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Crónica de los paraguas / 24ª Marcha del Silencio

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La noche se hizo de viento y luego de lluvia. El tráfico, interrumpido en la arteria principal, se hizo caótico sobre las paralelas. La gente camina apurada, unos por la lluvia, otros porque la marcha ya empezó y han quedado de encontrarse con alguien para marchar juntos. En Jackson y Rivera aún han gente agrupada pero la columna principal, la que abre la 24ª Marcha del Silencio, ya se adelantó y está a tres o cuatro cuadras de allí, sobre 18 de Julio. Algunas personas están paradas en las aceras, sus rostros “beben”, impávidos, el paso de este cortejo que quisiera enterrar la impunidad para siempre. Cientos, miles quizá, de paraguas abiertos, detienen el incesante llover —que por momentos se hace más intenso— y ofrecen un frágil techo para cubrirse de la inclemencia temporal.

La gente no tiene prisa, su paso es lento. No se está allí sólo porque, como dice la consigna, todos somos familiares. No, sobre todo lo que se quiere saber es la verdad, toda la verdad, quiénes los llevaron, a dónde, qué hicieron con sus cuerpos y, sobre todo, por qué. Es para que sus familiares —y la sociedad toda— pueda hacer su duelo para que nunca más sucedan esos aberrantes hechos y empezar a mirar lejos, porque si no comprendemos el pasado no sabremos lo que nos deparará el futuro.

Miro hacia atrás y cuento las cuadras, ocho, quizá diez (los paraguas no me dejan ver bien). No hay silencio total, es imposible con miles de personas. Algunos comentan sus cosas, porque a pesar de todo la vida sigue. Otros dicen ¡Presente!, con un susurro lánguido, a la voz que nombra, una por uno, a los ciento noventa y tres desaparecidos. En una pantalla gigante aparecen los rostros de ellos, unos que eran militantes sociales, sindicales, políticos. Hombres y mujeres, jóvenes y no tanto. Pero todos tienen algo en común, y ese es el hilo conductor que une a todos los que estamos aquí: todos lucharon contra la dictadura, cada uno desde su lugar, con sus ideas, con sus organizaciones. Pero sin armas, para que a nadie le quepa ninguna duda sobre lo que significa el terrorismo de Estado. Y el luchar contra la dictadura fue luchar por la democracia, aún por esta que es incompleta.

No anida en los rostros de los caminantes la venganza, sino más bien la tristeza. Aunque sí hay una especie de “bronca” por los últimos dichos de las bestias, las medias verdades y las medias mentiras, los tardíos reconocimientos de sus tropelías y la vanagloria impúdica de sus métodos.

No anida en los rostros el odio, sino una especie de máscara, rígida, que trata de no que se trasluzcan, y se derramen, las lágrimas. Mas a pesar de ello, algunos lloran, y muchos recuerdan, ensoñadoramente. Y recuerdan también aquellas épocas del terror, de las categorías A, B y C, del pelo corto o las polleras encima de la rodilla, de la pérdida de sus derechos laborales conquistados con largas luchas. Recuerdan las historias de lo que pasaron ellos o sus familiares, porque entre los caminantes hay muchos que estuvieron clandestinos, presos o exiliados.

Y ¿qué hay en los rostros jóvenes, que no vivieron toda esa odisea? Y eso asombra, por la cantidad de jóvenes que hay, por su entereza, porque saben de qué lado está —o debe estar— la justicia, la justicia humana. Ellos también levantan el puño cuando el himno llega al ¡Tiranos temblad!, ellos también levantan la voz porque saben que Sabremos cumplir, porque saben que no hubo una guerra a pesar de los que insisten en torcer la historia a su conveniencia —o en todo caso la “guerrita” ya había terminado— sino que lo que hubo fue una política de Estado para destruir a todas las organizaciones populares para poder imponer, con suma tranquilidad, su modelo económico, social y político. Y así beneficiarse y beneficiar a sus amigos y aliados, nacionales y extranjeros, malos y peores americanos.

Ya la marcha ha terminado pero muchos aún siguen allí, desafiando a la lluvia, dejándose mojar, recordando y recordándose. Si hubo orientales que soportaron desgarrantes torturas, caballete, picana y tachos inmundos, colgadas y plantones, y/o simulacros de fusilamiento, y sobrevivieron, no habrá viento ni lluvia posible que haga detener esa marcha ni enmudecer el clamor, ese atronador grito en medio del silencio: ¡Nunca más dictadura ni Terrorismo de Estado! ¡¡¡Que nos digan dónde están!!! Contra la impunidad de ayer y de hoy.

Quedará la calle mojada, solitaria, algunos paraguas rotos sobre la calzada y a lo lejos el resto de hombres y mujeres que se van dispersando. Porque la vida sigue, pero sigue sin olvido hacia el mañana.

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.

La ONDA digital Nº 907 (Síganos en Twitter y facebook)

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