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Por Hugo Acevedo /

Una desencantada historia familiar con fuertes apelaciones autobiográficas ambientada en un contexto histórico singularmente turbulento, es la materia argumental que desarrolla “Roma”, el magistral fresco cinematográfico del galardonado realizador mexicano Alfonso Cuarón.  

Este film marca, después de tres lustros, el regreso del aclamado director a su país natal, luego de una exitosa carrera artística con varios títulos de referencia, como “Y tu mamá también” (2001), “Harry Potter y el prisionero de Azkaban” (2004), “Hijos del hombre” (2006) y “Gravedad” (2013), entre otros.

Esta película ambientada a comienzos de la década del setenta es sin dudas referencial, en la medida que reconstruye imágenes del México de la niñez del cineasta y transcurre deliberadamente en el espacio geográfico en el cual este se crió. No en vano el nombre de la película alude precisamente al barrio.

Este ejercicio evocativo está radicalmente cruzado por los conflictos políticos y de clase -en un país sumido crónicamente en la inequidad- y critica ácidamente los estereotipos de género de una sociedad conservadora a ultranza.

Desde ese punto de vista, “Roma” es un vívido fragmento de pasado, impregnado por la violencia subyacente de un país que, pese a sus obvias potencialidades, jamás pudo superar el flagelo del subdesarrollo y la dramática fragmentación social.

El relato, que está prolijamente rondado en blanco y negro, narra la peripecia de Cleo (la sorprendente debutante Yalitza Aparicio), una indígena que trabaja como mucama para una familia de clase media acomodada.

En ese contexto, la sacrificada tarea se explicita desde el comienzo de la historia, cuando la pantalla es virtualmente anegada en primer plano por el agua y el jabón que emplea la doméstica para lavar los pisos sucios por el estiércol de los perros.

Ese cuadro, que es recurrente, da cuenta de la sumisión de una mujer inexorablemente condenada a ser sirvienta, por su origen humilde y hasta por el oscuro color de su piel.

Empero, más allá de la mera connotación simbólica, el abordaje visual de ese momento corrobora, ya desde el comienzo, el inconmensurable virtuosismo y maestría de Alfonso Cuarón en el manejo de la imagen.

Un elocuente testimonio de la inmensa sabiduría cinematográfica del autor es la frecuente utilización del plano secuencia, que permite al observador hurgar en cada rincón de esa inmensa residencia que alberga una familia de siete personas: un matrimonio, cuatro hijos y una abuela.

Ese núcleo familiar, que en principio parece armónico, integra con absoluta naturalidad y hasta con cariño a la protagonista, aunque los roles y las diferencias sociales jamás se desdibujan.

En efecto, Cleo, junto a otra empleada doméstica también indígena, tiene a su cargo la limpieza de la vivienda, lava la ropa a mano y también trabaja en la cocina.

Por más que se le permita mirar la televisión junto a sus patrones, que por entonces era aun una novedad, la mujer, que vive en el altillo de la casa, en todo momento debe atender sus obligaciones.

Su única instancia de real esparcimiento coincide con su día libre, cuando frecuenta a su novio –que es un hombre rústico y adepto a las artes marciales- o bien concurre a una sala de cine.

Mientras transcurre la agobiante rutina cotidiana de la empleada doméstica, los conflictos de pareja encubiertos por el ocultamiento y la mentira, comienzan a horadar la estabilidad familiar. En tal sentido, es muy contundente la escena en la cual el marido es abrazado con desesperación por su esposa para evitar que se vaya y no regrese.

Otra prueba del dolor que se avecina por la separación es el pedido a sus hijos de la mujer abandonada, para que estos le escriban cartas a su padre en las cuales manifiesten que lo extrañan.

Cuarón construye la crónica de una familia burguesa en tránsito de desintegración, pese a las ínfulas de grandeza que supuestamente otorgan vivir en una inmensa casa con espacio de sobra o manejar un lujoso auto cuyo tamaño excede las dimensiones del propio garaje.

No obstante, el realizador no se limita al mero análisis de ese cuadro de inexorable naufragio familiar, sino que indaga en otras turbulencias tan o más traumáticas que esta.

En ese marco, enfatiza en el cuestionamiento a la segregación de género, caracterizada a través del desprecio del marido de la dueña de casa hacia su esposa y, particularmente, de la conducta agresiva y exacerbada del novio de la protagonista.

Sin embargo, el mayor énfasis reside en la crítica a la violencia introyectada en la sociedad mexicana en todas sus dimensiones, particularmente en la estatal.

Al respecto, son muy elocuentes las escenas de cruda represión policial a una manifestación popular, que sin explicitarlo remiten sus dudas a la dantesca Masacre de Tlatelolco acaecida el 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas de México, en cuyo contexto fueron asesinados estudiantes y civiles.

“Roma” es una auténtica obra maestra, que mixtura el drama de una familia fracturada con el cine testimonial de acento costumbrista e impronta intimista, la evocación autobiográfica y la recreación histórica.

En esta película, Alfonso Cuarón exhibe una paleta artística magistral por su fina y acendrada formulación estética, con prodigiosos logros en materia de fotografía y montaje.

Mediante un arsenal cinematográfico pleno de sabiduría pero despojado de toda tecnología contemporánea, el realizador logra retratar con singular realismo al México de los década del setenta, con sus traumáticos claroscuros, su salvaje violencia patriarcal y sus exasperantes inequidades sociales.


Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

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