CINE | “El libro de la imagen”: Ensayo sobre la infamia

La violencia como signo identitario de nuestro tiempo, la guerra, el ejercicio abusivo del poder, las desigualdades emergentes del sistema capitalista, la colisión civilizatoria y la descomunal depredación del medio ambiente son los ejes temáticos de “El libro de la imagen”, la última entrega del legendario realizador francés Jean Luc Godard.

Este es tal vez el legado definitivo del emblemático referente de la Nouvelle Vague, cuya vasta producción cinematográfica, que abarca más de seis décadas, atesora casi un centenar de cortometrajes, largometrajes y documentales.

Obviamente, se trata de un cineasta referente de 88 años de edad, cuyo cine ha calado hondo en la sensibilidad de varias generaciones, merced a su reconocida acidez crítica, a su densidad y a su vanguardista identidad estética.

Se trata de un artista de culto, cuya obra mixtura la creación con la conceptualización, en una impronta personalísima que privilegia particularmente la libertad creativa, la revolución de la imagen, los lenguajes iconoclastas y hasta el vínculo con la literatura y la plástica.

Empero, Godard ha sido y sigue siendo también un cineasta comprometido con su tiempo y con la verdad histórica, cuyo revulsivo discurso político y social acompañó, por ejemplo, la recordada rebelión del emblemático Mayo Francés de 1968.

Esa suerte de incesante búsqueda y de decodificación de la realidad -que a menudo deviene en una suerte de cine experimental- es el denominador común de una vasta producción cinematográfica destinada a conmover, desafiar e interpelar.

En esta removedora suerte de ensayo documental, género al cual es tan afecto, el famoso pero controvertido realizador construye un universo que integra lo trágico con lo filosófico y lo onírico.

No en vano, este film abunda en superposición de voces e imágenes, cortes, abruptos silencios, registros mixtos, colores vivos, fundidos en negro y cuadros distorsionados, entre otros tantos recursos cinematográficos que impactan la retina del eventual espectador.

En tal sentido, el octogenario artista apela a todas las herramientas del cine en tanto arte y primordial vehículo expresivo, desestimando casi siempre la utilización de la tecnología, tan habitual y omnipresente en el cine gastronómico de industria meramente pasatista.

Hay, en tal sentido, una intrínseca interacción entre la imagen, la palabra y el sentido del lenguaje, en una suerte de construcción semiótica que indaga -en profundidad- en torno a los grandes conflictos y dilemas humanos del presente.

Sin abandonar esa impronta deliberadamente caótica, que otorga identidad a la obra, el paradigmático realizador divide a su relato en cinco capítulos, que abordan otros tantos tópicos de un presente inquietante y signado por el drama de la violencia y la más agobiante de todas las incertidumbres.

Mediante su voz en off, Godard dialoga con los interlocutores cinéfilos, desde un comienzo que muestra simbólicamente a una mano manipulando y empalmando artesanalmente una cinta de celuloide. Esta imagen -que remite obviamente al cine en estado químicamente puro- es naturalmente una metáfora del parto esencial de la creación cinematográfica.

En este trabajo artístico de superlativa calidad, coexisten, simultáneamente, documentos audiovisuales con escenas de películas como “La Strada” (1954), de Federico Fellini, “Monstruos” (1932), de Todd Browning, “Vértigo” (1958), de Alfred Hitchcock, “El beso mortal”  (1955), de Robert Aldrich, “Las Mil y Una Noches” (1974) y “Saló o los 120 días de Sodoma” (1975), de Pier Paolo Pasolini, “Elephant” (2003), de Gus van Sant, “El expreso de Shangai” (1932), de Josef von Sternberg, “El perro andaluz” (1029), de Luis Buñuel, “El último tren de Gun Hill” (1959), de John Sturges, y “El soldadito” (1963), del propio Jean Luc Gordard, entre otras.

También abundan las referencias literarias a textos- leídos en voz alta y con énfasis particular por Godard- de autores y pensadores de la talla de Montesquieu, André Malraux, Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, Alexandre Dumas y George Orwell.

Paralelamente, no faltan contundentes imágenes de devastadoras guerras, atentados con bombas, brutal represión, autoritarismo, migrantes, refugiados y personas agobiadas por el estupor.

Otra metáfora sin dudas sugestiva, que en este caso refiere claramente al movimiento, es la presencia casi permanente de trenes abarrotados por multitudes, que parten y llegan incesantemente a parajes geográficos no identificados.

Todo es parte de una inconmensurable poesía visual marcada a fuego por el drama, que trasunta el extremo pesimismo de un autor que, pese a su avanzada edad, no ha perdido la capacidad de conmoverse ante el dolor y la ignominia.

En tal sentido, la revolución, palabra que es declamada reiteradamente por el autor más allá de su mera connotación política, social, filosófica o sociológica, es una auténtica síntesis entre el cambio y la ruptura.

En ese contexto, subyace naturalmente el amor en todas sus dimensiones imaginables, pero particularmente el amor al cine como lenguaje que retrata la realidad, en toda su radicalidad.

“El libro de la imagen”, que por razones obviamente biológicas puede ser uno de los últimos trabajos cinematográficos del maestro Jean Luc Godard, es un desencantado ensayo documental que denuncia las aberraciones del mundo contemporáneo, con todos sus conflictos, sus autoritarismos, sus miedos, sus incertidumbres, sus inequidades y sus colisiones civilizadoras.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
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