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La novela histórica y la heroica Paysandú

Por Sergio Schvarz

Dentro del amplio espectro de las obras literarias, el subgénero narrativo de la novela histórica se configuró a partir del Romanticismo en el siglo XIX. Esta debemos entenderla como la novela que narra acontecimientos ambientados en circunstancias reales y concretas del pasado, con la frecuente aparición de personajes históricos reales. Según György Lukács, el propósito principal es ofrecer una visión verosímil de una época histórica preferiblemente lejana, de forma que aparezca una cosmovisión realista e incluso costumbrista de su sistema de valores y creencias.

Sus rasgos serían: a) Sentido histórico de su nivel, b) Revitalización del pasado con una proyección pretendidamente realista, c) Carácter popular, entendido como el reflejo de la realidad social y popular, d) Preferencia por personajes cuya individualidad refleja un carácter medio o típico, e) Aplicación al presente día de hoy, f) Incidencia del anacronismo que sea preciso, g) Condición crítica constitutiva del género, toda vez que encierra un conflicto entre historia y ficción, que conduce a una nueva forma de novela, la novela realista, encarnada según Lukács en Honoré Balzac.

En los dos extremos se encontrarían los hechos inventados que predominan sobre la historia, es decir la novela cuyos elementos históricos apenas son un marco de referencia o bien un pretexto para la narración, y la historia novelada, donde los hechos históricos predominan claramente sobre los ficticios. En el caso que nos ocupa, en la novela “No robarás las botas de los muertos”, se cumplen todos los preceptos que Lukács señala y algunos otros que conviene destacar, como que esta novela nos habla de un relato fundacional de la identidad nacional, con los valores de la resistencia, incluso en situaciones desventajosas, y el no ceder a cuestiones principistas, enmarcados en una situación geopolítica que fue, a su vez, el antecedente directo del mayor genocidio en el sur de América en el que participaron las tres naciones conformadas en la Triple Alianza contra el Paraguay de Solano López.

Lo “malo” de las novelas históricas es que, a menudo, conocemos el final de la Historia, y por tanto no hay sorpresa allí. Salvo en el modo de narrar. Pero claro, también en este subgénero hay novelas brillantes, como, por ejemplo, “Memorias de Adriano” (1951) de la escritora nacida en Bruselas, Bélgica, Margarite Yourcenar (aunque es considerada francesa y posteriormente se nacionalizó como estadounidense). Cuanto más hacia atrás en el tiempo se trate la historia, deja (supongo) más campo libre para la invención, quizá por la poca cantidad de documentación veraz. Y otro elemento que juega en contra —para mí— es que el autor debe dedicar mucho tiempo y esfuerzo en conseguir material de fuentes confiables sobre el tema escogido si quiere ser lo más fiel posible a la Historia, coartando y/o postergando la verdadera creación.

Lo que sí es claro, sin embargo, es que Mario Delgado Aparaín quiere hacer un rescate del heroísmo al contar esa historia, un rescate que nos dice —un poco esquemáticamente— que más vale morir por la libertad que vivir de rodillas.

Hay otro aspecto, sin embargo, que podríamos denominar de “aspectos irónicos de la Historia”, y que se da en nuestro país (y quizá en todos, en mayor o menor medida), que es que la nomenclatura de calles, ciudades, y hasta departamentos enteros se le otorga a personajes de dudosa calidad ética o moral, como es el caso del departamento de Rivera (cuestionado por la matanza de indígenas charrúas en Salsipuedes y Mataojo) o del departamento de Flores, argumentado oficialmente de esta manera: “Cuando se trata de actos trascendentes como el presente, el recuerdo de sus hombres que concurrieron a salvar y engrandecer la patria, no debe olvidarse como ejemplo permanente de sus virtudes cívicas y como en este caso se encuentra el patriota Brigadier don Venancio Flores, con más la circunstancia de haber nacido en aquella zona” (creación del Departamento de Flores, en 1885, durante la presidencia de Máximo Santos). Pero esto es, evidentemente, porque la historia, como se suele decir, la escriben los vencedores. Aquí, sin embargo, lo que hace M. Delgado Aparaín, no es la escritura de los perdedores, sino de los que, de alguna manera, son neutrales aunque apoyen la causa de la defensa (tal el caso del valenciano Martín Zamora, que es nuestro personaje principal).

El escritor Mario Delgado Aparaín, oriundo de Florida (1949) es docente y periodista con una amplia trayectoria como cuentista y novelista (amén de alguna obra infantil y de trabajos periodísticos), recibiendo varios premios y menciones, entre ellos el Morosoli de Oro en 2018 en la ciudad de Minas, que es casi como una ciudad suya. La balada de Jhonny Sosa (1987), es una de sus principales novelas (junto con esta que vamos a comentar y “Alivio de luto”, donde un profesor da clases sobre la historia de la humanidad para salvar del escarnio a la hija de un hombre preso durante la dictadura) y sus obras han sido traducidas al holandés, alemán, italiano, inglés, búlgaro, portugués, griego y francés. Debemos decir, y asegurar, que es uno de los principales narradores actuales de Uruguay.

 Lo que ha manifestado el autor
A pesar de todo lo anterior, Mario Delgado Aparaín parece desmentirme en cuanto a lo de que la suya es una novela histórica, aunque confirma otros aspectos. En una entrevista realizada por la directora del Semanario Sol y Luna, Laura Pereira (por cuya gentileza tuve acceso a la misma), en el Ateneo de Salto, con motivo de la presentación del autor en el marco de una actividad de AFESS-FeNaPES-PIT-CNT (El hombre detrás del escritor), organizada por la Comisión de Cultura, integrada por Paola Borges y Ángela Ruso (que dicho sea de paso contó con la presencia entusiasta de trescientos estudiantes), realizó algunas consideraciones sobre su novela “No robarás las botas de los muertos”. He aquí lo medular de sus declaraciones:

El sitio de Paysandú fue un tema “que le apasionó desde la adolescencia. Quise contar una historia sin apasionamiento partidario, contada a través de dos personajes, un espía y un preso español que son usados para defender la ciudad y a través de ellos se van contando las peripecias de los treinta y tres días del sitio…”. Este fue hecho para borrar del mapa al Paraguay. “El sitio de Paysandú fue la puerta de entrada a la guerra más terrible del siglo XIX, a nivel mundial”. “Me costó 8 años hacerla, me sorprendió que lleva 16 ediciones, no es una literatura de mensaje, es contar a través de los mecanismos de una novela de aventuras. Todo el mundo sabe cómo terminó el Sitio de Paysandú, pero lo que todo el mundo no sabe es cómo ocurrió, por qué”. Que es lo que se cuenta aquí.

El sitio demoró treinta y tres días, soportando la ciudad, desde el río, de la armada del almirante Tamandaré un promedio de 2.000 cañonazos diarios. Allí hubo 600 hombres y ocho mujeres, contra 14 mil hombres bien vestidos, bien alimentados, bien armados.

Para hacer esta novela, pudo acceder a documentación en poder de descendientes. Entre esa documentación, el Diario del teniente Hermógenes Masanti, que llevó ese diario día por día. “Ocurre, que yo sin saber, antes de leer ese diario, uno de mis personajes tiene la costumbre de ir anotando lo que vive. Y se hicieron amigos. El personaje ficticio se hizo amigo del personaje real”.

“Los sitios dan cuenta de las patologías más horrorosas de la guerra. A los sitiadores no les alcanza con derrotar a los sitiados, una vez derrotados los humillan, violan mujeres,  matan viejos, matan niños. Y Paysandú no escapó a eso. Fue una masacre. Pero además, después del sitio, entraron a la escuela a sacar a los heridos y los mataron… Y cuando fusilan a Leandro Gómez y al estado mayor, que eran seis, no les alcanza con meterle ocho balazos en el pecho, le cortan la barba para llevársela de recuerdo, le sacan la camisa blanca, con los ocho balazos, para llevarla de recuerdo, y otro le saca las botas. Y un oficial colorado le dice, al que le está sacando las botas: “un buen guerrero no hace eso”, y el tipo le contesta, sin dejar de sacarle las botas: “yo no soy guerrero, soy comerciante”. Y me gustó como una especie de mandamiento: no robarás las botas de los muertos”.

“Lo importante en esta novela es contar, bajo la modalidad de un diario, de un diario personal, ir contando lo que ocurre, recrear esa atmósfera, increíble”.

Y por último, manifestó que “en nuestra cultura, las leyendas ocupan un lugar muy importante, las gestas humanas a veces se convierten en leyendas, aunque no tengan precisión histórica. Como sucede con Aparicio Saravia, parece que hubiera sido el Cid Campeador, si te guiás por algunos contadores de la historia de los blancos”.

 La palabra escrita es signo
Ya conocemos la historia. Entre el 1° de diciembre de 1864 y el 2 de enero de 1865, el colorado Venancio Flores, en el marco de lo que denominó la “Cruzada Libertadora”, con el apoyo de los soldados del Imperio de Brasil y de soldados argentinos unitarios enviados por Bartolomé Mitre, establece un sitio a Paysandú. La disparidad de fuerzas, en material de guerra y en cantidad de soldados (al final serían dieciséis mil los sitiadores contra seiscientos que defendían la plaza), muestran una voluntad férrea de sobreponerse a todos los contratiempos para defender la ciudad ante el avasallamiento de que son objeto. Pero Mario Delgado Aparaín hace, con esta historia, una narración basada en la mirada particular de Martín Zamora, oriundo de Castellar de Andalucía, quien nos contará de un modo objetivo las circunstancias de la guerra y de su participación en la misma. Por lo tanto, la narración de esta novela, pautada por la elección de algunas fechas clave, comienza el 27 de noviembre, unos días antes de que comience el sitio.

El dicho, la frase principal que da título a la obra es sobre lo que suele suceder a los que sucumben. En “Sin novedad en el frente”, de Erich Maria Remarque, por ejemplo, uno de los soldados que le amputarán una de las piernas (y que luego morirá por la gangrena) decide regalar sus botas a uno de su mismo batallón. Es evidente que las botas, el tener unas buenas botas, es una pieza fundamental del soldado de infantería, es un artículo muy valioso en tiempos de guerra, y por eso suele ser de las primeras cosas que los vivos despojan a los muertos. En la novela que nos ocupa, sobre el final (y pido disculpas por empezar por el final, como si estuviéramos leyendo de atrás hacia adelante) se dice: “Es de malos guerreros robarles las botas a los muertos”, que tiene el mismo sentido de “no hacer leña del árbol caído” (cosa que en invierno suele suceder comúnmente, dicho sea de paso, para quienes tienen o usan chimeneas como calefacción).

Entonces este andaluz va, desde su derrota personal, contando la guerra de afuera hacia el centro, a su motivo principal (que nosotros, como uruguayos, ya conocemos, aunque sea “de oídas”). Y Delgado Aparaín utiliza el recurso del narrador extranjero, del que no conoce nada hasta que termina de conocer todo, para ir al encuentro de esa historia. Desde el principio, que se ubica en “hasta el cercano ayer (indefinido), (donde) Paysandú era una ciudad de cierta prosperidad, con más picardías en los zaguanes que revueltas en los sótanos…” y que muestra un estilo personal al contar, por medio del acercamiento hacia el tema (en oleadas concéntricas pero desde las orillas hacia el vértice, desde los alrededores de la ciudad hasta anclarse en esas seis manzanas por dos de la defensa), hasta quedar inserto en su interior y ser parte de la historia que se cuenta. La realidad, se muestra: “menos de mil dispuestos a resistir con las armas una horda de militares brasileños, uruguayos y argentinos, a cual de ellos más insatisfechos, aventureros de diversa laya y terratenientes apasionadamente hostiles” (pág. 15). Pero el que cuenta es alguien que ya nunca volverá atrás “porque lo ha perdido todo”, y en ese caso la escritura no puede esconder algo —ya no hay nada que esconder, así la decrepitud física que siente el ex soldado, preso, al borde de la muerte y recordando, como en el caso de Hermes Nieves—.

Los capítulos son cortos, aunque pasando la mitad de la novela se extienden un poco más y se habla, también sobre la escritura, se escribe la escritura de la misma. Al nombrar a los personajes más cercanos del personaje principal, que es el andaluz Martín Zamora, establece un abanico de compañeros de condenados, como el inglés Raymond Harris (soldado en la India, mal pintor y traficante de cuadros —y este aspecto lo hace singular, porque está allí, en la Argentina “para vender una pequeña colección de óleos a una familia de nobles insoportables por su soberbia”—, convertido en delincuente británico irreverente, quien se supone que espía para el ejército de Bartolomé Mitre, haciéndose pasar por uno de los supuestos desertores de Venancio Flores y en realidad será una especie de doble espía), Hermes Nieves, ya mencionado, agonizante, secuestrador de negros libertos, perro guardián del feroz bandolero tuerto Laurindo José da Costa, al que se une Martín Zamora y por el que es acusado y detenido en una prisión sanducera a la espera del más que probable fusilamiento. Este grupo de facinerosos conforman el “condimento” necesario para hacer un relato afín, cercano, al realismo mágico. O, para decirlo de otra forma, estos personajes (y sus historias) son el elemento fantástico de la parte novelada de la historia. Las descripciones del paisaje, generalmente breves, también tienen un toque de fantasía, a menudo lírica: “De día, a la luz intensa del sol y a lo lejos, podía ver el río Uruguay, sus florestas lejanas y su corriente aterrada. Sabía que más acá, a su izquierda, estaba el enigmático teatro cerrado y a unas tres manzanas, el hospital resignado a esperar a los mutilados de una guerra inevitable; a cincuenta pasos del ventanuco, los fondos de un almacén de ramos generales llamado “El ancla dorada”. Solo eso podía ver de aquella villa de calles anchas y rectas centrada en la plaza de la Constitución y en la iglesia parroquial aún inconclusa en su construcción sin pretensiones, todo a punto de ser humillado por un trío de invasores prepotentes. De noche era otro mundo: apenas tinieblas heridas aquí y allá por la luz amarillenta de los faroles de aceite; pero a la madrugada desaparecían los fantasmas y los buques de altas arboladuras formaban una reja intrincada de palos y obenques ante la isla Caridad, estirada frente al caserío encalado. A esas horas primeras, las calles echaban al aire un ruido vago y febril de voces, de ruedas de carretones, de perros quejumbrosos y adivinos de la batalla, de leña quemada, de agua de toneleros, de mosquitos, de miseria recién llegada”.

