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La causa de los niños: violencia e inseguridad

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La causa de los niños: violencia e inseguridad

Está claro que al hablar de inseguridad se alude a situaciones muy distintas, especialmente cuando la vocería la emplean algunos políticos oportunistas, los “periodistas especializados” de los grandes medios de comunicación o los presuntos expertos criminólogos presentados en los talk shows de la televisión privada. Todos se han especializado en un aspecto monocorde de la inseguridad: el temor y la incidencia del riesgo de ser víctima de un delito violento, una agresión o un despojo en que la vida peligra.

La inseguridad y la causa de los niños – No es extraño que en esas exposiciones, los niños aparezcan como víctimas especialmente frágiles, que lo son, y como aderezo a la presentación de los terribles momentos que implica una agresión violenta (“le puso el arma en la cabeza a la niña para que le dieran el dinero”).

Sin embargo, en la enorme mayoría de estas presentaciones hay cuestiones que necesariamente hemos de plantearnos si realmente nos interesa la causa de los niños y adolescentes, el bien más grande que nuestra sociedad debe salvaguardar.

En primer lugar, el mayor riesgo que corren nuestros niños y adolescentes, está más cerca , es más insidioso y requiere una acción más decidida. La indiferencia, la negación, la ignorancia o el ocultamiento – ante las cifras recientemente denunciadas por el SIPIAV ( Sistema Integrado de Protección a la Infancia y Adolescencia contra la Violencia) – son pura hipocresía. En la causa de los niños no hay lugar para la hipocresía.

En el 2018 hubo intervenciones en once situaciones diarias de violencia contra los más chicos. El 55% de la víctimas fueron niñas y adolescentes de sexo femenino; las dos terceras partes eran menores de 12 años; casi la cuarta parte eran desde recién nacidos a menores de 5 años.  Una tercera parte de los casos se debió a maltrato emocional, una cuarta parte a maltrato físico y otro tanto al abuso sexual. En el 20% de los casos se trató de negligencia, descuido o abandono.

El 58% de las niñas, niños y adolescentes tuvieron dificultades para darse cuenta del abuso a que eran sometidos. Lo más grave y sabido es que el 93% de los agresores eran familiares directos o parte del núcleo de convivencia de las víctimas. La mitad de los abusadores tenían entre 30 y 44 años de edad. Dos casos por día fueron de abuso sexual y las tres cuartas partes de las víctimas fueron de sexo femenino y el 28% tenía menos de cinco años. Las tres cuartas partes de los abusadores eran familiares o convivían con las menores. El 83% fueron hombres y casi la mitad (el 46%) eran los padres o las parejas de las madres.

Las dimensiones de esta violencia no pueden reflejarse totalmente en estos guarismos porque, en este caso, se trata de la punta del iceberg, son los casos efectivamente denunciados en los que hubo una intervención que cortó el circuito de las perversiones. Por cada caso denunciado o que, por una u otra razón, sale a luz ha de haber muchísimos más que permanecen ocultos, negados o acallados por el temor o la ingenuidad.

Por otra parte, la mayoría de los abusos son parte de procesos especialmente insidiosos y de larga data. En particular, las víctimas de pedófilos, torturadores y violadores – entre otros pervertidos – suelen sufrir durante décadas antes de ser capaces de afrontar y denunciar a los perpetradores. Los escándalos que sacuden a la Iglesia Católica,  a las sectas evangélicas, a los boy scouts (por ahora en los Estados Unidos) son bombas de efecto retardado que demuestran hasta que punto el daño producido por los abusos mantiene secuelas de sufrimiento inconfesable.

La derecha, en todo el mundo, no es original. Promueve distintos tipos de gargarismos y borborigmos sobre la “defensa de las tradiciones”, “la enseñanza de valores”, “el principio de autoridad”, “la defensa de la propiedad privada”, “la defensa de la vida”, “la mano dura” o “la tolerancia cero” así como promueven el temor paralizante para enervar los reclamos de los abusados y de los más débiles o se erigen en superhéroes para capitalizar en votos sus campañas.

Lo cierto es que les interesa resaltar cierto tipo de inseguridad, naturalizar el riesgo de ser víctima de una agresión violenta por parte de un desconocido, una rapiña, un asesinato, un secuestro. Estigmatizar lo diferente, criminalizar a los migrantes, a los jóvenes, a los más carenciados.

