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CINE | “Custodia compartida”: La violencia subyacente

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La violencia doméstica como flagelo social y sus graves consecuencias hacia la interna de las familias es el principal disparador temático de “Custodia compartida”, la elogiada ópera prima del realizador francés Xavier Legrand.

Esta removedora película indaga en uno de los temas cruciales de nuestro tiempo, en sociedades aun gobernadas por una cultura patriarcal que sigue imponiendo su paradigma machista.

No obstante, en lo relativo a nuestro país, por lo menos en la última década, la visibilidad de la violencia doméstica o de género ha cobrado singular relevancia, a consecuencia del plausible reconocimiento de este fenómeno social como problema y del avance en materia de derechos.

No en vano,  se han multiplicado las denuncias ante la Justicia, que ahora cuenta con herramientas normativas para tipificar este delito, el cual, en el pasado, era virtualmente ignorado.

Sin embargo, no en todas las sociedades se ha evolucionado con el mismo talante, porque el statu quo aun vigente es parte de una tradición fuertemente arraigada.

En este contexto, “Custodia compartida” pone sobre el tapete un tema al que nadie puede ser ajeno, porque la erradicación de esta modalidad de violencia es una suerte de imperativo ético, más allá de lo meramente jurídico.

Desde el comienzo, Xavier Legrand, director y guionista, nos impacta con una escenografía de conflicto radical que se desarrolla en una sede judicial.

Sugestivamente, en esa audiencia el imputado es el único hombre. En efecto, tanto los profesionales que ejercen la defensa de ambas partes como los representantes del Estado son mujeres.

En ese marco, se dirimen las diferencias entre una pareja de divorciados integrada por Antoine Besson (Denis Ménochet) -que es el denunciado agresor – y Miriam Besson (Léa Drucker), que es la esposa agredida.

Lo realmente exasperante es que sólo los adultos parecen tener derechos, porque, pese a un contundente testimonio en el cual claramente rechaza a su padre, el niño Julien Besson (Thomas Gioria), que es el hijo menor, deberá aceptar igualmente la custodia de su irascible progenitor.

No sucede lo mismo con la joven Josephine Besson (Mathilde Auneveux), quien, como alcanzará en breve la mayoría de edad, puede hacer valer su voluntad de no tener ni el más mínimo trato con el hombre.

Esta secuencia, que marca a fuego la narración, es una surte de duelo dialéctico en el cual todos hacen su juego sin reparar en las eventuales consecuencias.

Las situación plantea la primera controversia que amerita ser analizada, en la medida que el menor deberá tolerar la compañía de su padre durante por lo menos unas horas a la semana para cumplir a cabalidad con el mandato judicial.

Este episodio inicial – en el cual solamente se contemplan los derechos de los adultos- dispara naturalmente un debate que trasciende lo meramente jurídico para instalarse también en el territorio de la ética.

Obviamente, aunque el realizador no emite explícitos juicios de valor ni toma partido por ninguna de las partes, igualmente plantea una soterrada crítica al sistema judicial. En efecto, aquí claramente se vulneran los derechos de un niño de apenas once años, que rechaza visceralmente a un padre prepotente y golpeador.

El ulterior desarrollo del relato -que se dirime en un clima de tensión- confirma que, en todos los países del mundo, las mujeres y los menores son vulnerables a la violencia doméstica.

No se trata de clases sociales, ya que en este caso los protagonistas integran una familia aparentemente acomodada y sin apremios económicos.

Aquí la clave es el fuerte temperamento de un hombre que se cree dueño de su familia y que no duda en oponerse a los vínculos afectivos de su hija, pese a que esta es mayor de edad. Incluso, se permite la osadía de celar a su ex esposa, aunque el divorcio ya ha sido consumado.

Ese carácter intransigente lo enfrenta hasta a sus propios padres, quienes intentan solucionar los conflictos subyacentes con el propósito de preservar la salud mental de sus nietos.

Lo que realmente está en el centro del debate es nada menos que la libertad de opción, que se le niega recurrentemente a un menor que rechaza radicalmente a su progenitor, a quien le teme y con quien no mantiene ni siquiera un diálogo meramente banal.

Esa sensación de fastidio se percibe claramente cuando el niño viaja con su padre a bordo de un automóvil, en un contexto de permanente exacerbación.

Aunque la violencia casi nunca es explícita salvo en el epílogo de la historia, toda la escenografía humana está impregnada de un fuerte y cuasi insostenible dramatismo.

Xavier Legrand sabe imprimir a su película una atmósfera por momentos opresiva, con el miedo y la violencia como presencias siempre dominantes.

Una de las situaciones límite es el cumpleaños de la hija al cual no fue invitado su padre. Allí aflora toda la prepotencia de un hombre que ha perdido la razón y la compostura.

Es claro que, pese a las reiteradas denuncias de la mujer y de sus vástagos, este individuo no ha sido judicializado y, en consecuencia, tampoco se le han aplicado medidas cautelares.

“Custoria compartida” es sin dudas un film testimonial, que plantea una situación cotidiana problemática y sus graves secuelas afectivas y hasta psicológicas.

Pese a algunos innecesarios excesos más propios del cine de industria meramente comercial que de la habitualmente muy sobria cinematografía gala, este film reflexiona –osadamente y con acento incisivo- sobre una temática de candente actualidad que a todos nos atañe y compromete como colectivo social.

Por Hugo Acevedo
(Analista)
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