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“La número uno”: Jungla empresarial

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La lucha por el poder en las cimas de la jungla empresarial con fuertes implicancias en la cultura patriarcal y en la cuestión de género, es la principal vertiente temática que explora “La número uno”, el nuevo film de la actriz, realizadora y guionista francesa Tonie Marshall.

Esta película es una reveladora y no menos descarnada radiografía humana, que denuncia la rampante corrupción que impera en las más altas esferas y círculos de decisión.

En tal sentido, relaciona al poder económico con el poder político, partiendo de la premisa que todo se mueve en función de deleznables intereses sectoriales y corporativos.

Al respecto, la película mixtura el drama con una suerte de thriller de impronta empresarial, cuyos personajes son seres inspirados en las miserias de la peor laya.

Se trata de un micro-mundo terriblemente deshumanizado, en el cual prevalecen los intereses de grupos de presión acostumbrados a perpetrar todo tipo de atropellos y tropelías.

Como no podía ser de otro modo, la protagonista del relato es una mujer, Emanuelle Blachey (Emanuelle Devos), una prestigiosa ejecutiva de elite que integra el directorio de una poderosa empresa, con voz y voto.

Pese a que todos la respetan aparentemente por su rango, en su fuero íntimo los ejecutivos la desprecian y harán lo que sea menester para que no ascienda.

En tal sentido, resulta realmente testimonial la misión que le encomiendan, que consiste en despedir directamente a un importante funcionario, lo cual la expone al escarnio público. En ese contexto, su talento y temperamento le han permitido escalar los peldaños jerárquicos hasta la cima, pese a su condición de mujer en un ámbito todavía monopolizado por los hombres.

Aunque su actividad cotidiana es naturalmente ajetreada, igualmente reserva tiempo para dedicarle a su padre enfermo e internado en una clínica, a su marido desempleado a y su hija. No obstante, todos le reprochan sus recurrentes ausencias y falta de atención a su familia, que atribuyen a un trabajo demasiado exigente y absorbente y a una actitud no menos prescindente.

Su bien ganado prestigio la transforma en referente de una organización feminista, que promoverá a Emanuelle como futura CEO de Anthea, una compañía top de propiedad mixta privada y estatal que se dedica a la distribución de agua potable. La clave es que el director de la empresa padece una enfermedad terminal y su cargo pronto quedará vacante.

Empero, la protagonista, quien no es precisamente una militante del feminismo, desconfía del patrocinio y asume la situación con una actitud si se quiere bastante ambigua.

Sin ocultar en modo alguno un propósito claramente reivindicativo, la directora y guionista Tonie Marshall indaga en la subterránea interna del mundo empresarial, que es un permanente espacio de disputa por el poder.

En efecto, en ese ámbito de inmensos y fríos rascacielos de arquitectura futurista emplazados en el exclusivo distrito parisino La Defensa que cobijan cientos de oficinas y despachos de ejecutivos de elite, late la codicia como una suerte de epidemia.

Obviamente y por más de un motivo, ese reducto de descomunales y geométricas torres de vidrio y cemento contrasta radicalmente con la París turístico de los monumentos y tesoros artísticos y, obviamente, con la subyugante bohemia y el fino romanticismo de barrios como Montmartre, entre otros.

La historia no soslaya los conflictos familiares, que discurren entre las discusiones y los reproches entre la protagonista y su padre por cuentas no saldadas del pasado y las desavenencias con un marido envidioso, quien íntimamente no desea que su esposa crezca profesionalmente para no sentirse menos que ella.

En ambos casos, se procesan relaciones desiguales entre una mujer independiente y dos hombres que la aman a su manera, pero que no soportan su emancipado temperamento.

Por supuesto, esas asimetrías se tornan aun más radicales en el ámbito empresarial, una suerte de jungla cotidiana donde los hombres se devoran mutualmente, acorde a las pautas de un inhumano sistema de feroz competencia por los cargos. No obstante, no dudan en aliarse para enfrentar a una mujer que aspira a arrebatarles legítimamente sus sitiales de privilegio.

Más allá que la historia se bifurca en numerosas sub-tramas que por momentos desdibujan el conjunto, el eje central sigue siendo la despiadada batalla por la consecución del poder.

En tal sentido, el guión abunda en personajes secundarios como Beaumel (excelente Richard Berry), que desnudan sus peores miserias en un contexto de salvaje e inclemente disputa.

Pese a que este film asume por momentos un sesgo bastante maniqueísta con foco en las actitudes de los hombres, igualmente corrobora que, en algunos casos, también las mujeres suelen emplear estrategias deleznables para concretar sus oscuros propósitos.

Aunque pueda alegarse que esta película es excesivamente dialogada y hasta que le falta el vuelo dramático requerido, “La número uno” es un explícito retrato sobre la rampante corrupción que caracteriza al mundo empresarial de elite.

En tal sentido, la realizadora y guionista Tonie Marshall no soslaya críticas a las intrigas y a los actos abiertamente inmorales, denunciando las prácticas de nepotismo y acomodo que, por lo visto, son también comunes en las sociedades desarrolladas.

 

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
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