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El honor y las leyes del Dr. Globke (I)

Por Lic. Fernando Britos V.

El honor y la actitud de la comunidad hacia esas invocaciones, el encubrimiento o la banalización de los crímenes y la transformación de los testigos o las personas con poder en encubridores, las acciones de los carroñeros de la política, no son episodios exclusivos de una época, aislados en un momento, una época, una región. Esto amerita un par de notas. En la primera nos detendremos en el honor abstracto de las corporaciones, sus formulaciones y contenidos hasta llegar al caso emblemático del jurista y político alemán Hans Globke (1898 – 1973). En la segunda nos detendremos en la carrera del Dr. Globke, sus acciones, sus transformaciones y las circunstancias y fuerzas que le permitieron escapar de la horca y ser un mandamás de la Guerra Fría.

Demagogos armados y desarmados y la condescendencia de los guerreros – Muchos fenómenos convergen en los acontecimientos de los últimos días cuando altos mandos del ejército quedan en evidencia como indiferentes ante crímenes atroces, sostenedores de la impunidad y su correlato (que algunos identifican con la ley mafiosa de la omertá); un ministro y un viceministro que no pusieron el empeño debido y contribuyeron a la banalización de la confesión mendaz de Gavazzo; unos políticos carroñeros que muestran su escasa adhesión a la democracia y su complicidad de décadas en el ocultamiento y la benevolencia hacia los perpetradores de crímenes de lesa humanidad.

Analizar las razones que movieron a estos hombres, rodeados de sus entorchados uniformes y su escenografía simbólica del poder, no es tarea para un simple artículo periodístico pero es imposible y malo para la salud de la democracia, la libertad y la justicia, no señalar que no se trata de fenómenos novedosos, que hay en la historia reciente y no tan reciente ejemplos sobrados de la forma en que se han usado ciertos valores y ciertos pragmatismos para encubrir a criminales, ocultar los sufrimientos que causaron y mantener a las víctimas en la oscuridad.

Ni que hablar que este no es un fenómeno que se adhiera como una lama asquerosa exclusivamente a los militares. Basta con ver la catástrofe mundial desatada en la Iglesia Católica Apostólica Romana, los Testigos de Jehová y otras sectas o apéndices religiosos, a propósito de los abusos sexuales, la pedofilia tolerada y amparada, el secretismo respecto a los crímenes que cometieron.

Transcurridos más de cinco siglos de las atrocidades durante la conquista de América resulta llevadero pedir perdón pero el mismo Papa que se debate contra la pedofilia y los latrocinios que corroen a su iglesia no puede dejar de arremeter contra la salud reproductiva y sexual de las mujeres. Está claro que si no lo hiciera tal vez terminaría envenenado, “infartado” o pasado a retiro en las profundidades del Vaticano, porque en esas esferas, como en las de la corrupta monarquía española y sus voceros (como el mequetrefe Pérez Reverte) no hay lugar para el arrepentimiento y si para declaraciones asombrosamente cínicas como las del uruguayo Cardenal Sturla quitándole entidad a los abusos cometidos en el seno de su iglesia.

¿Qué hay de común entre muchos de los generales y altos oficiales militares y muchos de los cardenales y obispos de todo el mundo? Pues el espíritu de cuerpo propio de las corporaciones forjadas para defender intereses y privilegios excluyentes que se manifiestan o se exponen a través de un valor encubridor y abstracto: el honor militar, la dignidad eclesiástica, la soberbia despiadada de las organizaciones patriarcales. En el mundo aparte de esas organizaciones, impera “la ley del gallinero” y una jerarquía rígida pero sobre todo determinados “valores” cuyo acatamiento debe ser inculcado desde la escuela militar, desde el seminario.

Puede ser una simple coincidencia que la Iglesia Católica le haya vendido las instalaciones del Seminario Arquidiocesano a la Escuela Militar, en 1969, pero desde el punto de vista ideológico hay una identificación cultural y psicológica histórica que se remonta a la Edad Media, por lo menos. No es coincidencia que ambas corporaciones tengan sus códigos aristocratizantes y exclusivos, que exista una justicia castrense y una justicia canónica, rebuscada y pulida durante siglos para terminar siendo distorsionada por sus propios responsables.

Ambas corporaciones han trenzado la cruz y la espada muchas veces y aún hoy se defienden y atacan de la misma manera. Cualquier observación, cualquier crítica, cualquier medida que roce sus privilegios o que perturbe la visión ideológica que han impuesto provocan la gritería: “es un ataque contra la fe cristiana”, “un atentado contra la fuerza moral de las fuerzas armadas”. Ellos, que son un dechado de virtudes cívicas, de sacrificio personal, de devoción nacionalista y patriótica, de dueños de la verdad y la justicia, están siendo escarnecidos, son víctimas de “tergiversaciones y canalladas”.

