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EXTRAÑEZA POETICA

A modo de introducción, lo primero es ubicar al autor, oriundo de Paso de los Toros, en el departamento de Tacuarembó, nacido en 1956. Es un poeta, además de gestor cultural y periodista, que ha publicado, hasta ahora, ocho libros, el primero de ellos llamado Murallas (Libros de Granaldea) en 1980, en plena dictadura, “escrito en el tiempo preciso de las mortajas pardas” (se puede conseguir en autores.uy, de forma gratuita).

Quien se asome a ese primer poemario podrá ver que hay allí dos temas, principalmente, que son una obsesión poética en Pereira Severo: la derrota con su secuela de muerte, y el amor visto como un hecho del pasado al que siempre se vuelve.

Luis Pereira Severo formó parte del grupo de acción poética Fabla, integrado por una pléyade de enormes poetas como (nada menos) Víctor Cunha, Elder Silva, Atilio Duncan Pérez (Macunaíma), Edgar Sención, Rafael Courtoisie, Aldo Mazzuchelli y Eduardo Darnauchans.

En el prólogo de este poemario, publicado en 2015, y que obtuviera el Premio Nacional de Literatura en 2017, otorgado por el Ministerio de Educación y Cultura (en categoría de poesía édita), escrito por el también (excelente) poeta Alfredo Fressia, dice: “cada cuatro o cinco años, vuelve a recomponer el mundo ínfimo e inmenso de nuestra generación. Y revisa nuestra historia. Periférica, heroica, pobre, inagotable”. Porque es indudable que hay algo de ello, las circunstancias históricas hicieron de esa generación, nacida en los años 50, una generación que continuamente busca explicaciones para saber qué fue lo que le sucedió. Fue tan grande el golpe que resquebrajó todos los soportes y transformó, maquiavélicamente, los sueños en atroces pesadillas. “Porque la patria del poeta —agrega Fressia— no acepta otras fronteras que la distancia, la hermandad, la naturaleza”, que son “…sitios abandonados por los poderes de este mundo y recuperados por la poesía”.

Y aquí vemos una función esencial de la poesía en Pereira Severo: recuperar el mundo mediante la poesía, recuperar el equilibrio, la cordura. Y, sobre todo, encontrar el amor, no como un fin en sí mismo, sino como un medio para continuar en la lucha contra todo tipo de injusticia. Porque sin amor no puede (re)construirse el mundo.

I (Compartiendo musas)

Pero antes de ir a su poesía (y pido perdón al autor y al lector) quisiera hacer unas consideraciones sobre el título de este poemario. No sobre si me parece bueno o malo (aunque, por cierto, me parece muy sugestivo), sino por la condición de extranjería de esa supuesta novia (la poesía misma que, como todo noviazgo, tiene sus días buenos y sus días malos). Ser extranjero significa ser extraño (la etimología así lo indica, incluso como profesión), distinto, otro.

Pero además, y como una consecuencia lógica de lo anterior, un extraño ve las cosas de otra manera y, por extensión, recibe las cosas también de diferente forma. Es evidente, entonces, que a una novia extranjera hay que explicarle, con lujo de detalles, de modo puntilloso, lo que sucede aquí (en el territorio demarcado por los poemas), el porqué y el para qué de las cosas y eventos (hechos) de este particular rincón del mundo.

Y esa explicación, hecha a esa novia, nos sirve a nosotros, también, para entender ese nuevo ordenamiento de la realidad.

Una última consideración, en atención al autor (que me ha enviado su libro y otros más de la editorial Civiles iletrados, a su costo y a su leal entender). Si bien soy poeta y escritor, y hago reseñas y ensayos literarios, no suelo comentar libros de poesía, ni hacer crítica, ya que se requiere de ciertos estudios teóricos que no tengo. Por lo tanto, pido que estas anotaciones no sean tomadas como categóricas ni catedráticas, pero tampoco con indulgencia. Lo único que habrá son pensamientos esbozados, sugerencias, análisis libres, asociaciones de ideas. Pero todo ello, sí, desde la honestidad. La honestidad poética.

