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El buey solo bien se lame

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Vivimos en una sociedad capitalista, no es novedad, en la que al decir de Galeano[1] “el prójimo no es tu hermano ni tu amante…”. El problema es que las leyes del “mercado” se han ido pasando a todos los órdenes de la vida.

El mercado se ha convertido en el poderoso dios que no sólo rige los negocios y las transacciones de dinero sino que marca las reglas en todos los ámbitos sociales. Por ejemplo, en una reunión o fiesta familiar que usted organiza, donde el objetivo es reunirse y compartir un momento agradable con sus afectos, se meten las reglas del mercado: más artilugios, más adornos, más modas y más parafernalia. Me refiero desde un cumpleaños infantil hasta la organización de un casamiento.

El “tanto tienes, tanto vales”, si bien no es novedoso, parece exacerbarse a medida que avanza el siglo XXI y las brechas sociales aumentan en lugar de achicarse. El problema es que además de que las desigualdades se hacen cada vez más insalvables, la sociedad se agrieta y se vuelve mucho más difícil tejer el entramado de la cohesión social. ¿Ya no le está pasando que a veces no sabe ni quien vive en la cuadra de su casa? Para el que no tiene, además, las redes sociales se encargan de mostrarle lo que otros sí tienen y a lo que nunca va a llegar.

A principios de los años `90 en la Ciudad Vieja participaba de un programa de INAU que trabaja con niños y niñas en situación de calle. Recuerdo perfectamente que uno de sus juegos era elegirse alguno de los autos estacionados por donde andaban. Autos nuevos, marcas caras, que pertenecían a gente que trabajaba en las múltiples oficinas de ese barrio. Autos que seguramente nunca tendrían la oportunidad de comprar.

¿Cuáles son los mensajes? Que tienes un lugar en la sociedad si tienes este auto, aquella casa, si te vas de vacaciones a tal sitio o más modestamente si te puedes comprar los championes de tal marca. Y si lo puedes publicar en Facebook o Instagram mejor aún.

Otra de las reglas del mercado que se ha instalado en nuestro ADN es la idea de la competencia a ultranza. De tal manera que la tenemos integrada también quienes perseguimos la utopía de otra realidad posible.

El problema es en qué competimos y de qué manera competimos. Como dice aquella canción infantil “si el juego es una carrera y sólo gana el que llega, yo así no juego más. Si por jugar no me importa que vos te quedas sin torta, yo así no juego”. Si pierdo el partido pero después igual me voy con el otro equipo a reunirme, o si la competencia me hace pasar por encima de la otra, a cualquier precio y de cualquier manera.

Dentro de las reglas de esta competencia, aparece entonces “la meritocracia”. El sistema nos ha convencido que si te esfuerzas, trabajas duro, y aceptas las reglas (esto es fundamental) llegarás a… No se sabe bien a dónde, pero llegarás a algo socialmente válido. ¿Éxito? (¡Qué palabra llena de aristas indescifrables!).

La idea de meritocracia se olvida que cada persona tiene contextos diferentes, experiencias particulares y puntos de partida muy distintos. Hace un tiempo circuló un video en que mucha gente estaba en una misma línea de partida y debían dar un paso si la respuesta era “sí” a cada pregunta que daba el vocero que estaba enfrente. Los pasos eran dispares y cada vez iba quedando más gente atrás. Las barreras a las que nos enfrentamos en el camino de la vida nos desvían a algunas, seguir a otros, pero son siempre distintas. No vale la frase “como yo llegué, otras también pueden llegar”.

Si fuera por méritos, la política tendría mayor cantidad de mujeres de esas que se esfuman en “el trabajo de base” y los lugares de dirección serían más mixtos de lo que son hoy en cualquier ámbito. Si fuera por méritos, seguramente la población afro del Uruguay no tendría las brechas salariales que hoy tiene. Y finalmente, ¿qué tipos de méritos son los que se reconocen?

El sistema, que se armó para vender y hacer negocios, nos llevó a otros planos, nos modificó nuestra percepción de la vida y el valor de las cosas. Deberíamos pensar un poco más en estas cosas a la hora de hacer propuestas electorales.

[1] El libro de los abrazos. Eduardo Galeano.

Por Ana Gabriela Fernández
Edila en la Junta Departamental de San José. Actriz egresada de la EMAD y Educadora Social. Doctoranda en estudios de Género en la Universidad de Oviedo. Docente e investigadora en el Programa Género y Cultura de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO)

 

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