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El concepto de enemigo en el PRT-ERP: discursos colectivos, experiencias individuales y desplazamientos de sentido

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La idea de indagar sobre el concepto de “enemigo” en el PRT-ERP surgió en el transcurso de mi investigación al notar que en el discurso de mis entrevistados convivían dos acepciones de la idea de “enemigo”.

Una de ellas se vincula con definiciones teórico-ideológicas: “el enemigo” aparece asociado a la estructura de poder económico de la sociedad argentina. En esta acepción, “el enemigo” es “la burguesía”, “la sociedad capitalista”, el Estado: “El enemigo era todo el sistema capitalista, con toda su superestructura ideológica, política, militar…o sea…la burguesía […] ese era el enemigo[i]

Vera Carnovale

La otra acepción de la idea de “enemigo” se vincula con los efectos de ciertas particularidades de la dinámica política de los años setenta: “el enemigo” aparece clara y fundamentalmente identificado en los agentes represores del Estado: “En concreto el enemigo nuestro de ese momento era la cana, que era con quien nos enfrentábamos por ahí, viste […] lo concreto…yo te digo por mi experiencia, para mí  el enemigo concreto era la cana[ii]

Para dar cuenta de la dinámica a través de la cual se construye este concepto de enemigo de doble acepción es necesario remitirse a la forma en que se articulan y se retroalimentan la dimensión colectiva y la dimensión individual de la experiencia perretista, puesto que si, por un lado, el discurso institucional-partidario contiene y habilita esta doble acepción, el mundo de la experiencia individual, por otro, es formador de sentido y marco a partir del cual se resignifica el discurso partidario.

El discurso partidario: “guerra” y desplazamiento de sentido .
En junio de 1970 el PRT realiza su V Congreso que da carta de fundación al ERP.  Momento de redefiniciones ideológicas por excelencia, el V Congreso es un acontecimiento fundamental en la historia de la organización, por las implicancias políticas y simbólicas de las nuevas concepciones allí delineadas.

Es en este evento que el PRT declara que: “la guerra civil revolucionaria ha comenzado en nuestro país desarrollada por sectores de la vanguardia; que continuarán librándola la vanguardia obrera y sectores del proletariado y el pueblo y que, por último, será la lucha de la vanguardia obrera, la clase obrera y el pueblo, contra la burguesía y el imperialismo “[iii]

La acepción de enemigo contenida en este párrafo es, sin lugar a dudas, aquella que asocia al enemigo con la estructura del poder económico. Sin embargo, las implicancias políticas y simbólicas de la nueva definición de la etapa como “guerra revolucionaria” ya iniciada y el tono de urgencia contenido a lo largo de todo el documento no se harán esperar.

En las mismas Resoluciones del Congreso podemos encontrar en distintos párrafos ciertos desplazamientos de sentido que introducen en el discurso partidario la otra acepción de la idea de enemigo, aquella vinculada a los agentes represores del Estado: “…en la guerra revolucionaria lo que se busca no es la destrucción física de la masa enemiga: en todo caso podría interesarnos destruir una parte de sus cuadros de dirección pues la fuerza en su totalidad está compuesta por una mayoría de reclutas de igual origen de clase que nuestras propias fuerzas”.[iv]

Si en esta “guerra” que ya ha comenzado la “masa enemiga” está identificada con las FFAA no es de extrañar que a los ojos de la dirección partidaria la tarea urgente del momento sea la fundación de otro ejército, revolucionario y popular, construido  en oposición a ese otro identificado como “enemigo”.

En la resolución de fundación del ERP leemos:

“Considerando:

Que en el proceso de guerra revolucionaria iniciado en nuestro país, nuestro Partido ha comenzado a combatir con el objetivo de desorganizar a las FFAA del régimen para hacer posible la insurrección victoriosa del proletariado y del pueblo.

Que las Fuerzas Armadas del régimen sólo pueden ser derrotadas oponiéndoseles un ejército revolucionario […]

El V Congreso del PRT resuelve:

1° Fundar el Ejército Revolucionario del Pueblo y dotarlo de una bandera[…]

3° Construir un Ejército Revolucionario del Pueblo incorporando a él a todos aquellos elementos dispuestos a combatir contra la dictadura militar y el imperialismo”[v]

Fundado el nuevo ejército, cuyo objetivo principal es la desorganización de las FFAA, queda por resolver el tipo de vínculo que éste mantendrá con el Partido. La pregunta por el vínculo codificado entre Ejército y Partido no es más que la pregunta por la relación entre la política y las armas o, mejor dicho, la pregunta por la concepción de la política contenida en las formulaciones conceptuales y sus implicancias tanto en las prácticas como en las subjetividades partidarias.