De más está decir que el propio poeta nos lo avienta de forma provocativa: “torturemos doncellas, poeta/ confundamos a nuestros biógrafos./ compartamos musa, poeta./ provoquemos a Ciancio, Brando, Rosario,/ Larre Borges”; estos últimos sí críticos literarios de reconocida trayectoria.

II (Un antiguo bolchevique)

El poemario se divide en tres partes: Colección de fotografías del último otoño, Poemas para mi novia extranjera, y Canción de cuna bolchevique. De estos tres, la última parte me llegó más. Intentaré explicarme. En Pereira Severo, al menos en este libro, hay dos temas recurrentes: la mujer, y en ello el amor a la mujer tanto como objeto del deseo como sujeto, personal, del mismo, y la conciencia política —desde su toma de partido y la lucha contra las injusticias, expresadas en ese (re)volver al periodo dictatorial como símbolo de todo el terror (y su expresión definitiva: la muerte)—. No es casualidad que diga, en el primer poema de esta sección: “Fui el enamorado de  una chica de Villa Guadalupe/ Pertenecí al partido pro soviético./ Habría sido oficial de la Checa” (pero, y aquí lo fundamental, como resumen final, a modo de síntesis, como en haikus):

“Por esa mujer/ un antiguo bolchevique…”

haría cualquier cosa, hasta dejar su bolchevismo (si fuera eso posible). O, como dice en el mismo poema: “…se habría inclinado por el esoterismo/ o prácticas de hechichería” (pág. 66). Todo con tal de estar en y con esa mujer.

Es que es claro: luchar contra la injusticia sin amor es dar palos de ciego, y amar sin compromiso es raleado fuego. Y el poeta anda en esos dos pies, es más, a veces da tropezones, a uno u otro lado, como si estuviera borracho y criticara a todo. Es que no se puede andar por el mundo sin ver la realidad, porque sin ella no habría sueños.

Quiero decir: si la vida fuera como son los sueños, alucinados, fantásticos, hechiceros, nuestros sueños de ese entonces ¿serían estructurados como la realidad?

Entonces, ¿qué es la realidad? Probemos tentativas: “Probé brujerías contigo. Probé con órdenes del comité central/ con poemas de Szymborska o/ tonadas de principio de siglo./ Probé con leyendas urbanas” (pág. 69), y la alusión a la poeta polaca no es gratuita, ya que aquella podría decirse que es la cronista de primaveras frustradas y sueños caídos. Como, de algún modo, intenta hacer él. Y la realidad (pretendida), ya lo sabemos, se cayó (y se calló).

O quizá la realidad deba “ser un chico de la calle/ lecturas de segunda mano/ adquiridas en la calle Paysandú/ encuentros con Eduardo/ en la calle Mercedes/ nombres rioplatenses para denominar las/ cosas” (pág. 74), porque para que la realidad sea se necesita un territorio, y el Río de la Plata, y sus márgenes, parece serlo. Todo vuelve al origen.

Pero también la realidad es lo que dicen, lo que cuentan, otros, o lo que los otros hubieran querido ser: “Darnachauns quería ser como Mazurkiewicz/ Dice Atilio que/ Darnauchans quería ser como Mazurkiewicz.// Mazurkiewicz/ Sendic/ El Viejo Batlle / Alfredo/ Héroes Populares.// El que apagó la llama de la refinería”, y mezcla las referencias obligadas de lo que es la construcción de un país-territorio con la (humilde) medida de lo que él hubiera querido ser: “Yo quería ser como Antonio Cisneros/ Y ser el objetivo de todas las mujeres de Lima”.

Si uno pudiera simplemente amar y ser amado, sin complicaciones… Pero no, un artículo leído lo vuelve a la realidad (por cierto, el recurso de poder interactuar, por intermedio de la internet, accediendo al blog donde está colgado el artículo de referencia, nos da la posibilidad de buscar el sentido completo del poema. De todas formas, yo no creí necesario leerlo —no por Sandino Núñez, cuyos artículos son interesantes, sino porque no me fue necesario para la comprensión poética—).

