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GIRANDO SOBRE EL VÉRTICE DEL NAUFRAGIO

Si uno observa las dos obras poéticas que ha publicado, hasta ahora, la psicóloga y poeta Mariana Rubio, ambos en Yaugurú, se encontrará con dos libros que guardan muy poca relación el uno con el otro, ya que persiguen distinto objeto. Incluso el formato y la excelentísima tapa así como el diagramado exclusivo realizados por Gustavo Wojciechowski, sobre todo en el segundo de esos libros (“Ciprés de sangre”). Lo que hizo, y hace, Maca, es personalizar y vehiculizar la poesía-homenaje que hace la poeta sobre su madre. Es decir, el sentir y el pensar sobre la muerte de su madre y su significado.

Si “En el hilo del naufragio”, su primer poemario, que obtuvo el premio “Opera Prima” del MEC en 2015, la poeta estaba al borde de algo tan insondable como el abismo, en “Ciprés de sangre” el dolor no puede ocultar la admiración por la madre que fue, la que tuvo que ser por obra de las circunstancias políticas y sociales de los setenta, la que supo enfrentar el miedo (como muchas otras madres, por cierto), y no quedar paralizada por el horror, manteniendo la esperanza y luchando por ella. Porque en el tránsito de su vida, necesitó sacar fuerza del coraje en situaciones desesperadas, tratando de sostener la vida y echarla a andar.

En “El hilo del naufragio”, la poeta siente que vive habitada por objetos, transformados en palabras: “puedo vivir con la certeza del desierto/ en Silencio”, y es recorrida por las sensaciones que surgen en su interior. Está el asombro azul del pensamiento, o un asombro donde puede ver “la vida traslúcida/ sin sombra ni sobresalto”.

En “Ciprés de sangre”, con un estilo elegíaco sobre la madre, nos muestra todas las aristas en que confluirá su muerte para que veamos, entonces, nítidas, las formas del amor. Este es su duelo y al compartirlo humaniza el dolor.

Las olas golpean machaconas contra el muelle
Si uno lee las palabras claves, que rondan la misma idea fija, esa que confluye en el hilo de un naufragio, repetidas, verá el anhelo, ese deseo intenso, perseguido siempre y que merodean ansiosos los pensamientos. Palabras como hilo propiamente y sus variantes, como hilvanar (para lo cual es necesario tener hilo). Además utiliza hilván, que antecede al hilvanar, puesto que esta última es la costura de puntadas largas con que se une y prepara lo que se ha de coser después de otra manera, y que viene de hilo y de vano, propiamente lo que está vacío de contenido. Pero también es ese mismo hilo empleado para hilvanar. O estas otras palabras como borde, frágil, y lugar (único), que se contraponen dialécticamente con: certeza, unidad y nexo, y construcción. “En el hilo del naufragio/ espero hilvanar/ el recuerdo” (pág. 26). Porque todo lo que ha pasado, repensado desde el poema, es sobre lo que nos habla, y para ello busca precisión, así como el golpe rítmico, musical, que marca cambios y afirmaciones. Y nos habla desde su experiencia, o de lo que sintió o que le fue provocado en determinadas condiciones.

“Vivo en el ánimo de una cornisa”, condenada a ser siempre cornisa (o derrumbamiento), estar en suspensión, casi como si no hubiera nada interesante, nada más que cambie la perspectiva. “Vivo en este tránsito/ sostenida/ en la sangre/ de mi estirpe” (pág. 29).

Hay, en Mariana Rubio, una experimentación sobre la palabra, y sobre la frase poética. Desliza una serie de mini poemas, que se ofrecen a modo de sentencias: “La curva de tus ojos quiebra en la locura”, “Ahí está la obra tejiendo su ser”, o bien “sobre la sombra me deshice”, todas ellas expresan el cambio permanente de una a otra cosa, a menudo detenida en el momento exacto del tránsito.

A mitad del primer libro (“En el hilo del naufragio”) surge la explicación del paso de la “niña que enhebró caracoles en la playa” a la mujer cuyas manos “no pueden dibujar la textura de las horas compartidas”, atravesando el tiempo de celda y cerrojo. Porque la poeta es una más de las víctimas del Terrorismo de Estado pero, aunque fue un periodo muy impactante en su vida, no habla de ese pasado con odio ni con sed de venganza, sino como de haber podido sobrepasar una especie de prueba difícil. Y esa prueba se sostuvo por la entereza de sus padres a uno y otro lado de la línea demarcatoria, ese delgado hilo que separa la fe y la esperanza de un lado, y del otro la nada, el abismo y quizá la muerte.

