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Guillermo Botero, gran escultor colombiano cuya obra en Uruguay debe ser rescatada

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Lic. Fernando Britos V.

Guillermo Botero Gutiérrez (1917 – 1999) nació en Pácora, departamento de Caldas, en Colombia y llegó a ser un gran artista popular latinoamericano. Hace poco más de 75 años se estableció en nuestro país, conoció a su compañera de toda la vida, Mirta Negreira, y trabajó mucho durante casi dos décadas. A principios de la década de los sesenta, Guillermo y Mirta volvieron a Manizales la capital de Caldas. Después vinieron algunas veces hasta que la dictadura los ahuyentó en 1973.

Guillermo Botero Gutiérrez

En tres anexos que se encuentran a continuación, el Prof. Ing. Carlos-Enrique Ruiz (Revista Aleph) y el escritor Octavio Hernández Jiménez se refieren a la obra y la vida de Guillermo Botero, sobre todo en Manizales pintoresca ciudad que vale la pena visitar para apreciar sus esculturas, gigantescas o delicadas, en metal y sus magníficos murales de cerámica (lamentablemente descuidados) en la Plaza de Bolívar. De todo esto hablan los académicos colombianos que fueron sus amigos, especialmente el Prof. Ruiz.

Sin embargo, pocos conocen algunas obras importantes que Guillermo Botero legó al Uruguay. Muchas veces hablamos con el Prof. Arq. Mariano Arana acerca de la necesidad de rescatar sus obras antes de que se perdieran definitivamente. El Prof. Arana recordaba una importante talla en madera, de grandes dimensiones, que Guillermo había instalado en un local comercial en Mercedes, entre Florida y Andes (frente al Auditorio Nacional del SODRE). La talla había sido pintada pero hasta hace unos años estaba allí aunque el comercio había cerrado.

Sus obras más importantes se encontraban (¿se encuentran?) en la antigua terminal del Aeropuerto Nacional de Carrasco. En 1946 y 1947, Guillermo fue uno de los artistas contratados por la Comisión Especial de Areropuerto de Carrasco para contribuir al embellecimiento interior del edificio. Hasta 1983, en el hall principal había un gran mural de cerámica (una de las técnicas predilectas del artista que era un maestro del fuego, la forja y la cocción a altas temperaturas). El mural estaba entrando a mano derecha y sus dimensiones serían de unos cinco o seis mnetros de alto por unos ocho de ancho. La cerámica reflejaba en una especie de colorido mosaico los paisajes humanos del país. Cuando se hizo la reforma o ampliación de 1983, que consistió en abrir un corredor hacia la derecha donde se ubicaron los counters de las compañías aéreas, el mural fue desmontado y los numerosos paneles de 50 x 50 que lo constituían desaparecieron.

Cuando Mirta y Guillermo regresaron al país al final de la dictadura buscaron el mural. Nadie supo darles razón de su paradero. Operarios que habían trabajado en la reforma señalaron que los paneles  habían sido colocados en cajones de madera pero nadie sabía donde habían ido a parar. Alguien dijo que habían estado depositados, por lo menos transitoriamente, en el edificio de la calle 25 de Mayo en el que estuvo el Ministerio de Defensa pero cuando ellos fueron a preguntar se lo negaron.

Sin embargo,en el Aeropuerto había dos o tres obras más y allí estuvieron, algunas a la vista del público hasta el final. Dos de esas obras eran murales de cerámica, más pequeños (de un par de metros de lado) que representaban en forma naturalista a unos criollos sentados en una cabeza de vaca con cojinillo, tomando mate. Esos murales, que antes habían estado a la vista del público en el comedor resultaron ocultados cuando se amplió la gambusa del restaurante. Quienes síamos que estaban allí nos colábamos por una puerta de acceso exclusivo para el personal y nos metíamos en la gambusa con amigos para que los vieran.

Otras dos obras estaban en la escalera que subía desde la planta baja hasta el restaurante. Una de ellas era una talla en madera donde se veía una mujer y un hombre, en tamaño natural, era una magnífico trabajo de gubia sobre una gran plancha entera de madera dura , apenas barnizada, las figuras de gran fuerza y belleza se proyectaban hacia la escalera sin llegar a estar totalmente exentas. Frente al rellano de la escalera se encontraba un panel de metal, posiblemente de bronce y de gran tamaño que representaba alegóricamente los distintos medios de transporte, desde la diligencia al avión pasando por barcos y ferrocarriles.

