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Julio Varela, el autor de la novela Fuga, es escritor, periodista, ex director de difusión de la Dirección de Ciencia y Tecnología del Ministerio de Educación y Cultura (MEC) entre 1995 y 2015. Este año vuelve a publicar una novela (que ganara un tercer premio en 2011) luego que la última, “Los cuernos de la liebre” (1996) obtuviera el premio nacional del MEC (el premio le fue otorgado en 1989). Fue cofundador de las revistas culturales Nexo, en 1976, y Smog, en 1989. También tiene una novela “larga” que hasta hoy nadie ha querido publicar (“Al gran jefe de la comedia ligera”), pues la oferta editorial se ha decantado por novelas cortas en lo nacional (en general), aunque sí se ofrecen novelas más extensas (desde 100 páginas en adelante) si vienen del exterior.

Quienes sabemos de él, por su actividad en las redes sociales, sabemos que es un continuo proveedor de poesía, música y pintura, anclado más en el surrealismo y la psicodelia, el rock progresivo y el jazz. Por todo ello no nos extraña, absolutamente en nada, esta novela.

“Hasta donde fuga la falla”
Si nos atenemos al concepto de “fuga”, en sus dos acepciones, veremos que tiene mucho que ver con esta novela. La fuga es, por un lado, un procedimiento musical en el cual se superponen ideas musicales llamadas sujetos. Su composición consiste en el uso de la polifonía vertebrada por el contrapunto entre varias voces o líneas instrumentales (de igual importancia) basado en la imitación o reiteración de melodías en diferentes tonalidades y en el desarrollo estructurado de los temas expuestos. Es decir, es una composición que gira sobre un tema y su contrapunto, repetidos con cierto artificio por diferentes tonos, por lo tanto cuenta con una exposición, una sección media, una sección final y el final propiamente dicho. También habla (musicalmente) de un episodio o divertimento entre dos presentaciones del tema principal, que aquí podrían ser los personajes (inventados) del Conde de Orgaz y la Dama de las Diez Compuertas.

En el otro concepto, de la palabra, la fuga es la huida apresurada o el abandono inesperado del domicilio familiar o del ambiente habitual.

Estos dos extremos se dan, desde el punto de vista formal, en esta novela.

Fantasía y realidad
Esta novela entraría dentro del reino de lo fantástico, es decir aquello que está vinculado con un quiebre de la realidad. No por completo, es verdad, ya que aquí hay eventos extraordinarios, inexplicables lógicamente, aunque también se sigue cierta lógica narrativa. Podemos diferenciar la fantasía de la ciencia ficción en cuanto que los hechos fantásticos son causados por fuerzas sobrenaturales y los de ciencia ficción se explican mediante la razón y la lógica. Los dos personajes fantásticos, que aparecen más en la mente del personaje principal (Jazmín), y en el personaje subordinado a aquél, Gina, el Conde de Orgaz y la Dama de las Diez Compuertas, no parecen tener carnadura pero sí cierto peso en las decisiones de ambos.

Es una novela directa, que empieza sin preámbulos, con subtítulos impactantes y que centran la atención en lo puntual que nos quiere contar y que desarrolla a continuación. Centrada en los años noventa, en la novela se nos cuenta la historia de Jazmín, quien toca el violín con cierta destreza, y su búsqueda de un lugar en el mundo. La historia está contada por su hermano (Walter) y narra, además, la conflictiva relación de nuestro personaje con su padre, que es fotógrafo y que se siente como si hubiera sido derrotado (por la vida).

Con capítulos cortos y una prosa suavemente poética, algo barroca, con abundantes metáforas para indicar sentidos indirectos y sentimientos algo confusos, va directamente a la trama, mostrándonos a sus personajes en acción: “Con su túnica estereotipada de lunas y soles sobre su barriga, mi hermano Jazmín se echa el violín al hombro y se lanza en una catarata dulcísima de progresiones armónicas que a uno lo hacen ver las estrellas y después lo retornan a la tierra y a veces lo hacen llorar y ocultar las lágrimas con vergüenza o desamparo”, que es el primer párrafo de la novela, o bien esto, que trata de describir la forma en que toca el violín: “deja que la estela inmaterial de sus notas se suba a la alcurnia absoluta con que la luna muestra una cara vidriosa detrás de la niebla del final de otoño”. Así, la pasión: “Lo he visto, los ojos cerrados, la boca abierta, como si estuviera internándose en una selva aluvional a través de la que se abría paso, tocando el violín como una guitarra, tapiándolo, dándolo vuelta, golpeándolo, rajando y jironeando la sábana de sonido y reírse después, gelatinoso, la mirada perdida del viajero”. Por supuesto, “todo el mundo apunta a lo que lo ilumina” (pág. 31).