Los especialistas de la “crónica roja” no suelen ocuparse del maltrato infantil o de la violencia doméstica (salvo cuando culmina en muerte violenta), no les interesa analizar las causas de la inseguridad en el tránsito, la morbimortalidad de los juegos o deportes de alto riesgo, las consecuencias sanitarias y sociales de las prácticas nocivas para la salud, los terribles efectos de la proliferación de armas letales, las consecuencias de los delitos ambientales e informáticos y otras actividades humanas capaces de cobrar muchísimas víctimas y de producir un deterioro significativo en la calidad de vida de la población. En suma, existen muchos riesgos pero unos son presentados con mayor dramatismo que otros.

Sucede sin embargo, que los riesgos mayores suelen estar vinculados con nuestra propia capacidad (o incapacidad) para prevenir y cuidarnos, cuidar a los demás, informarnos y evitar riesgos innecesarios. En este punto es que se activa la causa de los niños. En el mundo contemporáneo es esencial la forma en que los adultos educamos a los niños y jóvenes tanto respecto a los riesgos evitables, a la prevención, como a la forma de enfrentar los riesgos que son inevitables porque una vida sin riesgos es absolutamente imposible.

Hace mucho tiempo que hay autores que hablan de la “construcción de la seguridad” es decir de una estrategia y una táctica para enfrentar la inseguridad en esta especie de juego vital en el que para crecer y desarrollarse como persona hay que ser capaz de alcanzar el valor y el equilibrio para pasar continuamente de una zona o región de seguridad a una de inseguridad y viceversa.

Un aforismo del Gran Maestro del ajedrez Savielly Tartakower (1887 – 1956) advertía que táctica es hacer lo que hay que hacer cuando hay algo que hacer y estrategia es saber lo que debe hacerse cuando no hay nada que hacer. Crecer y desarrollarse como persona desde la infancia implica asumir riesgos, cambiar. Madurar es mejor que mantenerse en un estado de dependencia infantil por lo que hemos tenido que ir asumiendo que vale la pena cambiar. Todos los adultos hemos hecho este proceso en el juego de la vida y en una forma que es muy difícilmente reductible a una receta o estrategia única e infalible.

Protección y sobreprotección –  El dilema es que los adultos y especialmente los padres, saben que los niños deben crecer, es decir que deben enfrentar y resolver los riesgos pequeños y grandes que todos encontramos en la infancia y la adolescencia pero al mismo tiempo tratamos de evitar que corran riesgos, asi sean mínimos.

Desde que la vida conlleva momentos placenteros y momentos displacenteros, incluso angustiantes, procuramos que los niños puedan esquivar absolutamente estos últimos: que no sufran, que no se equivoquen, que no fracasen. Pero también sabemos, con mayor o menor claridad, que sin riesgos no hay vida, no hay experiencias, no hay aprendizaje, no hay desarrollo autónomo y que “la felicidad garantizada” es un mito o un autoengaño.

Tampoco hay novedad en estas afirmaciones pero sucede que el miedo que suele proliferar en la versiones fragmentadas y estrechas de la inseguridad puede llevar a que los adultos trasladen a los niños y jóvenes esa aversión al riesgo.

Vivir plenamente demanda un enfrentamiento a los riesgos pero al mismo tiempo requiere aprender a evaluar los riesgos reales, comprendidos los riesgos imaginarios, y también a evaluar las situaciones para evitar los innecesarios, sabiendo que la vida expone a peligros, tanto los predecibles que pueden evitarse como los impredecibles que, de todos modos, hay que afrontar.

El conferencista y divulgador argentino Gustavo Schujman (2009) dice que se trata de que los hijos aprendan que la virtud de la valentía “es el justo equilibrio entre la cobardía y la temeridad”. La tarea no es fácil – agrega – pero es tan imprescindible como apasionante.

Lo que los adultos trasmiten a los niños son los modos de enfrentar situaciones nuevas o de riesgo y evaluar las formas para atravesarlas y para ello es preciso hablar con ellos, reflexionar acerca las tácticas, lo de hacer lo que hay que hacer en la mayoría de los casos en que podemos decidir en esas situaciones.

No podemos desentendernos y dejar que descubran por si solos como optar ante situaciones dilemáticas. Tampoco podemos inculcarles la noción de que son inmunes a cualquier riesgo (lo que implica que no se harán responsables de si mismos) o impedir que transiten por situaciones riesgosas (mediante una sobreprotección que anule su capacidad para desarrollar sus propias defensas, su juicio inteligente o sus emociones valiosas).

No sentir miedo es imposible pero también es cierto que ante las situaciones temibles hay dos grandes tipos de reacción: la huida o el enfrentamiento, la paralización enervante o el accionar lúcido. Entre estos extremos, en la vida de cada persona y en cada situación posible caben reacciones que no puede calificarse al margen del contexto social, psicológico, cultural e incluso biológico.

