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Hace 50 años, los trabajadores defendiendo sus derechos

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Después de la muerte del Gral., Óscar Gestido a fines de 1967, asume la presidencia de la República Jorge Pacheco Areco, que profundiza las aristas más conservadores del gobierno.

De entrada ilegaliza a varios partidos de izquierda y clausura a diarios y semanarios, marcando la tónica de su gobierno represor.

En mayo de 1968 instala un gabinete rosquero integrado por los personajes más ricos del país, entre los que figura Jorge Peirano Facio.

El 13 de junio de 1968 impone la Medidas Prontas de Seguridad, con la consiguiente suspensión de todas las libertades públicas fundamentales. Canilla abierta para la represión del movimiento popular y fundamentalmente contra la clase obrera organizada. Así gobierna todo el período, vaciando el contenido democrático de las instituciones, transformándolas en una cáscara vacía.

Fruto de esa represión aparecen los primeros mártires estudiantiles, como Líber, Hugo y Susana. Son los primeros esbozos de lo que va a ser el fascismo a la uruguaya.

El plan de la rosca oligárquica es imponer las recetas del FMI, transformar al país en una plaza financiera segura para los banqueros criollos y extranjeros y para ello aplastar, domesticar y cortarles las alas al movimiento obrero organizado en la CNT.

La clase obrera no estaba dispuesta a dejarse arrebatar las conquistas logradas y pretendía seguir avanzando. Este duelo dura todo el período que se inicia con Pacheco Areco hasta el golpe de Estado de junio de 1973.

En la lucha contra los atropellos del Pachecato se puso de manifiesto una táctica madura, sensata, y la única revolucionaria aplicada por la CNT. Fue una táctica de masas, que en la medida de lo posible trataba de evitar una confrontación decisiva inmediata. Esa táctica contenía elementos de ofensiva y defensiva, de avance y de repliegue, buscando el desgaste y las contradicciones en el campo enemigo.

Los niveles de lucha del año 1968 fueron históricos con 134 huelgas en empresas estatales y oficinas públicas, 130 en empresas privadas, 56 en Institutos de Enseñanza. Hubo además 446 paros y ocupaciones de fábricas y oficinas. Se realizaron cientos de movilizaciones obreras, 220 manifestaciones estudiantiles y 40 ocupaciones de Facultades y liceos. Se hicieron 5 paros generales con una participación en cada uno de ellos de 500.000 trabajadores. Además hubo 3 paros generales de la industria privada.

El año 1969 conoció un nivel de luchas aún mayor que el año 1968, donde se destacaron tres grandes conflictos: la gran huelga frigorífica, la de UTE y la de los bancarios. La huelga frigorífica en los meses de abril, mayo, junio y julio. La de UTE en junio y la de los bancos desde el 21 de junio de 1969 al 11 de setiembre de 1969 (82 días).

En las dos últimas los trabajadores fueron militarizados, esa fue una de las novedades del régimen autoritario de Jorge Pacheco Areco. Por un lado la huelga bancaria le apretaba el cuello a la oligarquía y por el otro la huelga de los trabajadores de UTE sacudía a todo el país con la huelga en la energía eléctrica y los teléfonos con cortes de los servicios esenciales.

Los trabajadores demostraron entereza y responsabilidad para hacer una huelga de esas características. Los trabajadores sabían y fundamentalmente sus dirigentes, de la reacción violenta de la oligarquía en el poder, ya que se le tocaban sus intereses y sus instrumentos de dominación.

Por otro lado sabían que por tocar servicios esenciales, tendría un impacto muy grande en la opinión pública. Se sabía que el gobierno utilizaría el monopolio de la información (bajo Medidas Prontas de Seguridad) para poner al pueblo en contra de la huelga.

Había que dar la batalla en varios planos. La huelga puso de manifiesto el grado de penetración del movimiento obrero y de sus actitudes patrióticas ante el pueblo.