Nos quedará la duda, momentánea, entonces ¿quién es el (este) poeta? Y en la página 26, el poema Epitafio que solicita para sí el poeta, dice, textual: “este fue uno/ de los que sostuvo el/ rumbo/ de las embarcaciones/ cuando el/ toque de/ queda/ y/ todo se inundaba”. Es decir, él siguió siendo fiel a sus convicciones, aunque todo parecía ahogarse en el mar bravío de la desilusión.

Un pequeño paréntesis sobre este poema para indicar, como elemento formal, que lo que vendría a ser el título está puesto al final, y tiene una finalidad concreta. Cuando uno escribe poesía, suelen venir a la mente los primeros versos y luego a estos siguen otros, ya sea por analogía o por una concatenación de ideas sucesivas. Una vez terminado el poema, antes o después de corregirlos (y leerlos internamente), pensamos en el título.

Uno, como poeta, no dice: “Voy a escribir un poema que se llame de tal modo”, sino que (y explicaré mi teoría poética, aunque no venga a cuento aquí) las ideas (y las poesías) están en el aire. ¿Qué cómo es eso? Pues así: ustedes recuerdan aquella canción que Bob Dylan la hizo casi como un himno, Blowing in the wind (La respuesta está flotando en el viento). Es algo similar. Las ideas se transmiten por el aire, ya sea por ondas radioeléctricas o telepáticas, por mesmerismo, o por algún artilugio difícil de descifrar con nuestras actuales técnicas. Si no ¿cómo es que de pronto se nos dibuja (mentalmente) una frase que da inicio al poema?

Pero además, y esto es para quienes creen, como yo, que la poesía nunca va a terminar, más allá de toda consideración tecnológica o sociológica, la poesía siempre habla del futuro, porque lo que alguien pensó, en cualquier lugar del mundo (y de otros mundos) se proyecta hacia el mañana. Pensemos, por un momento, en ese fantástico poema de Allan Poe, El cuervo. ¿Acaso allí se habla del pasado? No, en todo momento ese cuervo le dice que haga lo que haga, y aunque se muera, nunca, nunca, podrá recuperar a su amada Leonora. No le habla del pasado, sino de que desde ese momento, y para siempre, lo único que habrá es un “Nunca más”, un “Jamás” incambiado.

III (Salir, lo de afuera)

Es cierto, ya ni siquiera debemos salir de casa para ver el mundo, aunque claro 1) antes de salir ya sabemos cómo es, y 2) por ello mismo sabemos que sin salir de casa sólo vamos a ver el mundo que nos quieren mostrar (los otros). Deja de ser, el mundo, ancho y ajeno, para convertirse en algo cuyo dueño nos lo da al alcance de la mano. Pero eso, tampoco es la realidad: “A cada uno su matanza…”. Pero si uno sale, a pesar de todos los cantos de sirenas netflixianas (y lo ideológico expresado en los medios de comunicación y en la pos verdad) se pueden encontrar, de pronto, con la vista fija en el Kennedy —cantegril, miseria y revoltijo—: “el caserío cartón piedra la/ chapa de perdedor/ los que nunca, fueron, propietarios” (pág. 23), y la lluvia, que en otras partes puede traer vida, aquí sólo trae tristeza, más tristeza aún que la de todos los santos días.

Porque, además, el salir tiene lo espléndido del viaje, las vistas nuevas u otras, el ampliar horizontes o el reconocimiento de viejas tierras, terruños que desde la memoria ya son nuestros. Por ejemplo: “afuera es igual/ y siempre es afuera/ la piel del viajero/ del que no pertenece/ no se sabe los rumores locales/ las formas del gemido las guaridas los murmullos los embrujos/ los olores a inventariar” (pág. 33).

Porque al salir, vemos el mundo tal como es, sin ropajes ideológicos. Y éste nos hiere, nos golpea y, cada tanto, también (por suerte) nos sorprende y nos sonríe.

IV (Vendrá la muerte)

Otro tema que de a poco se va colando entre los poemas, es la muerte, pero no simplemente como el fin obvio al que todos llegaremos, más temprano o más tarde, sino lo que provoca, en el poeta, ese hecho, mirado desde varias perspectivas.