Siendo, como es, una novela musical desde su personaje, es inevitable encontrar referencias a músicos: David Laflame y Stephanie Grapelli (violinistas), Mozart o Jerry Goodman, Bach o Buckethead (Brian Patrick Carroll, virtuoso guitarrista, filántropo, compositor y multiinstrumentista estadounidense).

El sexo o las drogas (en especial la marihuana) aquí están presentes, bien lejos de ser un tema tabú y más bien es tratado de modo natural, como un hecho, o pensamiento, cotidiano (y recurrente). Como ejemplo uno de las reflexiones del padre: “La noche recién empezada y nunca terminada, los campos elíseos de sus pensamientos correteados ahora por hembras caucásicas, de vinchas y brazaletes y pechos sueltos al viento entre velos de gasa, en la noche llena de promesas”. Y allí la mujer (pero también el hombre) es un señuelo permanente durante toda la narración.

El padre, que por momentos parece ser el objeto de la narración, mientras que el sujeto es Jazmín (y su novia, Gina, “la morena tetuda que sufría de hígado graso sin que nadie le encontrara la vuelta”, más su hermano como narrador), tiene “correrías por las redacciones” como reportero gráfico, pero parece escapar de las mismas y encerrarse dentro de sí mismo. Y de ese padre, los hijos verán que no hay nada que hacer: “porqué me siento derrotado se dice a sí mismo en voz alta y sin preocuparse por las reacciones que genera en los demás, en este caso sus hijos, que, acostumbrados a verlo derrotado y en cierto sentido, indiferentes a sus motivos y consecuencias, cuando no al significado de esta derrota, no lloraremos a lágrima viva ni lo compadeceremos”.

La ciudad es una Montevideo que parece antigua, tiene elementos comunes a todas las ciudades: “Desemboca en avenida del Libertador, allí donde la ciudad se parece a otras muchas ciudades cualesquiera en un impulso modernizador a ciegas hacia delante que la mimetiza con cualquier urbe”, o bien ese padre “caminando entre los plomizos y deprimentes barracones de Rondeau, que a esta hora son más plomizos por la llovizna y la niebla”, o por esas “calles atestadas donde asoman neologizadas falanges de antros de billar que parecen panzers abandonados de la segunda guerra mundial, bazares irredentos tambaleándose, a punto de desplomarse por el peso de sus propias antigüedades”. Es decir la zona centro de Montevideo como uno de los puntos centrales de la narración.

Se nos va diciendo, entonces, las particularidades de la situación: la derrota del padre, un hijo que toca el violín, el otro —el narrador— que es capaz de irse a cualquier parte para no escuchar al padre y su letanía de derrota, o la mamá, ausente, que “irrumpe de pronto en el teléfono, maligna e impaciente como una víbora de calcañal, instándonos a arrepentirnos de todo y despliega por la soledad del apartamento parrafadas que caen abruptamente en pausas hoscas, como horadadas en la roca y uno siente que se le hincha la nuez de Adán” (como si fueran recriminaciones post mortem, diríamos). Pero además la ambivalencia y el peso del valor, según el narrador: “Papá era el mejor fotógrafo del mundo…”, y nos da una muestra, escrita, de ciertas imágenes fijadas en papel fotográfico. Como ejemplo: “Era capaz, en fin, de hacer que una fila de hormigas trepando por un salivazo verdoso y perdido en un callejón empedrado tuviera la conmovedora grandeza del esfuerzo civilizatorio ante una cultura derrumbada” (pág. 13).

La derrota del padre, sin embargo, se nutre de la insatisfacción generada por la nula o casi nula trascendencia de sus exposiciones fotográficas, como también por el entorno político —se menciona “los bandoneados grises expresivos de las multitudinarias marchas del silencio por los desaparecidos”—. Además, con un comentario ácido, dirá de “él con sus tijeras críticas desafiladas dos décadas atrás, cuando todavía era un comentarista político hoy devenido bloguero, puerilmente obsecuente, lavado de piedad. (Y) Ella (la madre) una pieza de elucubrada y chanta elaboración de clase media, sin nada que ofrecer más allá de un cuerpo gordezuelo, redundante y vagamente erótico para su edad”. Y por si fuera poco: “A papá el cielo se le viene encima hacia las tres de la mañana, a la hora del lobo”, cuando el alcohol lo tumba y lo derrumba, porque a esa hora “algo en él se detiene y se pone de pie, aunque jamás haya visto el lobo metafórico […] ese pétreo lobo hociquea, ártico, solemne y pendenciero, sin penitencia posible, alcanzándolo desde el otro lado del mundo, con su torva, impasible permanencia…” (parece haber una alusión a El lobo estepario, de Hermann Hesse, por la soledad y la confusión reinante). Todo parece pasar por el padre, por sus emociones ahogadas en el alcohol y sus trabajos a destiempo. Es una de las líneas de la narración.