El pensamiento en espiral
Mario Delgado Aparaín nos sitúa en el momento de la batalla: las primeras noticias de la guerra se dan sobre finales del invierno de 1864; los motivos del conflicto, en el marco de la “Cruzada Libertadora” de Venancio Flores, que buscan salvar el último obstáculo: Paysandú, “un reducto inútil defendido por un puñado de soberbios”, “que se trataba apenas de ocho manzanas donde las trincheras se reducían a quince bocacalles que no sobrepasaban las diez zancadas ninguna de ellas, tristes escarpas de madera rellenas de tierra en su interior, con sus troneras improvisadas y sus correspondientes guerreros del honor detrás…” (como nos dice el guardia aindiado que funciona como el testigo silencioso que jamás habla, pero bien observa), último obstáculo para luego concentrar las fuerzas que irán hacia el Paraguay de Solano López, puesto que el objetivo es único: “borrar del mapa al soberbio Paraguay de Solano López, bastión de los veinte apellidos” (que estarían influenciados con la Castilla española en la sociedad paraguaya); y las fuerzas en pugna, ese trío conformado por las fuerzas del emperador Pedro II, el argentino Bartolomé Mitre y el “traidor” Venancio Flores, de un lado, y el millar de hombres bajo el mando de Leandro Gómez y Lucas Píriz.

Los últimos esperan “la llegada salvadora del ejército fantasmal del general Sáa” y una vaga y delirante promesa “de ayuda del mariscal López y sus treinta y cinco mil paraguayos”. Tal vez la ayuda proviniera del caudillo Urquiza y sus dos hijos, Diógenes y Waldino, y sus quince mil jinetes del otro lado del río. Pero el inglés Harris parece saber más de esas cosas: “Que no esperen a nadie, que lo único que habrá de llegar son las inevitables crueldades”.

Por lo tanto, M. Delgado Aparaín va contando todo el conjunto de la guerra, desde un personaje ocasional de la historia, como el embajador brasileño en Asunción, Viana de Lima, quien ante el inicio de la guerra de la Triple Alianza “abandona el Paraguay, con su mujer bostezando, cuatro esclavas del Congo y la cabeza cargada de represalias”, en algo que está después del tiempo en que se cuenta en la novela.

Las condiciones de esa reclusión, austera, donde “se trataba de un pirón áspero, acompañado de la misma carne grasienta que hubiese comido en la casa de Castellar diez años antes, tal vez la misma cena agria y miserable de entonces” y, para nuestro narrador, lo más importante era que “lo que no podía resistir era la idea de no morir en libertad, privarse de los ojos de sus parientes mirándose y mirándolo, de los seres queridos oyéndole maldecir en voz baja a la monarquía miserable, mientras se preparaban a enterrarlo entre los ángeles de mármol en un cementerio de los alrededores”. Es ese miedo, ingénito, a no dejar huella, a haber vivido una vida sin sentido, vacía, huera. Y es aquí cuando nos muestra la genealogía hacia atrás, el padre de Martín Zamora, quien huyó de Algeciras y en el momento preciso dijo: “vendré por ti, mi amor. Algún día vendré por ti…” (que) fueron las últimas palabras antes de librarse de una muerte segura y extraviarse entre aquellos comerciantes escuálidos, empeñados en compartir las pérdidas más allá de los espantos del mar”. Y esto que se cuenta son pensamientos, escritos, en forma de espiral, que comienzan en el adelante de la historia y van hacia atrás, hacia los orígenes.

Y si bien es cierto que hay una culpa primigenia, un desliz amoroso y juvenil, que da paso a ese embarque que por caprichos de un capitán termina en el sur de América, desde el punto de vista de un español la América también puede ser un suplicio. Desde su calabozo de la Jefatura de Paysandú —calabozo compartido con el inglés Harris y el agonizante Hermes Nieves—, Martín Zamora hubiera deseado enfrentarse, diez años atrás, a la  justicia española, quizá tuviera una muerte que le hubiera ahorrado esos años que, se intuyen porque aún no se sabe bien la cantidad de dolor implícito, fueron negros, oscuros, llenos de muerte y desasosiego. “Como todos, Martín Zamora pagó por la utopía y aún sentía en su mano izquierda los dedos de su mujer furtiva deslizándose fatalmente de los suyos, despidiéndolo sobre los maderos podridos del puerto de Algeciras”. La imagen, poderosa, de ese viaje al fin del mundo, cuando no se sabía si era mejor vivir así, en perpetuo desconocimiento de cómo iban a ser las cosas, o morir de miedo: “aquellas olas increíbles que se levantaban en explosión hasta el infinito, como en la pintura de un plato japonés…”, muestran la zozobra interna.

En las páginas que cuentan el cruce del océano Atlántico rumbo a la América, aparecerán, como es lógico, términos de navegación, muy específicos, como rolidotangaje. Es un viaje infernal, donde serán “desencuadernados por las diarreas y el vómito, odiándose los unos a los otros en un feroz espectáculo que duró casi un mes”, pero que sin embargo, poniendo proa rumbo a la Argentina (porque la Cuba de ese entonces ya estaba amenazada por los Estados Unidos y su doctrina Monroe y su “destino manifiesto”, que declaraba “América para los americanos” y la República Dominicana había sido invadida por España en 1861 hasta 1865),  “la desgracia fue pródiga con aquellos infelices”, once marineros y el capitán más noventa y dos pasajeros. Los pormenores históricos salen a la luz a medida que nos cuenta la travesía de Martín Zamora, “la lamentable travesía” de veintiocho jornadas hasta ver tierra americana, como la  intriga de Cuba, su venta y la posterior anexión (Manifiesto de Ostende), bajo un manto de sospecha racista, es decir, de no ser “demasiado” blanca y pura esa raza.

Sin embargo, todos “parecían presentir el néctar de los frutos deliciosos, la abrumadora majestad de las riveras, el encanto agobiante de las papayas, los plátanos, el aguacate, el mango, el café”, y allí está lo exótico, lo fantasioso; esa idea subyacente de lograr una buena situación, merced a verse beneficiado por obra y trabajo o por ser mejor de entendederas. A hacer la América. “A cambio echaban por la borda la verdad, la otra verdad, la que iba a brindarles su situación de derrota, que  hallaría, acá o allá, el expolio encubierto o la guerra declarada”, porque era, y qué duda cabe, tiempo de guerras, tentativas de asalto, la diplomacia de los cañones, los hierros y las palabras duras.

Farándulas guerreras en tiempos (aún) de paz
El modo en que se escribe y que se cuenta, viene desde otra voz, observadora de la situación pero desde una óptica que parte desde el afuera del cuadro total, y escribe con una especie de retórica antigua, quizá porque el situarnos en la época histórica necesita un lenguaje acorde, y en ese sentido vemos una concordancia entre tiempo y verbo, así como entre el tiempo y la acción que se desarrolla. “Porque aquí […] tanto el mandria como el audaz, muere matemáticamente, en toda regla, sin error de suma o pluma”.

Nuestro personaje decide bajar donde la sorprendió la primera escala, “en la costa de Brasil”. Y desde allí se encontrará “en el jolgorio de una soledad desmesurada”, con veintidós años y será “el que todos conocerían más tarde como El Moro, un hombre con apreciable desgracia y una maldad” nueva, forzada por las circunstancias y el resquemor.

Las transformaciones de Martín Zamora: “en los últimos diez años no había hecho más que ser el enemigo de alguien: el enemigo de los gitanos, por convertirse en el seductor prohibido de Irene, la hija de Jeremías el Corto; o el temido monstruo nocturno de los niños de órbitas desmesuradamente blancas, el enemigo mortal de los negros en fuga; o el enemigo de los uruguayos, siempre hostigados por brasileños y argentinos; y por último, como por arte del diablo (cuando llegue su tiempo), enemigo de sus recientes amigos, los brasileños”.

El tiempo real, vuelve a la narración, como una noria: “A diez años de distancia todo parecía haber terminado”, y allí estará, golpeando sobre su conciencia, “el temible” Hermes Nieves, su “compinche inseparable”, aún sobreviviendo. “Han exigido sus vidas en nombre de una justicia inubicable, han sido declarados culpables por haber caído en incendios, californias, asesinatos y levas de negros fugitivos en una tierra de nadie” (esa justicia, la de aquellos tiempos, que los llevaría, sin más trámite, a un fusilamiento de público escarmiento). Y también a esa Irene, como un leit motiv, que es a quien le explica, acaso, Martín Zamora, su historia. La nostalgia de Castellar de la Frontera se expresa en “las calles cobijadas de Castellar” (hay un “sabor” español antiguo, un poco rebuscado pero onírico, mágico en el sentido del realismo mágico que anotábamos al principio, exuberante, selvático en la zona paisajística describiendo la naturaleza, incluso la naturaleza humana en estado puro).

Sin embargo, el inglés Harris, desde su ínsula peninsular —si aceptamos el juego de palabras—, desde su Algeciras y su Castellar, América ya es un “nombre maldito”, puede ser la ruina, tomar la vida o sufrir una muerte indeseable. Del otro lado, es decir del otro lado del calabozo en que están alojados, está el capitán Hermógenes Masanti, “empeñado en redimirlo y librarlo del pelotón de fusilamiento”, el abogado Luca del Piero, abogado “cargado de mariposas en el habla” (y director del periódico Il propagatore italiano). Se le ordena (es un decir imperativo) que el capitán Masanti lea lo que ha escrito (su confesión de parte), y seguidamente M. Delgado Aparaín nos ofrece al lector el capítulo correspondiente entero (el 21): “Herido en el alma y con una guitarra por toda compañía, acaso por haber conocido un destino de nómada, dejé el puerto y lo dejado atrás, atrás quedó. Deambulé mucho tiempo de poblado en poblado…” (pág. 60). Y luego: “oculto en los montes de la hacienda de Terrão al sur de Río Grande, cuando ya desconocía toda noción de triunfo, terminé por abandonarlo todo y me uní a interminables historias relacionadas con hurtos de esclavos, con emboscados y francotiradores, a traición y por la espalda. Me hice hombre armado de Laurindo José da Costa”. La trampa para detener a Laurindo José se transforma en un alegato contra la trata de esclavos, donde se muestra la crueldad del sistema empleado.

En cuanto a nuestra historia (nuestro fragmento de historia patria, o sea el sitio a la ciudad, que en lo escrito por Martín Zamora aún no ha comenzado) al parecer a Venancio Flores se le han “regalado” mil negros, muchos de ellos esclavos, como carne de cañón, negros “forzados” para su ejército. Si algo podemos decir de toda la escena que protagoniza Laurindo José, que está en el centro del conflicto, incluso como espectador (por el momento), en la que se esgrimen argumentos y razones del comportamiento del ejército de Venancio Flores, voces a favor, tímidas, y la que están manifiestamente en contra, del cónsul Guilleven, es que esta narración o alegato se alarga demasiado —la detención, o no, del bandido nunca llega a ocurrir— y suspende la trama, quizá hasta un punto innecesario, convirtiendo todo el episodio en un “duelo entre buenas memorias” (de hechos deleznables) y reseñas de atropellos, donde lo más destacable es el “silencio de moscas” que sobrevuela, mientras João Lena Vieira, presidente provincial de San Leopoldo noticia que dos integrantes de la guerrilla del bandido Laurindo José, escogidos al azar: Hermes Nieves y Martín Zamora, son concedidos al gobierno uruguayo y el resto va a ser juzgado allá. Pero por la cercanía de las tropas de Venancio Flores quedan ahí, en Paysandú, en espera a que se realice el juicio final.

El inglés errante
Desde Gibraltar hasta Paysandú, el inglés Harris le va a hablar de lo noble y lo perverso de todos los sitios que él ha tenido noticia —o sea de los lugares que él sabe que existieron sitios y sitiados o de los que ha tenido conocimiento, por más lejanos en el tiempo que sean, reales o no, así como el que padeció en la India—. Y allí en ese calabozo, con todo su cinismo a cuestas, dice: “dígame usted —le dice a Martín Zamora— si conoce alguna guerra en que alguna religión no esté detrás, con sus dioses bárbaros, sus éticas estúpidas y sus rituales acatados por las mayorías” (pág. 93). “Había que ver —nos aclara, y casi le podemos ver la sonrisa socarrona— a mis compatriotas cazando a los thugs (una especie de mafia, los estranguladores, que operaron en la India desde la Edad Media hasta 1830, aprox.) o a los suttis (la práctica conocida como “sutti” consistía en que la mujer, como muestra de devoción, era obligada a quemarse viva en la fogata fúnebre de su marido como parte del ritual para honrar su muerte. Esta práctica continuó hasta fines del siglo 17 cuando finalmente se derogó a pesar de la oposición de los líderes religiosos, aunque aún se realiza en algunas aldeas remotas de la India. En ciertas regiones, la mujer era ofrendada a los religiosos como concubinas o prostitutas para ser explotadas o se las sacrificaba para satisfacer a los dioses hindúes o pedir que llueva) solo porque se resistían al evangelio”, y aquí hace gala de una soberbia confiada y estúpida. Harris entonces le contará a Martín Zamora (y nos contará) del sitio en Cawnpore, “una ciudad de ciento cincuenta mil habitantes a orillas del Ganges”, y sobre todo pondrá énfasis en que “ningún sitio llega a su fin sin que hubiera atroces humillaciones para el vencido…” (lo cual suena como una invocación profética). En este caso, “los aborígenes de Paysandú no tienen aspectos de triunfadores”.

