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La unidad, un cuentito que pasó

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A veces algunas posturas sectarias en la izquierda son tildadas de no seregnistas. Pero antes de que Seregni fuera candidato de la coalición, las posturas unitarias hicieron posible la existencia misma del Frente Amplio.

Parece haber una ley de la psicología social por la cual los grupos se ensañan especialmente con los que tiene más cercanos. Y esto trasciende la izquierda y la política. Quizá la propia convivencia obligue a gastar más energía en combatir roces de contacto en desmedro del enfrentamiento con grupos más antagónicos, e incluso de los objetivos más generales que se declaran de buena fe.

Voy a relatar un ejemplo contrario, que muestra que ese espíritu unitario es una conquista tradicional de la izquierda uruguaya.

En 1948 en el Partido Socialista surgió un grupo de izquierda formado principalmente por sindicalistas: la ASO, Agrupación Socialista Obrera. La lideraba Gerardo Cuesta y José “Pepe” D’Elía, Rúben Castillo, Walter Sanseviero y Julio Rodríguez entre otros. Dos años después, ASO se declaraba marxista leninista cuando en el PS Frugoni era poco discutido y en la Guerra Fría el Partido se había alineado con “el mundo libre”. Especial enfrentamiento público tenían con el diputado Arturo Dubra, a quien acusaban de defender profesionalmente a patronales en conflicto.

Obviamente ASO, que llegó a tener órgano de prensa propio, se fue independizando. Por otro lado, En 1950 hubo un fracaso por actitudes sectarias de unificar los sindicatos metalúrgicos. En 1953 hubo un nuevo proceso en el que se dice que el comunista Rosario Pietrarroia le ganó a Cuesta por su habilidad en conseguir votos adquirida en un club de barrio de partido tradicional.

Pero, habiendo aprendido algo, los comunistas cedieron en casi todas las exigencias de Cuesta para la unidad sindical del ramo.

Sin embargo, los militantes de ASO reclamaron abortar el proceso de unidad, que tardó más de una década en concretarse.

Este proceso unitario más la tensión interna con el Partido Socialista llevaron a Cuesta a pedirle a Enrique Pastorino el ingreso al Partido Comunista. Éste dijo que consultaría y la respuesta fue que de ninguna manera. Que ni se apartara del PS ni lo iban a afiliar.

Hoy en día muchos dirán: “Qué falta de visión. Era Cuesta, nada menos y lo rechazaban.” Pero quizá sea una mala lectura. Quizá no fuera falta de visión, sino que estaban mirando otra cosa: no afectar una posible unidad de la izquierda y/o del movimiento sindical. Y eso que el Partido Comunista no estaba en su hora más lúcida y por otros lados cometía actos de un sectarismo legendario.

Un historiador que estudió el período me dijo que al terminar la reunión en la que se le dijo que no, Cuesta respondió: “Ta bien, quedaré independiente, pero del PS me voy igual.” Por supuesto que se tardó poco en integrarlo al Partido Comunista. Y tras él buena parte de ASO. Entre ellos, los nombrados arriba salvo Rúben Castillo y José D’Elía, quien de cualquier manera fue expulsado del PS.

Si se iba a ir, mejor encuadrarlo. Pero no podía quedar como que estaban robando militantes. Unos años después, con una nueva dirección, los comunistas invitaron a los socialistas a la unidad y recibieron una negativa. No se les ocurrió mejor idea que mandar a sus militantes a conversar con los socialistas en los gremios y fábricas. Eso, claro, irritó a la dirección socialista y hubo que suspender tal acción “unitaria” de base.

En 1973, esto lo viví, ambos partidos actuaban unidos dentro del Frente Amplio y el movimiento estudiantil. Una división hizo que el Partido Socialista expulsara a poco menos de la mitad de su Comité Central, demasiado entusiasta con tal unidad. Los expulsados mandaron una delegación a hablar con Rodney Arismendi, secretario general del PCU. Pedían afiliación. La respuesta seca y desmoralizadora fue: “Nuestra unidad es con el Partido Socialista, no con un puñado de imberbes.” El grueso de la militancia socialista disidente se terminó pasando masivamente, primero mediante el recurso de ir a pedir afiliación en barrios alejados. Tenía que suceder, no se podía parar esa historia.

Pero lo importante era no ver el militante valioso aislado, sino la estrategia general. La unidad de la izquierda, la tolerancia, la búsqueda de consensos. Y no minarla por la mezquindad de robar un voto.

En estos días hay otros proyectos de creación de espacios en la izquierda. Y vuelven a surgir actitudes que minan la confianza sin ganar demasiado para la chacrita chica. Nuevas generaciones se suman y algunas de las mejores tradiciones parece que se han tirado con el agua del baño del bebé. O que hay que aprenderlas una y otra vez. Militantes incluso no demasiado jóvenes, pero nuevos en la acción política partidaria, cometen errores que se supone que fueron corregidos hace 70 años.

Por Jaime Secco
periodista uruguayo
La ONDA digital Nº 913 (Síganos en Twitter y facebook)

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