En el capítulo 7, por ejemplo, muestra como el proceso de enamoramiento y desamoramiento trae aparejado nuevas catarsis alcohólicas —previsibles y puntuales—, y hasta la posible invención, sugerida, de todo el acontecimiento (como una especie de fuga). Es decir, del modo como las personas se inventan una acción fantasiosa para hacer creer, a los demás, que aún se está vivo y que tiene esperanza en algo mejor para sí mismo y para los que lo rodean, como un gato azul.

Es evidente que el padre (para Gina, mientras está lejos del apartamento de Yaguarón, epicentro novelístico) es una especie de fotógrafo loco, “cuya cara apretada en un rictus empezaba a perdérsele en la memoria como una piedra que alcanza despacio la profundidad marina”, y esto será el anuncio de su reaparición en el mundo de Jazmín.

“Lo que brota, lo que germina, lo que nace y crece antes que usted lo sepa”
Así es como crea Jazmín su música, algo que empieza a surgir y de pronto echa a volar a todos los vientos. Jazmín toca en dos grupos musicales y con eso gana lo suficiente “para subsistir”. Lo que hace Jazmín es una genial improvisación, pero también va llegando a determinados lugares (musicales) por aproximación en el improvisar. Al final, sin embargo, también hay algo de frustración: “Para qué sirve trabajar el sonido, medir cada tiempo, diluir gota a gota cada fundamentado y puto compás y ya se le van las frustraciones cabeza arriba, llevadas por el viento seco que se le levanta con el porro y con ellas vuelve a ver el paisaje totalmente vacío”.

Pero también hay algo que brota, que nace donde antes no había nada (es decir, de la imaginación). Son dos personajes, enigmáticos, con toques de Lewis Carrol y su Alicia. Se trata del Conde de Orgaz (con una sugestión, o sugerencia, de índole sexual, erótica), y la Dama de las Diez Compuertas. Otro personaje, un poco más real (si cabe el término), de apodo “la Papa”, de más o menos cuarenta años, dueño del bar donde toca Jazmín y su banda (el bajista y el guitarrista), se hace pasar por Dios en persona “tocado por un sobretodo que parece hecho de colillas de cigarrillo, los ojos felinos penetrando la oscuridad sobre un porcentaje altisonante de barbilla bien afeitada, largo tajo que le sale de la pata de gallo del ojo derecho y se le pierde en la nuca, cejas peludísimas y el pelo arreglado en una cola de caballo”. Este hombre, y el lugar sobre todo, le provoca, literalmente, el “vomitar una especie de lasaña verdosa sobre los pies de todos sin inclinar la cabeza, aunque el vómito tenía una rara fuerza primordial que lo elevaba en un salto eyaculatorio como un rulo o un moño antes de caer chass chass, hasta que los acólitos empezaron a inclinarlo y sostenerle el pelo como quien sostiene las crines de un caballo recién domesticado”. Y ahí tenemos el tono de la novela, un poco ridículo, algo soez, irónico, provocador. Además, el narrador en cuanto personaje parece ser propenso a tener accidentes “en plena faena” (reparte encomiendas) y es rescatado de la seccional policial por el padre, todo a raíz de un inoportuno esguince de tobillo.

Hay imágenes recurrentes, como ese volver sobre la primera vez que Jazmín toca el violín: “esa sombra de encantamiento que desde entonces le agita la noche alrededor y lo hace irse de bruces contra el violín, retorciéndose como un gusano en el fuego, tan lejano como parece”, ido, deshilvanado.

Buckethead ya nombrado, aquí aparece, sumándose al Conde de Orgaz y la Dama de las Diez Compuertas, casi como personaje desde su virtuosismo como ejecutor del violín —para un conocedor de música como Julio Varela, espíritu  beatnik, que pareciera recién salido de Woodstock, pero también de algún sótano blusero o jazzístico y, por supuesto, de música clásica, todas estas referencias es algo habitual—, y en esa superposición de realidades, donde lo imposible hace juego con lo posible, tocará con Jazmín, y será sensacional. Y este le noticiará que Gina está recuperada, mágicamente, “ya estaba totalmente curada”. Ella vive (ahora) en Woodland (tierra de árboles, bosque), donde “de diez de la noche a seis de la mañana” se impone, dentro de sí, “el zumbido de un motor invisible” que, según su madre, “había estado allí desde siempre o desde que ellos lo recordaban”. Ese zumbido tal vez no sea más que un tinnitus, “patología archiconocida de viejos chochos que estaban perdiendo la audición”. Y Ana, personaje ocasional, “cincuentona de ojos grises escabulléndose bajo un pañuelo gris”, le confesará su método: “Lo escucho desde mi infancia, susurra sobre la taza de té y después de medianoche, sabes, después de medianoche, me masturbo, muy despacio y así me duermo en paz”

