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Óscar D. Petrides / Sobre doctrinas militares

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El 15 de junio de 1990, en el semanario Brecha –pág.10-, Petrides polemizando con el presidente Luis Alberto Lacalle, decía que no era cierto que no hubiera una doctrina militar.

En los hechos estaba vigente la Doctrina de la Seguridad Nacional. Al respectó el compañero Petrides manifestaba: “…que lo que hay que hacer en primer término es erradicar  la Doctrina de la Seguridad Nacional de nuestro panorama militar e iniciar la formulación de una doctrina militar nacional, (…) desde luego que esa doctrina militar no debe ser hecha sólo por militares ni, tampoco, sólo por ciudadanos corrientes. Sobre su estructuración y despliegue, que serán sin duda largos y difíciles, descansará toda la actividad militar de la nación y, por tanto, toda su seguridad contra agresiones.”

Han pasado casi 30 años y en estos días los más probable que el senado de la República, de un paso histórico al desterrar dicha doctrina de la ley Orgánica Militar.

Los cambios empezaron con la ministra Azucena Berruti que no sólo encontró un archivo de la época de la dictadura, sino que se empezó un camino en una dirección distinta y que tuvo una sensibilidad especial por mejorar a la tropa. Luego otro paso importante fue la votación de la Ley Marco de Defensa Nacional Nº 18.650. Y ahora la votación en diputados por una nueva ley Orgánica Militar.

Cómo anticipó Petrides el camino iba a ser largo difícil. Ha sido demasiado lento en muchos aspectos. Pero sería para otro artículo, analizar las responsabilidades civiles y militares.

Continua Petrides: “También nos parece oportuno, por estar hablando de doctrinas militares, intentar una definición general de las mismas destinada a orientar a nuestros eventuales lectores sobre su contenido. Doctrina militar de un Estado es un conjunto sistemático de puntos de vista, variables con el tiempo y las circunstancias, sobre la esencia, objetivos y carácter de una posible guerra futura, la preparación bélica de la nación, de sus Fuerzas Armadas y del modo de conducir éstas en las operaciones.

Asimismo creemos necesario señalar que los uruguayos, a pesar de hacerle asco al profesionalismo militar, gustan intentarlo y exponer sesudas opiniones estratégicas con toda seriedad, como por ejemplo el calificativo “comandante supremo” tan atribuido o adaptado a nuestros presidentes en los últimos tiempos. En la profesión militar, comandante es el militar que tiene unidades de combate bajo su mando directo, es decir, sin intermediarios. Por tanto, el presidente de la República, a pesar de hacer el mando superior de todas las Fuerzas Armadas, como no lo puede ejercer si no es con su ministro o ministros, no desempeña el mando directo y por ello no le cabe el calificativo de comandante y menos el de supremo tan plagado de oropeles.

Bastante bien, y hasta ahora de sobra, con el ejercicio de un buen mando superior relacionado con las orientaciones para las grandes direcciones del campo de la estrategia política, del desarrollo científico del conjunto de las Fuerzas Armadas, del apoyo económico y moral que ellas necesitan y del mantenimiento de las relaciones con la fuerzas militares vecinas  o continentales.”

En estos días, por ejemplo, todos hemos leído y escuchado decir una y otra vez que el presidente Tabaré Vázquez es el comandante supremo de las Fuerzas Armadas. No leyeron  a Petrides.

“Para finalizar, vayamos hacia u aspecto muy práctico y que nos parece interesante destacar, cuando intentamos imponer una doctrina militar en el lugar de otra que ya funciona desde hace muchos años.

Se trata de una tarea compleja, llena de dificultades y muy prolongada. Hay que tener en cuenta que la Doctrina de la Seguridad Nacional, o sea la doctrina a cambiar, está impuesta en nuestras Fuerzas Armadas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial o con mayor precisión desde el comienzo de la guerra fría y, por tanto, integra la médula del accionar y el existir de las mismas.

Esta situación no podrá alterarse de un día para otro, llevará tiempo y paciencia. Nuestras Fuerzas Armadas miran hoy hacia adentro del país y tendrán que acostumbrarse a mirar hacia afuera que es donde están los posibles agresores militares. Habrán de construir y poner en práctica toda una teoría estratégica, operativa y táctica y, también, a depender lo menos posible del poder imperial para satisfacer sus necesidades. No somos una nación que pueda responder como corresponde a una salida de tono del “amigo imperial” y quedar impune, sino una muy pequeña y perdida en un rincón del planeta, que posee valores estratégicos por su ubicación y que, por tanto, está en el camino del elefante que aplasta florecillas sin darles importancia.  (…)

Es necesario (…) y hasta urgente, comenzar a estructurar y poner en práctica una doctrina de defensa militar de la nación uruguaya. No porque no tengamos doctrina, sino porque nos han contrabandeado una que afecta nuestros intereses nacionales actuales y futuros. Nuestro presidente tiene razón, estamos perdiendo el tiempo. Comencemos de una buena vez a reestructurar nuestra doctrina defensiva. Ab imo pectore, esto es, con todo el corazón.” Así terminaba su artículo Óscar Petrides.

Teniendo en cuenta aquel contexto y este de hoy, que cada cual saque sus conclusiones.

La seguimos en la próxima.

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Por  Pablo Reveca


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