El momento fundacional del ERP es, también, el momento de la codificación del vínculo entre Ejército y Partido. Allí, el PRT resuelve, citando y adhiriendo al pensamiento del General vietnamita Giap, que el ejército revolucionario debe estar bajo la dirección del Partido.  En la argumentación de esta decisión leemos: “Nuestra corta experiencia nos indica […] que la cuestión no es sólo combatir, sino que en la guerra revolucionaria es dominante  la política, que el Partido manda al fusil”[vi]

Sin embargo, a pesar de estos recaudos y de los  repetidos y explícitos esfuerzos por establecer la jerarquía en esa relación, parece ya un lugar común referirse a la “militarización” o a la “desviación militarista” del PRT-ERP. El mismo Luis Mattini, refiriéndose al primer año de debut del flamante ejército revolucionario (1971) protesta que, al caer presos los principales cuadros políticos de la organización: “…los Comités Militares Regionales y el Comité Militar Nacional, organismos que teóricamente dependían del CC, o sea, del Secretario General del Partido, se independizaron de hecho y pasaron a constituirse en direcciones paralelas. Era la consumación más cruda del militarismo. […] La desviación crudamente militarista se manifestaba en el despliegue de la actividad armada, independientemente del desarrollo político de la organización, de la situación política nacional y alejada totalmente de los puntos de vista de clase…”[vii]

¿Cuál es la razón de esta independización de los comités regionales? ¿Se la puede atribuir a los azarosos avatares cotidianos del conflicto político-militar? Y aún más importante, este militarismo ¿es una desviación? Entiendo que no.  Volvamos al momento fundacional del ERP, el V Congreso. Si bien allí quedaba bien en claro, siguiendo al General Giap, que la política es quien manda al fusil, lo cierto es que la urgencia de los tiempos de “guerra” impulsa mandatos partidarios, difíciles de rechazar teniendo en cuenta el dramatismo con que se enuncian:  “Un partido de combate se caracteriza por eso mismo, porque combate, y en esta Argentina que está en guerra, la política se hace en lo fundamental armada, por lo tanto, en cada lugar donde el Partido esté presente en las masas se debe impulsar las tareas militares. Combatir, formar el ejército en la práctica de la lucha armada: quien no pelea no existe[viii].

Para Roberto Pittaluga la concepción de guerra revolucionaria que planteaba el PRT-ERP posee un conjunto de características cuyos efectos sobre las formas del pensar y el hacer políticos, sobre las subjetividades militantes y sobre los dispositivos organizacionales, fueron más que relevantes. Coincido con él en que lo que permite esta nueva argumentación de la guerra revolucionaria es empalmar conceptualmente la dinámica sociopolítica con la construcción del ejército revolucionario, y ésta es, para el PRT,  la tarea fundamental. De este modo, la militarización del PRT no es una desviación, sino el núcleo de las formulaciones conceptuales y de las imaginaciones de la revolución como guerra.

Si “la política se hace en lo fundamental armada” es porque esta Argentina está en guerra. De ahí, que quien quiera hacer política, deba empuñar un arma, o al menos estar dispuesto a hacerlo si el partido así lo dispone. A partir de entonces, toda persona deseosa de intervenir en el mundo de la política con ansias transformadoras deberá ingresar primero al Ejército, y sólo a partir de allí, luego de dar cuenta de la solidez de sus convicciones, de la entereza de su moral, de su coraje y de su decisión de combate, podrá incorporarse al Partido. Paralelamente todo “militante” del partido es recategorizado como “combatiente” del Ejército. El lenguaje bélico coloniza la política y las implicancias subjetivas de esta colonización y los mandatos de combate que contienen aparecen sorpresivamente nítidas en los discursos de mis entrevistados, puesto que si la concepción de guerra habilita e introduce en el discurso partidario la acepción de enemigo vinculada a las fuerzas represoras del Estado, en el mundo de la experiencia individual parece producirse un nuevo desplazamiento de sentido en la misma dirección:

E: -Dentro de los cánones del Partido ¿cómo era el militante ideal?