El padre de Gina, que “había demostrado en ocasiones un esforzado sentido del humor”, también termina provocando un accidente importante. Y dentro de Woodland, de ese país mágico, de ese territorio en que suceden estas cosas que se van contando, “Durham no era más que un caserío para los estándares del sur, aunque tenía el (respetable) estatus de aldea para los británicos”.

Ahora vemos que, sin previo aviso, y con cierta nitidez, que hay dos historias paralelas (pero que se tocan no en el infinito sino en el pasado y en el futuro) que se entrecruzan. Así una ciudad reconocible como Montevideo alternará con Durham, en el sur inglés.

El apartamento de Yaguarón, más cerca del cielo que de la tierra, donde viven los hermanos y el padre, quedará retratado en las fotos que saca el padre, desde todos los ángulos, enfebrecido por las circunstancias ya reseñadas, y por el alcohol.

Lugar abandonado de la mano de Dios
Todo tiene su momento, y su lugar, como la imaginación, a veces desbocada, del narrador. Por ejemplo sobre la vecina, “la avinagrada mujer gris a la que ahora era inevitable imaginar masturbándose, justo a la hora en que ella se despertaba cinco minutos antes o cinco minutos después de las tres” (pág. 43). O bien sobre un novedoso tratamiento, que realiza la madre de Gina, contra el insomnio: “…consistente en enfriarle el cerebro”, y que se explica detalladamente: “Una gorra recorrida por conductos de agua fría, que mantenían apagada su corteza frontal en ebullición, calmaban su mente hiperactiva, este trotar y trotar, ese ir y venir de la mente, animal encerrado recorriendo infinitamente el espacio de su jaula”. Gina, a su vez, también se preguntaba si ella no estaría necesitando un tratamiento similar, por ese continuo pensar sobre sí misma. “Aquellas correrías nocturnas, disposición y consuelo, se tranquilizaba Gina, eran de lejos más elegantes que la compulsión masturbatoria de su vecina…”, porque ella “volvía a la noche como quien vuelve cascosamente uncida a un largo viaje y retomaba, lagañosa y fúnebre, su lugar en la ventana, esperando al despertar rosa del edificio de la fábrica abandonada”.

Esas correrías son acciones disparatadas, sonámbulas, o sonambulescas, y muy imaginativas, por cierto. En ella recorre el país entero de la imaginación: Durham, las pintas de Guinnes, la “ternura agamuzada del violín de Jazmín” (acá como recuerdo), lo curable y lo incurable, un destino tejido en una vejez solitaria, un gigante blanco o “ese perro múltiple y aullador sobre el que la luna se deshacía en lascas durante las noches de verano”.

Hay contrastes: en la verdísima campiña inglesa, como turistas, Gina y su madre “ven” un radiotelescopio, que sirve para escuchar señales del espacio exterior. Pero ella mira todo el cuadro y nos lo presenta de este modo: “Gina miró hacia el algodón del cielo y enseguida se le cayó la cabeza en una parábola dolorosa, la rueda de bicicleta del sol moviéndose con celeridad, un pájaro que chilló en alerta, un ramalazo de olor a semen moviéndosele mezclado en el centro de la hierba cruzada de tilos y al final del camino y de las barandillas en zigzag, otro camino que descendía, casi a pico, desapareciendo detrás de un pequeño bosque”; es lo que podríamos llamar “plasticidad de la imagen”. Y es claro que bajarán a ese bosque, y su madre “se fue de culo sobre el camino y gritaba y lloraba y se reía todo al mismo tiempo”, como esas travesuras gozosas de la infancia. Sin embargo, la parte mala del infortunio, es que la madre pierde su petaca, “que constituía su única y eterna vitualla inseparable”.

Lo ilógico, pero posible igualmente, puede suceder. Como la existencia, como objeto de estudio, de una cloaca romana expuesta al turismo, con “774 sacos de antiguo excremento”, que serviría para cambiar el paradigma de la alimentación de los romanos, bien conservada y consistente.