Naturalmente no fue solamente Guillermo quien contribuyó al embellecimiento del edificio, él citaba a otros amigos del Taller Torres García y es curioso que nadie parece haber prestado atención a la riqueza artística y decorativa que aportaron al edificio. Es imperioso que las obras de arte del    antiguo Aeropuerto sean cuidadosamente identificadas, inventariadas y rescatadas para el disfrute por la población, tal y como fueron concebidas. En su momento planteamos el asunto a los representantes diplomáticos colombianos en nuestro país y estamos seguros de que su gobierno vería con satisfacción el rescate de las obras del Maestro caldense y estaría dispuesto a colaborar, por ejemplo donando a la Biblioteca Nacional del bibliografía sobre Guillermo Botero referida por el académico Carlos-Enrique Ruiz.

La profunda relación entre Guillermo y Mirta con el Uruguay se ejemplifica con la historia de otra de las esculturas espectaculares del Maestro. Guillermo falleció en Manizales, a los 82 años de edad. Él había heredado la pequeña finca cafetera La María (ubicada a 1.800 metros sobre el nivel del mar como corresponde) en las montañas más verdes de los Andes y entre ella y la casa que él construyó en persona (una casa antisísmica en una de las colinas sobre las que está posada Manizales) pasó sus últimos años. Trabajando siempre con sus hornos y sus fraguas, un pequeño vulcano inquieto y brillante.

Cuando falleció Guillermo, en 1999, Mirta legó la casa-taller (en la planta baja garaje y depósito, en el primer piso el taller y en la segunda planta la vivienda propiamente dicha) para una institución de enseñanza de artes y oficios y regresó a la casa que habían construido en Shangrilá (la famosa “casa del techo caído”). En su equipaje traía un legado artístico, una extraordinaria escultura en madera, uno de “los profetas”, una cabeza tallada en un tronco cilíndrico de aproximadamente un metro de alto, montada sobre un eje que permitía girarla para apreciarla en toda su fuerza y semblanza. Era una donación de Guillermo a la Intendencia Municipal de Montevideo. Entonces concurrimos con Mirta a entrevistarnos con Gonzalo Carámbula, entonces Director de Cultura de la comuna bajo la Intendencia de Mariano Arana. La cabeza del profeta fue ubicada, ese mismo año, en el vestíbulo del despacho del Intendente en el Palacio Municipal en un acto al efecto. Mirta se retiró muy satisfecha, había cumplido el encargo especial de Guillermo.

****

ANEXO
1 /  El escultor Guillermo Botero, a diez años de su muerte
por Carlos-Enrique Ruiz [i] (2009)

Han pasado dos lustros de la muerte de nuestro artista plástico más notable. Un hombre que desde la infancia vivió su vida a la velocidad de un destino marcado por el trabajo y la incesante búsqueda de la belleza. De niño le correspondió plantar árboles en “La María” (la finca de su padre), que después benefició para sus tallas, y la heredó, dándole manejo productivo en café, frutales, flores y cultivos de pancoger, en simultaneidad con su oficio de Artista. Alumno-fundador en la Escuela de Bellas Artes de Manizales, donde fue discípulo de Gonzalo Quintero, José Manuel Cardona, Alberto Arango Uribe …, luego becado por el gobierno departamental viajó a Chile donde avanzó en su preparación como escultor trabajando en la Escuela de Canteros, y prosiguió su trajinar de indagación, formación asombrosa en Brasil, Argentina y Paraguay, y sentó reales en Uruguay, donde su taller fue centro de intelectuales y artistas del exilio, en tiempos de dictaduras.

Casó con adorable maestra de Tacuarembó, Mirta Negreira Lucas, el ángel guardián de toda su vida, y se reincoporó con ella a Manizales a comienzos de los años sesenta, donde llevó vida intensa, con prolífica obra, esparcida por lugares públicos en la ciudad Y en colecciones privadas de aquí y de otras partes. De igual modo viajó en varias oportunidades por Europa en estudio de los grandes maestros por los museos, y gustando todos los vinos.

De muy joven fue tallador de cristos, vírgenes y santos por pueblos, incluso imágenes milagrosas que lloraban ante el fervor de los feligreses, gracias a sus trucos de cera en cavidades dispuestas para la sorpresa. Y en su primer taller tuvo el atrevimiento de disponer de modelos desnudas, lo que para ese tiempo fue escándalo desde los púlpitos. La condición y la creación del pueblo fueron atractivo especial de observaciones y aprendizaje, a tal punto que al concluir una obra grande solía ocuparse de explorar en formas populares, con diversidad de materiales, y en los años finales modelando el vidrio con figuras de rica y variada abstracción. Ningún material le era ajeno, puesto que a todos ellos los consideraba con alma, y se consagraba a explorarlos en su riqueza de contenidos, hasta sacarles el mejor provecho en volúmenes de llamativa condición.

