el autor, osciló entre una mayor intervención y colaboración con las otras repúblicas (e instarlas a independizarse), y a sus líderes, y a continuar con el apoyo al gobierno central y a Gorbachov para que la URSS no se disolviera. La ayuda económica de Estados Unidos “dependía de la retirada del apoyo soviético” a Cuba y a Afganistán (lo cual convierte el asunto en una especie de chantaje, evidenciando que en definitiva los movían necesidades económicas o el oportunismo político). Hay, también, una “revolución ideológica entre funcionarios de tendencia liberal del Ministerio de Asuntos Exteriores, y del departamento Internacional del Comité Central”, donde Yeltsin más Gorbachov participaban.

El autor afirma, rotundamente, que “George H. W. Bush quería, en efecto, que la Unión Soviética sobreviviera. Su continuidad era esencial para la política de seguridad estadounidense, que seguía centrada en las armas nucleares soviéticas” (pág. 247). A decir verdad el autor subordina el relato al tema de las armas nucleares y al temor de que al irse desintegrando la unión política de la URSS estas armas pudieran quedar en manos de posibles enemigos futuros o, quizá, de algún trasnochado de la Historia. Por ello destaca el segundo tratado Start II: “Los soviéticos intentaban, como los estadounidenses, hacer de la necesidad virtud recortando su presupuesto militar, pero no cabe duda de que los dos países y el mundo entero salieron beneficiados”.

La disputa entre Gorbachov y Yeltsin crea un “vacío de poder”. “En Moscú había tres focos de poder enfrentados: uno de ellos lo formaban Gorbachov y sus colaboradores; los otros dos estaban en el gobierno ruso…”. Se habla de colapso económico, y “en las ciudades industriales rusas, los alimentos escaseaban…”. La posición rusa se expresa, en términos político-económicos, en: Silayev, quien “abogaba por llevar las reformas de manera gradual y en colaboración con las demás repúblicas”, o en Burbulis, quien “propugnaba lo que vendría a conocerse como ´terapia de choque´” […], es decir “liberalizar los precios de golpe, aun a costa de un sensible empeoramiento a corto plazo de las condiciones de vida” (liberalismo y neoliberalismo). O sea: volver por entero a la economía de mercado, al capitalismo, a la privatización de los bienes públicos. Se dice, según algunos economistas, que en ese momento, no había alternativa.

“Gorbachov quería una  unión y no una confederación, pero tuvo que aceptar la propuesta de Yeltsin”, pues estaba en desventaja y la balanza del poder se iba inclinando hacia Yeltsin. Este hizo entonces un acuerdo monetario: “el banco de la Unión lo dirigiría una comisión formada por representantes del banco central y de los de las repúblicas, que tendrían una capacidad limitada de emitir dinero”. Para hacer eso, Yeltsin “solicitó al Parlamento que le entregara poderes especiales por espacio de un año. No  habría elecciones en 1992, fuese cual fuese el desenlace de las reformas, del que se hacía plenamente responsable. Los diputados le concedieron todo lo que pedía”.

Y finalmente, “derrotados los burócratas del Kremlin y debilitado su jefe, Gorbachov, las huestes de Yeltsin procedieron a apoderarse de las instituciones de la Unión, liquidando las que no podían o no querían controlar, como el Partido Comunista”.

 Otra vuelta de tuerca
El conflicto palestino-israelí es una muestra del grado de unión, de colaboración, entre la casi terminada URSS y los Estados Unidos, reunidos en Madrid. Colaboración que “conduciría a los acuerdos de Oslo de 1993” (en él se establece: “El Gobierno del Estado de Israel y el Grupo de la OLP —de la delegación jordano-palestina a la Conferencia de Paz sobre el Oriente Medio (la “delegación palestina”)—, en representación del pueblo palestino, convienen en que ha llegado el momento de poner fin a decenios de enfrentamientos y conflictos, de reconocer sus legítimos derechos políticos mutuos, de tratar de vivir en un régimen de coexistencia pacífica y de dignidad y seguridad mutuas, y de llegar a una solución de paz justa, duradera y global y a una reconciliación histórica por conducto de un proceso político convenido”, y busca como objetivo de las negociaciones israelo-palestinas “establecer un gobierno autónomo provisional palestino, un Consejo elegido para la población palestina de la Ribera Occidental y la Faja de Gaza, durante un período de transición de no más de cinco años, que desemboque en una solución permanente”). En ese sentido Mijaíl Gorbachov “apoyaba el proyecto estadounidense para Oriente Próximo”.