Gina, la de los eternos zumbidos
El personaje de Gina, que actúa de una forma un tanto dadaísta (sin saberlo), aleatorio como el “arrancar hojas al azar de lo que fuera y a recortarlas y a pegarlas”, es absolutamente fantasioso, extravagante, con un dejo de locura (o de viaje lisérgico). “Para hablar mal de ella se inventó, a falta de amigos, un monjecito que filtraría su poesía y este monjecito, encapuchado, se levantaba el ruedo de la sotana para correr endemoniado cuando ella anotaba” cosas, como “caen mechas de tristeza del monte”, por ejemplo.

El padre de Gina discurre sobre la música de Pink Floyd, y especialmente una canción, “le explicó que El gran baile en el cielo fue, cuarenta años atrás, una improvisación melódica, muy aleatoria, de Whrigt, el tecladista, claro, en el estudio…” (pág. 51), y que como no sabían qué hacer con esa improvisación “llamaron a una cantante lírica […] y le dijeron que improvisara cantando sobre la música”. El resultado fue estupendo. Pero no esta vez, en la que ven en la televisión un concierto en el que “se aprendieron (los músicos) una partitura que se inspiró en el momento, la petrificaron, la momificaron, la encuadraron, la mataron” (me llama la atención cómo los conocimientos musicales de Julio Varela, que me consta que tiene, y en abundancia, se filtran en la novela de modo enteramente natural).

Pero mientras tanto, Gina sigue anclada en Woodland, esa tierra de árboles frondosos, con alucinaciones potentes de fumadora de marihuana: “Se sentía fumada, sentía su cabeza desaparecer para meterse dentro de otra cabeza que no reconocía como propia”. Y entonces, todo lo que cuenta Gina deja de ser real, entra en el terreno de la imaginación, con alusiones continuas a Alicia. Es tan así que encuentra una persona cocinando “en pleno jardín, con u hornillo encima de una mesa de madera”. Ese hombre, “tenía un aspecto de cuidadoso desaliño”, y agrega: “como producido para la ocasión”. Se trata del Conde de Orgaz, personaje que nos hará recordar al Sombrerero loco o a la Reina de Diamantes…

Y como casi lo indica el nombre, ese conde la llevó a orgasmos repetidos: “tenía una verga prominente que la hizo acabar innumerables veces”.

Ecos de “El lobo estepario”
Los sueños, o entrevisiones —no sabemos, a ciencia cierta, si son sueños, entrevisiones, pura imaginación u otra cosa, aunque a los efectos (literarios) es lo mismo, provoca el mismo extrañamiento, o mejor dicho: el mismo ensueño— son, como todos los sueños, extraños, raros, simbólicos y, por supuesto, levemente lisérgicos. Contrasta con la reciedumbre inglesa, victoriana y terriblemente patriarcal. En la obra lo vemos, por ejemplo, con la presentación de un grupo de rock, The Ecoplastics (ha de ser una clara ironía, puesto que lo ecológico y el plástico no se llevan nada bien, pero alude, de paso, a ese espíritu confrontativo y estupecfante de los rockeros y del rock en general). Ese grupo venía peregrinando “por aquellas tierras a las que habían llegado en una destartalada camioneta, almidonando sus escaldadas representaciones de autoestima con la magra retribución que podían ser capaces de rescatar en aquel pueblo”.

Y Gina, que es por mitades iguales inglesa y montevideana, por si no nos habíamos dado cuenta “hacía mucho que estaba por fuera de lo que ocurría de verdad en el mundo…”. Y el siguiente párrafo debemos entenderlo como musical, como si hubiera sido escrito por un crítico musical, y extravagante, por supuesto: “Gina se sintió ligeramente borracha cuando notó que la voz del muchacho cambiaba demasiado rápido de registro hasta que comprendió que en realidad estaba dándole vida a las peripecias de diferentes personajes de una larga odisea en donde había de todo, jueces velludos que se transformaban en arañas, mujeres que quemaban la maleza como napalm con algo que surgía como un río de sus gargantas, un requisitorio en donde individuos visionarios, vestidos solamente con túnicas y sin ropa interior practicaban saltos de rana como una solución colectiva para evidenciar la crueldad representativa del sistema” (pág. 60).

Y de pronto, cuando le toca el turno a la Dama de las Diez Compuertas, que aparece para aconsejar a Jazmín, encuentro un tono familiar: aquí está “El lobo estepario”, de Hermann Hesse (es sabido, al menos para mí, la afición del autor a una filosofía budista zen que le ha hecho reencontrar el centro de su propia vida y limpiar su alma de oscuros presentimientos). En aquella novela, el personaje principal entraba, sobre el final de la misma, en distintas puertas de  una especie de teatro, donde detrás de cada puerta lo esperaba una representación distinta de la realidad, que incluso lo interpelaba y lo confundía. Aquí, nos dice que: “A mí (a esa Dama de las Diez Compuertas) lo que me gusta es vigilar y castigar […], no como el Conde de Orgaz, a él solamente le interesa trabar relación” (pág. 64). El personaje ha caminado hacia su butaca y desde allí ve “una oscuridad como una loma, con una luna romántica y antigua desde la que surge, rápida, volátil, pero fuerte como la llama de un soplete, sobrevolándome la cabeza con su mano de larguísimos dedos de ortiga, la Dama de las Diez Compuertas”.