El maestro Botero, perteneciente por edad y amistad a la “generación de los azucenos”, comenzó su presencia profesional en Manizales, cuando la construcción del Teatro-los-Fundadores, elaborando ese mural excelente sobre la historia de la ciudad, ubicado en el segundo piso de la edificación, y la bailarina en lámina de cobre, del primer piso, al igual que las estampas musicales del vestíbulo, en homenaje a la música de viento y a la música de cuerdas. Fue profesor y director de la Escuela de Bellas Artes, por corto período, puesto que su trabajo de taller le demandaba todo el tiempo.

Nacido en Pácora (1917), nunca olvidó su tierra y allá fueron a dar, a su muerte, las herramientas,  hornos eléctricos y demás elementos de su taller, con obras reunidas en vidrio, madera, cerámica, que se conservan celosamente en la Casa de la Cultura que lleva su nombre, aprovechado ese motivador ambiente en la realización de prácticas con jóvenes que también buscan una vocación en el arte.

Bellos murales en madera están en edificios Xué y Cervantes, en el auditorio del Recinto-del-Pensamiento, en el Fondo Cultural del Café, en el centro comercial Parque Caldas, en el hotel Las Colinas,… en el hospital de Buenaventura, etc. Importante la serie inconclusa de tallas con tema de los profetas y suicidas (Elías, Ezequiel, Zacarías…, Matilde…). Los dos murales en cerámica sobre el 20 de julio en la Plaza de Bolívar de Manizales (“Preludio de lanzas llaneras” y “Vientos de libertad”), han sido víctimas del desamparo de las administraciones municipales, y paulatinamente destrozados por la barbarie y la desidia. Son murales elaborados en rigurosa técnica clásica de la cerámica, con arcilla seleccionada, obedeciendo a meticulosa investigación en la fabricación de los esmaltes, en las temperaturas, y realizados en su propio taller, con horno de ACPM especialmente hecho para ese fin. Son piezas históricas, invaluables, que deben ser restauradas por manos expertas y preservadas como patrimonio artístico.

En el mismo marco de la Plaza de Bolívar hay un conjunto escultórico en lámina de cobre, que de igual modo ha sufrido la arremetida de la barbarie, ante ojos impávidos. En el parque San José contribuyó en su remodelación instalando un conjunto con cerámica suya de gran tamaño (“El viento”) y con rescate, en un plano inferior, del busto del pensador Rafael Uribe-Uribe de la autoría del maestro Constantino Carvajal (busto que desapareció, también por la desidia y el desparpajo de una sociedad no formada para la valoración del arte). Hay también murales suyos en el Club Manizales, uno en madera y otro en materiales volcánicos. Y la “Mujer” en ese escondrijo del antiguo Banco de Caldas que da a la carrera 22.

El maestro Guillermo Botero-Gutiérrez es por tantos motivos de recordar. Personalidad recia, formada en el trabajo sin fatiga, con estudios fundamentales e intensos en dibujo, escultura, historia del arte, en lecturas de los clásicos universales y americanos, fortalecido en su vagabundear por el mundo, con ojo atento y espíritu inquisitivo. Centro insustituible de tertulias, con capacidad de escanciar buenos licores y su infaltable aguardiente, y de centrar las conversaciones con verbo elocuente y chispeante. Sus historias, en medio de los tragos, eran alucinadas, del corte del “realismo mágico”, por ejemplo ese relato de cuando los uruguayos se bebieron a su héroe nacional Artigas.

Han quedado valiosos testimonios suyos en algunos libros: “Murales – Esculturas – Manizales” (catálogo, s.f., que debería reeditarse para difusión entre propios y visitantes),  “G. Botero G., escultor” (bello libro, con textos y policromías, editado por Maria-Virginia Santander M., bajo el auspicio de la Universidad de Caldas, 1995), “Y fue un día” (autobiografía, libro editado por la Universidad Nacional en Manizales, 1997). Asimismo, número significativo de escritos y dibujos en la Revista Aleph.

