En libertad… el día después.

Desde aquel informe Nowak que fuera solicitado por Tabaré Vázquez a poco de iniciar el primer mandato de un gobierno de izquierda en el Uruguay, ha pasado más de una década. Son más de trece años en que se ejecutaron increíbles avances en el sistema penitenciario, signado por el abandono absoluto y un hacinamiento crítico que hacía imposible pensar en una posible rehabilitación de sus internos. La cárcel, devenida en un mero depósito de seres humanos infractores, sólo daba contención a la libertad ambulatoria de quienes ingresaban, pero ninguna señal de rehabilitación.

Hoy la situación es otra, a pesar de los estertores propios de un sistema que pulsa y muestra su peor cara muchas veces. La parte no hace al todo, sin embargo esas partes -las peores-se quieren visualizar como si fueran el todo. Hay otras partes que también piden cancha, aunque esas no tienen la difusión que se merecen…

Hay un polo, hay un norte…
El ex ComCar es un verdadero pueblo penitenciario; con unos 3600 internos, a los que se suman un par de miles de personas más en cada día de visita, hacen un promedio de 6 mil personas transitando por sus instalaciones cada semana.

Administrar los conflictos entre personas que dirimen sus diferencias haciendo uso extremo de la violencia, no es tarea fácil, menos si a esas dificultades se le agrega el factor numérico.

La Unidad Nº 4 de Santiago Vázquez no solo es la más numerosa, es también la más representativa del sistema y donde se han producido algunas de sus peores crisis (motines), pero también donde germinaron las mejores iniciativas.

El Módulo 9 fue el inicio de una experiencia piloto donde internos remodelaran locaciones para mejorar las condiciones de habitabilidad haciendo de la reclusión un tiempo útil y una estadía generadora de oportunidades. Al principio eran “los ortibas”, los que rompieron un código inamovible hasta entonces: “un preso no hace rejas ni construye celdas”.

Poco a poco fueron creciendo, pasaron de ser unos pocos internos resistidos a convertirse en líderes de una corriente que hoy suma más de mil internos que trabajan en los emprendimientos del Polo Industrial, sector donde se radican emprendimientos particulares que dan oportunidades de trabajo durante la reclusión. Allí se enseñan oficios y valores que hacen posible la convivencia. Allí se respetan, recuperan su nombre, se transforman de presos a obreros, allí hacen otra universidad que nada tiene que ver con el delito.

Esa semilla se fue sembrando -no sin dificultades- en un sistema donde solo se reproducía el encierro como herramienta. Fue germinando otras iniciativas al influjo de quienes lideraron la experiencia y que entienden claramente, que no alcanza con eso solo y que se necesita complementar el adentro con el afuera, con el día después.

Una puerta abierta
La idea se empezó a gestar hace mucho tiempo, los internos del Polo Industrial serían los encargados de refaccionar las instalaciones de un lugar que supo tener otro destino y esperaba por concretar una vieja aspiración de las autoridades: dar cobijo a los liberados en sus primeros días de libertad tras cumplir una condena. Ese período de tiempo en que es fundamental tener una asistencia que permita que lo avanzado adentro no se pierda afuera. Una especie de tutela necesaria con la cual afianzar lo aprendido y no caer en tentaciones que impliquen el regreso a una carrera delictiva que se pretende cortar de raíz.

Los vínculos se fueron construyendo de a poco, lentamente pero con buenos cimientos. Lejos estamos de cubrir todo el sistema pero se necesitan faros para poder navegar seguros y hoy existen estos ejemplos que permiten proyectar una ruta posible.

A seis meses de su inauguración, la Posada de Camino fue centro de un documental (“Puertas de Libertad”) que sirvió de excusa para conocer el funcionamiento de la experiencia. Una iniciativa que es impulsada con entusiasmo por sus promotores y observada con expectativa por la región. Es una experiencia chica, ínfima para un sistema que necesita muchas otras similares para mover la aguja. Principio quieren las cosas y si el principio es bueno sobrarán motivos para impulsar su multiplicación a nivel nacional.

Se complementa con otra iniciativa como el Polo del Liberado en las instalaciones del ex CAYMA, donde se instalaron varios emprendimientos que replican la experiencia intramuros dando oportunidades laborales a los que ya recuperaron su libertad.

Nada es por generación espontánea sino fruto de un proceso de acumulación de experiencias y generación de oportunidades. Tal el caso de las Brigadas de Acción Ciudadana, experiencias surgidas de los Consejos de Ministros itinerantes que abonaron al mismo objetivo de dar una chance al que se equivocó y resarcir daños a la sociedad.

Fue importante la concreción de alianzas estratégicas, una de ellas con un socio muy especial: ASFAVIDE, la asociación que nuclea a las víctimas de la delincuencia. Algo difícil de entender para muchos terminó siendo una sociedad perfecta que permite reconstruir vínculos y sanar heridas. Los instrumentos fueron: el perdón (que sustituye a la venganza), y el trabajo (que se ofrece como reparación); elementos que construyen un camino de restauración y cura. La receta es simple, tiene al amor como un ingrediente que se comparte y practica sin retaceo.

Esta experiencia es un pequeño oasis enquistado en un sistema del que muchas veces se muestra y difunde lo peor como si esa fuera la única y absoluta realidad.

La parte no es el todo, y estas experiencias no son la única realidad del sistema, pero existen, se afianzan y crecen al impulso de los ejemplos que generan; al impulso de sus socios estratégicos que comparten objetivos comunes para construir juntos una alternativa de vida.

Esto recién empieza, es un granito de arena en el desierto pero con él, el desierto ya no es el mismo…

el hombre abría una puerta,
el perro ladró a la libertad…

 

Por Julio Fernando Gil Díaz – El Perro Gil

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