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Brasil: La bestialidad humana

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La bestialidad humana: sólo esa categoría contempla la actual situación brasileña. Jamás una generación en la historia reciente de Brasil fue marcada tan explícitamente por el fracaso. ¿Sería el límite del peor posible? Del país que creía ser el país del futuro y la representación de la igualdad y de la cordialidad emergió Jair Bolsonaro.

La democracia representativa más de una vez entró en crisis en la contemporaneidad. No es una novedad que el liberalismo en el siglo XX, cuando enfrentado a la reducción de tasas de beneficios, se asoció a formas de actuación autoritaria, renunciando a demandas de derechos civiles ya nociones de igualdad interestatal. A crear, de esa forma, aberraciones éticas de las más variadas. Sólo así se hace factible interpretar la movilización de fuerzas que llevaron personajes como Margaret Thatcher, Adolf Hitler, Ronald Reagan al poder. No es que sean la expresión de un solo proyecto. Son estos liderazgos resultados de fenómenos semejantes.

Sin embargo, no son las ideas en sí que crean la perversión. Las ideas no existen objetivamente; son abstracciones sociales o construcciones imaginarias. Las ideas pervertidas dependen de pervertidos para ser construidas y conjugadas en lo real. Es un proceso dependiente, pero que posee por el dominante en los propios sujetos. Lo que se destaca en un colapso democrático es un doble proceso de transformación de valores. Por un lado, los próceres liberales, en general las élites económicas y políticas, renuncian a sus aparentes vestimentas, dejando de argumentar en pro de los fundamentos y ritos de la democracia como un predicado para la seguridad económica. Otras alternativas van siendo primero pautas y luego practicadas para mantener el status quo. De dentro de la propia legalidad se arma la ruptura de la legalidad. Por otro lado, la estructura de pensamiento de una sociedad, los límites cognitivos sociales, se vuelven cada vez más restringidos, trabajando a menudo con oposiciones. Circunstancia que alcanza directamente el juego democrático, pudiendo resultar en contradicciones inconciliables para el mantenimiento del sistema. Ambas configuraciones pueden coexistir, pero a menudo prevalece en un momento de desmontaje.

Tal construcción, en ese sentido, tiene más que ver con el contexto europeo y norteamericano. En América Latina, la situación se muestra un poco más compleja. Los liberales de aquí suelen tener sus consignas de libertad, igualdad y fraternidad extremadamente vulnerables, ya que no forma parte de su tradición defender pautas de isonomía, sólo de libre iniciativa. De la misma forma, la cultura de la participación está muy precariamente desarrollada. Se entiende casi exclusivamente como el acto de voto, el cual más de una vez ha sido descuidado. La radicalidad liberal sólo existió generalizadamente durante el período de independencia. En los siglos siguientes, ocurriría una pérdida de esa conducta. En esas tierras, se presentan formas aparentemente confusas de liberalismo, pero que en realidad son la expresión de la ética degenerada de las elites regionales. En la Constitución Brasileña de 1824, se transcribe grandemente los extractos de la Declaración de los Derechos del Hombre al mismo tiempo que se garantiza el derecho de propiedad privada de esclavos.

Sin embargo, Bolsonaro no es un desdoblamiento histórico de los intereses de esos grupos, sólo conserva buena parte de sus formas de pensar. Él no era el plan primario de esos actores cuando se lanzó a la presidencia en el primer semestre de 2018. El apoyo que recibió inicialmente era más excepción que regla en ese estrato social – no obstante los que lo hicieron pagaron publicidad para su campaña, crimen electoral en Brasil . La mayor parte del empresariado, del sector bancario, del agronegocio arrojaba los ojos a presidenciables más moderados como Geraldo Alckmin, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) y Henrique Meireles, del Movimiento Democrático Brasileño (MDB). No es que la izquierda con posibilidades reales de elección, Fernando Haddad del Partido de los Trabajadores (PT) y Ciro Gomes del Partido Democrático Laborista (PDT), sea una amenaza para la estructura capitalista o incluso para las inversiones privadas. En realidad, estos suelen ser tan o más moderados que buena parte de la socialdemocracia de Europa occidental. Es raro percibir que el liberalismo tuvo su culminación en Brasil durante la segunda administración de Luiz Inacio Lula da Silva. Aparente confusión capaz de demostrar que la política se deriva más del hígado y del corazón que del cerebro.