Es patético que algunos personajes, aparentemente ajenos a las fuerzas armadas y al sacerdocio, hablen hoy en día de que hay que comprender “la mentalidad militar” o la “mentalidad de los religiosos” porque es distinta, respetable e incomprensible para el común de las gentes. Generalmente esas versiones exculpatorias provienen de individuos que se han autoconvencido de que fueron o son “guerreros”, ya sea por su culto a las armas o por su fanatismo religioso.

Se sienten colegas comprensivos de los perpetradores de delitos comunes y crímenes brutales. Hicieron lo que hicieron “porque son distintos”, “dedicados en cuerpo y alma a su profesión”, ya sea la de las armas o la de los dogmas sobrenaturales, en ambos casos cargados de un valor icónico deslumbrante que debe trasmitirse y mantenerse por la formación o educación y por una disciplina incuestionable y ciega.

Después están los carroñeros políticos que saben que en la concepción matriz de esas organizaciones “distintas”, formadas por cruzados, por superhombres, se encuentran los peores enemigos de la democracia, de la libertad, de la justicia y de la paz. Lo saben pero alientan a esos enemigos pensando que podrán controlarlos fácilmente porque a su vez se sienten superiores y desprecian a las órdenes religiosas y a las castas militares que suelen utilizar para los trabajos sucios tanto como a las masas, al populacho, a los pichis, a los pobres, a los diferentes.

La historia lejana y reciente muestra los resultados de estas connivencias, estos amparos, estos respaldos y sus terribles consecuencias. Otros especímenes menores, demagogos desarmados como Larrañaga, Lacalle Pou o Sanguinetti, tratan de llevar agua para su molino buscando descalificar al Presidente de la República para salvar a algún compinche o para conseguir un puntito en alguna encuesta. Otros como el destituido Gral. Manini Ríos traslada su discurso de demagogo armado a su condición de político desarmado uniéndose por fin al cenáculo de nostálgicos de la dictadura, la tradición, la familia y la propiedad en el sentido feudal de los términos.

Toda esa constelación de intereses, esas manifestaciones de “honor exclusivo y excluyente”, hierve en el caldero de la impunidad. En ese caldero, como el que abrió el tonto Epimeteo (que no Pandora) está el origen de todas las violencias porque la secuela de la impunidad es el sustento, la justificación o la banalización de las distintas formas de violencia, del impulso que nos arroja, como sociedad pero también como parte de la misma, al camino oscuro y tortuoso de que las diferencias, las disputas o los enfrentamientos de cualquier tipo, desde los conyugales, los del tránsito, los de la propiedad, los deportivos o de la honra, solamente se resuelven mediante la violencia, destructiva y auto destructiva.

Uno de los aspectos más ominosos pero al mismo tiempo más reveladores de la impunidad es la forma en que esta ha permitido que los malhechores, los perpetradores de crímenes atroces “se vuelvan buenos”, se reincorporen a la sociedad o se amparen en un trato benévolo para pasar su ancianidad en su prisión domiciliaria, cobrando su pingüe jubilación, mimando a su nietos, o bien en una parroquia alejada y tranquila donde se podrá volver a abusar de alguien cuando les sobrevenga cualquier inquietud de sus impulsos perversos. Esa impunidad ha permitido, históricamente, no solamente que los perpetradores hayan pasado desapercibidos sino que delincuentes de distinto tipo se hayan transformado en personajes de referencia y es el caso del Dr. Hans Josef Maria Globke que más adelante veremos.