Y el papel de esta Dama, es la vigilancia: “yo vigilo, pero de verdad vigilo, no me distraigo, soy una esfinge de piedra, no hay detalle que se me escape, aún en un panorama circular, aún en una profunda esfera, yo logro que las cosas se desentierren como si fueran un absceso y las saco afuera, yo consigo que mis ojos vayan recorriendo cada detalle, cada improbable ocultamiento, cada relativa simulación, pondero cada situación, la relativizo, la miro, la recorto mentalmente y la coloco en otro escenario y en ese escenario estudio sus posibles variantes”. Pero aún más, también castiga: “castigar no es algo que me agrade, desde luego, pero a veces no hay más remedio que castigar, aunque debe empezarse por el juicio, no todas las fallas de las personas son deliberadas, de eso se da cuenta cuando uno vigila”.

Hay, es evidente, un hilo conductor hasta en la fantasía, hay una lógica intrínseca desde donde unas cosas suceden a otras, son sus consecuencias. La voz de esta dama, por ejemplo, “a veces le indicaba una presencia como de saurio de agua salada y varios metros de alto con una boca gargantuesca”, o bien la voz “pertenecía a una viuda negra que hablara desde dentro de un frasco abierto sobre una mesa”.

Recomposición familiar y las peripecias de la vida
Hasta ahora a Jazmín lo habíamos visto, figuradamente, tocando el violín, incluso habíamos escuchado su música, o mejor dicho, habíamos visto lo que producía en los demás su música. Pero nos faltan sus pensamientos y, sobre todo, sus sentimientos.

Como no puede ser de otra manera, son pensamientos inconexos, alucinados, surreales… “Épico crepúsculo loco bamboleándose borracho, burdamente poético y majestuoso y pizarrero, zitarroso y digno de esas comadres que, un poco parejamente gruesas y estiradas como avatares griegos dibujados sobre el paisaje, se ponen a gesticular con rapidez, sin cuidarse de la manera en que lo desencuadran todo, piensa Jazmín, sobre el muro” (nótese el neologismo “zitarroso” que puede aludir, tal vez, al violín de Becho). Pero toda la secuencia de ese capítulo, el 18 (“Somos accidentes esperando suceder”), que en realidad cuenta un accidente, nos muestra a un Jazmín silencioso y como ido del mundo, “colgado del creciente crepúsculo”, sin ver nada ni a nadie (o mirando hacia su interior). La Papa está sentado en un banco frente a él, fumando un porro, y su papá está escondido para hacer una larga composición fotográfica sobre su hijo. Incluso aparece Tessa, casi de la nada, “la muchacha que cubre la zona de viviendas de la cooperativa” que está “tontamente aprensiva, (con) presentimientos que le caían como copos”. Es el presentimiento del accidente, cuando el padre, sin mirar si viene algún vehículo, cruza la calle y un camión termina accidentándose, aunque no pasa nada de importancia, salvo que el padre sigue sacando fotos (ahora del camión accidentado).

Jazmín es quien da la nota cantante en la banda y los otros (el bajista y el guitarrista) tratan de seguirlo: “Como siempre, había empezado de la nada, arrastrándose en el vacío, arrancando hojas y ramitas de un suelo miserable y de pronto había ido creciendo y ahora ya estaba arriba de un jet y quién lo bajaba quién”.

Y preludiando la primavera, nos dice: “Fue en setiembre cuando, una tarde soleada, con esas cosas demasiado confiadas que a veces trae setiembre y que se hacen sentir asquerosamente inepto para este planeta, como una furia desleal, Gina apareció en la puerta del apartamento de la calle Yaguarón”. Entonces “se organizó con la rapidez que el caso ameritaba una fiesta de bienvenida y papá no hacía más que graznar y dar saltos, regurgitar y volver a darlos, con esa peligrosa euforia que le entra en estos casos, euforia siempre superior al objeto que la provoca y que amenaza con vaciar todas las botellas hasta terminar con sus huesos doblados uno sobre otro en el balcón, lo que siempre sucede”. Además, “Al principio todo anduvo tan bien como cabía esperar, por supuesto que Gina se quedó a vivir con nosotros…”, pero “pronto se hizo evidente que toda su vida de muchacha frágil y tan alelada que a uno le costaba respirar fuerte cerca de ella, estaba dedicada a constituirse en una suerte de apéndice edulcorado de Jazmín”.