Diversos estratos de las élites económicas optaron por sostener a Bolsonaro en la segunda vuelta. La defensa de un liberalismo difuso, que se confundía simplemente con ausencia de Estado, y un discurso moralizante y anticomunista en pleno siglo XXI pareció agradarlos. En el primer plano, algo totalmente irreal e impracticable dentro de la estructura económica brasileña, dependiente de las inversiones e iniciativas estatales – no entrando en cuestiones referentes a la reglamentación, profundamente necesaria en un país donde represas rompen debido a la negligencia de la iniciativa privada. Para dar una dimensión, dos de las tres más rentables empresas brasileñas, Vale y Telefónica Brasil, fueron originalmente constituidas por el Estado y, no obstante más tarde privatizadas, parte significativa de su actual ingreso se origina de servicios prestados al o derivados del mismo, estado. En el segundo plano, la desaparición de la Unión Soviética poco importó. El anticomunismo, que en realidad se trataba de un antipetismo, sirvió como una especie de leitmotiv de la retórica bolsonarista. Toda la corrupción y todos los males de Brasil se derivaron del PT. En ese sentido, la crisis de Venezuela fue especialmente importante, pues el antiguo aliado regional de la administración Lula fue utilizado como el ejemplo de lo que Brasil podría llegar a convertirse. La entrada de una serie de inmigrantes venezolanos en el país y la constante de noticias publicadas sobre la falta de comida y elementos básicos en Caracas escaló aún más la situación.

Ser un administrador reactivo con éxito no proporciona automáticamente ninguna forma de ilustración política. Las élites económicas compraron a Bolsonaro como una alternativa factible, anhelando la construcción de una coyuntura favorable a sus inversiones. Acumular esas habilidades se muestra un poco raro en ese país, siendo ejemplos como Roberto Simonsen una puntual excepción. El desempleo que gira alrededor del 10% y las tasas negativas de crecimiento industrial desde 2013, alcanzando el alarmante número de -8,4% en 2015, se sumaron en una coyuntura a desesperar una parte expresiva del patronato y una parte del proletariado.

Lo que se entiende por remedio en cierta medida es una construcción histórica abstracta. Aunque se cree hacer bien para el organismo, arsénico y mercurio ya han sido recetados como medicamentos. En los primeros cinco meses de su gobierno, como se ha visto, las tasas de proyección de crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) se reajustan hacia abajo. Se habla actualmente de míseros 1,49% de expansión; si el ritmo de retardo permanece, será menos del 1% hasta el final del año. El desempleo tampoco tuvo cambios positivos, preservando una tasa del 12,4%, objetivamente 13,1 millones de personas están sin oficio. Bolsonaro no vino para hacer que el capitalismo de Brasil funcione, él lo emperra. Dificulta su desarrollo debido a los constantes enfrentamientos y escándalos que produce. Un camello sabe muy bien que, para venderse un producto, no se debe ofender al cliente. Bolsonaro no tiene esa noción básica. Su política exterior hacia Israel y los países árabes es una representación de eso, más moralista que mercadológica. Una de las facciones virtuosas del fenómeno mercancía, que es el surgimiento de un compromiso entre las partes en su desarrollo, es simplemente desconocido por tal persona. No se comporta como un burgués, sino como un sacerdote, o mejor, un pastor con brotes de esquizofrenia.