Antes que se inicie la batalla, haciendo un simple cálculo de las fuerzas en pugna el inglés Harris ya sabe el resultado y lo más insólito es que confía, justamente, en este resultado para salir con vida del sitio, como la vez anterior. Siendo capitán de caballería del Regimiento de Blandengues del Ejército de Buenos Aires, y estando al servicio de Venancio Flores en el Escuadrón de Mayo, Raymond Harris, de 34 años, su presencia en dicho ejército se debe a un pequeño escándalo artístico, donde quiso hacer pasar por obras genuinas unos cuadros falsos que Mitre, en persona, tuvo el buen ojo de discernir. Así, el plan era que Harris desertara de Venancio Flores y fuera a Paysandú para “informar desde adentro acerca de los movimientos e intenciones de aquella importante guarnición”.

“—Fue un mal hombre, pero lo quise igual… —dijo Martín Zamora, mientras estiraba con delicadeza la prenda mugrienta, a plena conciencia de que una vez que lo cubriera hasta la cabeza, no lo vería nunca más” a Hermes Nieves, quien murió “acogotado por la fiebre y cribado por las ulceraciones, sin abrir la boca siquiera para un insulto último o para despedirse de su camarada de andanzas. Murió sudando a mares, con la mandíbula trabada, echando olores pestíferos por cuanta cavidad tenía (apestaba como el desayuno de un buitre) y con las falanges crispadas sobre el poncho fino que lo cubría”.

“La guerra siempre es un refugio para quien lleva una mala historia a la espalda”
Recién en el capítulo 36, en la página 116, aparece Leandro Gómez, pero sólo para hacer sentir su presencia, sin dejarse ver (salvo por quienes esperan sus órdenes), y notifica a todos para que se presenten para defender la ciudad, “defender la independencia nacional y salvar su dignidad”, bajo pena de castigo discrecional y la publicación de su nombre como “infame y cobarde”. Por ahora Martín Zamora se ha salvado, hasta que estalle la guerra. Pero el 1° de diciembre de 1864 aparece en escena Leandro Gómez, y lo hace en el patio de la Comandancia, “vistiendo su casaca rojo fuego, su pantalón blanco y sus botas negras brillantes”. “Caminaba lentamente, con el pecho un tanto hundido entre los hombros, la cabeza descubierta y las manos a la espalda apretando el pañuelo que usaba para atenuar las miasmas de su enfermedad, con todo el aspecto de estar sumergido en pensamientos profundos”, y “por momentos parecía distraerse respirando profundamente y mirando el cielo disponible con detenimiento, tal como si esperase el vuelo de un pájaro conocido o alguna señal secreta que le anunciase una noticia muy importante” (pág. 125).

En la visión de Martín Zamora hay otra cosa más a destacar: “lo que provocaba una misteriosa atracción a quien lo observara sin ser visto, era su curiosa mezcla de calidez y ausencia de nervio, una especie de inconsciencia resignada y serena a flor de piel, propia de quien sabiendo lo que le espera en la vida, se siente libre de arriesgar su pellejo donde quiera”.

El cerco se cierra en el río Uruguay por las cañoneras brasileras que apoyan a Venancio Flores (la Belmonte, Araguay, Jaquitinhonha, Ivahí, junto al vapor de ruedas del almirante Barón de Tamandaré, de Recife) junto a la escuadra extranjera (la española Vad-Ras, la francesa Décidée, la italiana Vesubio y la inglesa Detterell), por lo que los sitiados se ven impedidos de hacer nada, salvo evacuar mujeres,  niños y extranjeros a la llamada isla de la Caridad.

Se nota, en M. Delgado Aparaín, una meticulosa descripción histórica, sosteniendo una narración neutra (sin tomar partido) sobre hechos destacados, como por ejemplo con el pliego de rendición que le envía Flores y la contestación de Leandro Gómez. No hay, en estos casos (de comprobado rigor histórico) ningún vuelo literario, sino una descripción fría, distante, por más que ponga al jinete pelirrojo que entrega el pliego al puesto de defensa más avanzado ni del que lo recibe y exprime pensamientos poco reflexivos.

“Cuando sucumba”
Nuestro personaje principal, por el que vamos entrando cada vez más de lleno en la inmaculada y heroica historia, Martín Zamora, decide alistarse (gracias a las recomendaciones del capitán Hermógenes Masanti. Por cierto, hay disponible en internet el Diario que escribió este capitán, el que, si lo leemos, notaremos que M. Delgado Aparaín contó con este documento como uno de sus insumos para la novela), sin que se sepa bien sus razones, en el lado de la defensa. Mientras tanto esto ocurre, los militares extranjeros, Durrell, Martínez de Arce, Bertoni y Olivier, desembarcan con la intención de conferenciar con Leandro Gómez, ubicándose en el centro de la plaza y el narrador (por los ojos de Martín Zamora) le atribuye una simbología especial a la simetría de la comitiva extranjera en el centro de la plaza: “tres pasos delante de la pirámide de la Libertad y a unos diez del pie de la explanada del Baluarte de la Ley por donde descendía el coronel Leandro Gómez portando una lanza embanderada en su mano derecha y seguido de siete oficiales de su Estado Mayor”. Esa simbología se aplica también a la lanza que lleva, embanderada, en su mano derecha.

La proposición es: “…la capitulación de la plaza con todos los honores de guerra. La guarnición saldrá de Paysandú por las aguas del río Uruguay en nuestras naves, con sus armas y pabellones, bajo la garantía de los comandantes de España, Inglaterra, Italia y Francia”. Pero todos los seis oficiales, en un acto también sumamente simbólico, juran “vencer o sepultarnos bajo los escombros de Paysandú”, y desenvainan sus espadas y las cruzan sobre el pabellón que sostiene el coronel Leandro Gómez. La respuesta no se hará esperar: “la libertad no se rinde… ¡Pelea!”, y eso que se veían, a las claras, lo exiguo de los recursos de la defensa. Porque, si el almirante Tamandaré bombardea la ciudad, “lo hará impunemente, porque no tenemos cañones para contrarrestar sus obuses y morteros”.

Tras la respuesta, la multitud prorrumpe en una ovación generalizada y suena, con la irrupción de los músicos del maestro Deballi, la marcha de Ituzaingó (que después será la marcha oficial de la Argentina hasta la actualidad). La contraoferta: se ofrecen “para sacar a lugar seguro a los niños, a las mujeres y a los extranjeros”. Sin embargo, el coronel Leandro Gómez abre un paréntesis, y posterga la respuesta, que será a tono con la marcha de la guerra, porque, además, habiendo niños, mujeres y extranjeros, el bombardeo de la ciudad no debería ser tan cruel como si ellos no estuvieran. Pero igual se efectuará. La respuesta, es de tono diplomático: “sospecho que vuestros servicios serán aceptados con gratitud si la situación se agrava”. La suerte parece estar echada.

Y efectivamente, M. Delgado Aparaín nos presenta el documento escrito por el capitán Hermógenes Masanti, donde la misma acción —todo el cuadro del desembarco de la comitiva, su presentación ante el coronel Leandro Gómez— es contada de otra manera: “…En la tarde, el Coronel ordenó que se presentase en la plaza toda su gente de guerra, que con las incorporaciones de los últimos días llegaba a los mil ciento veinte y tantos hombres, incluidos los jefes y oficiales. Formada ya la guarnición, el coronel Leandro Gómez se presentó a caballo, vestido de camiseta punzó cruzada por una banda celeste y una bandera nacional en la mano derecha. Entonces pronunció una entusiasta proclama, que concluyó con estas palabras textuales: —¿Juráis vencer o morir en la defensa de esta plaza? —¡Sí, juramos! —respondieron a una voz los jefes, oficiales y soldados, atronando los aires con sus vivas” (pág. 160). Como puede apreciarse, falta, en este relato, tomado del propio diario del capitán Masanti, la parte que refiere al desenvainar de sables, pero por otra parte nos ofrece el total de las fuerzas que se abocarán a la defensa de la plaza.

De tal acto solemne, volverá Martín Zamora con la extraña sensación “de estar en guardia” y, sobre todo, de “comprobar cómo la conciencia, imprudente y desmesurada, se le iba extraviando lentamente”. Este párrafo, que nos muestra la desconfianza de un ayudante del coronel Gómez (el capitán Hermenegildo Alarcón), es redondo por el concepto que elabora: “el hombre desconfiaba al verlo así, en su apariencia de individuo absorto y ausente a lo que se gestaba en derredor, dueño de una vibrante e impropia calma, similar a la de esos borrachos que parecen cobijar un fantástico pensamiento que no desean compartir con nadie” (pág. 161). Porque Martín Zamora, que aún no está imbuido de ese fervor patriótico que en la primera hora parece contagiar a todo y a todos, observa con cierto desapego los acontecimientos. Pero para el capitán Alarcón es hora de ponerlo a prueba, de darle unan misión, y por eso “observó desconfiante a Martín Zamora, como si tuviese una cuestión secreta con él o uno de esos misteriosos motivos de rivalidad animal que hay entre algunos hombres que nunca se han visto antes ni se volverán a ver después, porque la guerra suele matar a uno de ellos mucho antes de que sus cosas pasen a mayores”, lo que sugiere que, puesto que Martín Zamora no puede morir en virtud de la historia que se cuenta, el muerto sería el otro. Por lo pronto, “hacia el este, se olía la muerte”, hacia el este por los rumbos que recorrerá Venancio Flores y su terrible accionar.

Posteriormente, nos narrará la mirada del conflicto desde otro de sus contendientes —acaso el más importante, o el más sanguinario según la fama en la que están envueltos, junto al Goyo Jeta (Gregorio Suárez)—. Se trata del mismísimo Venancio Flores. Nos lo presenta con sus pensamientos, es decir los posibles pensamientos que le atribuye la narración subsecuente. Y allí tenemos al capitán Venancio Flores cuando “bajó abruptamente su brazo” y simbólicamente comenzó la guerra, incluso antes que las cañoneras brasileñas hiciesen fuego sobre la ciudad. Y le vemos el gesto casi como podría hacerlo un general romano bajando el pulgar, trayendo la muerte. Es Venancio Flores y sus tres mil hombres y los seis cañones rayados apostados a unas veinte cuadras de las poblaciones, cerrando el cerco por ese lado este. El general Souza Netto y sus oficiales, “esperaban a que los nacionales empezaran el bombardeo, para luego apoyar el ataque a su modo”.

El comienzo del bombardeo tan anunciado, llega a su momento, cuando “la furibunda descarga de artillería (…) se desató sobre el centro de Paysandú”. De modo singular, para dar en un ejemplo simple el efecto del bombardeo sobre la ciudad, nos cuenta el impacto de dos obuses en la iglesia, “haciendo un formidable boquete justo a la entrada de la casa de Dios”. La respuesta se restringe al quedar inutilizada una pieza de las pocas que hay en la defensa —en este caso bajo el mando del Sargento Distinguido Juan Irrazábal, a cargo de doscientos hombres—.

El narrador, muy seguro de sí, nos muestra el momento cúlmine del bombardeo desde el río, cuando el barón de Tamandaré, “O Nelson Brasileiro”, cuando el vicealmirante José Marques Lisboa dispara el “primer cañonazo de la escuadrilla imperial”. Pero ha elevado la mira y la parábola pasa de largo y cae entre las filas de Venancio Flores: “cuatro caballos y cinco hombres volaron por los aires”. En ese error de cálculo muestra el autor —más allá de si es o no real el acontecimiento, que ciertamente parece figurado—, nos habla de cierta ridiculez en los procedimientos del vicealmirante Lisboa, cierta incapacidad real como para tener don de mando. Pero, por supuesto, ajustarán la mira con el tiempo, y las bombas caerán donde tienen que caer.

A partir de ahora se narrarán las acciones de la guerra, en las que Martín Zamora, por participar —activa o pasivamente— de la misma, será los ojos y los oídos de las refriegas y de los estados de ánimo. En adelante, M. Delgado Aparaín nos contará algunas anécdotas bélicas, de modo de ir marcando con pequeñas victorias y/o derrotas el rumbo que toma la causa de la defensa. Porque si algo es seguro, la narración no es totalmente imparcial, sino que toma partido por la defensa de Paysandú, por la defensa de la libertad y de la dignidad, por la defensa de los anhelos democráticos de la época. Podría haber hecho una novela desde el punto de vista de Venancio Flores, ¿por qué no?, la libertad es libre, pero no creo que el autor se comprometiera con esa visión (ni ese autor ni ningún otro). Porque justamente uno era el agredido y otro el agresor, en uno residía la defensa de la soberanía y en el otro solamente había un cálculo político y un acuerdo suscrito en las sombras contra Solano López y su independencia económica, apoyado por los imperios de aquel entonces, principalmente Inglaterra, para que la economía siguiera estando supeditada a intereses extranjeros, para que la economía siguiera siendo dependiente dentro del esquema liberal surgido de la revolución industrial predominante desde la segunda mitad del siglo XIX. Lo que se opone a Leandro Gómez y su defensa de Paysandú, Venancio Flores, el gobierno imperial del Brasil y Mitre, formarían la Triple Alianza contra el Paraguay y son parte de las fuerzas restauradoras, el sector conservador ligado al capital extranjero.