Nuestra ciudad, tan esquiva con el arte moderno y el contemporáneo, debe mirar de nuevo a un modernizador como fue el maestro Botero, en el rescate y difusión de sus obras públicas, con reproducción de catálogo que está a la mano. Los dioses del Olimpo lo tendrán disfrutando en un jolgorio de creación eterna, como un poeta de encendida expresión.[/pullquote]
Sin embargo, pocos conocen algunas obras importantes que Guillermo Botero legó al Uruguay. Muchas veces hablamos con el Prof. Arq. Mariano Arana acerca de la necesidad de rescatar sus obras antes de que se perdieran definitivamente. El Prof. Arana recordaba una importante talla en madera, de grandes dimensiones, que Guillermo había instalado en un local comercial en Mercedes, entre Florida y Andes (frente al Auditorio Nacional del SODRE). La talla había sido pintada pero hasta hace unos años estaba allí aunque el comercio había cerrado.

Sus obras más importantes se encontraban (¿se encuentran?) en la antigua terminal del Aeropuerto Nacional de Carrasco. En 1946 y 1947, Guillermo fue uno de los artistas contratados por la Comisión Especial de Areropuerto de Carrasco para contribuir al embellecimiento interior del edificio. Hasta 1983, en el hall principal había un gran mural de cerámica (una de las técnicas predilectas del artista que era un maestro del fuego, la forja y la cocción a altas temperaturas). El mural estaba entrando a mano derecha y sus dimensiones serían de unos cinco o seis mnetros de alto por unos ocho de ancho. La cerámica reflejaba en una especie de colorido mosaico los paisajes humanos del país. Cuando se hizo la reforma o ampliación de 1983, que consistió en abrir un corredor hacia la derecha donde se ubicaron los counters de las compañías aéreas, el mural fue desmontado y los numerosos paneles de 50 x 50 que lo constituían desaparecieron.

Cuando Mirta y Guillermo regresaron al país al final de la dictadura buscaron el mural. Nadie supo darles razón de su paradero. Operarios que habían trabajado en la reforma señalaron que los paneles  habían sido colocados en cajones de madera pero nadie sabía donde habían ido a parar. Alguien dijo que habían estado depositados, por lo menos transitoriamente, en el edificio de la calle 25 de Mayo en el que estuvo el Ministerio de Defensa pero cuando ellos fueron a preguntar se lo negaron.

Sin embargo,en el Aeropuerto había dos o tres obras más y allí estuvieron, algunas a la vista del público hasta el final. Dos de esas obras eran murales de cerámica, más pequeños (de un par de metros de lado) que representaban en forma naturalista a unos criollos sentados en una cabeza de vaca con cojinillo, tomando mate. Esos murales, que antes habían estado a la vista del público en el comedor resultaron ocultados cuando se amplió la gambusa del restaurante. Quienes síamos que estaban allí nos colábamos por una puerta de acceso exclusivo para el personal y nos metíamos en la gambusa con amigos para que los vieran.

Otras dos obras estaban en la escalera que subía desde la planta baja hasta el restaurante. Una de ellas era una talla en madera donde se veía una mujer y un hombre, en tamaño natural, era una magnífico trabajo de gubia sobre una gran plancha entera de madera dura , apenas barnizada, las figuras de gran fuerza y belleza se proyectaban hacia la escalera sin llegar a estar totalmente exentas. Frente al rellano de la escalera se encontraba un panel de metal, posiblemente de bronce y de gran tamaño que representaba alegóricamente los distintos medios de transporte, desde la diligencia al avión pasando por barcos y ferrocarriles.

Naturalmente no fue solamente Guillermo quien contribuyó al embellecimiento del edificio, él citaba a otros amigos del Taller Torres García y es curioso que nadie parece haber prestado atención a la riqueza artística y decorativa que aportaron al edificio. Es imperioso que las obras de arte del    antiguo Aeropuerto sean cuidadosamente identificadas, inventariadas y rescatadas para el disfrute por la población, tal y como fueron concebidas. En su momento planteamos el asunto a los representantes diplomáticos colombianos en nuestro país y estamos seguros de que su gobierno vería con satisfacción el rescate de las obras del Maestro caldense y estaría dispuesto a colaborar, por ejemplo donando a la Biblioteca Nacional del bibliografía sobre Guillermo Botero referida por el académico Carlos-Enrique Ruiz.

La profunda relación entre Guillermo y Mirta con el Uruguay se ejemplifica con la historia de otra de las esculturas espectaculares del Maestro. Guillermo falleció en Manizales, a los 82 años de edad. Él había heredado la pequeña finca cafetera La María (ubicada a 1.800 metros sobre el nivel del mar como corresponde) en las montañas más verdes de los Andes y entre ella y la casa que él construyó en persona (una casa antisísmica en una de las colinas sobre las que está posada Manizales) pasó sus últimos años. Trabajando siempre con sus hornos y sus fraguas, un pequeño vulcano inquieto y brillante.

