La ONDA digital en Instagram la Onda digital esta en Facebook Analisis Politico
Volver al Inicio de la ONDA digital

Investigación sobre parejas del mismo sexo en Uruguay

Share Button

El último número de Documentos de Trabajo del Programa de Población de la Facultad de Ciencias Sociales (FCS) está dedicado al trabajo «Demografía de las parejas del mismo sexo en Uruguay», de Mathias Nathan e Ignacio Pardo. La investigación se propone «identificar a las parejas del mismo sexo en hogares particulares de Uruguay con la información de la Encuesta Continua de Hogares y el Censo de Población 2011, a la luz de los cambios introducidos por el Instituto Nacional de Estadística (INE) en la indagatoria sobre el estado conyugal de la población. (FCS)

El cambio familiar de las últimas décadas ha resultado revolucionario por la velocidad y profundidad de las transformaciones generadas en la gran mayoría de los países. Estas transformaciones suelen agruparse bajo el término de Segunda Transición Demográfica (Lesthaeghe y van de Kaa, 1986) e incluyen, entre otras, el aumento de los divorcios y las segundas y terceras uniones conyugales, el incremento de la cohabitación como forma de unión, la consolidación de una diversidad de tipos de familias, el aplazamiento de la edad a la primera unión y al primer hijo, y el descenso de la fecundidad por debajo del reemplazo. Si bien no todas estas transformaciones tienen lugar en cada país, ni se desarrollan al mismo ritmo, casi no existen poblaciones ajenas al proceso. En ese marco, los avances en la investigación en torno a las parejas del mismo sexo muestran cuán imbricados están los cambios en los arreglos de convivencia y las relaciones de intimidad con la creciente visibilidad de las orientaciones sexuales no mayoritarias. La investigación académica es además crecientemente relevante para la visibilidad pública de estos temas (Joyner et al, 2017), motivada inicial y fundamentalmente por la militancia en torno a la agenda de la diversidad sexual.

Los cambios normativos (típicamente, la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo), ha facilitado adicionalmente la investigación sobre el tema, desde que Dinamarca fuera pionero en el reconocimiento legal de estas parejas en 1989, hasta las modificaciones más recientes, que se suceden año a año a una velocidad creciente. Sin embargo, el impulso hacia un mayor estudio de las parejas del mismo sexo aún se choca con cierta “invisibilidad social y administrativa” (Cortina y Cabré, 2010), que la discusión acerca de las opciones metodológicas para su medición pretende socavar. En ese contexto, la mirada demográfica tiene especial relevancia, en tanto permite avanzar, al menos en términos de la “visibilidad estadística” de una población social y jurídicamente marginada, mediante su cuantificación y caracterización desde distintas fuentes de datos.

En América Latina, la investigación demográfica sobre el tema, aún escasa, se ha concentrado recientemente en los casos de Brasil, México y Uruguay, donde se midió el fenómeno con una referencia explícita en los censos de la ronda 2010 (Cabella et al., 2015; Esteve y Turu, 2014; Fortes de Lena, 2016; Goldani y Esteve, 2013; Goldani et al., 2013).

El presente trabajo tiene por objetivo identificar a las parejas del mismo sexo en hogares particulares de Uruguay con la información de la Encuesta Continua de Hogares y el Censo de Población 2011, a la luz de los cambios introducidos por el Instituto Nacional de Estadística en la indagatoria sobre el estado conyugal de la población. Luego de discutir aspectos relativos a la agenda de investigación sobre el tema y problematizar las opciones de medición disponibles en encuestas y censos, se identifica la cantidad de personas conviviendo con una pareja del mismo sexo, se describen las principales características sociodemográficas de esta población y se compara su perfil con el de las parejas heterosexuales.

La agenda de investigación sobre parejas del mismo sexo Además de desafiante en su metodología, la investigación sobre las parejas del mismo sexo es heterogénea en su agenda. Abarca preguntas de investigación acerca del bienestar personal y familiar, la duración de las parejas, los patrones de formación y disolución de los vínculos (y el desarrollo infantil en el caso de las parejas con hijos), la discriminación y homofobia, los patrones de consumo y la distribución de tareas en el hogar, entre otros. Sin embargo, el punto de arranque habitual es simple: medir qué proporción representan dentro del total de uniones. Se trata de una proporción típicamente minoritaria, por cierto, pero su magnitud varía fuertemente, en relación al propio fenómeno, pero también a las fuentes de datos y a los errores de medición de cada investigación, como veremos más adelante.