-“ …el militante que nosotros vivíamos …el más alto militante era el guerrillero, ese que dejaba todo por enfrentarse a los militares. Eso era como nosotros lo sentíamos.”[ix]

E: ese enemigo que estaba “de la vereda de enfrente” ¿cómo era?

“¡Ah, no! Era…salvo los heladeros, eran todos los que llevaban uniforme. Claro, era muy precario…” [x]

El mundo de la experiencia individual. Apropiación, resignificación y nuevos desplazamientos de sentido.

La dimensión de la experiencia individual es tanto un marco a partir del cual se apropia el discurso partidario como una instancia formadora de sentido. Es, en definitiva, un espacio de resignificación.

Las personas que componen la militancia perretista, nacidas en su mayoría en la década del 50,  han aprendido a lo largo de su historia personal previa al ingreso partidario, a través de distintos espacios tanto privados como públicos, una versión de la política fundada en el paradigma amigo-enemigo que excluía la posibilidad de un espacio un negociación. Sus primeras aproximaciones al mundo de la participación política asumían la forma de un enfrentamiento violento.

Tanto Carlos como Miguel participaron como estudiantes, antes de ingresar al ERP, de la ola de movilización político-social de fines de la década del 60. Sus recuerdos, dan cuenta de las implicancias políticas y subjetivas que esta experiencia tendrá para sus vidas.

“Cuando ibas a una movilización, como estudiante, te encontrabas con los otros, los de a caballo, a sablazo limpio […] te empiezan a manifestar que no ibas a vivir seguro, no vivías en democracia, bueno, tampoco vivías seguro”[xi]

“Y bueno, el enemigo, los malos, eran la policía y la represión, viste, y empezar a constatar que era así, que la policía reprimía, que la policía no solamente estaba para …poner presos a los ladrones…”

E: -¿Qué efectos políticos tuvo el Rosariazo para vos?

“Yo creo que es la cara de la represión, qué es la policía, qué es la represión, lo que son los muertos, lo que más me podía convencer, dos años después por qué la guerrilla…la fuerza bruta, digamos, la fuerza bruta […] y por el otro lado la fuerza de la gente […] Ahí ya me quedó en claro algo: que entrar a la facultad significaba entrar a luchar en contra de la dictadura”[xii]

La política comenzaba a ser entendida así, no como un encuentro de voluntades con resolución incierta sino más bien, como un enfrentamiento dramático y terminante cuya resolución sólo podía consistir en la destrucción física de uno u otro. Este aprendizaje inicial será, más tarde, el punto de articulación y confirmación de la concepción de política implicada en el discurso institucional perretista: la guerra.

El bautismo de fuego de estas primeras experiencias constituye, para gran parte de la militancia perretista, el momento original de una construcción identitaria conformada por un “nosotros” y un “ellos” enfrentados bajo la lógica de la violencia material.

La identidad que comienza a construirse es, justamente en oposición a un otro que son, en principio “los de a caballo”, “la policía” y los militares. Un enemigo enfáticamente vinculado a las fuerzas represivas, que actúa a  “sablazo limpio” y al cual sólo se lo puede interpelar con las armas:

E: -¿Y por qué el PRT-ERP?

“Bueno, yo ya te conté, la duda era entre el ERP y el peronismo. Estaba de acuerdo con el tema de la lucha armada, o sea que a los militares  no se los iba a desalojar con buenos modales, sino que había que enfrentarlos con un ejército…esa era la idea”[xiii]

En tanto el mundo experiencial es un espacio formador de sentido, las definiciones ideológicas y políticas del PRT-ERP que contenían una doble acepción de la idea de enemigo serán resignificadas en el plano subjetivo provocando un nuevo desplazamiento de sentido en favor de un enemigo básicamente uniformado. Si la concepción de revolución entendida como guerra encerraba en el discurso partidario el núcleo del militarismo, esta cadena  resignificativa tendrá, como principal efecto una nueva des-politización del enemigo. Éste aparecerá, cada vez más distanciado de la estructura de clases que le da origen. Militarismo y despolitización se despliegan a la par a través de una dinámica de retroalimentación entre el discurso partidario y la experiencia subjetiva.