Las fuerzas de Venancio Flores, “atacaban sin tener idea de la disposición y naturaleza de las defensas, sin cargar con tablones o escaleras para echar sobre los fosos y cruzarlos, sin escalas para subir las trincheras ni otros útiles y materiales indispensables para emprender un asalto y tomar una plaza”, como si con su sola presencia bastara para derrotar a los sitiados. Se insiste: “Por otra parte, la mayoría de los gigantescos proyectiles de la escuadra de Tamandaré parecían dirigidos por artilleros tuertos, pues unos pasaban demasiado altos y otros no llegaban a las trincheras, causando estragos irreparables en las mismas filas de los  asaltantes”. Dentro del anecdotario clásicamente militar, el autor intercala personajes imposibles, como la viuda de Paredes, “una mujer perturbada, enérgica como tres hombres, dulce como una abeja y negada a la guerra desde el primer día” (pág. 191) que, ajena a la violencia de las armas que se desata a la puerta de su casa, “preparaba pacientemente en la cocina una gigantesca olla de puchero de carne, papas, zapallos y cebollas para la tropa como si se tratase de un mediodía cualquiera…”. Al intercalar esos relatos, lo que hace —o lo que intenta hacer— es “humanizar” el relato, darle un toque incluso gracioso, anti solemne y un poco inverosímil, alucinado en todo caso, configurando otro elemento de realismo mágico. Así también la aparición, fantasmal, de una extraña bruja negra llamada Severia, “inquietante, flaca y fibrosa”, o el deambular de un músico llamado Pascual Bailón, “aferrado a una guitarra quemada” son personajes “locos” en una situación límite que arrasará con la ciudad y todos sus valores.

Mientras tanto, “…sobre los techos, aún permanecía parapetado Martín Zamora con los brazos adormecidos de tanto matar”. “Las miradas de los hombres, secas y sin brillo, se daban a cada paso con el cuadro de las ruinas humeantes, las casas cribadas por los balazos, las puertas hechas pedazos, los zaguanes azulejados violados por la metralla, las rejas de las ventanas retorcidas o colgantes y las calles hoyadas por los rebotes de las balas de cañón o las explosiones de las bombas”, y aquí se nos muestra la lenta desintegración de la ciudad, resumiéndola en que “la ciudad presentaba (…) el aspecto lúgubre e irreal de un mundo calcinado…”.

Y hacia Martín Zamora, que sigue parapetado en la azotea, disparando contra los asaltantes “que se habían apoderado de la casa de la familia Ribeiro”, va Mercedes, la menor de las hijas de Leticia Orozco, y ya está establecida la complicidad que da el infortunio de la guerra, en la que ella también ha debido participar, disparando y matando. Es por ella que recuerda su cama, la de otro tiempo: “Recordaba un camastro de madera tallada por el viejo Crispín Zamora, su padre, una cama despareja, noble, creada expresamente para su nacimiento y demasiado corta”. Era bellísima esa cama, “una cama en la que uno podía meterse en una calma jubilosa…”. Pero también es por ella que descubriremos que “la imprudencia (juvenil) me llevó a donde no quería ir y me obligó a compartir las maldades de otros hombres”. Y si bien es cierto que Martín Zamora ha visto (y sentido) mucho dolor, todavía no ha visto todo. Y quizá encuentre, aún, un corazón ardiente que lo redima.

Resistir en la ciudad calcinada por el sol de diciembre
A pesar del bombardeo, de las refriegas, de la ofensiva enemiga que golpea desde distintos puntos, la ciudad resistía: “Paysandú estaba en ruinas, pero había resistido”, dirá el narrador. El inglés Harris, liberado del calabozo por dos desertores, que luego serán fusilados, se suma a la defensa. ¡Olvídese de la edad del enemigo… Usted mata un fusil, no un muchacho…”, le dice a Martín Zamora, que observa, obsesionado, “la juventud del muerto” de turno. ¿Es que acaso la guerra discrimina a sus muertos? ¿Es que acaso la guerra puede establecer justicia o injusticia sobre los hombres?

En un nuevo alto al fuego, para permitir una nueva exhortación para que mujeres, niños y extranjeros puedan salir y refugiarse en los buques que los transportarán hasta la isla La Caridad, el capitán Olivier, de la Décidée, va hasta donde está Leandro Gómez, en un improvisado hospital de campaña, y le renueva la propuesta. Terminarán por aceptarla por miedo a la peste que pueden provocar los cuerpos en descomposición y porque “cuanto menos bocas hubiese para alimentar” sería mejor para todos. Los alimentos empezarán a escasear, y ello será un elemento más que puede desmoralizar a los soldados. Por ese motivo entonces, por la partida de todos quienes no tomarán parte activa en la guerra, el teniente cura Juan Bautista Bellando, sombrío y apocalíptico, oficia una misa de despedida. Y tras bendecirlos a todos, “en  medio de una indecisión de gestos mínimos”, desapareció, “sin que se tuviese noticias de él por algún tiempo”. Y así se van, durante dos días, en una caravana silenciosa de mil seiscientos seres con “algunas pertenencias mínimas y restos de pequeñas riquezas cotidianas”. “Sin embargo, hubo otras mujeres que a sabiendas de la muerte y de la desolación que las esperaba, se negaron a dejar la ciudad. Prefirieron simplemente soportar el bombardeo como cocineras de la tropa o como enfermeras del hospital de sangre o arrostrando los peligros de las mensajerías nocturnas…” (tal es el caso de Leticia Orozco y sus tres hijas, María, Mercedes y Patricia, “ninguna de ellas mayor de veinte años y lo suficientemente hermosas como para nublarle el cerebro con una sonrisa de sol, a hombres de corazón fácil como Martín Zamora”).

Claro está que para que la novela sea novela, y no un mero libro de historia, M. Delgado Aparaín nos instruirá con un probable diálogo con el capitán Lucas Píriz mientras pasa revista a sus tropas apostadas para la defensa. Allí Leandro Gómez cifra sus esperanzas en el probable auxilio (del general Sáa, sobre todo) porque de no ser así sabe que “esos malditos no tienen otra idea que la de arrasarlos sin tregua”. Y para confirmar esa idea sabremos que los enemigos, también, aprenden de sus propios errores.

Por intermedio del inglés Harris se nos explica las verdaderas razones de esta guerra y de la que harán contra el Paraguay de Solano López: “…hay un séquito interminable de testaferros y mercachifles, de gente del Foreign Office de mi país, el ministro Edward Thornton, los Rothschild de Londres, la masonería del Plata y de Europa y el banquero brasilero Mauá, todos empeñados en quedarse con los altos hornos de Ibicuy, con los ferrocarriles, con los astilleros, con las funciones de Asunción y en abrir el Paraguay soberbio a las mercaderías de Manchester y devolverlo a la civilización” (pág. 245), lo cual (nos) demuestra que todas las guerras son, en el fondo, una oportunidad para el nuevo reparto (comercial) del mundo, para la colocación de mercaderías y la apertura de nuevos mercados para ello, y, con ello, la dominación de las regiones donde están las materias primas necesarias para el desarrollo de la industria en sus casas matrices. Y Martín Zamora se preguntaba, montando guardia fuera de las trincheras, “hasta cuando debía defender todo aquello que se derrumbaba por sí mismo y en donde todos ponían su grano de arena para que así ocurriera”. Pero claro, eso sería hasta el preciso momento que culminara todo, ni antes ni después.

Leve zaranda
Martín Zamora es herido en una pierna y si bien la herida es de cuidado, deberá irse del hospital improvisado, ayudado por la más joven de las hermanas Orozco, porque las camas son pocas y muchos los heridos. Del otro lado del río, se pueden ver “las tristonas fogatas de los mil quinientos refugiados” (por cierto, ¿cómo pueden ser tristes las fogatas?, que ya sabemos que es un modo de decir). También a ellos le empezaban a faltar lo mínimo necesario para sobrevivir: tiendas de campaña, víveres, vestidos, medicamentos…

Gracias a los oficios del inglés Harris, Martín Zamora podrá escribir, ya que por orden del capitán Masanti, “quien admira su escritura”, le entregará papel y los implementos necesarios (lo cual nos muestra un cierto desdoblamiento lógico: si el Diario del capitán Masanti ha sido posible es porque éste tuvo la posibilidad de escribirlo, posibilidad física y temporal, de la misma forma que nuestro personaje, ayudado por aquel, hace lo mismo, y de esa manera se transforma en un alter ego del autor, es decir, que es como si el propio Martín Zamora escribiera esta novela, a veces en primera persona y a veces en tercera persona). Y lo que escribirá serán sus propios sentimientos, mientras afuera se prepara la destrucción total, el apocalipsis: “Todo está infinitamente viejo y cubierto de polvo, mucho polvo causado por el vértigo del abandono y las trepidaciones de los cimientos”. Que lo aparentemente más sólido, las casas, se empiecen a derrumbar, será una señal del final de los tiempos. Y además, eso en una ciudad “cuyos habitantes no conocían la pobreza”.

Con el paso de los días, el hambre empieza a aparecer, y con ello la lucha por la comida. Dice, escribe, Martín Zamora: “A veces pienso que los hombres de la guarnición bien podrían ser caníbales, pues no los he visto comer otra cosa que carne y solo carne. Asada a las brasas, cocida al puchero, abombada al sol o quemada a la llama, tanto da con tal de que sea carne. Esa y otras pocas cosas más alcanzan para hacerlos felices”, lo cual muestra un rasgo que, tras el paso de Hernandarias y las fértiles llanuras de la procreación y la multiplicación (de los vacunos, como si fueran los peces de Jesús), se ha hecho parte fundamental de la identidad nacional —aunque compartida con la Argentina, por supuesto, y quizá el sur del Brasil, en la zona de Río Grande do Sul—. Pero para Laurindo José da Costa, el bandido, la felicidad es: “mulher bonita, cavalo bom, baile, churrasco, mate amargo… Laranja madura, melancia fresca, uma guampa de leite gorda… Uma boa prosa perto do fogo… Uma pescaría, una caçada, uma sesta debaixo dum umbu” (pág. 266).

Y en medio de esa tensa espera, que es una espera de la muerte, porque ¿qué otra cosa puede venir de los sitiadores?, en esa espera que ha sido la de toda su vida, para saber la finalidad de su propia existencia, dirá, junto a Oliver Cromwell (líder político y militar inglés muy cuestionado que durante el siglo XVII que convirtió a Inglaterra en una república mancomunada, Commonwealth of England): “el hombre no avanza nunca tan seguro, como cuando no sabe adónde va”. De visita al herido, el capitán Masanti le confiesa, y nos confiesa “el sueño secreto de escribir algo más que sus rutinarios partes de guerra” (y esto nos reafirma el porqué de la admiración de este por la escritura de Martín Zamora), y, sobre todo, sobre Mitre, que se las tira de poeta, “porque más que la poesía es el lucro y la gloria lo que le ha importado desde siempre”.

Cada día que pasa, cada hora que pasa, es más evidente que se han quedado solos, que nadie vendrá en su ayuda. De la misma manera, y por esa razón, el capitán Masanti le dirá a Martín Zamora: “se terminó la licencia, mi amigo, le doy doce horas para que vuelva a su trinchera”. Y sobre todo, esto: “cada día que pasa somos menos y por lo que veo, nunca seremos más”. Entonces vuelve Martín Zamora a las trincheras. En el socavón “solo unos veinte hombres tomaban mate y conversaban en voz baja sobre la escasez cada vez mayor de fulminantes para los fusiles. Otros, acostados sobre tablones que los aislaba del barro aguado provocado por la lluvia, dormían como si el mundo fuera otro”. Esa re entrada de Martín Zamora a la guerra,  nos prenuncia que la batalla sigue. Continúan sitiados, inmovilizados, sin ayuda, y muy pronto rugirá la tierra y la muerte estallará por todas partes, porque a pesar de que llega una comunicación desde la capital anunciando el ascenso de Leandro Gómez a general, y la ayuda del general Sáa, que viene en camino, dicen, no hay manera ya de desandar lo andado. A Martín Zamora, que como sabemos no tiene nada que perder, siempre lo llaman para misiones o comisiones que se hacen allí, y que son peligrosas, ya sea para rescatar algo de alguna casa que ha quedado del otro lado de las trincheras, o acompañar a una informante ante el general Leandro Gómez.

La táctica del enemigo, incluyen estratagemas casi infantiles: vendrá un grupo de hermanas de la caridad: “trece monjas, un cura gordo de respetable estatura y un perro sarnoso que lo festejaba”. Pero están disfrazados y buscan un asalto por sorpresa. “Al ver el fogonazo del cañón, Espilma apretó el hombro del artillero y este disparó el suyo con tal precisión, que dos de las monjitas volaron en pedazos y una tercera perdió la cabeza desde la misma base del cuello, sin que eso le impidiese caminar milagrosamente un par de pasos en dirección a la pared, en donde terminó estrellándose. A la distancia se veía que su toca pasaba rápidamente del blanco inmaculado al violento carmesí de las batallas” (la imagen parece irreal, fantasmagórica y cruel, y tiene una resonancia de aquel cuento de Quiroga, “La gallina degollada”, que justamente el animal sigue caminando después de haberle sido cercenada la cabeza, o también en “Sin novedad en el frente”, donde dice:  “a un cabo que está junto a mí, le rebanan la cabeza. Corre todavía unos pasos, mientras le brota del cuello un surtidor”). Y como resultado de haber sido descubiertos, “…el señor Vicario agonizaba de cara al cielo envuelto en su sotana salpicada de claveles rojos, mientras una y otra vez con voz cada vez más débil (decía): “Eu sou el capitão Coitinho… Eu sou Coitinho, el capitão…”.