Por ejemplo, en Noruega y Australia constituyen el 7 por mil de las uniones, en Suecia el 5 por mil, en Brasil el 1,8, en Argentina el 3,3 y en Chile el 2,7 (Andersson et al., 2006; Festy y Digoix, 2004; Goldani et al., 2013). En Estados Unidos, los problemas de 7 medición han generado debates metodológicos específicos que merecen una consideración aparte. Uno de los temas de investigación que ha comenzado a estudiarse con más ahínco es el de la duración de las parejas, clásico en la investigación sobre parejas de sexo opuesto (suele estudiarse, por ejemplo, si existen diferencias en la duración de las uniones consensuales respecto de los matrimonios). Observar la estabilidad de las parejas del mismo sexo, de las que se suele esperar una menor duración que las de sexo opuesto, es difícil: sólo pudo lograrse una vez que las relaciones asimilables a los matrimonios (aunque no lo fueran estrictamente desde el punto de vista legal) pudieron registrarse adecuadamente. Todo esto vuelve la mirada hacia los desafíos metodológicos que trataremos más adelante. Yendo al punto: no son pocas las investigaciones que muestran mayores tasas de disolución para las parejas del mismo sexo (Manning et al., 2014; Lau, 2012), acaso en línea con la hipótesis de “estrés de las minorías” (Frost y Gola, 2015), aunque reste por observarse en mayor detalle qué recompensas y barreras operan en cada caso.

Las investigaciones con datos longitudinales, muestras amplias y preguntas detalladas permiten probar empíricamente las hipótesis más habituales sobre factores de estabilidad de las parejas: institucionalización incompleta, “estrés de las minorías”, menor homogamia (que haría menos estable a las parejas del mismo sexo) y mayores recursos económicos (que las haría más estables). Lamentablemente, su mayor costo las hace poco frecuentes. En Manning et al. (2016), los resultados mostraron un peso similar de los factores de estabilidad entre parejas del mismo sexo y del sexo opuesto en Estados Unidos, en línea con otras investigaciones (Manning et al., 2014; Moore y Stambolis-Ruhstorfer, 2013; Andersson et al., 2006; Kalmijm et al., 2007), aunque los factores de contexto tuvieron un rol importante, por ejemplo, en la diferencia de normativa legal en los distintos estados. Lau (2012) para Estados Unidos, en línea con Kalmijn et al. (2007) para Holanda, y a diferencia de Andersson et al. (2006) para Noruega y Suecia, encuentra una mayor tendencia a la disolución en parejas de hombres que en parejas de mujeres. La explicación 8 podría estar en quiénes se casan en cada país: ¿en algún país puede que lo hagan los más comprometidos de los hombres y un abanico más amplio de mujeres, por ejemplo? En cualquier caso, las diferencias entre riesgo de disolución en parejas de hombres y parejas de mujeres invita a pensar en la calidad de las relaciones, pero también en su motivación inicial e incluso en distintos niveles de exigencia frente a la calidad de las relaciones (Andersson et al., 2006).

El tipo de unión también importa. Para el caso de los Estados Unidos, Lau (2012) midió el riesgo de disolución de las parejas del mismo sexo en unión consensual comparándolo con el de los matrimonios de sexo opuesto: el riesgo es 5 (mujeres) a 7 veces (hombres) mayor, pero entre uniones consensuales, las parejas del mismo sexo doblan el riesgo de las de sexo opuesto. También para Estados Unidos, Rosenfeld (2014) observó cómo se diluían las diferencias entre parejas del mismo y sexo opuesto, controlando por el tipo de unión. Investigar por qué el riesgo de disolución es tan disímil trae consigo dificultades adicionales. Entre las hipótesis al uso, se asume que las personas del mismo sexo podrían percibir menos barreras, pero también menos recompensas y más alternativas a la corresidencia conyugal. Si las personas que entran en pareja con alguien de su sexo tienen mayor propensión al cambio (en este caso, a la disolución conyugal), la mayor tasa se debe a un tema de selectividad, por así decir; también opera en este punto la mejor frecuencia de hijos y quizá factores institucionales.

Otro tema habitual es la homogamia de las parejas del mismo sexo, a partir de la hipótesis, generalmente comprobada, de que es menor a la de las parejas de sexo opuesto. De hecho, las parejas del mismo sexo tienen menor homogamia de edad, educación y nacionalidad en Suecia y Noruega (Andersson et al., 2006), de edad en Francia (Festy et al., 2004), de edad y educación en Uruguay y Brasil (Goldani et al., 2013) y edad, educación y residencia urbana en España (Cortina, 2016; Cortina & Cabré, 2010), por citar algunos casos, lo que llama a pensar en los determinantes del fenómeno, como las constricciones del llamado “mercado matrimonial” para los homosexuales. Afinando la mirada, Fortes de 9 Lena (2016) detectó una menor homogamia educativa en mujeres que en hombres, así como mayor homogamia por edad, con datos de Brasil.