Ya para 1972 leemos en una publicación partidaria:

“ASÍ DE IDENTIFICA A LOS ENEMIGOS DEL PUEBLO”

  • Generalmente son policías, militares y delatores al servicio de nuestros explotadores
  • Son los que torturan y asesinan a nuestro pueblo
  • Son los que asesinaron a […]
  • Son los defensores incondicionales de los amos de nuestras fábricas.
  • Son los que cuidan las fábricas con armas, garrotes y gases.
  • Son los que con la prepotencia y las balas nos quieren domesticar
  • Son los gusanos, parásitos de nuestro pueblo que no trabajan y se comen el presupuesto nacional”[xiv]

Sólo la última de estas siete formas de identificación publicitadas a viva voz por el órgano oficial del ERP alude a un enemigo vinculado a la estructura de clase. La jerarquía explícita de este orden no  resulta ser un detalle menor por cuanto  las repercusiones que provoca en la imaginería militante. La insistencia enfática en la identificación de un enemigo uniformado obtura, cada vez más,  la posibilidad de internalización de la otra acepción de enemigo.

Si al enemigo se lo reconoce por los rasgos que aquí se le atribuyen no es sorprende el estupor de Miguel cuando, al evocar su experiencia de custodio en las “cárceles del pueblo” donde se encuentra frente a frente con su prisionero, recuerda: “Eh…yo lo respetaba viste […] no trataba de asustarlo, nada de eso. […] No me parecía tan malo como decían. Me parecía un tipo bastante parecido a mí…que estaba ahí, viste. No era un militar […] era un empresario. Me daba la impresión que era parecido a mí, viste. O sea, la sensación, más allá de lo teórico, era decir bueno, no sé por qué este tipo está acá [risas] no es tan malo bah, no lo veía como una persona mala, no lo veía como a un enemigo.[xv]

Mencionaba anteriormente los efectos que tienen sobre estas subjetividades personales aquel aprendizaje político primario de jóvenes estudiantes bajo la dictadura de Onganía, en el cual el enemigo tenía el rostro de la represión policial y militar que caracterizaron las movilizaciones sociales de la época. Sin embargo, el enfoque, aunque pertinente, resulta parcial o, mejor,  insuficiente. Y esto, porque encuentro en otros entrevistados con experiencias iniciales distintas un movimiento paulatino que va desplazando al enemigo de clase por un enemigo uniformado.

Pensemos en la historia de Raúl. Obrero metalúrgico desde los 16 años, comienza su lucha política a través de la participación sindical por reivindicaciones salariales y laborales. Sus broncas y sus odios crecieron en la fábrica al abrigo de una experiencia de explotación extrema. Para él, que también había sido reprimido en el rosariazo por las huestes policiales, el enemigo estaba constituido, al inicio de su militancia, fundamentalmente, por la patronal. Se incorpora al ERP a mediados del 1973. Exploremos sus recuerdos:

E: –De las acciones armadas en las que participaste ¿cuál es la que recordás como más importante?

“Y de por sí, la primera, donde tomamos la fábrica donde yo estoy, que los patrones eran todos unos hijos de puta y…verlos en ese momento todos cagados, temblando…era algo que yo me acuerdo siempre como si fuera hoy, dónde estábamos parados cada uno…todo […] Te imaginás que la gente siempre puteando contra la patronal que estos hijos de puta que nos hacen esto, que hacen tal cosa y cuando vos llegabas y les juntabas los patrones ahí adelante de todos y los apretabas y los tipos se cagaban todos y te daban la llave del auto sin problema, no sabían en qué bolsillo buscar para dártela más rápido y eso…qué sé yo, entonces, era el goce después de los compañeros”[xvi]

Aquí, el enemigo es, sin duda alguna, un enemigo de clase y la gratificación de “los compañeros” encuentra su significado en el efímero instante de reparación justiciera a través del cual se invierte el sentido del miedo y la humillación. En su experiencia cotidiana de explotación Raúl construyó un enemigo cuya acepción implica, básicamente, la noción de clase. Lo que lo equipara en un inicio a otras experiencias militantes es, en todo caso,  su noción polarizada de la política, la política entendida como espacio de confrontación con pocas o ninguna posibilidades de negociación. Cuenta Raúl que en las reuniones entre los delegados y la patronal, el dueño de la fábrica, “el turco”, asistía con su inseparable escopeta de caño recortado. En el caso de Raúl, esta primera aproximación al mundo político encierra una noción bélica del conflicto de clase. Esta noción de enfrentamiento a un enemigo-patrón hallará una articulación feliz, por un lado, con la acepción perretista del enemigo-burgués y, por el otro,  con la noción partidaria de la revolución entendida como guerra:

E: -¿Cómo eran las acciones armadas?

