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¿Y si paramos la violencia?

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Vivimos tiempos violentos y eso ya nadie lo discute. Cada día se producen múltiples hechos donde la violencia es un denominador común que dice presente en cada uno de ellos. El comportamiento humano vive tiempos violentos, ha incorporado a esta peculiar reacción de su carácter como un insumo más en el cotidiano vivir de la especie. A pesar del proceso civilizatorio que sigue impresionando con sus avances en el conocimiento humano -que se multiplica a un ritmo vertiginoso y exponencial- no ha logrado que ese avance se traduzca en la reducción de los índices de violencia de sus congéneres. Parece un contrasentido, que, siendo cada vez más inteligentes, no seamos capaces de encontrar esa fórmula que logre bajar la violencia, madre de muchos de los males que padecemos. Estamos inundados de diagnósticos y previsiones, nos limitamos los derechos en procura de lograr ese cerco social que evite los efectos del accionar violento y, sin embargo, la violencia sigue expandiéndose como una epidemia incontrolable. Ensayamos muchas medidas que apelan a la misma herramienta como vacuna, es decir a la represión legítima -que no deja de ser violencia también- una respuesta que no logra resultados efectivos y termina alejando las soluciones definitivas al problema. Es tiempo de ensayar otros caminos…

De nuevo a la escuela
No imagino otro camino que volver a las raíces, a ese lugar donde todos recibimos las primeras enseñanzas formales, allí donde aprendimos a tener gestos colectivos sin dejar de ser nosotros mismos. Donde la figura de la Maestra era esa segunda madre que nos protegía y a la que rendíamos respeto y admiración. Sin embargo vivimos desgraciados episodios de agresiones a estas. Una clara muestra del deterioro que ha permeado en algunos sectores de nuestra sociedad que no han respetado a las escuelas ni a sus principales figuras, llevando lo peor de su comportamiento hasta allí. Episodios que, aunque aislados, se repitieron en varias ocasiones logrando una repercusión que excedió su dimensión al punto de hacerlos aparecer como una conducta prevalente.

Por eso, es imperioso volver a las raíces mismas de nuestra idiosincrasia, volver a defender y proteger ese recinto de construcción de ciudadanía: las escuelas. Pero volver en serio, con el compromiso de todos y ahí incluyo a la familia. Esa que es la “primer escuela” y donde también se ha perdido pie. Nada es casual, todo tiene una explicación, pero hace falta -ahora- reconocer que siendo parte del problema también se lo es de la solución. De otra forma me parece imposible cualquier intento. Ergo, si no nos involucramos en serio no habrá cambio.

Entonces con esos dos escenarios posibles -familia y escuela- tenemos que empezar a construir otro relato alternativo a la violencia; y tenemos que empezar por casa primero, para inculcar ese respeto perdido por una institución llamada a construir ese cambio social imprescindible. Es imperiosa la comunión entre familia y escuela, una sociedad que es posible y es real hoy con sendos ejemplos que solo necesitan mayor publicidad. Difusión para que se multipliquen mucho más de lo que lo hacen las malas noticias sobre incidentes de violencia que tienen como protagonistas a casi los mismos actores. Porque cuando se agrede a un Maestro/a se convierte en viral la noticia y pareciera que esa es la media de una realidad que dista mucho de serlo; pero construimos esa imagen y ya nada vuelve a ser lo mismo.

Y acá entran otros actores que nos interpelan y que vinieron para quedarse; que se utilizan de la peor manera. Son las redes sociales, ese campo virtual del que se nutren -muchas veces- los medios de comunicación y con ello luego se viralizan mucho más los eventos de violencia. Esos que terminan marcando una agenda ídem que no deja lugar a otra cosa. Vivimos inmersos en ese círculo vicioso que se contamina de forma recíproca sin dejar espacio casi para la multiplicación de buenas acciones, esas que construyen afectos y valores que hoy están perdiendo terreno de forma vertiginosa.

Y estamos nosotros mismos, los principales motores de lo que consumimos. La unidad básica de todo cambio, de toda transformación que se proponga, que nos propongamos. Las grandes transformaciones empezaron por uno al que se sumaron otros y llegaron a cientos, a miles. Así se escribió la historia misma de la humanidad y así como llegamos a este estado de degradación, es imperioso desandar los pasos y deshacer los cambios negativos.