La tesis central del libro, es que, “si las armas nucleares eran el asunto capital para la administración Bush, los soviéticos pensaban sobre todo en la economía”, y en consecuencia se explican los pasos dados por Estados Unidos para resolver esa ecuación: “si te desarmas, te ayudo (humanitariamente), siempre y cuando lo concerniente a táctica militar y supremacía bélica esté de nuestra parte” (de EE.UU.). Y agrega: “Gorbachov quería una cuantiosa ayuda económica de Estados Unidos”. La situación económica era grave y faltaban alimentos para el próximo invierno (1991-1992).

La disputa por los territorios del Donbás (cuenca del río Donets, este de Ucrania), Crimea y el sur de Ucrania, entre la ex URSS (y ahora Rusia) y Ucrania continúa hasta nuestros días. Se debería a Georgi Shakhnazaron, dice el autor, quien “sugirió la idea de utilizar la cuestión étnica para evitar que se celebrara el referéndum” independentista (recientemente se realizó un intercambio de prisioneros de los conflictos que estallaron en 2014 y después, alrededor de setenta prisioneros de ambos bandos, en lo que supone un interés en normalizar la relación entre ambos y ajustarse a la política de hechos consumados, por lo que estas regiones siguen, en los hechos, siendo comunidades autónomas. En cuanto a Crimea fue anexada por Rusia y por el momento va a quedar así).

El autor, afirma que “Gorbachov llevaba años utilizando fondos públicos para crear y sostener partidos políticos que defendiesen sus objetivos”. Pero dentro del gobierno se empieza a ver que “Ucrania tenía abundantes recursos naturales, una población  numerosa y gran importancia geoestratégica, por lo que, en el caso de separarse de Rusia, esta nunca llegaría a ser tan peligrosa como la Unión Soviética”. Hay que tener en cuenta el gasoducto que, partiendo de Rusia, atraviesa Ucrania y surte a Europa mediante Alemania y que en el tercer trimestre del 2018, Ucrania vehiculó el 48% del gas venido de Rusia (es por ello que Rusia está abocada a la construcción de dos gasoductos que no pasen por Ucrania: los gasoductos gemelos del Báltico (Nord Stream) y además la construcción del Turk Stream, que es otra vía a través de las aguas turcas del mar Negro, le darían seguridad para el gas ruso. Los detractores sostienen que estas construcciones hace a Europa energéticamente más dependiente de Rusia).

El tema de Ucrania tiene resonancias en los propios Estados Unidos (donde hay una comunidad ucraniana importante), ya que repercute dentro del Partido Republicano (a un año de las elecciones, que se realizarían en 1992), y eso forzó el reconocimiento de su independencia tras el referéndum, bajo el peligro de una guerra entre la nueva unión (la que quería Gorbachov) y Ucrania, o una guerra civil.

Ucrania no sólo tiene su Holodor, una época de hambruna entre 1932 y 1933, atribuible a un castigo de Stalin por su intento independentista o bien a que la escasez fue debido a presiones de acaparadores que no querían colectivizarse, donde murió entre un millón y millón y medio de ucranianos, sino también, más atrás en el tiempo, la situación de los judíos (como da cuenta el poema Babi Yar, de Yevgueni Yevtushenko, donde el poema termina reivindicando su rusez pero también su pesar por los muertos judíos de Babi Yar), esos dos elementos sintetizan el sentimiento anti ruso de sus pobladores.

De todos los sectores viene el apoyo a la independencia y por ende a Kravchuk, el líder más importante de Ucrania. Así se realiza el primer acuerdo de tres países eslavos: Rusia, Ucrania y Bielorrusia, más Azerbaiyán. Juntos representarían el 90% del PBI total. Detrás de ese apoyo o de su negativa, estaba Yeltsin de un lado y Gorbachov de otro, quien no se daba por vencido. Esa dualidad de poderes debía ser resuelta antes que el ejército decidiera intervenir. En ese contexto, “el caos se extendía en la Unión Soviética, un país enorme y provisto de un abundante arsenal nuclear, pero incapaz de satisfacer las necesidades más corrientes de la población” (pág. 384). El temor del fundamentalismo islámico, también es otro elemento a tener en cuenta.

En el caso de Uzbekistán, “las fábricas textiles rusas procesaban el algodón cultivado en Uzbekistán; sin ellas, la economía uzbeka se hundiría en apenas unas semanas”, por esa razón pasa a aliarse a Moscú, pese al acercamiento con China. Además, eran musulmanes. Tras ella, las cinco repúblicas centro asiáticas (Kazajstán, Uzbekistán, Turkmenistán, Tayikistán y Kirguistán) se integrarían a la comunidad “con los mismos derechos que las demás” repúblicas fundadoras.