“Bueno, en esa fábrica, todo compañero que ingresaba, debutaba tiroteándole la casa al Turco, viste. Es más, él decía que estaba en guerra con el ERP, él personalmente estaba en guerra con el ERP y andaba siempre con tres o cuatro guardaespaldas. Además era presidente de la Cooperadora Policial de la provincia, la cana siempre a su disposición “ [xvii]

Hasta aquí, está bien claro quién es el enemigo de Raúl.  Sin embargo, me pregunto por los efectos que sobre su memoria tuvieron la otra acepción de enemigo contendida en el discurso partidario y sus años siguientes de experiencia militante. Cuando en una entrevista posterior le pregunto quién era el enemigo

contesta: “Mirá, por ahí en los planes y en teoría, el enemigo sabíamos quién era: la burguesía, el imperialismo, el Estado. Pero en concreto el enemigo nuestro de ese momento era la cana que era con quien nos enfrentábamos por ahí, viste…Yo te digo, por mi experiencia, para mí, el enemigo concreto era la cana”[xviii]

Efectivamente, en su vida cotidiana, y a medida que la represión se encrudece, el militante del PRT-ERP se enfrenta, casi cotidianamente a un enemigo que aparece cada vez más frecuentemente representable a través de un uniforme. No huye del empresario, ni del burgués. En su experiencia clandestina, en los frentes de masas, en las cárceles y en las calles, el militante se enfrenta casi exclusivamente a los agentes represores del Estado. Éste es el enemigo para él, un enemigo casi privado, desvinculado de la estructura del poder de clases, y por tanto, despolitizado. Si la dimensión colectivo-partidaria había habilitado a través de la coexistencia de las dos acepciones del término enemigo, la dimensión experiencial permite una apropiación y resignificación del concepto que empuja, desde diversos ángulos y razones a nuevos desplazamientos semánticos.

Leyendo las editoriales del Combatiente, algunos boletines internos o declaraciones extraordonarias del Partido, uno puede reconocer algunos esfuerzos retóricos por invertir el sentido del desplazamiento semántico y restituirle al enemigo su carácter de clase.  Sin embargo, lo esporádico de dichas intervenciones, la presencia siempre tangible tanto en el discurso partidario como en la dimensión experiencial del enemigo como represor convierten a aquellos esfuerzos en fallidos y pronto olvidables intentos. Los cuadros primarios de dirección permanentemente perseguidos, asesinados o encarcelados son reemplazados por entusiastas y nuevos compañeros que traen consigo la experiencia resignificadora de su práctica militante en tiempos de guerra. En sus manos irá quedando la formación política y militar de los nuevos ingresantes.

Luis, que comienza su militancia en el ERP a comienzos del 74, recuerda muy bien haber sido “preparado” en las “escuelas” del ERP para enfrentarse al enemigo: “en cierta medida habíamos recibido cierta instrucción en cuanto a la operatividad del enemigo …éramos conscientes de infiltrados, éramos conscientes de los servicios de inteligencia, éramos conscientes de la policía común, del policía que anda con el Comando Radioeléctrico por la calle, del vigilante que dirige el tráfico o el vigilante que cuida un banco”[xix]

Es cada vez más en oposición a este enemigo, que el PRT-ERP irá construyendo, a partir de un movimiento casi especular, su propia identidad. Piénsese, por ejemplo, en el uso casi obligatorio y ceremonial del uniforme verde oliva, que se impondrá a los guerrilleros perretistas a partir de 1974. Y esta construcción identitaria, involucra a su vez en una relación dialéctica la construcción del otro. La afirmación e identificación de un “ellos” en la misma dinámica de afirmación e identificación de un “nosotros”.

E: -Antes de la cárcel ¿cómo te imaginabas que era ese enemigo?

“Yo me imaginaba nomás que me podían matar. No me imaginaba que me podían torturar, pero…no me imaginaba el retorcimiento, no me imaginaba los desaparecidos, sabía que torturaban pero…[…] Yo pensaba que era un Ejército de línea, con una ideología…o sea me lo imaginaba a imagen y semejanza nuestra pero al revés…”[xx]

Por lo demás,  esta especularidad excede con mucho las prácticas rituales y las dimensiones subjetivas para encontrar también su espacio en el mundo material de la línea y la praxis partidarias.