Un poco después, “cogían día y noche y seguían cogiendo, de manera audible […] y cuando no cogían fumaban un porro tras otro, se atracaban de comida y volvían a coger…”, hasta que el padre decide que “o se mudaban ellos o se mudaba él” y que se arreglaran. Al día siguiente “papá y yo estábamos viviendo milagrosamente solos”, nos dice el narrador.

Pero claro, como resultado de ese tipo de régimen alimenticio, Gina queda embarazada: “Se sentía deslizar por el tobogán de una melancolía grumosa como una papilla, porque esta era una ciudad triste como un cementerio de elefantes y cuando ya estaba cayendo desenfrenada por la melancolía, se le ocurría que a lo mejor era el embarazo lo que la ponía así”, algo depresiva. Tras la noticia, Jazmín no parece muy entusiasmado, el padre se arrepiente de haberlos echado e intenta forzar el regreso de Gina, pero la Papa (que los cobija con la única condición de que Jazmín siga tocando en su bar) lo espanta con una escopeta de aire comprimido (estos personajes, musicales y anexos, me recuerda a la novela de Gustavo Espinosa, “Todo termina aquí”, aunque en aquel caso eran músicos de Treinta y Tres y la historia que se cuenta es otra. Pero tiene ciertas similitudes).

El padre, entonces, quedará “arrepentido, lloroso, demacrado y calamitoso, olvidando las notas periodísticas cuando debía hacerlas, descuidando su trabajo, con barba de días”, pero sin embargo las fotos que toma “tenían una fuerza descomunal”, como “manantiales inesperadamente inspirados”, hasta que el alcohol “terminara por deshacer su hígado”. Cosa que sucederá cualquiera de estos días.

Los raros en su cotidianeidad o Mamá, la ausente
Walter, mientras tanto, “ansiaba encontrarse con el Conde de Orgaz, seguro que este tenía muchas cosas que decirle, muchas cosas que indicarle, muchas cosas que recordarle y sobre todo muchos consejos acerca de las peripecias que se le presentarían en el camino”. Porque Walter, que reparte encomiendas, se encomienda a la Dama de las Diez Compuertas y por su intermedio, mágico, se termina acostando con Tessa: “Como a veces pasa, una cosa llevó a la otra y ella se me fue abriendo por el camino que estaba fuera de  mi camino”. Porque esa muchacha, Tessa, “detrás de su rústico continente de gurisa barrial, labia dificultosa, fetiches mediáticos, dificultades para llegar al último grado de primaria, se desvive una lustrosa zorrita iluminada, muy capaz de encender los faroles, cualquier farol, porque tiene el combustible suficiente”.

La experiencia, contada sin pudor alguno, nos muestra una relación de causa-efecto que termina donde debe terminar, entre líquidos seminales y jugos lúbricos. Porque Tessa pensaba “que no solo mi hermano era raro, en realidad toda la familia lo era”.

La niña que nace, nombrada como Vita (pero también Paula por el abuelo, o Layla por la Papa), “era como la rosada culminación barroca de una existencia que ya había sido suficientemente fracturada y el comienzo de un periplo caracterizado por la sencillez” para Gina. El nacimiento de la niña reconcilia al padre con Jazmín y Gina, y con el motivo del bautismo hacen una fiesta en la casa de Yaguarón donde, incluso, va la madre de ellos, es decir la estrenada abuela. En esa ocasión, Jazmín cazó su violín y la música “se encrespaba, se atornillaba, se desatornillaba y finalmente se lanzaba, desaforada, a anegar a todos los presentes, pasando de una suave y pacífica, casi bucólica, amable melodía, a un fortísimo que iba enredando exasperadas llamadas respuestas mientras todos le hacíamos corro y aplaudíamos siempre a destiempo o a contramano” (pág. 85).