Finalmente, aunque no es posible abarcar exhaustivamente la multitud de estudios sobre el tema, vale la pena mencionar algunos puntos menos transitados de la agenda de investigación. Por ejemplo, la segregación territorial de las parejas del mismo sexo, que parece haber descendido en los Estados Unidos (Spring, 2013), pero ser aún fuerte en Brasil y Uruguay, al menos entre ciudades (Goldani et al., 2013); la forma en que el habitual formato de pareja homosexual sin hijos puede condicionar el bienestar en la vejez (Zamora et al, 2013); la incidencia de la exposición a parejas del mismo sexo en los patrones de votación acerca de asuntos en los que la homofobia podría jugar un rol, como la propia legislación acerca del matrimonio igualitario (McVeigh y Diaz, 2009); o la presencia de niños sin parentesco con los adultos en los hogares con parejas del mismo sexo (Krivickas & Lofquist, 2011). Mención aparte merecen las investigaciones recientes que han enfocado el tema de la igualdad en la relación de pareja. El tema tiene especial interés en cuanto las del mismo sexo podrían desvincularse en mayor medida de los roles de género y la ausencia de hijos ayudaría a distribuir más igualitariamente las tareas domésticas, tal como se vio en contextos europeos (Cortina, 2016) y en ciudades mexicanas y colombianas (Gallego Montes y Vasco Alzate, 2017). 3. La medición del fenómeno 3.1. Los problemas de identificación de las parejas del mismo sexo La investigación sobre parejas del mismo sexo no puede evitar discutir sus problemas y variantes metodológicas, desde la estructura de los datos, que puede ser individual, diádica o agregada, hasta el diseño muestral, que también presenta más variantes que en otros temas.

Por ejemplo, en ocasiones es no probabilístico (“bola de nieve” o voluntario por Internet, por ejemplo), lo que genera sesgos de sobrerrepresentación de aquellos que son abiertamente homosexuales, habitualmente de estratos socioeconómicos favorecidos (Umberson et al., 2015; Andersson et 10 al., 2006). En investigaciones poblacionales amplias el tamaño muestral es un problema en sí mismo, ya que las escasas parejas del mismo sexo muestreadas difícilmente permitan reclutar diversidad de estratos, territorios o ascendencias étnicoraciales (Umberson et al., 2015), lo que deja abiertas otras alternativas más costosas, como el sobremuestreo de esa población (Lengerer, 2017). Además, los estudios están atravesados por la sensibilidad del tema, dada la homofobia existente en menor o mayor medida en todas las sociedades y que puede generar mayores reticencias vinculadas a los procedimientos de confidencialidad. Por cierto, en estudios de caso e investigaciones con muestras pequeñas, la estrategia de recurrir a organizaciones sociales o vínculos locales puede atemperar este problema, así como la participación online y todas las estrategias habituales vinculadas a temas de alta sensibilidad.

En cualquier caso, las dificultades más discutidas son las asociadas al registro de parejas de mismo sexo en censos o encuestas, dada la frecuente ausencia de preguntas sobre orientación sexual o sexo de la pareja. Esta ausencia deja librados a los investigadores a identificar parejas del mismo sexo a partir del cruce de información de sexo del jefe de hogar, sexo de los otros miembros, y relación del jefe con los otros miembros, lo que deriva en malas estimaciones (Umberson et al., 2015). Y la situación se torna más complicada cuando además de la unión conyugal, hay que distinguir su estatus legal (cohabitación / matrimonio). Por otra parte, hay que recordar que individuos corresidentes del mismo sexo no equivalen a pareja del mismo sexo (Andersson et al., 2006), dado que muchos de los errores de estimación derivan de decisiones de este tipo. En Cortina (2017) se destacan algunos de los países que formulan una pregunta directa o explícita sobre el tipo de unión (censos de Croacia 2011, Alemania 2011, Hungría 2011, República Checa 2011, Chile 2012, Uruguay 2010) o sobre el sexo del cónyuge (Canadá 2011, Brasil 2010, Irlanda 2011, Reino Unido 2011). Esta solución no anula el riesgo de subrepresentación ni inhibe la existencia de dificultades intrínsecas al tema: “salir del closet” en el censo depende del proceso más general según el cual las personas 11 se presentan como homosexuales a su entorno, por lo que autoidentificarse como miembros de una pareja del mismo sexo en un contexto heteronormativo siempre tendrá dificultades que redunden en subregistro (Goldani et al., 2013)