Cuando falleció Guillermo, en 1999, Mirta legó la casa-taller (en la planta baja garaje y depósito, en el primer piso el taller y en la segunda planta la vivienda propiamente dicha) para una institución de enseñanza de artes y oficios y regresó a la casa que habían construido en Shangrilá (la famosa “casa del techo caído”). En su equipaje traía un legado artístico, una extraordinaria escultura en madera, uno de “los profetas”, una cabeza tallada en un tronco cilíndrico de aproximadamente un metro de alto, montada sobre un eje que permitía girarla para apreciarla en toda su fuerza y semblanza. Era una donación de Guillermo a la Intendencia Municipal de Montevideo. Entonces concurrimos con Mirta a entrevistarnos con Gonzalo Carámbula, entonces Director de Cultura de la comuna bajo la Intendencia de Mariano Arana. La cabeza del profeta fue ubicada, ese mismo año, en el vestíbulo del despacho del Intendente en el Palacio Municipal en un acto al efecto. Mirta se retiró muy satisfecha, había cumplido el encargo especial de Guillermo.

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ANEXO 2 / La maestra de Tacuarembó
por Carlos-Enrique Ruiz

Fue de influencia significativa en nosotros; la conocimos en los comienzos de nuestras aplicaciones docentes. Formada en tiempos de flexibilidad con rigor en la educación uruguaya. El ambiente familiar y el entorno social la motivaron para prepararse como maestra, con el gusto de ayudar para que otros accedieran a la cultura. Se preparó en la modalidad libre, es decir, sin tomar clases en aula, y pasó con honores los exámenes de Estado que la habilitaron para ejercer la profesión más bella y multiplicadora: el magisterio.

Mirta Negreira-Lucas, es su nombre, nació en 1921 en Tacuarembó, de ascendencia gallega, donde tuvo la formación básica [ii]. Ejerció, hasta su jubilación, en las escuelas de Tambores primero (ciudad natal) y de Carrasco luego (en Montevideo). Como pilar sustantivo de su formación tuvo la “Educación por el arte” (1943) de Herbert Read, obra de extraordinaria influencia en el Cono Sur, que le permitió asumir la orientación de los niños con sentido integral. Aprendió en teoría, y entendió, con ejercicio perseverante, que es posible disponer del arte como eje de la educación, desde los más tempranos niveles hasta la llamada educación superior. Se acompañó también, en su preparación rigurosa, de la obra de Jesualdo (“Vida de un maestro”, 1947), el reformador de la educación en Uruguay.

Mirta casó en Montevideo con Guillermo Botero-Gutiérrez, el escultor de nosotros, quien estudió y trabajó en su oficio por Chile, Argentina, Brasil, Paraguay,… y se estableció en Montevideo, donde montó taller, que fue centro de tertulias de grandes personalidades del exilio. En ese ambiente se encontró con Mirta, la maestra adorable de Tacuarembó. En su unión surgieron murales, obras de todos los tamaños para edificios, ferias y galerías de arte. Juntos construyeron, en 1953, singular casa-taller en el sector de Shangrilá, en vecindades de Montevideo, a pocas cuadras de la playa, con entorno de jardines y árboles, y sosiego propicio para la creación. Casa que conocíamos por filmaciones del maese Botero, pero que ahora reconocimos visitándola, con Mirta en soledad y algunas limitaciones físicas.

Es de recordar que la maestra de Tacuarembó llegó a Manizales de la mano del maese, a principios de los años sesenta, sin pensar que aquí se quedaría por más de 30 años, al principio con intercalación de temporadas en su país en ejercicio pleno y amoroso de su profesión docente. Fue ella, sin la menor duda, el soporte esencial del escultor, un tipo extraordinario y desaforado, con capacidad de morigerar sus desmesuras. Además de ser centro de la casa-taller que establecieron en Manizales, cerca de la Escuela de Bellas Artes, tendió la mano a niños del vecindario, con inteligencia y cariño, en las tareas escolares.

A poco de la muerte del esposo, ella decide regresar a su República Oriental del Uruguay, la de Artigas, para reinstalarse en la casa de Shangrilá, la del “techo caído”, con referencia a la singular construcción de sección triangular en la fachada (la hipotenusa de techo), recobrándole vida, en la manzana 47, solar 23, identificación que aparece en pulida placa-cerámica en el frente de la casa, departamento de Canelones.