La guerra toma caminos nuevos
Por extraño que parezca, las fuerzas enemigas parecen haberse replegado, salvo tres barcos que quedan frente al puerto y un pequeño campamento sobre el río al noreste, compuesto por las fuerzas del general Souza Netto, con 400 hombres. Es evidente que se van a reaprovisionar y luego acometerán la empresa con mayor beligerancia, aunque en realidad están esperando que llegue el ejército brasilero del mariscal Joao Propicio Mena Barreto y así totalizar unas fuerzas compuestas de veinticinco mil hombres para hacer rendir la plaza, incluso para enfrentarse al ejército de Rodríguez Sáa si viene en ayuda de Leandro Gómez. Mientras tanto deciden ir sobre el campamento brasileño que, sorprendidos por dos descargas cerradas, “huyeron como hormigas despavoridas, hasta desaparecer entre los montes costeros del norte”. Esta acción les reporta un botín importante, armamento, ropa, ollas, calderas, “cacharrerías y demás zarandajas (cosas que no tienen valor) y hasta un barril de exquisito aguardiente”.

“El hambre y la miseria —escribe Martín Zamora— comienza a hacer estragos entre nosotros”, y en esa tensa calma los ánimos tienden a desfallecer. La disciplina, entonces, debe ser férrea, y por eso condenan al fusilamiento de un joven artillero correntino “de pelo chuzo” (se dice del cabello levantado y duro) que robó varios pares de botas, pero que en atención a los servicios voluntarios que había prestado, le perdonan la vida. Todo aquel que pueda pelear es necesario, pero de todas formas la anécdota sirve para mostrar el carácter del general Leandro Gómez, que tanto detesta a “rateros y saqueadores”. Martín Zamora llega a decir que “el saqueo es de las conductas más detestables que he visto en los hombres”, y “Ofenden a la vista los saqueos y a veces más que un muerto, pues se tiene la opresiva sensación de que allí donde se ejercen esas repugnancias, en ese hogar abandonado precipitadamente con la esperanza de recobrarlo algún día, están todas las razones de vivir y las posesiones que le fueron dadas obtener a la víctima durante toda su existencia y en tiempos de paz”.

El 20 de diciembre recomienza el bombardeo. La negra Severia, “desequilibrada, bruja, fibrosa y fantasmal”, es vista como un personaje de mal agüero: “Nadie la conocía ni la había visto en la ciudad, sino hasta unos tres meses antes de que se iniciara el sitio, por lo que todos pensaban que había llegado allí como linyera, deambulando por la región sin distinguir entre sitiados ni sitiadores, abriendo sus piernas por una noche al taimado hojalatero Sengotita, comiendo a la escasa sombra de los hombres del capitán Areta o mendigando entre los soldados de Flores y espiando para ellos tal vez” (pág. 321). “Ni los guardias pasaban por la noche frente al socavón del rancho de Sengotita donde la negra se arrebujaba, ni tocaban cosa que le perteneciera. En otras ruedas frente al fuego, se le daba el mejor resguardo para que se sintiera cómoda y se aburriese de la comodidad. Y en cuanto terminaba de comer, apenas volvía la espalda y se iba, le hacían la señal de la cruz o dejaban caer un puñado de sal donde ella había estado. Por los días en que las mujeres de Paysandú aún no se habían marchado a la isla Caridad, las embarazadas se apartaban de su presencia como de la peste y las madres separaban a sus niños del alcance de su vista evitando que les echara el mal de ojo. Si un perro aullaba junto al cementerio, era Severia quien llamaba a la sepultura a algún habitante del pueblo y si una lechuza sobrevolaba el campanario de la iglesia nueva, era ella que acababa de sorber el aceite de la lámpara y era seguro que alguien de los alrededores caería a continuación bajo la calidad de sus  malas artes” (¿cuál es el papel de esta bruja, testigo incómodo, alegoría de la muerte?).

El papel del inglés Harris es como el de un observador, de una fina ironía, y casi un alter ego del personaje, u otra manera de ser de él: crítico, puntilloso y severo. Este habla sobre la propensión a “leer en voz alta sus misivas cargadas de intimidad a cualquier desconocido”. Sabiendo, como sabemos, que Martín Zamora escribe como si fueran cartas —epístolas que nosotros leemos, aunque sea mentalmente, pero leemos como si fueran dirigidas a nosotros—; esto funciona como un metatexto. Dice: “…es una extraña costumbre porque casi todos leen con cierta grandilocuencia y afectación, como si fuesen actores solitarios a quienes parece importar más la aprobación del espectador circunstancial, que lo que piense el ignoto destinatario de la carta” (pág. 326). Además, “que muchos escriben cartas con el mismo ánimo de un poeta que escribe rimas, es decir, la epístola como un arte. Un arte casi sincero, si no fuera porque termina uno dudando de la existencia del destinatario y preguntándose dónde ocultará las cartas el remitente o si no las incinerará en secreto luego de provocar el deleite o la conmoción del fisgón involuntario”.

O sea que todo esto, lo de Harris, no pasa más que por una ocurrencia, una elucubración “literaria”. En este caso, se trata de la carta del capitán Rafael Hernández a su hermano José que está en Entre Ríos, y la carta se florea con ejemplos clásicos, como si fueran los espartanos que defendieron el paso de las Termópilas, por ejemplo. “Pero de cualquier modo —termina diciendo la carta, con premonición innegable—, vengan o no Paysandú triunfará o desaparecerá con todos nosotros bajo sus escombros, antes que flamee la bandera y chasquee el látigo de ese imperio infame”. El comentario de Martín Zamora ante esto es pródigo en seguridad: “Nunca había visto esperar tanto en vano a tanta gente…”. Y tan es así que se lo espera, al general Sáa, de un día para otro, se lo imaginan ya poniéndose en camino. Porque de la esperanza salen las últimas fuerzas.

Navidad de trincheras
En medio de esos negros presagios que anuncian el fin último de todo, Martín Zamora obtiene de Mercedes no su promesa de amor sino su amor comprometido. “Hemos bebido aguardiente con galleta, hemos partido dos nueces y mordido un mismo higo seco. Y estuve feliz, sabio, versado en proverbios, deslumbrándola con pequeñas sensaciones andaluzas, aunque en todo instante supe que antes de que la vela muera, ella se irá por donde vino”, escribirá puntualmente en esas cartas a nadie que serán, de modo oblicuo, para nosotros.

Pero no, ya está aquí el mariscal Mena Barreto y además con Venancio Flores que le sirve como vanguardia. “La noticia propalada de boca en boca y de trinchera en trinchera de que Juan Sáa y su ejército de reserva no llegarían jamás, desacomodó a tal punto el espíritu de algunos hombres de la defensa, que no demoraron en aparecer las botellas ocultas para regar las ignominias, para facilitar las maldiciones al gobierno o para denostar a los cajetillas de Montevideo, que no hacían más que enviar anuncios de gloria y títulos honoríficos ocultos bajo las enaguas de mujeres que marchaban amparadas en la noche” (porque de esa manera viene el nombramiento como General para Leandro Gómez). Ante la aparición de ese formidable ejército invasor de dieciséis mil hombres, “bien alimentados y mejor armados”, algunos, instigados por el capitán Carlos Flores (que no tiene nada que ver con Venancio), se van en dirección al puerto, con la justificación “del derecho de cada uno a tenerle miedo a la muerte”. Del otro lado, del lado de la defensa, quedan seiscientos hombres, resignados a mal morir pero confiados en pagar cara su derrota.

Y dice (el autor en boca del narrador): “la escasa y extraña distancia que parece mediar a veces entre la lucha y la rendición o entre las carnicerías y los armisticios, la hicieron y la deshicieron la mayoría de los defensores de Paysandú en las pocas horas de depresión en que supieron, tras la maraña de rumores y los ramalazos de ilusión, que se quedarían al fin, solos”. Es más, “como si se hubieran puesto de acuerdo, rendidos por el cansancio de esperar, adormilados por la sed y el aire sofocante, ocultos en su proliferación de barbas y en su ruindad de huesos, simplemente aguardaban de espaldas a lo que se adivinaba más allá de las construcciones esbozadas, sin que se crispara ningún dedo sobre los gatillos” (pág. 352). M. Delgado Aparaín se da el gusto, incluso, de contar algo que sucederá después, que es el caso de José Antonio Correia da Cámara, “un hombre ignorante de que el destino lo llevaría un día a Cerro Corá para matar con su mano al mariscal Francisco Solano López, y más ignorante aun de que recibiría por su hazaña el título tan viril de Vizconde de Pelotas”, mientras éste desembarca cuatro cañones “para bombardear por tierra los baluartes de la plaza”.

La valoración de Leandro Gómez, hecha por Martín Zamora, es por demás interesante: era “un hombre conmovedor: un arrebatado irracional con la eterna carga de temer por la suerte de su gente, un solitario que parecía buscar secretamente morir al principio y no al final de las batallas, con la finalidad de evitarse humillaciones y ahorrar sufrimientos a sus hombres”. Lo que está detrás de la historia (de todas las historias, grandes o pequeñas), es la traición o el venderse por dinero. Es por ello que Leandro Gómez queda solo. Urquiza acepta —según informa Harris en su papel de doble agente, de informante— vender sus caballos por una suma considerable. En el caso de Solano López está ocupado en la recuperación del Mato Grosso, y el general Sáa espera, aún, sus mejores batallones, el Batallón Bastarrica y la División San José, para unirse a la lucha, aunque estas divisiones no saldrán nunca de Montevideo.

“Es de malos guerreros robarles las botas a los muertos…”
Y al clarear el alba del último día del año 1864 empezó, de nuevo, el fuego, un “pandemonio de cuarenta cañones de todo calibre todos rugiendo a un tiempo…”, mientras “los brasileños y los hombres de Venancio Flores observaban o desayunaban café con galleta a prudente distancia, fuera del alcance de los fusiles”. “A las diez de la mañana se cumplió la advertencia. Primero cayó estruendosamente la torre norte de la iglesia y luego una nube de terror se conformó sobre el  Cuartel de Artillería”. Por cierto, “…en esas horas de furia sin lenguaje, la gente se mataba sin verse”. Una hora después cesó el bombardeo, quedando un “humo denso, polvo en remolino, hogueras crepitantes, escombros, sólo eso se veía afuera”. Pero lo peor es lo que viene detrás de eso (mientras, de modo insólito, el teniente Pascual Bailón no había cesado de tocar en el piano —“un viejo piano blanco de señorita del que alguien dijo pertenecía al maestro Juan Deballi”— una polka): “esta vez habían desistido de entrar, como en el primer ataque del seis de diciembre, por el medio de las calles. Se les veía con piquetas y palas, abriendo portillos y boquetes en las paredes de las casas, en los cercos y tapiales, avanzando lentamente a través de las manzanas y guarecidos del fuego de los defensores”. “En algunos puntos de la línea, los brasileños llegaron hasta la misma pared que resguardaba a los sitiados, para terminar cayendo por decenas, planchando el rostro en tierra y resollando como asmáticos, desangrándose obcecadamente al pie de los muros, mientras los defensores continuaban tirando con sus mismos fusiles abandonados. Y cuando algo así ocurría, un clarín o un tambor daban a entender que en algún lugar de la tortuosa línea de defensa, un grupo de cuarenta o cincuenta Guardias Nacionales había derrotado a todo un batallón de brasileños”.

En el hospital, donde Mercedes hace de enfermera, “se terminaban las vendas, porque se terminaban las sábanas y las mujeres habían empezado ya a rasgar sus enaguas y sus vestidos”. Vicente Mongrell, el galeno valenciano (en la novela de María Esther de Miguel el médico es Mondregal), “no tenía nada que decirle a nadie. Apenas si tenía fuerzas para preguntarse cuántos quedarían vivos todavía afuera”, además “se le adivinaba la voz cascada por la misma terrible sed que agobiaba a los sobrevivientes de adentro y que se arrastraba como una serpiente resecada fuera del hospital hacia las calles, hacia los techos y los árboles quebrados, contagiando todas las trincheras y todos los parapetos bajo el sol calcinante de las tres, haciendo que Paysandú entera delirase por un jarro de agua clara”.

Pero a pesar de todo, de la superioridad numérica y en material de guerra, el valor, la arrogancia y la certeza de estar en el bando correcto de la historia, prolongan el sitio sin que caiga la plaza.

Las imágenes finales empiezan a rayar en el delirio, en la alucinación: “y mientras los demás se descoyuntaban tirando hacia las azoteas ocupadas, el teniente músico comenzó de inmediato a animar la masacre con la única polka que le entusiasmaba”, mientras a los gritos el inglés Harris le decía a Martín Zamora que lo invitaría a cenar en Gibraltar, prometiéndole que le iba a hacer sentir como en su propia casa, y Martín Zamora sueña despierto en saldar su deuda con Jeremías el Corto y devolverle su Irene, ahora que estaba Mercedes.

Con la suerte que está ya decidida a favor de los sitiadores, y mientras suena la Sexta sonata de Luigi Boccherini, Leandro Gómez reúne a todo su Estado Mayor y evalúan las alternativas. Es evidente que no les queda más que rendirse, pero buscarán las mejores condiciones posibles. Enviarán un segundo mensajero, porque el primero nunca vuelve con la respuesta, donde piden que les den algunas horas, ocho en principio, para enterrar a los muertos. Con ese fin, el general Leandro Gómez “ordenó a gritos que no perdiesen  más tiempo, que levantaran banderas blancas en todos los cantones y suspendiesen el fuego, añadiendo de viva voz que si los enemigos se aproximaban irrespetuosos de la situación, se les intimara a retirarse bajo amenaza de tirar a matar”, y nos agrega el narrador su comentario terminante: “Y así comenzó a generarse desde el centro hasta los puntos más alejados de la plaza de la Constitución, el más grande de los malentendidos”, ese por el cual los otros, los enemigos, entendieron esas banderas blancas como rendición incondicional.