Por citar dos ejemplos del problema en términos empíricos: a) hay evidencia en favor de la idea de que muchas parejas francesas del mismo sexo han sido registradas como “amigos” (Festy, 2007) y b) la oficina estadística de Alemania presenta cada año dos cifras distintas sobre parejas del mismo sexo: una basada en el reporte de los respondentes y una segunda basada en una estimación, cuya magnitud suele ser tanto más grande que triplica a la primera (Lengerer, 2017). En definitica, si asumimos que las respuestas de encuesta pasan por cuatro fases, pues 1) se comprende la pregunta, 2) se indaga en la memoria, 3) se prepara y 4) se reporta (Tourangeau et al., 2000), la primera y la última fase pueden ser problemáticas en el caso de preguntas sobre corresidencia con una pareja del mismo sexo; en primer lugar porque el significado de pareja y corresidencia podría no ser unívoco, y en el último caso, porque motivos relacionados con la deseabilidad social y el estigma podrían incentivar la no respuesta o la respuesta falsa (Lengerer, 2017).

Por cierto, esto varía según características de los respondentes, el diseño de la pregunta y el modo de aplicación de la encuesta; de hecho, el mayor uso de la Internet para evitar la interacción cara a cara ha sido de utilidad en este tema, como sugeríamos más arriba. En América Latina, Esteve & Turu (2014) se preguntan por qué México tendrá 9,6 por mil parejas del mismo sexo, una cifra sospechosamente alta: “¿paraíso homosexual o problemas de registro?”. Sucede que el registro del fenómeno por parte del censo mexicano 2010 se basó en la imputación de una pareja a la persona de referencia cuando ambos eran del mismo sexo, sin incluir una pregunta directa. Por tanto, una relación de padre e hijo con mala declaración de la relación que los une, puede engrosar erróneamente las parejas del mismo sexo, así como una pareja heterosexual con mal registro del sexo de uno de sus integrantes. El perfil sociodemográfico de las parejas del mismo 12 sexo, disímil al que se ha observado en otros países, permitió alimentar la sospecha de sobreregistro, finalmente confirmada. 3.2. La experiencia de los relevamientos oficiales y los errores de estimación en censos y encuestas de Estados Unidos Los relevamientos estadísticos oficiales son la principal fuente de datos sobre las parejas del mismo sexo.

Si bien los registros administrativos podrían ser otra fuente de datos importante, recurrir solamente a las uniones registradas trae consigo un sesgo importante, no sólo porque se subestimaría considerablemente la magnitud del fenómeno, sino porque se introducirían otros sesgos dados por la no aleatoriedad de la decisión de registrarse. Por citar un ejemplo, en Noruega y Suecia hay más parejas registradas de hombres que de mujeres; se asume que esto podría deberse a una mayor motivación al registro de unos que de otras (Andersson et al., 2006). Por tanto, censos y encuestas oficiales son el principal terreno de debate en torno a la medición de las parejas del mismo sexo y los posibles errores surgidos del proceso. El país en el que más se han discutido los temas asociados a la medición de las parejas del mismo sexo es Estados Unidos.

En gran medida, por los errores de medición y las alternativas ensayadas en la American Community Survey (ACS), la American Housing Survey (AHS), y sobre todo, en los censos de población de 2000 y 2010. El principal punto de polémica estuvo dado por la sobrerrepresentación de las parejas del mismo sexo en alguna edición de las encuestas permanentes, como la ACS 2008 (Gates y Steinberger, 2009), pero sobre todo en los operativos censales. Concretamente, en el censo del 2000, el 40% de las parejas del mismo sexo fueron errores: se trataba de parejas del sexo opuesto mal registradas. En el del 2010 la proporción bajó pero se mantuvo alta (28%) (Di Bennardo & Gates, 2014; O’Connell y Feliz, 2011). El contraste fue especialmente notorio en ese relevamiento, dado que la cifra registrada por el censo (unas 902.000 parejas) estuvo muy lejos de la estimada por la ACS de ese año (unas 593.000 mil). Para corregir la sobrestimación del censo 2010, varias investigaciones analizaron la información censal, usando los nombres de pila como indicación del sexo del respondente y 13 reclasificando las parejas como del mismo u opuesto sexo, así como incorporando estudios cualitativos (O’Connell & Feliz, 2011; De Maio et al., 2013). Otras aproximaciones intentaron subsanar problemas de subregistro con otras estrategias; por ejemplo, imputando el dato a partir de otras variables de estructura del hogar.