La vida nos dio oportunidad de encontrarnos de nuevo con la bella maestra de Tacuarembó, la de los afectos sin declinar, la del sabio consejo, la de la opinión de examen libre. La de contestar al teléfono con la sonoridad y el infaltable: “Oigo…” En Shangrilá la sentimos con estrecho abrazo, en medio de lágrimas propias de la emoción. Pero ella está ciega, con percepción solo de los colores rojo y blanco, a la espera de merecido milagro del láser que le recupere en algo el ojo derecho. Se mueve a tientas por la casa, con el conocimiento acertado de los sitios y de las cosas. Como por arte de magia fue repasando todo. Aquí está el comedor, esta es la sala, allá está la cerámica tal del maese, más allá otra,… En este estante permanecen pequeñas esculturas de personajes populares…. En el patio-jardín nos indica los árboles y plantas con sus nombres: dos robles sedosos, un manzano florecido, una pitanga o ñangapiré, un árbol de Artigas, tres espumillos de flor rosada, una hortensia,… geranios. Y el sitio de la ineludible churrasquera, el de las animadas tertulias de otro tiempo.

Llegada la hora de las 5 de la tarde, ella revive la memoria de los encuentros sabatinos en Manizales, de conversación y debate, que llamábamos “Cofradía del Té”, con maese Botero y Mirta en la conducción, con Armando Ramírez y Beatriz, con Heriberto y Mónica, con Livia y yo. La encantadora maestra no se deja ayudar. Va con cuidado por los aparadores, dispone lo necesario en cocina y comedor. Y corona la faena en la mesa con los tres, en representación de los cofrades distantes, y de las innumerables amistades afectuosas que dejó en nuestra ciudad. Ejemplar reciedumbre.

Al salir de su casa, después de compartir por horas el asombro del reencuentro, retorno con Livia meditando en el sentido de la vida y su destino, en medio de silencio profundo, con inocultables incertidumbres en el horizonte. Pero el ejemplo de su espíritu enhiesto nos anima a seguir viviendo, con la frente en alto y sostenido paso.

Jesualdo nos enseñó: hay que tener fe de ser y de hacer. [12.XI.06]

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ANEXO 3 Centenario de Guillermo Botero, poeta de la madera
Octavio Hernández Jiménez[iii]

(fragmentos)

No se supo si fue porque no podía o no quería pero el Maestro Guillermo Botero Gutiérrez se abstuvo de viajar a Bogotá, el 30 de julio de 1998, a recibir de manos del presidente Ernesto Samper, el reconocimiento como reza la placa, “por sus indiscutibles aportes a las artes visuales colombianas, por su decidida labor y por haber sido vocero de los más positivos valores de nuestra cultura en el mundo”. Tenía motivos suficientes para optar por cualquier decisión.

Debió ser por lo primero porque, de haber sido por lo segundo, no hubiera enviado como representante, en ese acto, a su esposa y compañera constante, doña Mirta Negreira-Lucas, quien le entregó al Presidente, al concluir el acto, en el Palacio de Nariño, la obra gráfica, con textos de Guillermo Botero, titulada “G. Botero, Escultor”, de sobresaliente tamaño, excelente diseño y fotografías, editada en su honor por la Universidad de Caldas, en 1995. Además, doña Mirta puso en manos del Presidente “Y fue un día”, autobiografía del Maestro, editada por la Universidad Nacional, sede Manizales, en 1997.

Una comisión de la Universidad de Caldas, encabezada por el rector Guido Echeverri, el presidente del Consejo Superior, vicerrectores y decanos, se hizo presente, pocos días después de la condecoración, en la casa-taller del Maestro Botero, ubicada en un recodo de la Avenida 12 de octubre, de Manizales, para festejarlo por la distinción conferida por el gobierno nacional, que honraba a los caldenses, a los artistas, a nuestras instituciones culturales, a los intelectuales, a pesar de que el Maestro sostuviese que llevaba 80 años tratando de sacarse las brutalidades que le enseñaron en la escuela:

Uno a uno, en un collar de acontecimientos y tal vez de angustias, fui aprobando los años de escuela malamente aprendidos, pues siempre mi espíritu poblado de inquietudes vagaba por otros caminos o mejor, por otros sueños” (G. Botero, 1997, p.28).