En septiembre de 1974, luego del asesinato de algunos guerrilleros en Catamarca Santucho hace pública a través de los órganos oficiales del Partido y del Ejército la siguiente decisión: “Luego de 16 días de investigaciones, hemos tomado una grave determinación. Nuestra organización ha decidido emplear la represalia: mientras el ejército no tome guerrilleros prisioneros, el ERP, tampoco lo hará. Responderemos ante cada asesinato con una ejecución de oficiales indiscriminada. Es la única forma de obligar a una oficialidad cebada en el asesinato y la tortura a respetar las leyes de la guerra”[xxi]

En última instancia, el PRT-ERP está en guerra. Y en esa guerra el principal sujeto interpelado es ese enemigo-Ejército que a los ojos del PRT-ERP ha dejado de respetar el mundo de códigos compartidos de combate que toda guerra delimita. Abrumado a estas alturas por  la acepción de un enemigo des-politizado, la única respuesta posible es la militar, invadida a su vez ésta, por el móvil casi privado, de la represalia.

En esta cadena de resignificación-despolitización el destino personal de cada militante hará lo demás: “en los ocho años preso yo adquirí algo que antes no tenía: que era el odio, el odio a los represores […] el odio al enemigo, a los militares, a todo lo que viste uniforme lo adquirí en la cárcel. […] yo cuando salí de la cárcel los quería matar a todos, les tenía un odio terrible […] ya no porque se explota a la clase obrera, no, no, odio contra este hijo de puta que me torturaba, que me humillaba [xxii]

Estado,  clase y política en  los años 70.
La  convivencia de dos acepciones del concepto de enemigo –convivencia originada y alimentada tanto en la concepción de la política entendida como guerra propia de las formulaciones partidarias como en la dimensión experiencial– remite a una pregunta que si bien escapa a las posibilidades de este trabajo no puede dejar de plantearse.

Esa pregunta interpela, por un lado, a la forma en que el PRT-ERP piensa la relación entre Estado y clase en la Argentina; por otro, busca cotejar esa mirada con las particularidades de la realidad político-institucional de los tempranos años ’60 y ’70.

Una de las primeras cuestiones a destacar es el rol, por momentos ambiguo, que el PRT-ERP le atribuye en sus análisis políticos a las FFAA en relación con la clase dominante. Pues si bien por un lado podemos ver que éstas aparecen tan sólo como garantes necesarios de un orden capitalista dependiente, por otro lado, ese rol parece desplazarse hacia una suerte de autonomización política de las FFAA.

Veamos cómo aparecen cada una de estas caracterizaciones en dos resoluciones del Comité Ejecutivo de 1971 y 1972: Haciendo referencia a los intentos de acuerdos políticos entre Lanusse y los partidos políticos para garantizar una salida “ordenada” de la dictadura militar, se explica que: “sería el movimiento la Hora del pueblo, donde se concretaría la alianza de la burguesía con el visto bueno del imperialismo, permitiendo el retorno de los militares a los cuarteles, asegurada la estabilidad del régimen...”[xxiii]

Casi un año más tarde, leemos: “La crisis actual de la Argentina capitalista no tiene ninguna posibilidad de ser superada a corte o mediano plazo, por ningún gobierno burgués. El gobierno que surja del proceso electoral próximo, lo mismo si es o no peronista, estará incapacitado para concretar ni siquiera soluciones mínimas. […] En el caso de un gobierno peronista, este proceso no será más lento porque la posibilidad de maniobra, producto de la confianza de las masas, será contrarrestada porque esta confianza favorecerá también la movilización obrera y popular por reivindicaciones inmediatas. Así, un nuevo gobierno parlamentario se encontrará con las masas en la calle, con la ampliación de la lucha de masas, obligado desde bambalinas por las FFAA a reprimir violentamente.[xxiv]

En la primera cita las FFAA aparecen tan sólo como garantes de un orden en crisis, rol que les “permitiría” volver a los cuarteles una vez que la alianza de la burguesía pudiera asegurar por sí misma la estabilidad del régimen. De lo cual se deduce que la intervención de las fuerzas represivas del Estado en la conflictividad política encuentra su razón de ser en la imposibilidad de la clase dominante de garantizar un régimen político estable que permita llevar adelante su proyecto de dominación.