El movimiento obrero asumió toda la responsabilidad, no solo elaborando petitorios, sino educando a los trabajadores en el espíritu de clase, impulsándolos a la lucha  por sus derechos y las libertades. O sea construir organizaciones sindicales dignas de ese nombre, capaces de defender las conquistas, pero también capaces de enfrentar la embestida reaccionaria de las patronales y el gobierno.

No se podía retroceder. O se avanzaba o se era aniquilado. Ni los trabajadores bancarios, ni los de UTE ni los de los frigoríficos podían retroceder.

Los trabajadores tuvieron una comprensión profunda de que había que enfrentar los ataques del gobierno reaccionario, que había que defender al sindicato y sus conquistas avasalladas y que había que dar un ejemplo de unidad y combatividad para preparar la conciencia de otros trabajadores para emprender la lucha contra la reacción.

No se podía dar un paso atrás. De hacerlo serían derrotados sin honor y se hipotecaba para el futuro la organización sindical. Los trabajadores tomaron el camino de la dignidad.

En determinados momentos de la lucha la defensa del sindicato y sus derechos pasan a primer plano. Es el caso de la huelga en UTE.

Cuando ese personaje de la oligarquía uruguaya, Pereira Reverbel, rechazó toda negociación o respuesta a los reclamos de los obreros en nombre del gobierno y pronunció un payasesco “¡No!, rotundo e irreversible”, en vísperas de la asamblea general del gremio, sabía que eso significaba la huelga con corte de los servicios. Fue una frase provocativa para provocar la ira del gremio y llevarlo a la confrontación, para ajustar cuentas con el mismo.

La táctica era la de luchar sin dar tregua, pero evitando la confrontación y el golpe mortal que pretendía dar el gobierno. Se buscaba degastar al enemigo y acumular fuerzas y aliados, pero eso no implicaba retroceder, ni dejar de luchar. Lejos de la aventura irresponsable,  se buscaba robustecer la conciencia de clase adquirida y seguir avanzando.

Si no había respuesta a los atropellos del gobierno la gente dejaría de creer en sus instrumentos de lucha.

La consigna de los trabajadores fue: “no va más”. Los trabajadores estaban decididos a defender su dignidad contrapuesta a la corrupción oligárquica. Era la vergüenza proletaria frente a la hipocresía y crueldad de los reaccionarios.

Los trabajadores de UTE aprendieron muchísimo en medio de este conflicto, porque fueron salvajemente reprimidos. La represión no solo no achicó a los trabajadores, sino que estos redoblaron el odio contra el enemigo de clase. Los trabajadores y sus dirigentes aprendieron, pero también enseñaron al conjunto del movimiento popular.

Los dirigentes del sindicato supieron palpar el estado de ánimo de la gente ante la humillación y la condujeron con decisión al combate, llevando a la práctica lo resuelto en la asamblea.

Esto implicaba un esfuerzo gigantesco para no hacer abandono súbito del mecanismo técnico, sino hacerlo paulatinamente para no dañarlo.

Y segundo, porque el gobierno se había preparado para transformar el proceso de la operación en un gran escarmiento que llegara incluso a impedir la concreción del mismo y quebrar así la huelga en sus inicios.

En los momentos más difíciles fueron los dirigentes los que asumieron la responsabilidad de llevar a la práctica lo resuelto por la asamblea, alentando al conjunto de los trabajadores de las centrales eléctricas a llevarla adelante más allá de los peligros y las sanciones que traería aparejado.

El conflicto fue un ejemplo de la unión de la gente con sus dirigentes donde se dio una relación de ida y vuelta entre el que enseña y aprende.

El triunfo no se mide como la cuenta del almacenero, sino que hay que verlo en la perspectiva histórica y en los avances como clase, no solos para los trabajadores de UTE sino para el resto de la clase obrera. No solo para aquella generación, sino para las futuras generaciones.

 

Por el Prof. Gonzalo Alsina

La ONDA digital Nº 9o9 (Síganos en Twitter y facebook

 

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