“A la luz de la mañana, las fuerzas brasileñas habían identificado ya todos los puntos de la línea en los que sólo sobrevivía un centinela o un puñado de defensores maltrechos y sin fuerzas siquiera para erguirse sobre sus rodillas y sus codos. Y por aquellas ventanas y portones desmoronados o removidos a patadas y culatazos, entraron los sitiadores en tropel, desplegándose por centenares entre tanta desventura sin que nadie hubiera para ofrecerles resistencia”. Y cuando llega la respuesta, intimándole la total rendición, ya es demasiado tarde. El coronel Gregorio Suárez, despiadado y sanguinario y que por tal ha pasado a la Historia, “sintiéndose árbitro incontestable del destino de todo prisionero” arremete contra todos, cegado por su odio. “Nadie ignoraba que era hombre con juramento hasta su último día, que odiaba a los blancos como nadie en la tierra, que afligido por la tragedia de su madre quemada viva en el incendio de su rancho de Polanco siete años atrás, el coronel Goyo Suárez se había propuesto arrancarle la vida a cada uno de ellos que cayera en sus manos”.

La última imagen nos trae la traición a Leandro Gómez y el castigo, que se cumple: “Allí, casi envueltos en el follaje de una gigantesca higuera, estaban, intranquilos, seis facinerosos y un teniente, prontos para tirarle con la convicción difusa de que a partir de entonces, lo harían ingresar en un milenio de olvido” (pág. 426).

Pero, si hemos de decir la verdad, fue todo lo contrario. Su muerte será recordada siempre que la patria esté en peligro, porque vivir como se piensa y defender lo que se cree con la vida, sólo está dado a unos pocos. Los héroes.

(No robarás las botas de los muertos, Mario Delgado Aparaín, Alfaguara, 2002, Uruguay, 441 pp.)

JAQUE A PAYSANDÚ (comparación)

¡Y la muerte está en el aire
como un aroma de cenizas!
H. Lawrence

La escritora de esta muy buena novela, que tiene, bajo el bombardeo tenaz de la ciudad sanducera y el insidioso asedio, un fondo de tragedia amorosa, es argentina, más propiamente de Larroque, en Entre Ríos, del otro lado del Plata. Su primera novela fue publicada en el año 1961 (La hora undécima, Premio Emecé), a la que siguieron cinco novelas más y otros dos libros de cuentos, con variadas premiaciones, en especial con La amante del Restaurador, que obtuvo el Premio Nacional de Literatura de 1966. También destaca por la biografía de Norah Longe.

La novela histórica es algo habitual en María Esther de Miguel, aunque tratada más a tenor del sentimiento. Con una (lógica) muy buena documentación histórica, base sobre la que se asienta esta novela en especial que, a diferencia de “No robarás las botas de los muertos”, de Mario Delgado Aparaín, que trata del mismo episodio histórico (el sitio, el bombardeo hasta la rendición de las tropas que defendían a Paysandú en el marco de la llamada Cruzada Libertadora, encabezada por Venancio Flores, ayudados por el Brasil de Pedro II, mediante las fuerzas de Mina Barreto, y Mitre de lado argentino, quienes luego irían tras el Paraguay de Solano López), en María Esther de Miguel lo que se cuenta es más novelado, más sentimental.

Cada vez que empieza un capítulo pone una cita que, de alguna manera, nos da el tono que predomina, como una especie de síntesis en algún plano del discurso, como la cita que encabeza este ensayo.

La tesis central de la novela podría resumirse en que la vida es, en definitiva, la salvación por el amor, aunque todo sucumba. La vida siempre que sea en libertad.

 Mucho fuego en ebullición más de uno en la defunción
El recuento de los días empieza el 1º de diciembre, en las vísperas de la guerra, y la que cuenta al principio, para irnos poniendo en el escenario de la derrota, es Desideria, una especie de bruja que adivinará el futuro (cuando en M. Delgado Aparaín ese papel lo cumplía la negra Siveria), el irreparable futuro del que no podrá escapar Paysandú. Esta, Desideria, quien es un personaje secundario, que sólo aparece tres o cuatro veces, puntuales, para dar una idea acerca de destellos plenos de magia o de locura: “desde chica tenía poderes y no era cuestión de desperdiciarlos. De niña ya supo caer en vislumbres: salía por la mañana; miraba a un lado, a otro; derecha, izquierda, y era como leer en libro abierto, ella que ni de lejos supo nunca hacerlo en letras y libros. La ramita quebrada de un sauce, la baba de un caracol, el rastro de cierta babosa; todas resultaban pistas ciertas para su comprensión. Bien que con los años ajustó a sabidurías ajenas, don personal y natural predispuesto” (pág. 14).

Pero bien pronto aparece el personaje principal, Guadalberto de la Cárcova, que del viejo mundo “había venido bien atildado, más instruido y con esa  hermosa muchacha que de entrada nomás despertó tolvaneras de rumores…” (pág. 19). Y luego se pondrá a las órdenes de Leandro Gómez, engrosando las filas de la defensa: “…el ánimo de Guadalberto de la Cárcova, convertido en teniente por fuerza de las circunstancias, era el de un hombre de ley”. Y esa muchacha, Constance, será la heroína de la novela, atravesada por el dolor y, brevemente, por el amor. Porque, en definitiva, quien vive de forma trágica sólo puede culminar trágicamente. Para De la Cárcova, la mujer “con esa cara mitad de ángel mitad de niña que recuerda a las imágenes de Boticelli; con esa suavidad que permite imaginarse el rumor de los arcángeles” es la máxima expresión de la belleza. Y a ella, porque siempre se comporta con integridad, le explica la situación: “le había ido explicando la sucesión de acontecimientos, las disensiones, intereses y memorias que socavaban al país, las dos grandes divisiones que tajeaban el corazón de los orientales y de la nación. Blancos por un lado, colorados por el otro, irreconciliables”.

Los antecedentes históricos son expuestos de forma breve, y luego entra directamente en la trama (aunque vuelva una y otra vez al Guadalberto de antes, el de su estadía en París y trozos de otra historia, europea, e incluso recuerdos personales más lejanos), y nos presenta a los personajes que dirimirán la Historia patria (y regional): “…el coronel Gómez, hasta hacía poco Comandante Militar del Salto y desde corto tiempo al frente de la guarnición de la ciudad: desde que el Jefe Político de Paysandú pidió al Gobierno Nacional alguien que viniera a organizar la defensa de la ciudad ante el atropello inminente de esos intrusos acollarados por la ambición de un oriental y dos vecinos entremetidos: los porteños y los macacos imperiales”. La descripción que, más que dar una idea de su cuerpo parece hacernos ingresar en su alma, da de Leandro Gómez: “De casi inquietante delgadez, Gómez, no  muy alto, rostro suave o tenso según la ocasión, tenía en sus ojos una suerte de llama ardiente que encendía reflejos fanáticos en su mirada”.

La autora nos muestra las posibles reflexiones de Leandro Gómez y su interés primordial en la libertad y la independencia, y no tanto la interpretación de las mismas. Le hace decir, por ejemplo: “Por el camino que trilla la anarquía llega la ocupación extranjera” (en voz de De la Cárcova), porque, asiente Leandro Gómez: “…en los asuntos rioplatenses es inevitable la presencia de un agente inglés o brasilero”. Pero en cambio, De la Cárcova “se interesaba por las ideas, buscaba el hilo de la verdad en bosque de reflexiones y marañas de coloquios”, debido quizá a su mayor cultura, experimentada por su extracción de clase alta y la permanencia de un tiempo en Europa en contacto con otras ideas, en la Francia del Segundo Imperio. Si bien la guerra (las guerras) se suceden en muchos lugares en todo el mundo (también Europa tendría su guerra hacia 1864, por ejemplo la guerra de los Ducados o Segunda Guerra de Schleswig fue un conflicto militar que enfrentó al Imperio austríaco y Prusia contra Dinamarca, y en el caso francés lo atraviesan una serie de guerras antes y después de esa fecha: como la Guerra de Crimea en 1854, las Guerras italianas en 1859 y la Expedición a la Conchinchina entre 1858 y 1862, como sus intervenciones más exitosas, o bien la Expedición de México entre 1862 y 1867 o la Crisis de Luxemburgo en 1867, que sellaron el declive imperial), el Sitio a Paysandú se enmarca en la guerra de la Triple Alianza que comenzaría apenas el ejército tripartito se adueñara de la ciudad sanducera.

En ese sentido, los que defendían la ciudad, eran capaces de morir “por la defensa del Orden constitucional”, ya que “sólo la estabilidad nos dará la independencia”, y este tipo de frases dan un englobe más general de las ideas políticas reinantes, como la carcaza de ese cuerpo total que es la novela. El corazón de la misma, ya lo dijimos, es el amor entre esos dos extranjeros (cada uno a su tiempo), y la muerte de ellos es parte de la muerte de cierta idea de independencia y de libertad, porque estos dos conceptos hacen, también, a las personas, a su modo de vivir, a sus expectativas de vida.

Y ante el ultimátum de Flores, contestará Leandro Gómez desde sus entrañas: “¡Mierda! Que ataque cuando quiera. Los recibiremos con las puntas de las bayonetas”. Y esta decisión, nos lo recuerda una y otra vez la autora, no es un simple deseo o pensamiento del general, sino una decisión colectiva de enfrentarse en una lucha por la libertad o la muerte si no la pueden conseguir. Y en eso reside la fuerza de la defensa de esa guarnición y de la ciudad, en que es una defensa colectiva, atrás de esas ideas sobre la independencia y la libertad, hay un pueblo y hay quienes, consustanciados con esas ideas, son capaces de ofrendar su vida. Aunque sean seiscientos defensores contra dieciséis mil, como llegan a ser, bien pertrechados y comidos, que el sitio se llevará todos los recursos, humanos y materiales.

La gestión que realizan los extranjeros, que bajan desde sus buques para hacer un llamamiento a la cordura, queda aquí registrada de este modo: “…el comandante de la cañonera francesa se dirigió a la plaza para ofrecer su mediación. Quiere gestionar una paz honrosa, el comandante. Muchas gracias, señor”, es decir que se da desde la impresión de los sitiados, o sea desde una simpatía por ese lado, el más débil en número por cuanto mayor en razón de la justicia de sus ideas. Y justamente, para conocer la explicación general de las tropas intervinientes y sus motivos, nos dice que Flores “fue soliviantando a la gente con palabras que decían aquello que siempre se dice en ocasiones semejantes: que los vejámenes de la tiranía, que los escándalos, que los negociados y contubernios”. La “Cruzada Libertadora” barrerá con los males del país y hará por fin la unidad nacional. No importa que para ello deba echarse abajo un gobierno legítimamente constituido (quien hoy se asome al discurso opositor —no sólo de nuestro país— encontrará similitudes inevitables, tan es así que sabe, el lector, de qué lado ponerse en esta historia, porque sabrá de qué lado es el costado correcto, el de la justicia, el de la dignidad).

Y a su respecto, nos dará una imagen de quién es este personaje, mejor dicho de donde viene: “gran lector, borracho de romanticismo y ensueños, curioso de toda novedad, no se decidía por nada; ni si escribir un libro, ni a seguir una carrera, ni a ponerle el hombro al padre en el estudio o en los negocios. Retenido en la indecisión”. Y es por esa misma indecisión vital que el padre lo manda a Europa, a París, porque, le dice que “es la capital del mundo y allí ha querido Dios que en este momento se encuentren filósofos y sabios y literatos como antes estaban en Atenas”. Y desde allí, desde el centro de la cultura mundial, cuando vuelva a la patria, a su llamado, vendrá con esas ideas bulléndole en la cabeza.

Es un detalle, quizá, pero aquí se afirma que el coronel Leandro Gómez había pensado irse de la ciudad “para unirse con las fuerzas del gobierno y combatir en otro lugar”, puesto que sabe que está en inferioridad numérica de sostener su posición por mucho tiempo, pero también dice que “las autoridades centrales anunciaron el envío de refuerzos”, y esa esperanza es por lo que “esperándolos, aguantarían” todo lo que se les viniera. Y mientras eso sucede, decidirán “que los niños, las mujeres y los viejos se alejen” (aquí no se menciona a los extranjeros). La partida de quienes abandonarán Paysandú por su seguridad, en María Esther de Miguel, es descripta minuciosamente, yendo a lo sentimental de los que se van y de los que se quedan: “Apresurados jinetes y viandantes van y vienen tratando de ayudar; han dejado el fusil y las guardias por un momento y la mano —hasta hace poco recalentada por la pólvora— se ahueca ahora sobre la cabeza de un niño, se arrima, cautelosa, a la mejilla de  una mujer” (pág. 46). Y esto, que nos da la dimensión de la separación: “Hay lloros y lamentos entre el mujerío y los niños lloran porque ven a las madres sollozar y los viejos se unen al coro y el lagrimerío de todos favorece la prosperidad de la pena y Paysandú es un basural abandonado de toda alegría”.

Una muchacha, Rosario López, en la segunda línea de personajes (junto a Juanario, quien será su hombre), decide quedarse porque “los hombres han de necesitar, pues, quien les alcance un bocado o les refresque la cara o, quién le dice, ayude en el hospital donde no creo haya gente por demás”, y también quedará su madre y la abuela, pero en el caso de la muchacha (al igual que en la otra novela), hay una especie de noviazgo con un asistente de Leandro Gómez, el nombrado Juanario. Este, Juanario Rosello, es “alto, moreno, lacio el bigote, los párpados caídos, (que) en la tez oscura y en el pelo encrespado (muestra) las señales del río africano que había alimentado su gestación. Pero los ojos, de un gris claro tirando a verdoso, declaraban que otras sangres habían sido de la partida genética”.

