CINE | “High Life”: La nave de los condenados

La demoledora soledad, la violencia sin culpa, el destino aciago y el más abrumador vacío existencial son cuatro de las claves más desafiantes de “High Life”, el impactante film de la realizadora francesa Claire Denis, que en este caso demuele literalmente los parámetros de la ciencia ficción convencional.

En efecto y más allá de eventuales controversias o inconvenientes comparaciones, esta película está más cerca de clásicos como “2001, odisea del espacio” (1968) y “Solaris” (1971) en su versión naturalmente rusa y no en su remake yanqui, que de los cientos de mamarrachos vacíos, impresentables y meramente efectistas que ha producido el cine de industria.

Por más que la producción de la talentosa Denis está muy distante del inolvidable genio de maestros de la talla de Stanley Kubrick y Andrei Tarkovsky, en este caso su caligrafía cinematográfica apunta claramente a emularlos.

Empero, aunque la cineasta insista que este no es un film de ciencia ficción propiamente dicho, el relato transcurre en un espacio exterior presuntamente muy distante de nuestro recurrentemente agredido planeta.

En este contexto, el propio argumento de la historia remite a temas bien terrenales como la violencia, el sexo y hasta el irrefrenable e irresponsable instinto autodestructivo que ha transformado a la Tierra casi en un escenario devastado.

En tal sentido, no es extraño que los tripulantes de la nave sean asesinos condenados a cadena perpetua o la pena capital y que el propósito de la misión sea encontrar fuentes de energía alternativas a partir de los agujeros negros.

Más allá de eventuales disquisiciones científicas, que obviamente no están presentes en esta propuesta cinematográfica, lo cierto es que el destino de estos navegantes espaciales es funesto porque jamás regresarán a su hábitat natural.

Este es tal vez el punto de partida más angustiante de una película cuyos protagonistas son seres tan oscuros como desquiciados y sin ninguna posibilidad de redención.

Denis, a la sazón directora y guionista, nos impacta desde el comienzo presentando una escenografía realmente oscura y desoladora, donde Monte (Robert Pattinson) sobrevive malamente junto a una pequeña niña que no cesa de llorar, que es su única compañía.

Su abrumadora soledad lo transforma en una suerte de animal enjaulado, que no puede escapar de esa acotada prisión que surca sin rumbo fijo el espacio exterior.

El propio interior de la nave, dotada de corredores y pasajes claustrofóbicos, remite también a otro clásico de ciencia ficción: “Alien, el octavo pasajero” (1979), sin dudas uno de los mejores títulos de la extensa filmografía de Ridley Scott.

En este caso, el único contacto con la Tierra son imágenes de eventos pasados que se proyectan en una inmensa pantalla y un intercambio de lacónicos mensajes a través de una computadora.

Todo es sombrío y dramático, como si se tratara de una película de terror en la cual un hombre está preparado para morir pero no sabe a ciencia cierta cuándo sobrevendrá el fatal desenlace.

Cuando el protagonista enfunda a varias personas dormidas (criogenizados) en sus trajes espaciales y las arroja como cuerpos muertos al espacio, se inicia el pasaje más sustantivo del relato.

Manipulando las coordenadas del tiempo, la realizadora gala nos sitúa en el pasado, cuando la nave estaba ocupada por varios tripulantes, todos naturalmente reclusos condenados.

En este caso, la clave es la irrupción de la doctora Dibs (Juliette Binoche), una asesina múltiple que parece dominarlo todo y que desarrolla extraños experimentos científicos.

Esta mujer, que es bastante más irracional que los restantes reclusos, aspira a crear seres humanos nacidos por inseminación artificial en pleno espacio. En ese marco, recolecta diariamente muestras de semen de los hombres y los coloca en los úteros de las mujeres, en la mayoría de los casos contra su voluntad.

En efecto, en estas circunstancias está terminantemente prohibido mantener relaciones sexuales, que en cambio son reemplazadas por furiosas sesiones de masturbación.

Al respecto, la más visceral de estas prácticas de auto-placer la protagoniza la propia doctora Dibs, quien se agita jadeante en forma cuasi enfermiza montada sobre una máquina que semeja un inmenso pene hasta llegar a un pletórico orgasmo.

Esta es tal vez una de las apuestas más escabrosas de una película que desafía e interpela al espectador, sobre la condena, la soledad y la desesperanza en situaciones límite.

El itinerario de los condenados es una aventura tortuosa y de rigurosa encierro, que solamente es mitigado por un jardín artificial emplazado dentro de la propia nave, el cual opera como una suerte de bálsamo y recuerda a estos desdichados que todavía están vivos y que son capaces de experimentar sensaciones.

Esta odisea con epílogo incierto y por supuesto inquietante, constituye ya de por sí un auténtico desafío para el propio espectador, quien observa -absorto y con indisimulable estupor- cómo estos seres humanos terriblemente segregados por jueces y fiscales viajan sin saberlo hacia su inexorable muerte.

Aunque posee la estética de un film de ciencia ficción, “High life” es un ejercicio cuasi metafísico, que reflexiona sobre la soledad, la supervivencia, la vida, la muerte, la violencia y la más descarnadas de las incertidumbres.

Por más que pueda parecer paradójico, no hay ningún resquicio de humanidad ni de piedad en esta parábola de sesgo claramente humanista, cuya estética creativa trasunta una oscuridad y una desolación que realmente espanta, conmueve y remueve.

Por Hugo Acevedo
(Analista)
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