La actitud de los adultos ante la inseguridad expone a los niños y a los adolescentes a uno de dos mensajes antagónicos: o bien a través de una concepción acerca de los riesgos como parte de la vida y por ende de lo que se trata es de aprender a evaluar esos riesgos y cuidarnos para enfrentarlos; o por el contrario mediante la idea de que los riesgos son la característica dominante de un mundo hostil y una vida temible, llena de peligros, que solo pueden ser enfrentados mediante una permanente control externo, en tal caso el de los padres sobreprotectores o el de “la mano dura” represora.

En nuestra evolución como especie, desde los primeros homínidos,  millones de años ha, hasta la actualidad, el miedo nos ha acompañado. Somos seres frágiles y una de las especies con una infancia más prolongada y vulnerable. Sobrevivimos gracias al desarrollo de la inteligencia, al desempeño colectivo, a la superación de los desafíos mediante herramientas y a una comunicación avanzada. En esa trayectoria el miedo nos ha acompañado: miedo a la noche y a los fenómenos de la naturaleza, miedo al hambre y a las enfermedades, miedo a otros seres humanos, miedo a lo desconocido, miedo a la enfermedad, al dolor y a la muerte.

Es indiscutible que la humanidad ha ido superando obstáculos y los que enfrenta ahora pueden ser temibles pero el método de la especie sigue siendo valedero. Sería tonto negar el miedo de los adultos pero en relación con los niños y los jóvenes parece imprescindible aplicar el método que le ha dado resultado a la especie: compartir el miedo con ellos, reflexionar sobre lo que a nosotros y ellos nos atemoriza para hacerlos gradualmente partícipes de la superación de lo temido.

No se trata de adoctrinar sino de reflexionar juntos, no de imponer sino de buscar soluciones, intercambiar ideas en casos reales. A los adultos nos puede costar mucho porque supone, en términos generales, abandonar la posición de superioridad incuestionable que muchas veces se concibe como la única posible para plantarnos ante los menores. Esta actitud debe hacerse extensiva a todas las situaciones de riesgo desde las que enfrentan los niños y jóvenes al navegar por Internet hasta las salidas nocturnas, el manejar por si solos pequeñas sumas de dinero, el relacionarse con sus iguales o con otros adultos, la forma en que se plantan ante lo diferente, el cuidado del cuerpo y la salud, la actividad física, el deporte y los juegos, su actitud ante el delito y la agresión, etc.

Se trata de comprender el miedo que es por definición un sentimiento complejo como la ansiedad o la angustia. Filogenéticamente el miedo nos ha permitido anticipar los peligros y prepararnos para enfrentarlos o para huir – en primera instancia – y en forma más elaborada nos ayuda a resolver las situaciones complicadas, superar la paralización y alejar los peligros.

La sensación de inseguridad, muy emparentada con la incertidumbre, y el miedo que suele acompañarlas pueden ser controladas cuando sabemos que podemos hacer algo y cuando confiamos en que otros pueden contribuir eficazmente en ese empeño. En todo caso la sobreprotección de los niños no los prepara para la vida. Si un niño tiene todo asegurado, si no enfrenta dificultades y temores no será capaz de desarrollar la energía que necesitará para enfrentar los fracasos y los desengaños, para superarlos y salir adelante.

“No hay especie más miedosa que la humana” – Así comienza el libro de José Antonio Marina (2006) el filósofo español que lo ha titulado “Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentía”. Para Marina es un viaje por los caminos misteriosos y terribles de una de las emociones humanas universales: el miedo. Un viaje que comienza en la neurología y termina en la ética.

A los efectos del tratamiento del asunto en relación con la infancia y la adolescencia  digamos con él que el miedo es un modo de percibir el mundo, surge de la interacción entre lo que siente el sujeto y lo que el sujeto percibe como amenazador. Hay personas más miedosas que otras – dice Marina – pues parece ser que hay una cierta predisposición hacia la afectividad negativa y a las “personalidades vulnerables”, personas con una propensión a experimentar una gran variedad de emociones negativas- miedo, odio, tristeza- incluso ante la ausencia de estímulos directos. Pero los genes no determinan comportamientos complejos. La afectividad negativa funciona como matriz emocional, es parte del temperamento, que va concretándose mediante hábitos aprendidos, se va convirtiendo en carácter.

Esta obra, que empieza como un libro de psicología, se introduce en el campo de la ética con la aparición de la valentía. El ser humano anhela vivir sin miedo. Marina considera que es la valentía la que define nuestra esencia. La valentía se mueve en el campo de la inteligencia creadora y nos separa de los animales. El valiente es el que hace el bien: un acto de valor es aquel que se realiza con integridad, fortaleza y lealtad  a la que se une el afán de emprender cosas importantes y no entreverarse con minucias. Esto debe estar acompañado de tesón para realizarlas y acabarlas. Esta idea es, en las más diversas formas, la que los padres han de procurar como modelo de vida para la felicidad de sus hijos.

