“Stefan Zweig, Adiós a Europa”: La distancia que duele

El trauma del exilio, el desarraigo, la tragedia y la violencia política constituyen las materias temáticas centrales que desarrolla “Stefan Zweig: Adiós a Europa”, el film biográfico de la actriz alemana devenida directora María Schrader, que recrea los últimos años de vida del célebre escritor austriaco.

La película, que hurga más en la dimensión meramente humana del protagonista que en la historia del escritor en sí mismo, documenta el último tramo de la peripecia existencial del autor, que en este caso concreto transcurrió en América.

No en vano Zweig era judío, situación que lo forzó a abandonar compulsivamente su país ante el advenimiento del nazismo que, luego de consolidarse en Alemania en la década del treinta, comenzó a expandirse a toda Europa.

Como se sabe, Stefan Zweig (1881-1942) fue un escritor, poeta y biógrafo de real fuste, que se destacó por su variada producción literaria en la primera mitad del siglo pasado.

En ese contexto, fue autor de libros tan emblemáticos y populares  como “Carta de una desconocida”, “24 horas de la vida de una mujer”, “La confusión de los sentimientos”, “La piedad peligrosa” y “El jugador de ajedrez”, que fue publicado a título póstumo.

Su fecunda obra, que abordó virtualmente todos los géneros, lo transformó en una personalidad admirada y reconocida a nivel mundial, lo cual le abrió las puertas de numerosos países.

Consciente que Europa estaba contaminada por la patológica pesadilla expansiva del nazi-fascismo, el intelectual optó por emigrar al continente americano, donde se radicó y vivió sus últimos años, hasta su trágico suicidio consumado el 22 de febrero de 1942, en Petrópolis, Brasil.

Como tantas otras personalidades, padeció la lacerante lejanía de su tierra natal, aunque se enamoró perdidamente del Brasil del izquierdista Getulio Vargas, al cual, por obvias razones, parangonó con un paraíso en contraposición al infierno europeo.

En riguroso orden cronológico, la película está dividida en cuatro capítulos, que transcurren, entre 1936 y 1942, en Buenos Ares, el estado brasileño de Bahía, Nueva York y Petrópolis.

El rol protagónico es interpretado por el actor austriaco Josef Hader, quien cumple un trabajo acorde con las exigencias de un personaje complejo, austero y con algo de enigmático.

En este caso, la película es precisamente austera, en la medida que la narración se desliza a través del hilo conductor de un personaje que renegaba de las estridencias y hasta se molestaba con los elogios a menudo desmedidos de la intelectualidad de las naciones que lo recibieron.

En tal sentido, el relato está desbordado de homenajes y recibimientos como si se tratara de un héroe, que llegan a abrumar por la desmedida obsecuencia de los anfitriones.

No en vano en las primeras escenas el escritor es recibido en Brasil con pompa y algarabía, en una representación cuasi teatral plena de boato y adulonería colectiva, que abruma virtualmente al ilustre visitante. Un ejemplo elocuente es la interpretación de un vals con instrumentos de viento y percusión a cargo de una banda brasileña, para recibir al agasajado Stefan Zweig.

En esas secuencias iniciales, que son recurrentes, se nota por primera vez la cuidada reconstrucción de época que Maria Schrader imprime a su relato, al cual le confiere una singular brillantez no exenta de autenticidad.

Obviamente, esos excesos contrastan radicalmente con el perfil eminentemente sobrio del protagonista, a quien le parecen molestar los encuentros con la prensa, donde es implacablemente interpelado y apremiado para que emita juicios condenatorios contra la Alemania nazi.

En realidad, el intelectual –que conocía muy bien la realidad de la martirizada Europa- temía que sus comentarios generaran un recrudecimiento de la represión contra los judíos.

No obstante, su inclaudicable compromiso con la causa de las víctimas del irracional odio racial está corroborado por la ayuda que prodigó a numerosos exiliados políticos, mediante sus influencias ante varios gobiernos americanos.

La película está tan enfocada en la persona del famoso novelista que su segunda esposa Lotte Altman  (Aenne Schwarz), quien lo acompañó permanentemente en la extensa gira, está relegada a un inmerecido segundo plano cuasi marginal.

No sucede lo mismo con la primera esposa del narrador y poeta austriaco, Friderike Maria von Winternitz (Barbara Sukowa), quien, pese a su efímera aparición, marca claramente importantes sintonías con su ex marido.

Mixturando el cine biográfico con una prolija puesta cuasi documental, el relato se interna en los laberintos psicológicos más del militante por la paz que del escritor en sí mismo.

En tal sentido, afloran las ideas pero también las contradicciones del protagonista, en torno a posturas políticas, sociales y hasta filosóficas, acorde a la necesidad de actuar con suma cautela en un tiempo histórico conflictivo y de intensas resonancias.

“Stefan Zweig: Adiós a Europa”, que está hablada en cinco idiomas, es una película de impronta eminentemente testimonial, que propone una mirada realista y profundamente humana sobre uno de los intelectuales más descollantes del siglo pasado.

Aunque el film posee indudables virtudes en materia de reconstrucción de época, ambientación y hasta de actuación, carece sin embargo de la dimensión dramática que requería la evocación de un personaje tan admirado como controvertido.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
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