El honor de las corporaciones y el agua sucia – El concepto de honor militar, en el Uruguay, está fijado en el Reglamento de los Tribunales de Honor de las Fuerzas Armadas (Dto. Nº55 de 1985; Dto.Nº 280 del 2001; Dto, N164 del 2002 y Dto. Nº 125 del 2001) : “Artículo 1º. El honor es la cualidad moral que nos lleva al más severo cumplimiento de nuestros deberes respecto al prójimo y a nosotros mismos. Es la virtud militar por excelencia, es una religión, la religión del deber, que señala en forma imperativa el comportamiento que corresponde frente a cada circunstancia”. Por ende un dogma, una creencia abstracta e incuestionable, de una corporación anacrónica, aristocratizante, patriarcal y misógina, la del “perfecto caballero” que se explicita, por ejemplo, en el artículo 63º, de la a la z, con varias de las causales por las que se dará intervención a los Tribunales de Honor:
a) Demostrar temor en cualquier acción.
b) Incurrir en actos que impliquen deslealtad para otros camaradas de las Fuerzas Armadas.
c) Faltar a la palabra de honor; faltar a la verdad o dar informes inexactos, para favorecer o perjudicar a camaradas, considerándose como agravante, cuando fuere en detrimento de subalternos.
d) No exigir satisfacción cuando fuera ofendido por civiles de igual condición social, o no someter el caso a resolución del Superior correspondiente si lo fuera por un camarada.
e) Ofender a otro Oficial en forma que implique afrenta o menosprecio.
f) Contraer deudas en forma indebida, eludir su pago y hacer trampas.
g) Intervenir y aún asistir los Oficiales en actividad en cualquier actividad partidaria excepto el sufragio. Vestir uniforme los Oficiales en retiro, en reuniones políticas o haciendo propaganda partidaria.
h) Falta de integridad en el manejo de fondos u otros intereses en Unidad o Repartición, cualquiera fuera el origen de esos fondos.
i) Contraer obligaciones en forma desdorosa u observar conducta equívoca o que deje dudas sobre la corrección de procederes que corresponde a un Oficial.
j) Verter intrigas o versiones que pudieran perjudicar el buen nombre, reputación o prestigio de otro Oficial.
k) Encubrirse en el anónimo para hacer crítica a camaradas o a resoluciones o proyectos de sus Superiores.
l) Publicar o comentar en público disposiciones secretas o reservadas, o sobre asuntos que reservadamente conozca, entre los cuales se considerará todo lo relativo a las actuaciones de los Tribunales de Honor.
m) Hacer publicaciones con cualquier finalidad, que afecten la jerarquía o los cargos militares, siendo tanto más grave el hecho, cuando más elevado fuere el cargo afectado por la publicación.
n) Familiarizarse con la tropa o subordinados civiles en grado que afecte la autoridad o el prestigio del Oficial. ñ) Faltar al honor de las damas, no defenderlas (sic) o castigarlas, aún cuando haya sido insultado por ellas.
o) No socorrer a un camarada que se encuentra en peligro, pudiendo hacerlo.
p) Presentarse en público de uniformes, con mujeres conocidas como prostitutas o hacerlo de civil en lugares públicos habitualmente concurridos por personas honestas.
q) Presentarse uniformado, en salas públicas de juego, o en lugares donde pueda afectarse el prestigio del uniforme.
r) Hacer uso de estupefacientes o bebidas alcohólicas en forma habitual o en circunstancias que perjudiquen el buen nombre del cuadro de Oficiales. s) Presentarse en público vestido de civil o militar, en forma que no condiga con la corrección que requiere el prestigio de los Oficiales.
t) Ser expulsado de un centro social, por actos desdorosos, o por incumplimiento de las reglas impuestas por las costumbres a los caballeros.
u) No cumplir las obligaciones pecuniarias contraídas con dependencias o asociaciones militares, cuando el crédito hubiere sido acordado en virtud
de su calidad de militar.
v) No guardar. los oficiales en retiro, la consideración debida a los representantes de los Poderes Públicos, o los Miembros de las Fuerzas

Armadas ya sea por medio de la prensa u otra forma de publicidad o de viva voz, en reuniones públicas. w) Hacer propaganda, los Oficiales en retiro en forma que pudiera afectar la disciplina entre los militares en actividad, unidades o reparticiones militares. x) Prestarse a publicaciones gráficas, en posiciones o situaciones que afecten el prestigio de las Fuerzas Armadas. y) Cualquier otro acto contrario a la tradición u honor de las Fuerzas Armadas, al honor de un camarada o al honor de si mismo. z) Participar en reuniones, actos. organizaciones o cualquier actividad pública o privada, dirigidas por personas u organismos de reconocida tendencia antidemocrática o antinacional.

Hace exactamente cuarenta años, el Cnel. Luis Otero Fernández , ex Comandante de Ingenieros del Ejército Español y fundador de la Unión Militar Democrática sostenía que, en realidad, “el honor no es una cualidad moral concreta, sino más bien algo exterior, algo que sólo existe si públicamente se le reconoce, algo en forma de palabras, o de signos, o de costumbres, algo, en suma, hecho sólo de apariencias y convencional. Y, sin embargo, ¡cuánta gente ha dado la vida o se la ha quitado a otros en nombre del honor personal, o familiar, o social! También me parece innegable que es un concepto que siempre ha tenido características claramente clasistas, sin duda por su primitiva posesión exclusiva a favor de la nobleza feudal, lo que motivó el deseo de la burguesía de acceder al disfrute de tan etéreo bien, para, a su vez, diferenciarse de clases inferiores, villanos, siervos o proletarios”. Una religión en suma que se caracteriza por sus muchas herejías.