En la segunda cita, la clase dominante aparece imposibilitada para cumplir con ese objetivo por sí misma. Sin embargo, ya no es ella quien apela al aparato militar del Estado para garantizar el disciplinamiento político-social necesario, sino que son las propias FFAA las que “obligarían” al gobierno burgués a reprimir violentamente. El giro discursivo no resulta menor, puesto que de ser el auxiliar armado de un orden las FFAA pasan a ser el núcleo duro del poder, el bastión del sistema, las beneficiarias últimas de un orden social desmovilizado.

Es indudable que la participación violenta de las FFAA en la vida institucional argentina, al menos desde 1930 en adelante, no sólo viene a verificar esta mirada sino que, en efecto, esta reiterada irrupción  las constituye en factor de poder determinante en el mapa político de la época. Sin embargo, es menester detenerse en el tipo de  relación existente entre las FFAA y la clase dominante argentina. Y es aquí donde intuyo que el PRT-ERP sobreestima a las FFAA en cuanto a la posición que ocupan en el entramado de las relaciones de poder:  “Hoy en la Argentina, ante el embate de las masas, la persistencia de la guerrilla, la agudización de la crisis económica, le es imperioso a la burguesía y a su dirigente el Partido Militar, recurrir al engaño para reorganizarse”[xxv]

Aquí, para el PRT-ERP, las FFAA son, en definitiva, el grupo hegemónico de las clases dominantes. Han dejado de ser custodios de un orden burgués para ocupar el puesto de dirigencia de clase. Que la clase dominante de la Argentina de la época se encuentre imposibilitada de resolver pacíficamente las pujas internas de las distintas fracciones que la componen,  es más que plausible. Pero sospecho, y quiero recalcar el carácter tan sólo especulativo de estos párrafos, que atribuirles el rol de dirigencia de clase es atribuirles, de alguna manera, un interés último y autónomo que vendría a oscurecer la naturaleza intrínseca de su rol en el entramado de un Estado.

Y esto nos envía a otra cuestión fundamental que es la forma en que el PRT-ERP piensa al Estado.

En una declaración titulada: “Por qué el EJÉRCITO REVOLUCIONARIO DEL PUEBLO no dejará de combatir. Respuesta al Presidente Cámpora”, del 13 de abril de 1973 y firmada por el Comité Militar Nacional, leemos: “El gobierno que el Dr. Cámpora presidirá representa la voluntad popular. Respetuosos de esa voluntad, nuestra organización no atacará al nuevo gobierno mientras éste no ataque al pueblo ni a la guerrilla. Nuestra organización seguirá combatiendo militarmente a las empresas y a las fuerzas armadas contrarrevolucionarias […] En cuanto a la policía, que supuestamente depende del Poder Ejecutivo, aunque estos últimos años ha actuado como activo auxiliar del ejército opresor, el ERP suspenderá los ataques contra ella a partir del 25 de mayo y no la atacará mientras ella permanezca neutral, mientras no colabore con el ejército en la persecución de la guerrilla y en la represión a las manifestaciones populares […] La experiencia nos indica que no puede haber tregua con los enemigos de la Patria, con los explotadores, con el ejército opresor y las empresas capitalistas expoliadoras […] NO DAR TREGUA AL ENEMIGO […]

¡Ninguna tregua al ejército opresor!

¡Ninguna tregua a las empresas explotadoras!”[xxvi]

Para decirlo sencillamente, el PRT-ERP, está fragmentando al Estado, y autonomizando las partes que lo componen: ejército, poder ejecutivo, policía, aparecen en esta declaración como actores políticos autónomos, independientes unos de otros.

Escapa a mis posibilidades y a los objetivos primarios de este trabajo ahondar en la naturaleza y características del Estado argentino de la época. Baste tan sólo afirmar que cualquier pregunta sobre la “militarización” de la política de aquellos años necesita indagar una dimensión  poco sencilla: aquella que remite al complejo entramado de  fuerzas articuladas a través de la coerción y el consenso. Se trata, en definitiva, de desentrañar la radiografía y la dinámica del poder.

He intentado en este escrito dar cuenta de la compleja dinámica de construcción de uno de los componentes claves del sistema de referencias perretista: el enemigo. Las dimensiones involucradas en el análisis responden a la certeza de que la conformación identitaria y las prácticas políticas de una organización como el PRT-ERP debe pensarse como un complejo proceso que articula tanto el universo de las formulaciones ideológicas, como el de la producción de subjetividades.