Además, la oficina de censos de EEUU recurrió a estudios cualitativos que permitieran mejorar futuros relevamientos con cuestionarios estandarizados, a partir de una comprensión más acabada de cómo conceptualizan su vida romántica y residencial las parejas del mismo sexo (Bates y De maio, 2013). Así, aunque resulte contraintuitivo, la principal fuente de error del registro basado en sexo del respondente y tipo de relación no fue el tipo de relación sino la declaración de sexo de las personas. Con la corrección, “preferida” por el Census Bureau, las parejas del mismo sexo bajaron de 901.997 a 646.464 y las parejas del mismo sexo casadas de 349.377 a 131.729. Sucede que las parejas de sexo opuesto son tantas, que una pequeña proporción de errores en esa población genera un impacto enorme en otra más pequeña, como las parejas del mismo sexo (Lofquist & Lewis, 2014; O’Connell & Feliz, 2011; Lewis et al., 2015). En la AHS de 2013, sin embargo, las inconsistencias se debieron más a errores en el ítem de tipo de relación que en la declaración del sexo de los encuestados, generando mal reporte sobre todo de los matrimonios del mismo sexo.

Quienes reportaron mal esta información fueron en mayor medida las personas mayores y los hogares numerosos (recordemos que se pregunta por todos los miembros del hogar, aumentando la exposición a errores) (Lewis et al., 2015). El tipo de relación admitía “esposo o esposa” de la persona de referencia o “compañero no casado”, y en ambos casos podía darse entre personas del mismo sexo (una regla de edición, que en 1990 corregía esto “impidiendo” parejas del mismo sexo, fue revocada en los ‘90). Pero las categorías de tipo de relación eran 15 en la ACS y 14 en el censo, siendo esposo / esposa la primera y “compañero/a no casado/a” la penúltima o antepenúltima, por lo que es posible que muchos se apresuraran a contestar la primera opción, víctimas del conocido “efecto de primacía” que sesga las respuestas de preguntas de encuesta hacia las primeras categorías. 14 Otra razón que sobrestimó la cantidad de parejas del mismo sexo en los relevamientos estadounidenses fue la percepción de los homosexuales de que algún tipo de relación estable era un “matrimonio”, dado que habían adoptado el término “esposa” o “esposo” para referirse al otro miembro de la pareja.

También porque en algún caso habían pasado por ceremonias informales similares a las bodas (De Maio et al., 2013). Así, queda a la vista la importancia de la autopercepción para el registro de situaciones conyugales que a primera vista podrían parecer de interpretación más unívoca. También sabemos que las parejas del mismo sexo con niños tendieron a reportarse en mayor medida como “casados” que los que no los tienen (Lofquist, 2012). Tan es así que en el censo 2000 el 43% de las parejas del mismo sexo se reportaron como matrimonios y no podían serlo ya que aún no existía la posibilidad legal. Esas 253.377 parejas contenían personas del mismo sexo en uniones civiles (que ya existían en Vermont y California), unidas por ceremonias religiosas o autodefinidas como matrimonios, así como parejas heterosexuales con el sexo de uno de sus miembros mal registrado.

Parte de estas dificultades permanecen, dada la velocidad de los cambios normativos y la tendencia a autoidentificarse informalmente como esposos de las parejas del mismo sexo. Sin ir más lejos, Lofquist y Lewis (2015) mostraron que en la AHS 2013, donde hubo una pregunta específica sobre tipo de relación y sexo a la vez, siguió existiendo sobrerepresentación de parejas del mismo sexo, a causa de errores de registro de parejas que eran del sexo opuesto. Atendiendo todos estos problemas, en la ACS 2013 hubo cambios en reglas de edición, abandonando el criterio de sustituir los matrimonios del mismo sexo por “compañeros no casados”. La pregunta en el censo de EEUU en la ronda 2020 incluirá una pregunta específica, que ya está incorporada a la AHS desde 2015 (Lofquist y Lewis, 2015).

Por  Mathias Nathan / Ignacio Pardo

Continué leyendo el documento completo aquí

 

La ONDA digital Nº 896 (Síganos en Twitter y facebook)

 

Print Friendly, PDF & Email

...





LA ONDA Digital Revista Semanal Gratuita    |    De los editores: Las notas que llevan firma reflejan la opinion de sus autores    |    © Copyright Revista LA ONDA digital