Agregaríamos que puede impactar pero no sorprender que seis o siete generales que fueron testigos de las declaraciones de un verdugo conocido, reo de crímenes de lesa humanidad, hayan considerado que esas conductas no ponían en riesgo los prístinos valores del honor militar y sobre todo que el Gral. Manini Ríos utilice el mismo tropo exculpatorio que el Cardenal Sturla empleó para banalizar los abusos sexuales cometidos por sacerdotes en el Uruguay: los delitos son de vieja data, eran conocidos, habían sido juzgados hace mucho tiempo. Si eso no es banalización y encubrimiento ha de ser porque se trata de naturalización del mal y encubrimiento.

Dentro de la corporación militar pareciera que torturar, violar y matar a prisioneros indefensos, mentir y robar, traicionar juramentos, no afecta el honor del ejército. Parece que por haber mentido y mandado a la cárcel a un coronel que aparentemente era inocente de los crímenes que cometió se le haya prohibido a Gavazzo, por toda sanción, el uso del uniforme y el apartamiento de la institución. No solamente se trata de una actitud vergonzosa, de profundo desprecio por la nación y su pueblo, sino de una típica reacción corporativa porque no debe olvidarse que, por lo general, los militares sancionados, condenados y presos por delitos de lesa humanidad han seguido percibiendo sus jubilaciones de privilegio.

El escritor británico John Le Carré (pseudónimo de David Cornwell), es prolífico autor de novelas de espionaje y policiales (entre otras “El espía que surgió del frío”, “El topo”, “El honorable colegial” y 23 más; además de 4 o 5 volúmenes de ensayos, varios guiones cinematográficos y títulos de relatos cortos). Su obra ha sido traducida a decenas de idiomas y frecuentemente llevada al cine. Su fama ha alcanzado la de su compatriota y célebre predecesor Ian Fleming (1908-1964) y le ha superado por su capacidad para desarrollar una ficción emocionante no solamente en los ambientes de la Guerra Fría sino hasta la actualidad. Pero donde Le Carré se ha superado en calidad de escritura, penetración e ironía iconoclasta ha sido en su recopilación de artículos autobiográficos titulada en español “Volar en círculos” (2016) que publicó al cumplir 85 años.

Cornwell trabajó para el MI5 y el MI6. Estuvo destacado, como espía, bajo la cobertura de un cargo diplomático en la embajada británica en Bonn, la capital de la República Federal Alemana, desde 1961. Hablaba fluidamente el alemán porque se había educado en Suiza, tenía una gran curiosidad propia de su oficio como espía y fundamento de su ficción. Trataba de desentrañar, quince años después del colapso del Tercer Reich, como se había producido la transformación de la Alemania nazi en aquel nuevo Estado creado a partir de la fusión de las zonas de ocupación británica, estadounidense y francesa, en 1949, como piedra angular de la Guerra Fría en Europa.

Pronto el joven espía se dio cuenta que la clave de esa repentina transformación de la República Federal (opuesta a la República Democrática Alemana) se apoyaba en una frase que se atribuía al “Viejo” – como llamaban al primer Canciller de la RFA, el demócrata cristiano, conservador y antifascista, Konrad Adenauer (1876-1967) – “hasta que no haya agua limpia no se puede tirar la sucia” (Man schüttet kein schmutziges Wasser weg, solange man kein sauberes hat ).

El agua sucia eran las decenas de miles de jerarcas y funcionarios nazis que se concentraron en la RFA en 1949. Se volvieron demócratas instantáneos y ocuparon los lugares fundamentales en la judicatura, la policía, las fuerzas armadas, las universidades, las empresas y los gobiernos locales y nacionales. La República Federal flotaba en esa agua sucia y las víctimas del nazismo pronto vieron operar al viejo político (que había sido alcalde de Hamburgo antes de 1939) para desactivar los procesos de desnazificación y echar las bases del llamado “milagro alemán” que desde luego no fue milagro ni fue alemán.

Le Carré dice que Adenauer se refería, especialmente, a su eminencia gris en materia de seguridad nacional y en política nacional e internacional, el Dr. Hans Josef Maria Globke (1898-1973), abogado y político demócrata cristiano (CDU), principal consejero de Adenauer y su todopoderoso jefe de gabinete durante diez años, entre 1953 y 1963. Efectivamente Globke era de los seres más sucios y ominosos que pasó sin problema alguno de ser un alto jerarca en el Tercer Reich a la cúspide gubernamental en la República Federal.

Por Lic. Fernando Britos V.

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