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CINE | “La culpa”: Trabajo insalubre

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El terror psicológico, el encierro y la angustia son los tres ejes que desarrolla “La culpa”, la removedora ópera prima del realizador danés Gustav Möller premiada en los festivales de Sudance, Rótterdam y Valladolid, que impacta al espectador por sus climas opresivos y su peculiar formato narrativo.

Esta es una película sin dudas diferente, que se desmarca claramente del formato del thriller tradicional del cine de industria que suele privilegiar particularmente la acción.

Si bien el relato no está exento de los elementos habituales del género como el suspenso, sí desestima la apuesta a la banalidad que suele caracterizar a estos productos gastronómicos.

Desde ese punto de vista, “La culpa” es una potente apuesta a la imaginación del cinéfilo, que disfrutará a pleno de una propuesta que sugiere bastante más de lo que realmente muestra.

No en vano, la historia se desarrolla íntegramente en una emergencia policial (una suerte de servicio 911), donde un oficial degradado por un asunto pendiente con la justicia cumple una tarea cotidiana realmente insalubre.

Todo el relato se centra precisamente en la peripecia de Asger Holm (Jakob Cedergren), quien, durante los 85 minutos de duración de esta película, atiende numerosas llamadas telefónicas de personas que plantean situaciones dramáticas.

Es tal el celo del policía en el cumplimiento de su misión, que se involucra hasta emocionalmente con las eventuales víctimas de sucesos casi siempre desagradables.

En ese contexto, el trabajo del funcionario es realmente alienante, porque debe atender una auténtica catarata de comunicaciones telefónicas que denuncian desde un mero robo hasta una sobredosis, un accidente y hasta un supuesto secuestro.

En esas circunstancias y con una información mínima, el protagonista debe localizar geográficamente a la víctima en una inmensa terminal de computadora y enviar el auxilio requerido.

Obviamente, todos reclaman la misma atención como si fueran el centro el mundo, lo que desnuda una realidad conflictiva más propia de países periféricos que de naciones desarrolladas.

A través de esas coloquios, queda claro que esas sociedades presuntamente modélicas, que suelen ser idealizadas, afrontan los mismos problemas cotidianos que nosotros.

En efecto, hay hurtos y rapiñas como en cualquier país, proliferan los adictos a las drogas y también, como no podía ser de otro modo, abundan los episodios de violencia, incluyendo aquellos que impactan en la escena meramente doméstica.

Construyendo toda su narración en tiempo real, el director y guionista Gustav Möller hurga en las disfuncionalidades de un modelo de convivencia que dista de ser ideal, sin soslayar los conflictos que afronta el propio personaje.

No es casual que este abnegado trabajador uniformado asuma su misión con superlativa profesionalidad, ya que se encuentra en una situación de inestabilidad laboral originada en un incidente que derivó en una víctima fatal y con insospechadas derivaciones penales.

Esa coyuntura –que le genera un natural sentimiento de temor e incertidumbre- lo predispone a ser crítico consigo mismo y hasta a reinventarse como policía en una actividad que no le es habitual.

En el decurso del relato, la denuncia de un eventual secuestro y hasta de un asesinato detona una suerte de guerra de nervios, con el atribulado Asger como actor protagónico.

En lo sucesivo, nada será igual.  En efecto, la irrupción de la voz de Iben (Jessica Dinnage) en el teléfono iniciará un drama de proporciones con desenlace absolutamente imprevisible.

Se trata de un desesperado pedido de auxilio de una mujer angustiada y que presuntamente afronta una situación extrema, la cual se explicita mediante gritos, jadeos, llantos y suspiros.

Esas contundentes expresiones de miedo y dolor se apoyan en estridentes sonidos de ambiente que generan un micro-clima más bien siniestro y contagian estupor al protagonista.

El gran desafío del policía, que ni siquiera descansa y se queda en su puesto de trabajo fuera de turno, es localizar a quienes le piden desesperadamente ayuda. La premisa es llegar a tiempo.

Pese a su extrema juventud, Gustav Möller sabe manejar con singular sabiduría los hilos de una historia por demás enrevesada y que reserva más de una sorpresa al espectador.

Aunque el film dura apenas una hora y diez minutos, el tan auspicioso como talentoso cineasta se las ingenia para mantener atrapado al público, que naturalmente se involucra con el único personaje que tiene rostro, con una mujer emocionalmente alterada y con Mathilde (Katinka Evers-Jahnsen), una niña literalmente devastada.

A su modo, todos los personajes son obviamente actores principales de una auténtica pesadilla colectiva y, en el caso particular de los espectadores, induce a imaginar lo peor.

Empero, ese infierno también se procesa en el interior del propio protagonista, que un día después deberá comparecer a un audiencia penal en calidad de indagado. Por supuesto, esa situación también lo tiene conturbado.

En “La culpa”, el joven pero promisorio realizador Gustav Möller demuestra toda su solvencia para construir escenografías complejas y situaciones extremas de superlativa tensión dramática, en un film de atmósfera realmente agobiante.

Asimismo y más allá de su mero formato de thriller psicológico, esta película minimalista reflexiona también sobre los graves problemas de convivencia de las naciones desarrolladas, donde también abunda la violencia y otras expresiones de alienación.

Por Hugo Acevedo
(Analista)
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