Lo que se destaca en este proceso no es ausencia de conocimientos de Bolsonaro respecto a la realidad brasileña, pero la mediocridad intelectual tan generalizada en la población que lo hizo ser votado en número suficiente para ser elegido – casi 58 millones de personas. La retórica débil poco importó, por lo demás fue entendido como virtud por una parcela. El candidato no consigue desarrollar frases complejas y cuando las intenta frecuentemente recurre a silogismos absurdos. La mayor parte de lo que propone carece de sentido, apelando muchas veces a la mentira oa la pura invención. Se llega a ser aterrador que una de las cuestiones del período electoral haya sido la supuesta distribución de biberones con pico de pene por la administración petista. Una burla que repetida y dispersada insistentemente por medios electrónicos ayudó a definir los rumbos electorales. Nunca fue tan cierto el dicho popular que una mentira dicha a menudo se vuelve verdad. Desde la elección de Donald Trump en 2016, los usos políticos de los medios electrónicos se han vuelto cada vez más significativos, mostrándose incluso capaces de definir pleitos. Entenderlos y legislarlos se muestra entonces fundamental. En cierta medida, este proceso hace rememorar ciertas dimensiones de los regímenes totalitarios del siglo pasado. Estos supieron articular el cine, una invención relativamente nueva en la época, como una forma de intervención política. Las películas El Triunfo de la Voluntad en el caso alemán y La caída de Berlín en el caso soviético son dos ejemplos.

La progresiva dilución de la importancia de la cultura letrada en el país es mero reflejo de esa tendencia. Periódicos que casi no dan ganancia. Sus periodistas en general son incapaces de hacer análisis sustanciales o actúan abiertamente con mala intención. La pérdida de importancia de la figura del intelectual público es otra consecuencia de ese proceso. En su lugar, surgieron algunos profesores iconizados que ofrecen, en vez de interpretaciones y críticas, un discurso de autoayuda gourtmetizado con algunas referencias filosóficas o humanísticas. Entre ellos y Allan Percy, autor de un deprimente libro como Nietzsche para estresados, no hay mucha diferencia. No desean molestar, pero agradar. Son inofensivos. Son casi como camareros, pero su oficio es deshonesto. Mientras esos nos entorpecen con el vino, que es mucho más agradable; estos nos entorpecen con mansas fábulas dulces.

Bolsonaro no es el resultado de un pacto negociado entre las élites como fueron otros mandatarios de Brasil. Bolsonaro es el resultado del fracaso de la institución escolar, de la cultura política, de la vocación estratégica de la burguesía, de un judicial correcto y de la propia democracia representativa en Brasil; además, del fracaso de la propia izquierda, incapaz de contraponerse al proceso de crisis que se armaba. Siendo explícito, Bolsonaro es la exacta representación de uno de los mayores miedos de Aristóteles: la democracia como perversión. Bolsonaro es la dictadura de la mayoría incapaz de lidiar con la diferencia. Fue elegido por el pueblo y comprado por los adinerados.

Desde el subterráneo del Congreso, donde permaneció 26 años aprobando únicamente dos proyectos, emergió como presidenciable de aliento en una coyuntura en la que la formación humana desfallece ante la exacerbación de los valores de consumo. La pérdida de importancia de la formación en todas las perspectivas posibles ante el mero deseo de consumir ha llevado a la situación en que estamos hoy. Fue terreno fértil para todas las otras adversidades. El anti-intelectualismo del presidente y de sus ministros emerge exactamente de esa condición. Odio lo que no puede entender. Por eso, no cerrará el Congreso o atacará la democracia, pero tolera todos los espacios donde exista alguna forma de diferencia. Toda construcción de los derechos políticos del liberalismo desobra en una configuración en la cual el lucro, en el lado favorecido, y el deseo, en el lado desfavorecido, componen un sistema que desfallece la reflexión y el hacer político. Sin embargo, esa oposición no pasará de una mentira para aquellos que mantienen alguna fe en Bolsonaro, pues el desempleo no caerá y el PIB no aumentará. Permaneciendo la mera pobreza intelectual y material.

Por Luccas Eduardo Maldonado   (Mayo de 2019)

 

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