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CINE | “Había una vez en Hollywood”: La degradación de los mitos

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El mito de los héroes y los villanos de la ficción cinematográfica y la degradación de una industria que apuesta únicamente el mercado son las dos líneas temáticas que desarrolla “Había una vez en Hollywood”, el nuevo film del genial pero controvertido realizador Quentin Tarantino.

Esta es tal vez la película más personal de Tarantino, en la medida que indaga en el corazón mismo del íntimo universo del cine,  recurrentemente poblado de idolatrías, soberbias, narcicismos y fútiles vanidades.

En tal sentido, esta es una visión absolutamente irónica construida por un cineasta que conoce muy bien el territorio hollywoodense, donde abundan más las ambiciones personales y la obsesión por el lujo y el glamur que el compromiso social.

En este caso la mirada se circunscribe a la mítica “fábrica de sueños” que, a menudo y hasta por una sesgada postura ideológica, responde siempre a la lógica de mercado.

Esa no es, por supuesto, la tendencia que históricamente ha prevalecido por ejemplo en el cine europeo, generalmente caracterizado un plausible equilibrio entre el arte y la taquilla.

“Había una vez en Hollywood”, que no en vano está ambientada a fines de la década del sesenta del siglo pasado, narra la historia del superastro del cine comercial  Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) y de Cliff Booth (Brad Pitt), su doble para escenas de acción, asistente y amigo.

Obviamente, el protagonista es un actor taquillero, que habitualmente interpreta papeles de héroe en películas de acción del género western o policial.

Por supuesto, este espécimen típicamente hollywoodense es una empedernido ganador, siempre derrota a sus enemigos, es aclamado e idolatrado por las plateas y su nombre luce en grandes caracteres en los cines de la mega- industria.

En tanto, su doble, como es habitual, es un personaje anónimo que no obtiene otro rédito que su salario, pese a que interpreta las escenas de acción más arriesgadas. En rigor, es el verdadero héroe entre bambalinas pese a que nadie sabe que realmente existe.

Lo único que tienen en común es que son dos solitarios, aunque  el astro resida en una lujosa mansión en un barrio exclusivo y su doble y asistente viva modestamente en compañía de su perro, con quien incluso comparte la comida.

La mayoría del rodaje se desarrolla en estudios cinematográficos, donde abunda la fantasía, la utilería y las inmensas escenografías fabricadas por expertos artesanos, hoy reemplazados por la tecnología que tanta desocupación ha generado en la industria.

Naturalmente, el relato intercala la convivencia cotidiana de los protagonistas con escenas de filmación, en películas que requieren diálogos mínimos y habitualmente baladíes.

Desde ese punto de vista, este film es una auténtica radiografía sobre el cine gastronómico que se producía por entonces, en una época de auge de la cinematografía independiente y contestataria.

No en vano, la década del sesenta está marcada por relevantes acontecimientos históricos como la Guerra de Vietnam, el afloramiento del movimiento hippie y las organizaciones pacifistas que desafiaron y estremecieron las estructuras del poder imperial.

Por supuesto, en nuestra América Latina emergían las dictaduras liberticidas monitoreadas y digitadas por la Casa Blanca y los movimientos guerrilleros de liberación, en plena eclosión de la hoy descongelada guerra fría.

Aunque la película contiene obviamente atinadas referencias al contexto histórico de la época, aquí la clave es naturalmente la mirada crítica pero no exenta de nostalgia sobre el Hollywood de los sesenta.

El otro ángulo de análisis tiene relación con lo efímero del éxito y el agotamiento de la fama, que, con el tiempo, transforma a la estrella interpretada por DiCaprio en villano de serie televisiva y ulteriormente en actor de westerns italianos, tan denostados por la crítica obsecuente al statu quo pese al brillante aporte de auténticos y míticos talentos como Sergio Leone, entre otros.

En tal sentido, esta es la historia de un personaje legendario pero también de un agudo depresivo que no puede ni siquiera memorizar sus mediocres libretos y de un doble que, además de ser una estrella anónima, es una suerte de sirviente que funge permanentemente como chofer y que hasta debe subir al tejado para reparar la antena de la televisión, entre otras tareas.

Empero, Tarantino se permite una osadía más: integrar al relato nada menos que el asesinato de la actriz y modelo Sharon Tate, por entonces esposa del genial director Roman Polanski, quien, hace cincuenta años, fue ultimada, junto a otras cuatro personas, por integrantes del tenebroso Clan Manson.

Fiel a su talante transgresor, Tarantino compone su propia versión sobre este acontecimiento, en un giro que poca o ninguna relación tiene realmente con la masacre.

Pese a que la historia visibiliza y hasta banaliza a personajes míticos como el astro de las artes marciales Bruce Lee y al no menos legendario agente secreto Matt Helm interpretado por el comediante y cantante Dean Martin, este es una suerte de irónico, paródico pero respetuoso homenaje al cine comercial.

Naturalmente, no faltan algunas secuencias de violencia extrema que aportan el relato la clásica impronta tarantiniana y también abundan dosis de humor absurdo.

No obstante, más allá de la construcción y el mensaje intransferiblemente simbólicos e impregnados de un profundo amor por el cine, “Había una vez en Hollywood” no logra sostener siempre un adecuado ritmo narrativo y está claramente excedido de metraje.

Desde ese punto de vista y pese a los ditirambos de los incondicionales, esta película está lejos de la mejor producción del talentoso, creativo y aclamado autor de recordados títulos como “Perros de la calle” (1992), “Tiempos violentos” (1994), “Bastardos sin gloria” (2009) y “Los ocho más odiados” (2015).

 

Por Hugo Acevedo
(Analista)
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