Los asistentes clavamos los ojos en una piedra descomunal, a punto de estallar dada la carga de energía concentrada en ella y que se proyectaba en forma arrolladora por toda la sala. El Maestro nos sustrajo del arrobo con este comentario: – Puede que no sea un aerolito pero pensemos que sí lo es. Puede que esa piedra sea del volcán o del cielo pero se ve que ha acabado de apagarse aunque ese acabarse haya ocurrido hace millones de años. Botero en cuestiones de materiales, composición y mensajes era un ser telúrico. Para él, las cosas eran fuego, piedra, metal, vidrio o madera. Recuérdese el trabajo de lava volcánica con que elaboró varias obras, en el Club Manizales y la de cemento con que fraguó la fuente del parque-cementerio Jardines de la Esperanza y los chorros de fuego con que moldeó el vidrio en buena parte de su obra.

Doña Mirta iba y venía ejerciendo sus deberes como dueña de casa, mientras refería a los presentes que había nacido en Tacuarembó, Minas de Corrales, Uruguay, “el pueblo en el que nació Carlos Gardel”. (…)

De las evocaciones uruguayas saltamos a Manizales, este conglomerado humano que, cuando Botero llegó a habitarlo “no era más que un Pácora grande, con sus casas iguales y sus calles más anchas,… un pueblo que quería ser ciudad” (p.26-27).

En el Teatro Fundadores de la capital caldense quedó instalada la síntesis de la obra del Maestro Botero: una talla extensa, en el segundo piso con el tema de la Fundación de Manizales, en preciosa madera policromada, de lírico ritmo, alto y sostenido vuelo poético, en la que un toro de corte picassiano abre camino a un pueblo incontenible.

Esa raza de caminos gredosos, de gentes que viven en pueblos olvidados, de mañanas largas, de noches pobladas de grillos, de hombres de tierras abiertas a base de machete, hacha y sudor, de mujeres agachadas en el trabajo con sonrisa de cristal, esa gente soy yo y tal vez los que somos de aquí, los que hemos regresado, los que estamos presentes”

(1995, p.30).

El poeta de la madera tenía la convicción de haber sido ungido como profeta del pueblo caldense. Por eso exclamó: “¡No quise ser ni cura ni doctor; quise ser pueblo!”.

En el Teatro Fundadores también quedan, de Guillermo Botero, la Bailarina vestida de filigranas en soldadura de cobre, además de una nobilísima talla que interpreta, en madera negra, de forma envolvente, su sensación de La Música. El Teatro Fundadores es la Capilla Sixtina del Maestro Botero.

El escultor, como autor de varios textos autobiográficos, era experto en calambures, ironías y sarcasmos y de todos esos sentimientos que nacen de la tristeza, tal vez porque cuando niño, para aliviarle la salud del cuerpo, le dieron a comer tierra de cementerio:

Doña María le dijo a mi madre: el niño se cura si usted se va al cementerio y cava en una tumba de muerto ya enterrado con bastante tiempo. Saca un poco de tierra negra, un buen terrón. Le da a comer al muchacho y…” (1997, p.24).

Hablando de la organización de los primeros festivales de teatro, Guillermo Botero comentó que, en su casa, durante la semana que duró la visita, dio albergue a Pablo Neruda cuando aún no había recibido el Premio Nobel de Literatura. Fernando Alvarado sirvió de guía. También posó allí, Atahualpa del Chiopo, director de teatro. Ernesto Sábato llegó al Hotel Ritz. Otro que pasó varios días en la casa de Chipre fue el novelista Manuel Mejía Vallejo cuando estaba escribiendo La Casa de las Dos Palmas. Charlaba mucho con Guillermo sobre la vida de los señores, los capataces, las familias numerosas en el campo, mientras tomaba apuntes. Dijo varias veces que, en la novela, uno de los personajes retratados era Guillermo Botero.

Pero, el sarcasmo del Maestro no era solo para con el prójimo. También él se ponía como víctima de sus consideraciones: – “En estos momentos, estoy realizando la escultura más absurda del mundo: ¡La Justicia! Esta obra, en cobre repujado, de cinco metros de altura, quedará chupando agua, en el Palacio de Justicia o Palacio Nacional, de Manizales, que de ´palacio´ no tiene nada”.

Descendimos al segundo piso de la casa en donde funcionaba el taller para ver lo que llevaba del encargo. Todo reposaba en el más absoluto orden y aseo. Las herramientas descansaban y nos miraban, con su silencio elocuente, a la espera de que saliera la visita. Por las paredes se exhibían obras en vidrio, bronce y madera:

Sembré árboles, los vi crecer, los descuajé, les busqué el alma. Agarré despojos de hierro y creé formas y los convertí en herramientas. Construí hornos y quemadores para alcanzar temperaturas de fundición o transformar arcilla en cerámica. Busqué, busqué en cada elemento su mundo expresivo, su calor, su hablar…” (1995, p.18).