Pero lo que se fue forjando de forma lenta pero continua, (y cada vez con un poco más de violencia), no se revierte de forma rápida. Ese proceso de deconstrucción lleva casi el mismo tiempo o más que lo que llevó su gestación, pero no por ello debemos aceptar esta realidad violenta como si fuera parte de un determinismo fatal inevitable.

Por eso es necesario aceptar primero esta realidad y sentirnos parte de la solución más que del problema, y así poder enfocarnos en asumir ese rol protagónico de ser parte de los cambios que hagan posible la transformación. Recurrentemente nos sumamos a la crítica fácil sin asumir la parte de responsabilidad propia que nos toca en cada caso. Somos violentos en el tránsito, en los gestos de convivencia más simples como responder un saludo, o propiciarlo sin pedir permiso para convocar a la respuesta espejo que ese tipo de acciones generan más temprano que tarde. Así, con pequeñas acciones que deben empezar por cada casa, por cada familia, por el lugar de trabajo, por todo ámbito en que nos desempeñemos, así se construyen los cambios sociales, entre todos y con todos.

Cortar la cadena del delito empieza también por uno mismo, por ejemplo, no aceptando un precio vil ante un objeto costoso, porque ese objeto seguramente provenga de un hurto o de una acción más violenta quizás como una rapiña. Y ese objeto representa mucho más que el objeto en sí mismo, pues detrás hay una víctima o muchas víctimas, puede haber una familia destrozada o simplemente un trabajador que perdió el fruto de su esfuerzo. Cadenas de valor y de afectos que podemos cortar si cortamos ese circuito delictivo con un simple NO.

Violencia y deporte
En vísperas de un partido clásico que será histórico, por cuanto será la primera vez que se juegue en cancha locataria (con el Campeón del Siglo del Club Atlético Peñarol recibiendo al Club Nacional de Football), se vivieron episodios que llevaron -una vez más- a la suspensión del fútbol profesional. En este caso, fueron los jueces los que dijeron basta y cortaron el cable antes que explotara la bomba. Y creo que lo hicieron a tiempo, evitando una escalada que iba “in crescendo”, y llevaron a que se bajara la pelota al piso por parte de todos los involucrados. A nadie sirve crear un escenario como el que se gestó, y donde -nuevamente- las redes sociales jugaron su papel de incentivar el fuego antes que apagar la llamarada.

De todos modos el daño está hecho y será fundamental apelar a que todos los protagonistas de ese encuentro -fundamentalmente las hinchadas- tengan claro que hay que erradicar a los violentos de una buena vez y que no puede ser un partido de fútbol otra cosa que un evento de disfrute y convivencia donde se gana o se pierde, y que siempre tendrá revancha. Pensarlo como un enfrentamiento más allá de lo deportivo es un exceso por donde se lo mire, y todos, absolutamente todos tenemos alguna contribución que hacer que permita generar el mejor clima posible para que el domingo 12 de mayo sea una fiesta deportiva y no otra cosa.

Es importante que así lo entiendan los dirigentes, los jugadores, los hinchas, los periodistas deportivos, las autoridades, en definitiva, todos los que participen de una forma u otra ese día. Y aún más allá del propio entorno del CDS, pues esta fiesta del fútbol uruguayo se vive y se palpita en los barrios, en todos los rincones del país, y allí también es imperioso que se cultive un clima de fraterna competencia que eche por tierra cualquier intento que desvirtúe el evento.

El país se juega mucho más que un partido, se juega la posibilidad de comenzar a transitar un camino virtuoso de recuperación de la convivencia perdida en este tipo de actividades donde hasta no hace mucho tiempo se sufrieron episodios realmente tristes.

La violencia tiene muchas caras, y cada una de ellas es peor que la anterior y pareciera no tener límite. Sin embargo, cada uno de nosotros puede poner un cerco a esa escalada, con pequeñas acciones como las descritas.

Por eso, porque está en cada uno de nosotros empezar, empecemos a gestar ese cambio cultural por la no violencia.

el hombre se hizo una promesa,
el perro enfiló para la escuela…

Por Julio Fernando Gil Díaz – El Perro Gil

La ONDA digital Nº 903 (Síganos en Twitter y facebook)

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