Este tire y afloje entre Gorbachov y Yeltsin, que claramente iba favoreciendo al último, generó visos de conflictos armados separatistas y el riesgo de una guerra civil, una “Yugoslavia con armas nucleares” (como decía Gorbachov describiendo “el panorama apocalíptico” que se podía dar en la URSS). Se dará entonces la desintegración del ejército, dentro de una serie de resoluciones como la disolución de todos los ministerios e instituciones soviéticas, que Rusia sea sucesora de la ex URSS en la ONU, y el control armamentístico, que da potestad únicamente al presidente ruso para autorizar el lanzamiento de un misil nuclear (aunque existía una prerrogativa de consultas con las demás repúblicas). El resultado de esta negociación, significó el fin de la carrera política de Gorbachov.

Estados Unidos sentía que la desaparición de la URSS “es una victoria para la democracia y la libertad. Es una victoria para la superioridad moral de nuestros valores” (pág. 432), pero el comunicado posterior: “el fin de la Guerra Fría era fruto del esfuerzo común de los dos países, y Gorbachov había desempeñado un papel decisivo”, nos muestra las diferencias entre declaraciones públicas y privadas. Pero en definitiva, ante el mundo se “proclamaba el triunfo de la democracia, de Estados Unidos y los pueblos europeos en su lucha contra el comunismo”. Bush insiste en asegurar la victoria sobre el comunismo, y por ende, para el futuro: “…nuestro país seguirá capitaneando la lucha por la libertad en todas partes, y no lo hará por arrogancia ni por altruismo, sino en aras de la seguridad de nuestros hijos”, lo que demuestra no una vocación pacifista a nivel mundial, sino únicamente para que EE.UU. se siga favoreciendo desde su nueva primacía. La retórica estadounidense es triunfalista, aunque en Washington “no todos creían que Estados Unidos hubiese contribuido a precipitar la caída de la URSS”. Se cree que la Unión Soviética “ya no daba más de sí”.

Según dice David Priestland (en Bandera Roja), que echa luz sobre todo el proceso de la Unión Soviética desde los antecedentes lejanos de la Revolución Francesa hasta su disolución: “En todo el bloque había disidentes que criticaban el régimen desde distintas perspectivas: populistas, nacionalistas, demócratas liberales y socialistas radicales. La firma en 1975 de los acuerdos de Helsinki (que incluían el respeto a los derechos humanos) por los gobiernos del bloque soviético reforzó en particular a los grupos liberal-demócratas, aunque para otros lo más importante era la protección del medio ambiente”. La respuesta oficial a la disidencia era variable. La represión era mayor en Albania y Rumania; Polonia y sobre todo Hungría, así como Yugoslavia, eran mucho más abiertas. La policía secreta era extraordinariamente activa en la RDA y en Checoslovaquia, y en la URSS el KGB dedicaba mucha energía a perseguir un movimiento disidente minúsculo pero cada vez más audible.

Además, dicho autor afirma que con Gorbachov se da una alianza entre los intelectuales liberales del partido y los reformadores marxistas que iban a acabar destruyendo el comunismo soviético. En último término, fue aquella pequeña alianza de «vanguardia» entre políticos e intelectuales del Partido Comunista la que dirigió la revolución contra el comunismo del mismo modo que pequeños grupos de intelectuales revolucionarios habían llevado el comunismo al poder.

Por otra parte, la lucha final de Estados Unidos contra el comunismo fue financiada en gran medida con créditos extranjeros, principalmente japoneses. Washington pudo así volver a imponer su supremacía global sin exigir sacrificios a su población. Para financiar el enorme gasto militar, Estados Unidos utilizó altos tipos de interés con los que atraer una buena proporción del capital mundial, lo que a su vez provocó una catástrofe financiera en el Segundo y el Tercer Mundo. La consiguiente escasez de capital golpeó duramente a los países más endeudados, especialmente a los del bloque soviético. Y si bien la confrontación militar debilitó mucho al comunismo en el Sur, la esperanza neoconservadora de que acabara postrando a la propia URSS era quimérica.

La política de Reagan ejerció indudablemente una fuerte presión económica y psicológica sobre la URSS, y la IDE era una señal preocupante de que la URSS no estaba al día. Pero por muy pesada que fuera la carga militar, no estaba generando una crisis económica ni agitación social.

Gorbachov no fue sino el último de una larga lista de dirigentes que creían que el comunismo se podía revigorizar atacando a los «burócratas» conservadores obsesionados por el estatus. Por todo ello, David Priestland llega a la conclusión de que “la implosión del sistema soviético no se debió a la presión exterior, sino que fue el resultado de una revolución interna no violenta, organizada por la propia dirección del PCUS”.