Nació en Pácora, en 1917 y se trasladó a Manizales como alumno de la Escuela de Bellas Artes, en donde tuvo como profesores a Gonzalo Quintero, José Manuel Cardona y Alberto Arango. Allí aprendió los trucos del arte para realizar varias obras de imagenería religiosa en varios pueblos de Caldas. “Con la plata que me dieron por la venta de una Dolorosa, en San Clemente (Risaralda), invité a los amigos a tomar trago en Pereira. Yo había viajado a San Clemente con el pintor Alberto Pino. A falta de hotel, el cura nos alojó en la sacristía”.

Estudió artes plásticas en Río de Janeiro y Santiago de Chile. Luego, regresó como profesor, en Manizales en donde, pasado el tiempo, dirigió la Escuela de Bellas Artes.

En la extensa mesa que ocupaba el taller, reposaba, de lado, la enorme cabeza de mujer inmutable, dispuesta, como una esfinge, a ser intervenida. “La Justicia” carecía del vuelo y proporciones ágiles con que había dotado otras obras de arte, como esa escultura titulada “Viento” que mueve sus pliegues de piedra en el Parque San José o “La Mujer” siempre flotando, en el rincón del difunto Banco de Caldas (carrera 23 con calle 21) o la esposa rítmica, de mano alzada que mira la tierra, del Grupo Familiar en el interior del Banco Agrario, viejo Banco Central Hipotecario, en el lado oriental de la Plaza de Bolívar.

Pero no solo esas obras. En la plaza de Bolívar quedaron a la mirada escrutadora de unos y la indiferencia de otros, varias obras de Guillermo Botero como el Adán y Eva de discutible valor artístico y las bellas cerámicas sobre la independencia y la libertad. El personaje que le dice al joven, como otro ángel a San Agustín: Toma y Lee, y los caballos de colores, como sacados de un verso de Neruda, están dotados de entonación épica.

Quedan esparcidos por la ciudad varios murales como el de la Historia del Dinero, en el Banco de Bogotá, el ubicado en la trastienda del Centro Comercial Parque Caldas, el del vestíbulo del Edificio Cervantes, la talla titulada La Ternura, en el Hotel Las Colinas y el mural que estuvo en Bogotá y lo trajeron para abandonarlo a su propio destino, igual que el cable aéreo, en el Parque Los Yarumos. En el Cementerio Jardines de la Esperanza la fuente sigue lanzando borbotones de agua y, reflejándose en el espejo quieto de agua del Club Manizales, un mural en piedra volcánica. (…).

 

Por Lic. Fernando Britos V.

La ONDA digital Nº 920 (Síganos en Twitter y facebook

 

[i]Carlos-Enrique Ruiz (Manizales, 10 de mayo de 1943) es un poeta, ensayista, ingeniero de caminos; profesor emérito, honorario y especial ad-honorem de la Universidad Nacional de Colombia; ex director de la Biblioteca Nacional de Colombia, ex Viceministro de Educación Nacional, ex rector de la Universidad Nacional de Colombia, en Manizales, y de la Universidad de Caldas. Fundador (1966) y editor de la Revista Aleph (ISSN: 0120-0216), literaria y de pensamiento, con vigencia en ediciones trimestrales. Sus ensayos y trabajos de crítica literaria y su poesía se han publicado en varias revistas internacionales. Fundador y Director de la revista científico-técnica, con el modesto nombre de “Boletín de Vías” (100 ediciones entre 1972-2006), con aplicaciones en Vías, Transportes, Geotecnia (ISSN: 0120-2251), donde publicó del orden de 50 trabajos en sus especialidades ingenieriles (Ed. Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales). Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua. Miembro Honorario de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Doctor h.c. en Humanidades de la Universidad de Caldas.

[ii] Mirta Negreira falleció el día 3 de agosto de 2007 y fue sepultada el sábado 4 en el Cementerio del Norte. .

[iii]Octavio Hernández Jiménez es un profesor, escritor y artista colombiano (n. 1944) . Este artículo asequible en Internet fue publicado en el 2017 y corregido ahora por nosotros pues el Prof. Hernández Jiménez confunde reiteradamente al Uruguay con el Paraguay. Asimismo no conoce la trayectoria de Guillermo Botero en nuestro país.

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