Así, se debe ser “pudoroso ante las cajas de los muertos”, mostrándoles respeto, o bien pensar en la muerte “como un espectáculo de subido tono/ como alguien que al cambiar de casa olvida las fotos de los/ aniversarios” (pág. 25). Es decir, donde nuestros muertos ya no nos incomoden y que no necesitemos recordarlos, porque pronto los alcanzaremos.

O esa otra, asesinada, que “le hicieron los perros y los capitanes”, donde “Aullaban gritaban festejaban alardeaban/ Muy hábiles muy diestros muy verdugos” (pág. 28), los que están en medio del olor a jergones podridos, a encierros y golpes, y los que, del otro lado, se aferran a viejos recuerdos para mantenerse vivos en las mazmorras del régimen.

Y también la que está agazapada, “…del que teme una pinza/ Perseguido por los servicios por el S2 por los de/ Maldonado y Paraguay” (pág. 35), sometido al miedo incesante en medio de la inclaudicable lucha clandestina.

O incluso desde el otro lado, como el poema Indumentarias, que termina confirmando que “sus rifles son más/ poderosos” (pág. 31), por si hay necesidad de usarlos. Rifle sanitario que le dicen.

Pero además el poeta se preguntará (y nos preguntaremos): “quien piensa en la  muerte/ la convoca o la ahuyenta?”, y no decidirse, porque de hacerlo corremos el riesgo de repetir eternamente la misma historia.

V (Otros apuntes)

Hay otros aspectos en la poesía de Pereira Severo que no quiero dejar pasar por alto. Hay una fina ironía, cuya expresión máxima está dada en el poema “Oración bolchevique al supremo del comité central”, donde pide, de ser posible, que ella, la mujer deseada, venga a su encuentro, más allá de que los camaradas puedan fusilar a los contrarios. Es decir, antes que él mismo sea un contrario.

El modo poético lo vemos en los poemas “Frío”, “La soledad”, y “A las 7 am comenzó la matanza”, donde destaca un elemento nombrando a todo lo exterior a él o bien a todo lo que se relaciona con ese elemento, para volver, al final, sobre sí mismo, englobando la idea. En el último de estos poemas, además, tenemos un detalle más de la extrañeza, cuando dice: “Los lanchones cruzaron el Paraná/ repletos de bosnios de georgianos cruzaron el/ Paraná”, pero quizá nos esté diciendo que, al final de cuentas, las mismas cosas (las mismas matanzas) suceden en todas partes.

La narración, poética, es fragmentada, dislocada, pero de todas formas podemos comprender lo que falta. De ese modo se realza la propia palabra, se le da todos los matices posibles, todas sus acepciones.

El subtítulo del poemario, Milonga rioplatense, nos da la pauta que sobre la misma base (musical) se construye este edificio poético. Lo que sucedió a ambas márgenes del Plata, es un mismo movimiento que repercutió en todo el territorio, y del que nada, ni nadie, pudo escapar. Sus ecos vuelven de tarde en tarde.

VI (El momento histórico)

En este poemario hay un periodo histórico concreto, bien delimitado. Ya lo dijimos: el tiempo de la dictadura. Pero incluye un reflujo posterior, es decir: la mirada sobre ese tiempo con la visión del derrumbe del llamado socialismo real, incluso sin llegar a preguntarse el porqué de ese desmoronamiento. De esa manera, casi como corolario, parece que se preguntara si valió la pena todo el sacrificio, el mantenerse clandestino (y digo clandestino en su doble acepción: tanto de una militancia política ilegal, a riesgo de ser detenido, torturado y/o muerto, como de una clandestinidad de pensamiento, de mantener ocultas las verdaderas ideas —y sentimientos y afectos— para no traicionar ni traicionarse). Pero claro, sabremos que sí, ya nos lo dijo en “Este es uno/ de los que sostuvo/ el rumbo…”.

Ese tiempo fue el tiempo de la censura, que para vencerla hubo que apelar a la creatividad y a una nueva forma de expresión. Y esa nueva forma es, y lo afirmamos rotundamente, la poesía. Esta poesía.

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.

La ONDA digital Nº 896 (Síganos en Twitter y facebook)

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