Si el papel de los comunistas en la derrota del nazismo contribuyó a la aceptación general de la economía mixta después de 1945, la implosión del bloque soviético en 1989 se consideraba una demostración de que Friedman, Reagan y Thatcher llevaban razón y de que el estado debía apartarse de la economía. La planificación centralizada de la economía soviética no parecía muy diferente de la economía mixta de posguerra, sino simplemente una versión más estatalista. Es decir, “la caída del Muro de Berlín trajo consigo «un descrédito general de la planificación central y de la intervención y la propiedad estatal»”. Los partidarios del capitalismo neoliberal de los años noventa no sólo esgrimían la experiencia del comunismo para argumentar que el libre mercado era económicamente necesario; también insistían en que era moralmente superior.

Después de todo, hacia el final de la década (de los 90) los partidos de la Segunda Internacional gobernaban prácticamente en todos los países de Europa occidental, aunque habían perdido casi cualquier vínculo ideológico con la organización fundada en París en 1889.

Sin embargo, el mayor fracaso de los experimentos neoliberales tuvo lugar en la propia Rusia. En 2000 su economía se había contraído a menos de dos tercios de su nivel en 1989, lo que suponía una recesión más devastadora que la de la Gran Depresión en Estados Unidos. El colapso del Estado soviético y el expolio de su economía habían comenzado ya con Gorbachov, pero la política neoliberal aplicada por el gobierno poscomunista de Yeltsin agravó el problema. Ese fue el patrón dominante en la antigua URSS: los antiguos gobernantes comunistas trataron de reconstruir su poder sin el partido; muchos adoptaron una mezcla de capitalismo pandillero, nacionalismo y autoritarismo.

Primero en Bulgaria y Rumania, y luego en Eslovaquia, Croacia y Serbia-Montenegro, las protestas masivas por el fraude electoral y la corrupción obligaron a celebrar nuevas elecciones y depusieron a los gobernantes poscomunistas. Con la ayuda de los servicios de inteligencia estadounidenses, aquellas revoluciones democráticas se propagaron por toda la región. Todas esas «revoluciones de colores» (la Resistencia serbia contra Milosevic, en Georgia con el movimiento Kmara! en la «revolución rosa» de 2003 que obligó a dimitir al presidente Eduard Shevardnadze, en Ucrania en 2004 con Pora! («¡Ya es hora!»), la «revolución naranja» que impidió la proclamación del candidato a la presidencia fraudulentamente elegido Viktor Ianukovich; y en Kirguistán en 2005 con KelKel («Renacimiento»), cuya «revolución de los tulipanes» hizo huir del país al presidente Askar Akaiev) contaban sin duda con gran apoyo popular, pero también con el de Estados Unidos, deseoso de reducir la influencia rusa en la región, que a través de diversas fundaciones financió esas organizaciones no gubernamentales y otras.

De modo que tanto David Priestland como Serhii Plokhy llegan a conclusiones similares, aunque el primero habla de una injerencia estadounidense mediante todo tipo de organizaciones no gubernamentales, fundaciones y otras, mientras que el segundo dice que Estados Unidos se aprovechó de las circunstancias que se iban generando en el territorio y fue apoyando a unos sobre otros. También, durante todo el libro, el autor, Serhii Plokhy, nos muestra el desprecio total que tenía Yeltsin con respecto a Gorbachov, desairándolo constantemente, hasta el final. Pero en realidad, Yeltsin “no respeta nada ni a nadie”. Y así será tratado por la Historia.

También nos dice que “los cambios introducidos por Gorbachov confirmaron que las revoluciones acaban por devorar a sus propios hijos”.

 (El último imperio – Los días finales de la Unión Soviética, Serhii Plokhy, Turner Publicaciones S.L., 2015, Madrid, España, 465 páginas)

 

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.

 

Bibliografía:

  • Nacionalidades en la URSS, Stefan Glejdura, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, dependiente del Ministerio de la Presidencia, Relaciones con las Cortes y la Igualdad, de España.
  • Yevtushenko, Yevgueni, Babi Yar.
  • Declaración de Principios sobre las Disposiciones relacionadas con un Gobierno Autónomo Provisional, en Acuerdos de Oslo. Declaración de Principios sobre las Disposiciones relacionadas con un Gobierno Autónomo Provisional, desde Global.net
  • Bandera Roja, de David Priestland, ed. Crítica, 2010, Barcelona, 562 páginas.

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