“La rabia arde en la hora de acero”
Esa frontera, que bien puede estar entre la cordura y la locura, la insanía, se expresa en “el graznido de quien/ hace contorsionar los cuerpos”, o en esos “buitres con lengua de uranio”, porque si bien no hay odio ni venganza, como hemos dicho, hay desprecio. Quizá por ello, los sueños son extraños, puente hacia lo incierto, o bien “trae noches con pliegues que adhieren a la piel”. Y acá encontramos ese “mäelstrom” que, como un embudo, nos aspira hasta ser parte del lecho marino: “Navegar a la deriva/ soñar el naufragio”. Ahora despreocuparse de todo, dejarse ir; ahora sí, darle un tiempo al amor, como si este fuera, apenas, una tregua. Una tregua cargada de misterios, de sorpresas, de lo impredecible que surge de pronto y se instala “en tus ojos/ como se queda la piel en el mar”, inmensa de ti.

A esta altura se pueden sumar otras palabras a las anteriores: las que van del navegar al naufragio, el hilo que se transforma en vida/muerte, o bien luz/oscuridad, pero la principal es puente. Así como el hilo une, zurce, el puente es camino que también une, que busca la unidad (“somos el puente hacia lo incierto”, expresión que se repite y que adquiere, por repetición, calidad de mantra o de verdad revelada).

Si observamos el territorio que delimita el poemario, acá está la mar. Es decir, la vida.

El dolor de los altos cipreses

Altos cipreses, que con vida llaman
y nos recuerdan que la muerte empieza.
Sobre los muros de un dolor que reza
muchos suspiros las ausencias aman.
María del Mar Ponche Lopez

El ciprés es el árbol propio de los cementerios, pero también es un árbol sagrado tanto por su longevidad como debido a su persistente verdor (uno de sus significados es “árbol de vida”, y paradójicamente actúa como referente de la muerte). Tiene un simbolismo universal y primitivo, con una cualidad de inmortalidad y resurrección. Es un árbol “fálico”; si se corta el tronco nunca más vuelve a crecer (de allí que mediante esta figura se relaciona con la muerte). En el cristianismo, por ejemplo, significa angustia, inmortalidad o mansedumbre. Se trata, entre otras cosas, de un claro ejemplo de un símbolo que fue cambiando de significado, aunque en nuestros días es bien claro que se relaciona con lo mortuorio.

Lo dijimos al comienzo, este segundo libro (Ciprés de sangre), es una elegía por la muerte de la madre: “la muerte de la madre —asegura Luis Correa Aydo, quien escribe el prólogo— clausura el nexo más íntimo con la preexistencia del propio ser”, pero además, agrega que “nos enfrenta de manera definitiva a nuestra propia inmortalidad”. De manera definitiva, terminante. Para ello, es claro que hay que pasar por las distintas etapas del duelo, e incluso podríamos afirmar que la escritura de este libro, en este caso, es parte del duelo, su etapa final. Al reafirmarlo con la letra, se nos hace presente el camino transitado por la poeta del mismo modo que la poeta se afirma al escribir cada mirada nueva que descubre sobre la madre.

Y habrá eso de la “sangre”, ya desde el título, puesto que la sangre es vida pero también dolor, así como podemos pertenecer a la sangre de la misma sangre, ser nosotros mismos pero con los “modos” de nuestros progenitores, y de esa manera también ser ellos.

Algunas consideraciones sobre los títulos, a menudo de una sola palabra. Parecieran a modo de títulos de cuadros, donde el título explica la orientación del poema, o bien son símbolos que atañen al mismo. Si comparamos ambos libros, vemos que algunos títulos se repiten, como preocupaciones constantes; también el uso de hilo como puente, la hebra que suponemos algo más pequeño, y más frágil, que el hilo, y hasta el pretil como una línea delicada llena de aire, de vacío. Los poemas, aquí, son cortos y a veces mínimos (como en el anterior libro) y expresan, en verso libre, una idea repentina (una iluminación que sintetiza un pensamiento o un sentimiento), a veces desarrollada.

En la introducción, donde nos habla de la necesidad de escribir esta obra, hace un repaso por la vida de su madre. Con prosa poética, detallada y concisa, con datos biográficos, estados de ánimo maternos por medio de la invocación y el reflejo que esta invocación provoca. Le habla a la madre porque supo “tejer con valor la vestidura ardiente” de sus días.

Hace apenas dos o tres años, el padre de la poeta sacó un libro (en realidad en homenaje por los 50 años de casados), que circuló por fuera del circuito comercial, donde cuenta su historia personal junto a la esposa —la madre de la poeta—, y nos muestra cartas y nos cuenta detalles personales que denotan no sólo el amor por la mujer que fue, sino que denotan el sostenido agradecimiento a todo lo que hizo, superándose al dolor de la infamia. Y aquí, en forma poética,  se trasluce ese recorrido.

El trayecto del poema elegíaco (tomándolo como una unidad) es como el trayecto de la vida que nos expone la poeta. Desde la niña traviesa y su triciclo rojo, que con él podrá “explorar” el mundo (de lo conocido a lo desconocido para conocerlo), o sea la época de la niñez; luego la hora del paredón, donde destaca el valor, la tristeza y la esperanza, en ese orden, y luego la etapa feliz de la familia reunida, las nietas, los sentimientos descarnados y puros. O sea: vida plena. Porque en definitiva la vida plena es eso, haber vivido a pesar de los golpes, haberse recompuesto a los golpes, mantener y sostener los principios y, además, nunca bajar los brazos, sobreponerse al egoísmo.

