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Con Pedro en el corazón

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Por Adela Vaz

Son las tres de la tarde y el sol atempera apenas el frío de esa tarde de fines de junio. Tres y cinco y diez… No tiene sentido seguir esperando. Jamás ha llegado tarde a ningún encuentro.

Pedro por Alberto Lastreto

Quizás una llamada telefónica aclare la situación. El teléfono nunca sonó.

Dos días después a la misma hora, un poco antes o un poco después, no más porque hay que evitar la noche, llega el enlace.

Las palabras se precipitan: “están cayendo compañeros”, Imposible saber todavía la dimensión del golpe. Caminamos sin parar, sin rumbo, cambiamos de acera, cruzamos calles, doblamos esquinas, miramos siempre hacia atrás, hacia los costados. Hay que dejar las casas, espaciar los contactos. ¿Nos tienen? ¿Nos detendrán ahora? ¿Al separarnos?

Las normas de seguridad obligan a saltar una vez más. Pero la casa no cayó. Muchos compañeros no cayeron. Tampoco yo.

Quien sí había caído era Pedro. Pedro Giúdice.
Ni la tortura en La Tablada, ni el aislamiento en el VI de Caballería, ni los siete años en el Penal de Libertad, ni la noticia de la caída de Antonia y los largos meses desaparecida lograron quebrar su entereza, ni agriar su ternura de padre en cada visita con Pedrín, ni apagar el amor que impregnaba las carta que recibía Antonia en la cárcel.

La lucha antidictatorial le trajo la libertad anticipada en el 84 y la recuperación democrática estuvo sembrada de proyectos colectivos e individuales y a todos se entregó con la misma pasión. Militó primero en la Juventud, luego en el Partido, construyó su casa, trabajó en su taller y con Antonia concibieron el mejor y más bello fruto: Lucía.

Hace un año un tumor silencioso lo desafió a una inesperada y desigual batalla. No la rehuyó. “Vos sabés que cuando no pudieron sacarme el tumor perdí diez a cero”, me dijo con espeluznante lucidez una insultante mañana soleada de noviembre , rodeados de flores en el jardín de su casa.

Sabiéndose “ya en los descuentos”, en las horas previas a su última internación, apeló a las energías que aún le quedaban y encontró, como tantas veces, las palabras y el tono exactos para decir lo que tanos pensábamos y sentíamos.

El jueves 28 con el sol que lo iluminaba y Antonia a su lado cesó la batalla. Quedamos desolados pero no quebrados. Estamos tristes pero no desesperanzados. Estos son días de colorear las calles con nuestras banderas, de poblarlas de voces que canten la libertad, la justicia, la memoria, un mañana promisorio. Y no nos faltarán tus piernas en la marcha, tu voz en la consigna, tus manos en la bandera, tus ojos en la contemplación del mañana.

Nos quedamos con tus amores, tus sueños, tus libros y sobre todo con tu ejemplo inmenso. Desde siempre y para siempre.

Por Adela Vaz

 

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