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CINE | “Green book”: Enfermos de odio

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Hugo Acevedo

La discriminación racial como fuente de exacerbados conflictos sociales es la principal materia temática que desarrolla “Green book: una amistad sin fronteras”, el film del realizador Peter Farrelly, que tiene cinco nominaciones al Oscar, entre ellas a Mejor Película.

Este largometraje, que cosechó nada menos que tres Globos de Oro, es una mixtura entre el drama, la comedia, el road movie y hasta el alegato, que indaga en el corazón de una sociedad enferma de odio.

No en vano esta historia, que es verídica más allá de la inevitable dosis de ficción que le inserta un guión muy bien estructurado, se desarrolla a comienzos de la década del sesenta en los Estados Unidos, un país en plena ebullición de confrontación étnica.

 

Por entonces, el luego asesinado presidente de los Estados Unidos John Kennedy y su hermano Robert abrían un cauce al respeto por los derechos civiles, particularmente de los afro-americanos.

No obstante, esa postura tolerante generaría airadas actitudes de los sectores más recalcitrantemente reaccionarios, que se oponían a una inevitable mutación histórica que condujera hacia una democracia más igualitaria y sin indebidos privilegios.

Ese es precisamente el escenario en el cual se desarrolla este relato, que asume el tema del racismo con una mirada desdramatizada aunque para nada carente de la seriedad requerida.

En ese contexto, este film recrea las peripecias reales de Anthony Vallelonga alias Tony Lip (Viggo Mortensen), el recio guardaespaldas italo – americano de un lujoso cabaret neoyorquino.

Se trata de un individuo bastante rústico y de escasa educación, que, cuando es menester, no duda en echar del local a los indeseables a empujones y puñetazos.

Empero, tampoco es un tonto y sabe bien cómo sacar ventajas de las situaciones. En efecto, no teme esconder el sombrero de un comensal que es un temible mafioso y luego se lo devuelve, atribuyéndose el mérito de haberlo encontrado.

De ese modo, se gana el respeto y el apoyo de uno de los personajes más poderosos del hampa, al cual podría luego recurrir para afrontar una situación compleja.

Pese a esas sórdidas relaciones, el protagonista es un hombre que tiene un hogar formado, con esposa e hijos. Incluso en la vida cotidiana parece una persona tranquila, aunque es rabiosamente racista como casi todos los integrantes de su grupo de pertenencia.

Es tal su desprecio a los negros que, en una reacción insólita, arroja al bote de basura dos vasos que han sido usados en su casa por sendos trabajadores de esa etnia.

En esas circunstancias, el destino modificará radicalmente el curso de su existencia, cuando queda desocupado y hasta debe empeñar efectos personales para subsistir.

En una situación rayana en lo dramático, acude a una entrevista del trabajo convocado por alguien que se adjudica a sí mismo la condición de doctor, aunque no ostenta ningún título profesional.

Grande es su sorpresa cuando advierte que su contratante es Don Shirley (Mahershala Ali), un pianista clásico negro que encabeza un trío de música culta, que se propone iniciar una gira de dos meses nada menos que por el sur, la región más racista del país.

En este caso, el puesto vacante es el de chofer y la misión será conducir al artista a los lugares donde debe actuar. La clave es que el empleado debe poseer otras aptitudes y, tal cual rezan sus credenciales, tener la capacidad de resolver eventuales problemas.

El libro verde al cual alude en inglés el título de la película es un manual tipo o guía, que informa a los usuarios negros en torno a los lugares a los cuales pueden concurrir sin restricciones, ya sea hoteles, bares o restaurantes.

El relato, que muta en consecuencia en road movie, se desarrolla en forma casi permanente en las rutas, con el músico afro-americano como patrón y el chofer negro como empleado.

Por entonces, esa situación era absolutamente impensable, en una sociedad donde los negros eran salvajemente segregados, humillados y reprimidos por el mero color de la piel.

Mixturando con absoluta soltura el drama con la comedia, el film marca la evolución en la relación entre dos personas de conductas y actitudes radicalmente opuestas.

La película abunda en situaciones hilarantes, abonadas por un libreto rico en jugosos dialogados que soslaya toda eventual apelación al humor grueso o de mal gusto.

Empero, no todo es comedia en esta película realmente entrañable, ya que ambos personajes suelen afrontar coyunturas complejas, devenidas de la intransigencia e incomprensión de un modelo mental ultraconservador y hasta fascista que condena al negro por su condición de tal.

En tal sentido, tal vez el testimonio más representativo de la patología racista sea la secuencia en la cual al músico se le prohíbe cenar en el mismo lugar donde debe actuar.

Tamaño dislate era habitual hace algo más de medio siglo en los Estados Unidos, donde había locales de comidas y hasta baños a los cuales los negros no podían entrar.

Más allá de su mero formato de comedia, “Green book” es una película de sesgo si se quiere testimonial y reflexivo, que denuncia al racismo como una patología persistente y característica de determinadas sociedades cerradas y represoras.

Las actuaciones protagónicas de un sorprendente Viggo Mortensen y de Mahershala Ali, nominados al Oscar como Mejor Actor y como Mejor Actor de reparto respectivamente, coadyuvan a transformar a este largometraje en una propuesta de altos quilates cinematográficos.

 

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
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