En este libro, cuya edición es tan cuidada, con una portada exquisita (como dijimos y no nos cansaremos de decirlo, porque da gusto), el uso de un papel distinto, amarillo y de buena calidad, y una distribución de los poemas con un criterio personal y en cierta medida novedoso, hay una composición del recuerdo.

Este se expresa mediante fotos habladas, instantáneas del ayer que fijan un detalle, un gesto, un ademán; su escritura, las cosas que quedan (como cuando uno hace inventario); la evocación, donde la poeta trata de sentir como ella debió sentir. Una composición que viene del fondo del sueño, como una imagen sobre el pretil, y que se expresa con pensamientos simples como sentencias: “Madre supiste vivir en el ardor del goce/ y en la intensidad del desconsuelo”, que nos dice del temple de todo quien no se da, nunca, por vencido y que, además, sabe tener la paciencia y la sabiduría necesaria para estar inmersa tanto en la plenitud como en la caída, en la esperanza a pesar de la injusta suerte familiar, el lamento interno, trabajado por la solidaridad humana.

Un recuerdo plástico: “Una mujer/ desnuda/ inmóvil/ no se deja/ olvidar”. O incluso un pos recuerdo: lo que está del otro lado, donde ahora está, la conjetura de su verdadera (des)composición.

En el recuerdo, como una presencia constante de la perspectiva de las cosas: “¿cada mirada revela algo nuevo o es nuestra atención la que se detiene en una cualidad distinta?”, metafísica, es decir más allá de la física; como una mirada, recordada ahora, ese gesto textual, que se refleja en nuestra propia mente. O, en falta de aquél, el “tacto del silencio”; como el momento que quedará fijo en la memoria: “La muerte llegó inesperada una tarde de alas negras/ despojándote del tenue celaje/ envuelta en la textura de tu manta/ entre tus preciados objetos/ testigos solitarios que custodian el aspa de tus días…” (pág. 36). Allí está la soledad de la propia muerte vivida por uno mismo.

El tiempo, por otra parte, es el anterior, siempre, y nos habla en forma de revelación, como nos puede suceder cuando alguien nos cuenta alguna anécdota desconocida o un rasgo nuevo de su personalidad que no habíamos visto anteriormente.

Porque esa muerte, la de la madre, fue tan repentina que no dio tiempo a asimilar el golpe: “Tan precipitada tu muerte/ que no hubo tiempo/ de anclar /se en despedidas”.

Esto nos trae, además, la necesidad de dar una despedida, y para hacerlo es necesario llegar primero a la síntesis, luego de, en una dura soledad, y en la tristeza de comprender, al fin, su terminante partida. “Este trance arado en orfandad/ abre mis entrañas” (como si la tierra interior/ allí donde brota y crece la esperanza/ estuviera desgarrada/ y estéril).

El recuerdo, entonces, se manifiesta, también, en formas de preguntas, cuestionamientos o dudas: “Me he quedado en el revés de tus ojos/ en la escritura de tu gesto/ buscando una palabra que revele/ en las trazas del viento/ la razón de esta distancia” (Trazas). Y llegado el momento irá hacia el encuentro de todo lo que fue ella, carnadura e imagen, y se encontrará consigo misma, podrá preparar su viaje próximo, que inevitablemente sucederá, y allí habrá (¿habrá?) otro reencuentro. Porque el hablar de la muerte de la madre es hablar de su propia muerte, y especulará, a su vez, en lo que pensarían sus hijas llegado ese momento. De ahí la preocupación, la angustia. “Hacia ti voy/ hacia el gesto de tus ojos/ buscando el perfil/ que revele/ el nexo invisible” (Nexo).

Y lo que queda es la huella, el aroma, a pesar de la melancolía: “El espejo de mis días/ clausura la distancia entre vos y yo”. Y una vez aceptada su muerte, “seguirás existiendo en la memoria/ en la algarabía de la risa/ vivirás/ en la acentuación del verbo/ en el abrazo intenso”, donde las apariciones son como si fueran imágenes del sueño o de la duermevela. Y tras el dolor, volverá al amor: “El amor siembra un ciprés de sangre/ en la fertilidad de mi rostro”, y esos versos serán la explicación entera, la que cierra el círculo.

Por último, el poema final, Luisa, es la síntesis objetiva, ya desprovista de todo dolor, cuando el pensar en ella puede ser una manera de cobijarse en su recuerdo. Y ese recuerdo pone el énfasis en su coraje, en su determinación. Es la victoria que fue su vida, justamente ante la muerte.

(En el hilo del naufragio, de Mariana Rubio, editorial Yaugurú, 2013, Montevideo, 94 páginas)
(Ciprés de sangre, de Mariana Rubio, editorial Yaugurú, 2019, Montevideo, 60 páginas)

 

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.


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