Un tema aparte es la madre. Esta está presente pero en su ausencia, por más que haga llamados telefónicos más o menos periódicos. E incluso cuando aparece, de nuevo, en la casa de Yaguarón, lo hace con cierta distancia, como si formara parte de otra cosa, lejana. Sin embargo, hemos de decir que ella “tenía lo suyo, amaba a su manera, amaba de lejos y sin involucrarse demasiado, odiaba también de lejos y se involucraba de igual modo”. A su modo, entonces, intenta ayudar: “A sabiendas de la necesidad del muchacho, abastecida de la información necesaria y yendo al grano, ofreció a Jazmín un puesto de vendedor en una de las tiendas judías cuyos dueños gozaban de su complacencia”. Por supuesto que la madre “se apresuró a colocar condiciones tales como un previo acicalamiento general, lo que significaba renunciar a sus túnicas llena de soles y lunas, el mínimo esfuerzo necesario para reducir la abultada proa en la que se había convertido su vientre […] y reducir sus incursiones por los pubs a una, quizá dos veces a la semana, el violín está bien —dijo, y hemos de asumir un gesto cínico, una mueca de disgusto—, supongo, pero eso no te va a dar de comer”. Todo ello era una propuesta de sensatez, a la que no le quedará más remedio que aceptar, por su situación económica y una familia a la que mantener. “Adiós a la adolescencia, adiós a la juventud, adiós a las visiones alucinadas, armado con las cuales le arrancaba gemidos delirantes a las cuatro cuerdas del instrumento, Jazmín ya era un condenado, ya estaba de nuevo adentro de la caja, ya se sentía caer en las infelices y miserables rutinas” de la mayoría de las personas, ya dejaba de ser él para ser uno más. Y la feroz tormenta otoñal, de aguaceros cruzados y remolinos de hojas secas, fue providencial para que la madre anotara algunos datos en un papel y luego desaparecer.

En su nuevo trabajo, en un local muy chico, ni siquiera tenía espacio para utilizar el violín (lo cual lo hubiera consolado un poco), por lo que Jazmín “se sentía sordo y ciego”. Como si ya no estuviera vivo.

“El patrón era una avecita raquítica de mil años, huesuda y desplumada y con grandes ojos acuosos que se desbordaban con facilidad” y “hablaba regurgitando y raspando las palabras contra la garganta” (se trata, entendemos, de la única descripción de la autoridad, ya que el padre no ejerce tal extremo, su rebeldía sesentista ha sido apagada por el alcohol).

El estar encerrado en ese trabajo absurdo, al que casi nadie va, y la quietud familiar transforman la música de Jazmín, la llevan al lamento del blues, como si él también hubiera sido derrotado.

Es entonces cuando lo fantástico, aquí como categoría literaria, ayudan a desenredar la situación y dejarlo libre de su anodino trabajo. Y el personaje que sale al cruce de su pesar es el Conde de Orgaz, que lo salva de un asalto. Si hemos de considerar que para que la novela funcione ha de haber un conflicto —tal extremo lo planteó, entre otros, Mario Delgado Aparaín recientemente (ver reseña La novela histórica y la heroica Paysandú, publicada en La Onda Digital)—, éste podría estar expresado entre la inclinación artística, musical, de un Jazmín no tan raro (después de todo), y la necesidad cotidiana de ser “algo” (o alguien) y tener los ingresos, materiales, que hacen sobrellevar la vida. Ser o tener.

Pero la realidad (en la novela), no da tregua, y así vemos que Gina, Jazmín y Vita se van del país, buscando la salvaguarda inglesa: “Solo que había que evitar aviones, carreteras y aún barcos de pasajeros, que por otra parte eran carísimos por si acaso y había sido primero Buenos Aires y después cruzar el condenado Atlántico”. “Para Gina, Londres siempre había sido algo bastante irreal, lejano, un castillo mohoso y húmedo bajo pegajosos cielos de engrudo, guardado en el tiempo, entre cuevas llenas de estalagmitas, encajes y brocados”. Además, “hacer que las cosas funcionaran nunca había sido su fuerte, siempre había estado a la deriva y en general las cosas se la llevaban a ella, simplemente se le adherían apenas pasaban cerca”. Esa sensación de soledad, de irse despidiendo de todo (de todo lo anterior, de todo lo conocido), le hace irrumpir en sollozos descontrolados y hasta coquetear con la idea del suicidio.

Y Jazmín, en realidad “tenía la impresión de que el tiempo se había atascado y detenido y que ahora rodeaba el atasco inútilmente, remitiéndolos una y otra vez a un eterno presente tan pétreo que ni siquiera dejaba filtrar las cosas que habían dejado atrás”.

Pero entonces recomienza la fuga, la de ella (con la niña) que vuelve al seno de sus padres, a empezar de nuevo. Y también Jazmín se pierde por las calles de Londres, con su violín, así como el recuerdo de sus padres parece irse borrando y sólo reaparecerá de cuando en cuando. Y hasta el narrador se deja ir, muy seguro de sí mismo, parece extraviarse, quizá para siempre, “de modo que la gente apenas pudiera percibirlo durante unos instantes” antes de cerrar el libro y volver del terreno de la imaginación en que se ha caído tan profundamente, como en un sueño profundo.

(Fuga, de Julio Varela, editorial Yaugurú, 2019, Montevideo, 109 pp.)

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.


La ONDA digital Nº 919 (Síganos en Twitter y facebook)

 

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