Y esto porque volver inteligible nuestro pasado reciente exige inmiscuirse, una vez más, en las profundas razones de quienes acuñaron, con la fuerza de un grito de guerra, el mandato último y dramático de “A vencer o morir”.

Por Vera Carnovale

La ONDA digital Nº 921 (Síganos en Twitter y facebook


BIBLIOGRAFÍA:

De Santis, Daniel: A vencer o morir. PRT-ERP documentos, Tomos I y II, Eudeba, Buenos Aires 1998 y 2000.

Mattini, Luis: Hombres y mujeres del PRT-ERP. De Tucumán a la Tablada, La Campana, Buenos Aires, 1996.

Ollier, María Matilde: La creencia y la pasión. Privado, público y político en la izquierda revolucionaria, Ariel, Buenos Aires, 1998.

Pittaluga, Roberto: “La historiografía sobre el PRT-ERP”, El Rodaballo, año VI, N° 10, Buenos Aires, 2000.

Pittaluga, Roberto: “Por qué el ERP no dejará de combatir”, ponencia presentada en las VIII Jornadas Interescuelas y Departamentales de Historia, Salta, septiembre 2001.

Prieto, Helios: “Sobre la historia del PRT-ERP. Memorias volterianas con final maquiavélico”, El Rodaballo, año VI, N° 11/12, Buenos Aires, 2000.

Seoane, María: Todo o nada. La historia secreta y la historia pública del jefe guerrillero Mario Roberto Santucho, Planeta, Buenos Aires, 1991.

Tarcus, Horacio: “La secta política” en El Rodaballo, año V, N° 9, Buenos Aires,1998-1999.

[i] – Miguel, entrevista de la autora, 2/3/2000.

[ii] – Raúl, entrevista de la autora, 12/3/2000.

[iii] PRT, “Resoluciones del V Congreso y Resoluciones posteriores”, 1971, pág. 66. El subrayado me pertenece, VC.

[iv] Idem, pág, 77

[v] – De Santis, Daniel: A vencer o morir. PRT-ERP documentos, Tomos I y II, Eudeba, Buenos Aires 1998 y 2000, pág. 167-168. El subrayado me pertenece, VC.

[vi] – De Santis, Daniel: op.cit., pág. 171

[vii] Mattini, Luis: Hombres y mujeres del PRT-ERP. De Tucumán a la Tablada, de la Campana, Buenos Aires, 1996, pág. 113.

[viii] – PRT, “Resoluciones del V Congreso y Resoluciones posteriores”, op. cit., pág. 72. El subrayado me pertenece, VC

[ix] Miguel, entrevista de la autora. El subrayado me pertenece, VC.

[x] Carlos, entrevista de la autora, 18/3/2000.

[xi] Carlos, entrevista de la autora, 7/2-/2000. El subrayado me pertenece, VC.

[xii] Miguel, entrevista de la autora, 12/1/2000. Archivo personal de la autora. El subrayado me pertenece, VC.

[xiii] – Miguel, entrevista de la autora, 20/1/2000.

[xiv]Estrella Roja, N° 13, junio de 1972.

[xv] – Miguel, entrevista de la autora, 2/3/2000. El subrayado me pertenece, VC.

[xvi] – Raúl, entrevista de la autora, 12/3/2000.

[xvii] – Raúl, entrevista de la autora, 21/1/2000.

[xviii] – Raúl, entrevista de la autora, 15/3/2000.

[xix] – Luis,  entrevista de la autora, 14/5/2000.

[xx] – Miguel, entrevista de la autora, 2/3/2000. El subrayado me pertenece, VC.

[xxi]El Combatiente N° 136, 14/91974 y Estrella Roja N° 40, 23/9/1974.

[xxii] – Miguel, entrevista de la autora, 20/1/2000. El subrayado me pertenece, VC.

[xxiii] – Resoluciones del Comité Ejecutivo, abril de 1971, en De Santis, Daniel, op. cit., pág. 264. El subrayado me pertenece, VC.

[xxiv] -Resoluciones del Comité Ejecutivo, enero de 1972, en De Santis, Daniel, op. cit., pp. 193-194. El subrayado me pertenece, VC.

 

[xxv] – Editorial de El Combatiente, 30/7/1972, en De Santis, Daniel, op.cit., pág. 201. El subrayado me pertenece, VC.

[xxvi] – El subrayado me pertenece, VC.

 

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