De esta manera la autora se interesa más en los sentimientos que rodean a la historia, por intermedio de sus personajes secundarios por sobre los históricos, y pone acento en lo subjetivo antes que en lo objetivo. “El apellido Rosillo nunca le había gustado. Por eso un buen día se lo sacó: desde entonces se hizo llamar Ros a secas, por más que la papeleta dijera otra cosa”. De allí irá a su historia familiar, y la autora no dudará en narrarnos, sin pudor alguno, la venganza de la mujer despechada que mata al marido golpeador (al padre de este tal Juanario), cansada ya de tanta injusticia. Y claro, no habrán de faltar las historias que hablan de cumplimentar el honor ofendido con la muerte —tras la boda fugaz— de la infiel, o mejor dicho, de la infeliz adúltera. Un narrar de época, es decir situarnos en la época en que suceden dichos acontecimientos, para entenderlos mejor.

 “Unas guerras son como otras: se patalea en el barro; se galopa, sobre el polvo; se mata y espera; se espera y se mata. Al final, unos se salvan. Otros mueren”
La cuenta de los sitiados es más precisa, y más necesaria: “¿Cuántos eran? Un puñadito: setecientos cuarenta y dos hombres de milicia; un piquete de Mercedes con su comandante; el jefe político de Soriano, Juan María Braga; la caballería del general Lucas Piriz (argentino); un destacamento de Salto; los urbanos de Paysandú (al mando de Tristán Azambuya, brasileño) y la legión argentina del mayor Rojas. Como se ve, la Triple Alianza argentina estaba de ese lado. En total, mil ochenta defensores, entre los cuales se contaban unos diez jefes y ochenta y un oficiales”.

En paralelo a esta historia fundante de nuestra historiografía nacional, la historia europea no está exenta de conflictos y proyectos: “…Fernando Lesseps, protegido de Eugenia de Montijo, proyectaba abrir un canal en el istmo de Suez, para unir así el Mar Rojo con el Mediterráneo. ¡Cortar el istmo como quien corta un budín, qué disparate! Haussmann abría avenidas donde podía, y podía bastante. Se construían ferrocarriles que acortaban distancias a lo loco. Y también acortaban costumbres. El teléfono, por su parte, comenzaba a funcionar y la máquina de coser cambiaba el pasado de las mujeres. En la Opera de París, Gounod preparaba el estreno de “Fausto”. Por cierto, marcando el paso con la política de Luis Napoleón, que buscaba la simpatía de Bismarck (sin suponer el desgraciado final que llegaría con la Triple Alianza). Por entonces, rico y ostentoso, el Segundo Imperio sonreía a los federicos por odio a los Habsburgo. Después de Sadowa (que dio a Prusia la preponderancia sobre Austria), el amor a los prusianos estallaba en los bulevares y teatros de París. Offenbach ridiculizaba a los austríacos vencidos. Gounod, Goethe mediante, hacía un guiño a Prusia. Las Tullerías aplaudían”. Así de condensado el auge del Segundo Imperio y un panorama de la Europa de entonces.

Y para Guadalberto de la Cárcova, “París es una mujer que se debe conquistar”. Y nuestra autora se dedica a elaborar la geografía y la idiosincrasia parisina, mediante los recuerdos de Guadalberto (que hace entre las pausas efímeras de la batalla). Este paseo parisiense intenta —creo suponer— dar un contraste entre lo que se consideraba la civilización y la barbarie de los pueblos sudamericanos de la época, enfrentados en conflictos y guerras de nunca acabar. Como si fuera la dicotomía fundamental de la época: barbarie o civilización; sin entender que del resultado de una nacería la otra y que, además, dentro de la civilización (o lo que llamamos así) siempre quedan resabios y gérmenes de la barbarie más atroz. Que lo digan las crónicas rojas del hoy.

En cada capítulo cambia de interlocutor, aunque las acciones y los pensamientos de Gudalberto de la Cárcova son los predominantes y, sobre el final habrá, a modo de síntesis, las reflexiones de Constance, quien siguió la única ruta posible para el amor y no dudó en sucumbir a ella una vez que todo hubo culminado. En el capítulo 6, por ejemplo, hay una descripción que nos acerca lo que Constance ve, desde una mirada, un punto “establecido por el saledizo de la ventana”, sobre la naturaleza reinante, hasta que su vista llega al río y tropieza con las naves extranjeras. A estas  (las descritas en M. Delgado Aparaín) se agregan, además, la 25 de Mayo y el Guardia Nacional, de nacionalidad argentina. Dice que “son parte de la querella, aunque a escondidas”, puesto que no parecen participar pero en su neutralidad aparente se esconden otros intereses distintos a los que mueven a la defensa.

Y nos enteramos, en esa pausa breve antes de que todo estalle, de la historia íntima de Constance hasta el momento en que llega Guadalberto y le restituye la dignidad perdida: “Hija de un labriego de Provence, había tenido una infancia resguardada por la prudencia de mamá y la severidad de papá, receloso de la belleza y de la juventud de la única hija. Educada en colegio de monjas, preparada para las habilidades caseras, Constance aguardaba la llegada del candidato que, con el consentimiento de sus padres, la haría feliz… y aumentaría el patrimonio familiar (este razonamiento corría por cuenta de los progenitores, ciertamente). Pero la vida a veces conduce a extremos ni de lejos imaginados, porque son pura inmundicia”. Y ya estaremos prevenidos al desastre.

Y lo que estaba llamado a ser todo felicidad y bienaventuranza, se tuerce, se quiebra para siempre. En un viaje en barco, donde la intención es para que conociera mundo, “papá, mamá y la hija, aprovechando las vacaciones y los réditos de una beneficiosa cosecha en los viñedos, uno de los hombres de la tripulación (los ojos de Constance se cargaban de sombras al recordarlo), la violó sobre la cubierta, una noche de luna en la cual ella, imprudentemente, había salido a mirar el paso de las estrellas y él a concluir una botella de ron”. El padre se entera, lo mata, va preso y en su defensa se diluye la fortuna, enferma la madre y muere, y ella cierra todo y se va a Ruán, donde está preso el padre. Este escapa y lejos de entregarse, resiste y lo matan. “De modo que, por aquel entonces, en Ruán, sola y con apenas un poco de dinero, a Constance sólo le quedó un camino: tomar el tren hacia París. Como único equipaje, además del magro valijín, llevaba su mucho encanto, su fresca juventud y algo de audacia. Ah, y en los ojos un oscuro brillo de sublevación” (pág. 74).

Y Constance comenzó a trabajar en el teatro, intentando sobrevivir: “Debe decirse que, en esa sociedad de luces y brillos intensos que era el Segundo Imperio, ávida de placeres y de vida pública, el teatro se había convertido en áureo centro. París siempre había amado el teatro pero entonces, al público llamado “decente”, que era clásico, se sumaron tres nuevas categorías de habitués: primero los extranjeros, que hicieron de París la Meca de sus sueños. Después los provincianos, a quienes la instalación del ferrocarril les había puesto la ciudad al alcance de la mano. Por último, los nuevos ricos, señores nacidos de la próspera burguesía, que contaban con el dinero, escaso ya para muchos de la nobleza. Estas dos últimas categorías, por cierto, hacían la fortuna de las cortesanas del novísimo París, como antaño los viajeros de Venecia obraban el bienestar de las italianas” (pág. 74-75). Y cuando esto se termina, llega Guadalberto y su vida cambia. (Si prescindimos de la anécdota pura —como pide Luis A. Fleitas Coya en “Felisberto y el Lobo”, publicado en Granizo.uy el 24 de julio de 2019— nos quedaremos con la sensación que la barbarie, para usar un término muy adecuado a la situación por la que atraviesa la patria oriental durante el tiempo de la novela, puede anidar, y anida muchas veces, en los recovecos de la civilización, o bien decir que la civilización es la construcción sobre los desechos de las barbaridades que hacen los hombres y las mujeres.) Y además, por cierto, que cuando las cosas suceden, las cosas traumáticas, y no pueden superarse del todo, y que ésta acción permanece en el recuerdo y se expresa de distintas formas, incluso tendemos a pensar que en la muerte habrá una última visión del nefasto hecho principal —por el que se nos atravesó el recorrido de nuestra vida—. Quizá esa sea la única salida, la única solución: el olvido final.

De hecho, María Esther de Miguel se propone retratar una época histórica, y el sitio a Paysandú es un pretexto para ello. Gran parte de su novela, sobre todo la primera parte, transcurre en París, antes que la guerra sea una realidad furiosa.

María Esther de Miguel introduce, además, un personaje que actúa como “cicerone”, presentándole y guiándole en ese París donde conviven personajes del Segundo Imperio, de la talla de Luis Felipe, el escritor Flaubert, el pintor Faldrin, el escultor Carpeaux, la baronesa de Rothschild, la condesa Waleska y Ana de Murat, entre otros. Este cicerone es Pereda, paraguayo. “Su amigo Pereda conocía a todo París. Era un verdadero viveur. Había venido con la corte de Francisco López y ya no pensó en regresar a esos suburbios del país natal: Paraguay. Al principio le había ido muy mal: hubo temporadas en que se vistió con lo conseguido en el Monte de la Piedad y comió… con los amigos. O alimentándose con algunas palomas cazadas en la ventana de la pensión y asadas mediante fantasioso método: al spiedo en improvisado asador […]. Pero al fin salió del paso y allí estaba: en París, conocido de muchos, conocedor de todo el  mundo”.

Y este hombre se preguntaba: “¿Cómo explicar las contradicciones de esa ciudad europea, habitada más por extranjeros que por nativos, en la cual blancos, mestizos y negros confundían humores, esperanzas y deseos distintos? ¿Cómo referir ese altivo señorío de familias tradicionales que importaban de Europa muebles, vajilla, ropas, alhajas y, por cierto, también ideas, junto a la cerril prepotencia de una campaña indómita, de vastos horizontes apenas mellados por alguna ranchada, donde la gente usaba chiripá, cuchillo y lanza? Doctores de la ciudad y gauchaje indómito… ¿Cómo explicar esa región del aire transparente y húmedo, ciudad de sus amores, tantas veces malquerida?”.

 “La guerra apesta a inhumanidad”
Porque los efectos de las cosas, lo que sucede, tiene causas definidas que las originan. Y ese exiliado por voluntad propia, nos da su versión oriental, que acaso sea la verdadera: “…un campesinado chúcaro, en ocasiones incontrolable, propenso a la violencia porque en violencia lo mantienen desde arriba. Ocurre que lo hecho a la altura del gobierno y en la intimidad de los cenáculos de poder, no es entendido en torno de los fogones de la campaña. Los trabajos y diligencias de la ciudad alejan de los laboreos de esos hombres sin ilustración y con excesivo coraje. La desigualdad de opiniones o la imposibilidad de entendimiento llevan a desavenencias primero y después a los revuelos y en seguida a las querellas, porque el respeto por la autoridad del cargo o el rango del mandante no es muy pronunciado que se diga. Entonces, todo termina muy pronto en levantamientos y patriadas y guerritas”. Es como si hubiera un clima, una humedad malsana, una sudestada inhóspita que generara resquemores y bravatas, odios y venganzas.

Y es aquí donde nuestro personaje principal, Guadalberto de la Cárcova, ayudado por los razonamientos bien encaminados de Pereda, ante un auditorio francés intentará “ver” qué es esa patria en torno al Río de la Plata, esa patria aún no del todo delimitada pero que va camino a serlo. Y aprovechando la ocasión, la autora nos pinta un retrato de ciertas costumbres que, propias de las grandes ciudades europeas, se van afincando en el Montevideo del siglo XIX, haciéndola un poco más cosmopolita (y afrancesada, puesto que lo francés era el sinónimo de lo culto).

Pero de todo esto nos despierta el primer cañonazo (7 de diciembre): “cruza la calle 18 de Julio, avanza como un bólido de fuego, explota contra los muros de la iglesia, primerita en ser bautizada en serio por la violencia, levanta polvo, humo y une su retumbo al ladrido de los perros y al grito de los hombres”, y enseguida agrega: “…de la expectativa tensa y corajuda se pasa al maremágnum, manantial de exaltación y violencia, porque desde la Azotea de Servando Gómez, donde está la Comandancia, parte la respuesta patriota y enseguida es fuego cerrado”.

También, como en la novela de Mario Delgado Aparaín, destaca detalles puntuales de los efectos del bombardeo, del inicio formal de la guerra, particularidades, de modo de ver en lo particular lo general y comprobar el efecto que produce esto en las personas. “Funcionan como los dioses las piezas de gran calibre instaladas por los revolucionarios, puntería tienen, carajo, la fusilería desbarata los cuadros; primero ha caído el centinela del cuartel y enseguida atraviesa la columna de lado a lado ese reguero de muerte, con ruido extraño, como de trapos o algo parecido, que se rasga, traspasa los cuerpos, vuelan pedazos humanos, se arrancan brazos y piernas, miembros y vidas; se desperdiga la plaza de soldados, entre el tumulto se oye la voz de don Leandro Gómez que baja del Baluarte, que toma su caballo, firmes, carajo, ordena y se ve a un moreno asustadizo, de pusilánime naturaleza, con gesto gregario y flaqueo acentuado de piernas, buscar refugio atravesando la plaza, arrepentirse, volver a la columna; y se ve a otro, como si hormigas le hubieran picado en el culo, que se toma las de Villadiego (y el Juanario lo ve y de puro nervioso frente a la actitud del negro, casi tiene un ataque de risa, pero se frena a tiempo: un bombardeo debe tomarse en serio), pero en seguida el tal se reintegra a la columna, y la columna ya está nuevamente de pie, aunque se notan los huecos dejados por los muertos” (pág. 92).