No intentamos restarle importancia a las fantasías ominosas, ellas existen y nadie puede aducir que jamás ha sufrido una pesadilla. Sin embargo los riesgos reales pueden ser enfrentados racionalmente mientras que contra las fantasías terroríficas debemos recurrir a otros métodos que no abordaremos ahora so pena de extendernos demasiado.

El manejo racional de los riesgos reales permite poner en acción dos factores clave: la prevención y los cuidados. Los miedos imaginarios pueden conducirnos a la parálisis y la inacción y por otro lado hay peligros que desatan miedos justificados como enfrentarse con un delincuente armado o tomar conocimiento de un diagnóstico médico que da cuenta de una afección potencialmente mortal.

El miedo puede jugarnos la mala pasada de la fantasía terrorífica y plantearnos un riesgo inminente donde en realidad este no existe (confundir una sombra con un atacante y disparar un arma y matar a un ser querido como a veces ha sucedido).

El miedo guarda relación con el hecho que lo desencadena. Si el miedo está de acuerdo con la situación real que lo provoca no anulará la capacidad de controlarnos y responder adecuadamente. De lo contrario puede transformarse en pánico que es la fase que puede sobrevenir cuando se registran temores con mucha frecuencia ante circunstancias desencadenantes de escasa peligrosidad real y que resulta en una incapacidad paralizante.

Es importante que los niños sean capaces de enfrentar los miedos sin caer en el pánico, es decir de enfrentar las situaciones con cuidado y de evitarlas si es del caso pero sin quedar paralizados.

Los padres o las personas que se presentan ante los niños como omnipotentes, sin miedo a nada, no son realmente valientes y no crean un contexto adecuado para que los más débiles puedan enfrentar sus miedos adecuadamente. Los padres omnipotentes no ayudan a los niños para que puedan expresar sus miedos y encararlos sin temor a sufrir burlas. Por el contrario suelen inducirlos a ocultar sus temores. En cambio si padres e hijos son capaces de abordar desinhibidamente sus temores y de buscar la forma de enfrentarlos se consiguen mejores resultados.

Hay que señalar que el problema de enfrentar el peligro y en particular el miedo a ser víctima de una agresión física o un ataque violento no puede ser resuelto por el entrenamiento, por el uso de armas ofensivas o disuasorias o por el dominio de las llamadas “artes marciales”. Estas son “soluciones” comerciales promovidas para beneficiarse del temor y generalmente resultan contraproducentes.

Esto vale para los adultos y mucho más para los niños y jóvenes. Quienes estudian las formas en que los profesionales deben enfrentar o repeler ataques violentos saben que la capacidad racional y el juicio de las condiciones concretas es más importante que la preparación física o el pertrechamiento.

Los padres, los educadores deben abstenerse de dramatizar los miedos y en cambio contribuir al análisis de las situaciones concretas con el mayor grado de realidad. Se trata de un tema de estrategia, en el sentido que sostenía Tartakower, más que de tácticas para enfrentar el miedo. Proyectar nuestros temores en los menores no es una estrategia sino una mala reacción. De lo que se trata es de construir seguridad como una de las claves del proceso de crecimiento y maduración sobre la base de una conciencia realista de los riesgos que encontrarán y de los cuidados para superarlos.

Dice Marina: “el niño aprende a ver el mundo como previsible o imprevisible. Como controlable o incontrolable. Como seguro o inseguro. Y estas tres creencias básicas, certezas vividas más que formuladas, las aprenden en la primera infancia, en el trato con sus primeros cuidadores, y van a favorecer o dificultar el poder del miedo. Un mundo imprevisible, incontrolable e inseguro resulta aterrador”.

Dice Schujman: “se aprende la valentía. Se aprende la cobardía. Los miedos se aprenden, y se aprende a ser miedoso”. El niño que vive asimilando mensajes alarmantes, seguramente aprenderá a ser miedoso. “Una educación que insiste en los peligros favorece el pavor, es decir la disposición a tener un miedo paralizante”.

Ser valiente no es ser temerario, es decir atreverse a todo sin precaución alguna. Ser valiente no es no tener miedo sino ser capaz de actuar a pesar del miedo. Ser valiente no es ser agresivo o imponerse con furia sino tener un proyecto, una estrategia y ser capaz de llevarla a cabo.

Por Lic. Fernando Britos V.

La ONDA digital Nº 903 (Síganos en Twitter y facebook

 

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