El médico que atenderá a los heridos, aquí es Mondregal (a diferencia del galeno valenciano Vicente Mongrell de la novela de Mario Delgado Aparaín), y tiene las mismas dificultades para atender a sus pacientes, junto a su hija como ayudante, “la viuda de otro médico y tres hermanitas de caridad en el Hospital de Sangre”. “Hombres fraccionados eso es lo que tiene el hospital”, que es una de las consecuencias, corporal, de los conflictos armados, y su posterior trauma generalmente irresuelto.

Como es natural, por algo así como que la autora, por ser oriunda de Argentina, destaca aquí, más que en la otra novela, al general Lucas Píriz, “argentino de ley, con su ristra de batallas ganadas a la espalda y toda la intrepidez del mundo en el brillo acerado de los ojos”. Y la autora no puede escapar a dar sus opiniones, a menudo en voces de otros: “…todas las guerras son iguales, porque en todas el hombre retorna a su antepasado de Neandertal”.

El personaje del tirador experto, el que tiene la muerte a la mano, que se incluye en esta novela (en la otra ni siquiera se lo menciona), corre con la buena suerte de Leandro Gómez: “será ese momento (el de la muerte) que está eligiendo y buscando apurar el mejor tirador de los monárquicos, un inglesito de apellido Ardieff, dirán las crónicas, gran tirador el Ardieff ése arrimado al servicio de los invasores, una vez y otra vez, apunta y tira, una vez y otra vez, ciento cincuenta veces, confesará más adelante y lo registrará la historia, y sólo para matar dos veces sus caballos”.

Cuando los brasileros, con su bombardeo, hacen volar en fragmentos la estatua de la libertad, coincide con el relato de Mario Delgado Aparaín: “Mi General, los brasileños han muerto a la libertad”. Y la respuesta de Leandro Gómez no puede ser de otra manera: “Levantaremos nuevamente su estatua sobre una pirámide hecha con las balas enemigas”, lo que nos demuestra la convicción del general.

 Dos versiones que se tocan y se complementan
El episodio donde se encubre una partida, se noticia así: “en la casa de los Rey de González se han encubierto algunos intrusos”. Y la acción para recapturar la casa: “El capitán Cortés los guía. Es el atardecer. Avanzan a lo largo de los cercos. Arrastrándose avanzan. Los ojos colorados por el sol soportado durante horas y por el humo insidioso. Son gusanos, serpientes. Como escasea la pólvora, debe mezquinarse para esta emergencia; entonces, sólo llevan lanzas y viejas tercerolas. A lo gaucho avanzan. Si sus antepasados indios cruzaban ejércitos enemigos prendidos al vientre de potros y caballadas, éstos se arrastran bien prendidos al vientre de la tierra”. Y luego borrar, enterrar todo vestigio: “Al viejo aljibe de la casona caen los cuerpos de quienes allí concertaron su encuentro con la muerte. Triste, ineludible mandato de caridad el que están cumpliendo. Unas bolsas de cal completan la operación. Después cierran la tapa; la traban con cadenas y candado”.

Y al igual que en la primera imagen, la segunda visita del capitán de la Décidée tiene algunas variantes en el dialogado (con respecto a “No robarás las botas de los muertos”), aunque en lo sustancial es la misma respuesta: “Preferimos, yo y mis hombres, morir antes que ser esclavos”. Y luego se realiza el gesto simbólico (y quizá teatral): “…el coronel Gómez, rodeado de su Estado Mayor, tomó la bandera, salió y clavó el asta en tierra. ¿Gesto teatral? Quizá, pensó el francés. Pero auténtico. Desenvainando la espada, actitud imitada simultáneamente por los demás, cruzaron los fierros frente a la enseña patria”. Lo que se quiere mostrar es que la suerte de Paysandú no es una decisión en solitario de Leandro Gómez, sino una decisión tomada por todos, aun a sabiendas que lo más probable es que encuentren la muerte antes que la libertad, o quizá encuentren la libertad en la muerte.

El mensaje que el gobierno nacional le hace llegar, es traído, al igual que en la otra novela, por una mujer: Magdalena Pons, en este caso. Guadalberto la llevará a su casa, “convertida en una especie de comandancia ad hoc” antes de partir nuevamente. También allí, en la casa, estará la música, y un piano (tocado por Constance). Sonará una melodía, “El cuchillero”, “canción en boga” se nos dice, luego un aria de Bellini y la de Donizetti, que tararean ambas mujeres (y ahí hay complicidad femenina). Y el mensaje que deberá llevar para el presidente Aguirre, que en Mario Delgado Aparaín, no se menciona: “Si la pólvora se nos acaba, las lanzas y bayonetas están aguzadas, las espadas y facones cortan y entonces el combate será cuerpo a cuerpo, pero Paysandú, convertido ya en ruinas, no se rinde; tal es mi voluntad y la de todos estos orgullosos y bravos orientales que me rodean…”. También Desideria, “medio mano santa y medio bruja, con su cara constelada de arrugas”, lleva un mensaje, mental, para Francisco Sáa (Lanza Seca).

La falta de fulminantes para los fusiles, suplantándolos por fósforos, que en la novela de Mario Delgado Aparaín la resuelve el protagonista principal, aquí al que se le ocurre la idea es a un tal Orlando Ribero, que sabe que en el negocio del padre podrá encontrar tal artículo. Y el padre, que es amigo de Flores, les dice el mensaje que éste último ha dado a sus hijos: “Dígale a sus hijos que no se empecinen. Para qué sacrificarse inútilmente. Es inevitable la toma de la plaza. En días más, en días menos, Paysandú caerá”. Y nadie tiene duda de ello, ni siquiera sus cinco hijos, que firmes seguirán defendiendo esa plaza ya a medias en ruinas. “Entonces, cumplan ustedes con su deber, hijos…”. Y si bien el dolor del padre al saber que sus vidas están condenadas, sabrá que tuvieron el valor necesario para respaldar con sus actos sus ideas, y eso será su mejor consuelo.

Desideria, reapareciendo en la narración durante la tregua que se dan, como un suspiro, “con sus manos cuarteadas, se afana por encontrar los cuerpos de sus muertitos”. Y, por supuesto, no faltarán los traidores, puestos que de estos parece estar salpicada la tierra. Aquí se trata de los hermanos Warnes, pasados al enemigo. También se destaca el episodio del Vicario disfrazado, disfraz descubierto por un avezado Ros, y que es contado de forma más risueña que en la otra novela.

Y aquí la escritora nos muestra la humanidad, la vivencia humana del héroe patrio: “Las noches de Leandro Gómez suelen ser en blanco. Una vieja dolencia del pecho lo mantiene en vigilia por horas y horas. En ocasiones, sólo se puede permitir un breve sopor y algunos cabezazos sentado en un banco, envuelto en su poncho, tosiendo y tosiendo…” (pág. 139-140).

Ñurita, “correntino y artillero”, y el episodio del robo de dos pares de botas, es contado en extenso (capítulo 12), y su conclusión es terminante: “es tan necio desear cambiar el destino como tapar el sol con un toldo” (variante del dicho común). Aunque no se cuenta (al menos de un tirón) toda la suerte de este hombre, ya sabemos que su muerte está decidida y sólo es cuestión de tiempo para que ocurra.

A diferencia de la otra novela, el cura aquí es el padre Belendo (en “No robarás las botas de los muertos” es el teniente cura Juan Bautista Bellando, donde vemos que el apellido es bastante similar), “bajo su facha más bien rústica y el suplicante latín de sus libros tiene un corazón de pan y es hombre de mucha doctrina y muchísima caridad”, es rechoncho y rubión, cara “garabateada en granos azulados” (debido al estallido de la pólvora de una pistola de arzón).

También la autora desliza una opinión que nos podría servir de advertencia sobre un tema muy actual como la laicidad —que a veces se mal entiende—, donde hace decir a Leandro Gómez lo siguiente: “El doctor Mondregal se ocupa de los cuerpos. Usted, padre, de las almas. Déjeme a mí resolver los asuntos estratégicos sin interferencias…”, y aquí podríamos incluir una lista larga de temas en los que ciertos personajes religiosos últimamente dan su opinión sin que nadie se las pida —y sin que venga a cuento—: educación, sexualidad, política, etc. Pero el padre, conciliador, dice que “hay que dejar caer los motivos de discordia”. Sin duda, pero vuelve a tus zapatos. “La iglesia era blanca de color y de arquitectura más bien retacona y rolliza pero ahora es mero bochinche de vigas y ladrillal por el suelo, porque la iglesia cayó como cayeron sus imágenes ahumadas por velones de promesantes y polvo de los caminos”. Para que decaiga la fe, la resistencia, deben caer todos los edificios fundamentales, sobre los que se basa la ciudadanía en este caso sanducera. Y la idiosincrasia de Paysandú, según la autora y que parece aceptado de modo más bien general, aunque sin dilucidar su exactitud, desde el origen, puede ser debido a un padre Sandú, y de allí su religiosidad, aunque otra versión habla de Daimbai y Arandú, un hombre extranjero y sabio.

Hay una ligera inconsistencia cuando dice: “Bufa la ametralladora con bufidos intermitentes…”, ya que esta arma fue inventada en 1884 por el estadounidense nacionalizado británico Hiram Maxim, aunque quizá debamos entender que esto se refiere a los cañonazos que utilizaban distintos materiales y que al explotar salían en todas direcciones, y que se le decía “metralla”.

La casa donde vive la pareja central, y su destrucción, vista con los ojos de mujer: “…la sala, con sus muebles enfundados, también salpicados por estos de ladrillo y cubiertos de polvo, y esa peligrosa grieta que abre de arriba abajo a la pared sobre el jardín”. Y en un rincón, el piano Collart y Collart, con su teclado silencioso. Además, otra cosa golpeaba el pecho de Constante, ya que “cada carta que llegaba (de París) traía el rumor confuso de las cosas lejanísimas y perdidas, amadas alguna vez”. La nostalgia.

También se cuenta el avistamiento del ejército que viene, de la falsa ilusión de que sea el ejército de Sáa: “Ordenado en su marcha, avanza el ejército cumpliendo estricto plan de movilización: vanguardia, protección lateral, caballería detrás”. “Hay disparos de cañones, repican las campanas, los clarines azotan el aire, los tambores redoblan con ímpetu”, y luego, al reparar en el error: “Pero nadie se llame a engaño, no cobije ilusiones falaces, menos aún alimente esperanzas: la bandera brasileña ondea en las columnas. Es la bandera del exterminio”. Y con esta desilusión se terminan de derrumbar las pocas expectativas; sólo quedará la muerte para repartir entre todos los defensores de la ciudad.

La autora se da el lujo de hacer hablar a Venancio Flores que, habiendo sido un militar sin piedad alguna por el otro, por el derrotado, cometió atroces matanzas, pero que como personaje literario podría (¿debería?) adquirir inusitada estatura y peso. En el capítulo 15 nos expone su estrategia, sin disimular nunca el apoyo de Mitre y Pedro II. Y por él sabemos, también, de la venta de los caballos hecha por Urquiza en favor de los brasileros, “treinta mil caballos por trescientos noventa mil patacones” (aquí se da una precisión numérica, en cuanto en M. Delgado Aparaín se dice que vende sus caballos “por una suma considerable”). El comentario será firme: “No se comercia la dignidad de los orientales”.

Al final de ese largo mes de asedio, la ciudad se habrá convertido en “laberintos de horrores; de soldados agotados, pringosos, macilentos, desmadejados, amalgamados por la violencia, ligados por la valentía y el miedo, enchastrados de sudor y de sangre; hasta ayer guapos pobladores de un hermoso lugar con plaza y retreta, airosos soldaditos defensores de la patria y ahora sombras deshilachadas, sangrientas; rematándose en las calles convertidas en madrigueras; aguantando la embestida de fuera y la de adentro, grisáceos los rostros en los cuales sólo aparecen con destellos vitales las turbulencias de los ojos”. Las banderas blancas, que eran para negociar, confunden una tregua por rendición. El Mayor Arroyo, prisionero, transmitirá la tregua “para recoger heridos y enterrar muertos”, pero no volverá con la respuesta.

“Una guerra concluida por obra y gracia de desigualdades bélicas es sólo una guerra suspendida”, dice Guadalberto, que no podrá evitar morirse en 31 de diciembre. Buscando algo encontrará su bala perdida y después de eso Constante dirá que “ahora soy de nada” (enterrado con honores militares). “Porque el progreso es lo que salvará a este país, el progreso y la educación y no este constante enfrentamiento entre militares y caudillos por cuestiones de poder”, que, extrapolado a las condiciones actuales, algo cambiados, permanece vigente.

La novela terminará con los probables pensamientos de Leandro Gómez que hacen repasar su vida (en el concepto tradicional de que cuando uno va hacia la muerte se nos aparece ante nuestros ojos el repaso de nuestra vida vivida), desde el principio, “como hombre de letras, comerciante y general”, más bien improvisado, con un destino de conductor y verdugo: “puesto que quien ordena y exige obediencia, mata siempre algo en el otro…”, pero claro, un ejército no puede funcionar de modo horizontal.

A pesar que la muerte hace nido en las últimas páginas llevándose el cuerpo (y el alma) de nuestro personaje principal, Guadalberto de la Cárcova, estacionado a la sombra del héroe y a su muerte obra y gracia del “Goyo Jeta”, José Gregorio Suárez, y de nuestra heroína, Constance, en Remedios, su asistente, y su probable embarazo, da un soplo de vida resurgente. De ese modo, la muerte, como en la naturaleza, traerá vida; los vencidos volverán a ser vencedores.

En definitiva, se trata de una novela donde los “obreros del crepúsculo, ponen los fundamentos de un destino que agigantará a Paysandú”.

 (Jaque a Paysandú, María Esther de Miguel, Planeta, 1997, Bs. As., Argentina, 251 pp.)

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.


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