La poesía luminosa de Jorge Arbeleche

A nadie sorprende ya, la voz poética de Jorge Arbeleche, su engañosa sencillez, esa luz distinta que echa sobre las cosas hasta que son, indefectiblemente, otras. No hace mucho tiempo presentó su último libro, que es una antología, El repetido escándalo del gallo, con el que celebra 50 años de trayectoria literaria, iniciado con su poemario Sangre de la luz, publicado en 1968. Jorge Arbeleche, nacido en 1943, es un poeta, ensayista, y profesor de literatura uruguayo que dedicó una parte de su vida académica al estudio y recuperación de la obra e imagen de Juana de Ibarbourou. En 1999 recibió el Premio Nacional de Literatura de Uruguay. Es miembro de número de la Academia Nacional de Letras del Uruguay, y socio fundador de la Casa de los Escritores del Uruguay.

Sergio Schvarz

A mis manos han llegado dos libros de él que reflejan, de alguna manera, la personalidad creadora del poeta. Se trata de El hilo de la lumbre, prologado por el profesor Gerardo Ciancio, al que se agregan 30 poemas que recorren, en ese momento, los treinta años de su trayectoria poética, y que se cierra con el discurso de agradecimiento por haberle sido concedido ser un integrante más de la Academia Nacional de Letras (El velo de los dioses, donde afirma: “La principal militancia en la que habrá de embanderarse el poeta será la militancia de lo humano, en la relevancia y jerarquía de toda y cualquier contingencia del hombre, individual y colectiva”), y por otro lado, Para hacer una pradera, que tiene un breve prólogo de Rafael Courtoisie.

La continuidad de la vida.-
En el primero de los libros, hay una unidad dada por el hilo de la vida, la continuidad, muchas veces dentro de lo cotidiano, pero también la lumbre, el fuego, como calor y como luz. “En mi fin está mi principio”, será el inicio con la voz de T. S. Eliot, dejando en claro que “en todo final está el comienzo”, porque desde el nacimiento configuramos el azar de nuestra suerte y al morir se hace patente el camino trazado. Los objetos de uso común son transformados, devenidos en esencia, como en “un temblor de lana en las bufandas”. Hay recuerdos, viejas impresiones de infancia, juegos de niñez, inocentes; borrosos laberintos, y también la muerte, que llegará después, invitada puntual, que vendrá cuando “estén secas las aguas de las aguas”, separado el tiempo de nuestras urgencias o cuando éste se desmenuce y se haga polvo o trizas. La extrañeza que instalan sus poemas, lo son por mostrar el futuro primero y luego lo que está antes, pero que aún no sucedió (aunque sucederá), por lo que el poema ocupa el intersticio entre esos dos hechos. Eso es lo que muestra el poema, como si viéramos el reverso de las cosas: “Pero no borrará la sequía/ la lluvia/ que empapara/ nuestro húmedo rito cotidiano” (Gestos).

El atardecer, cambiante pero siempre presente, es como un trazo que divide el día de la noche, la muerte de la vida. Un laberinto compuesto de puertas y “llaves pestillos o fallebas” (con esa repetición de la doble ele que hacen entreabrir los labios y apretar los dientes), inalcanzable, por supuesto. O “Del otro lado del espejo/ azogue opaco/ refleja sólo/ la otra cara de la arena” (la que está fría por estar en la sombra) (Sucesivas). Siempre quedará la semilla, para que florezca nuevamente. La lluvia no ha de faltar, una lluvia que “moja la cara de las cosas/ resbala por el lomo de la sombra y/ se esponja en la humedad cerrada de la aurora” (Lluvia). Quizá hasta se transmute en “ese viejo que entona su cansancio/ con pocos dientes y escasa melodía”. Y entonces la mirada será otra, distinta, por lo que las cosas tendrán, por supuesto, otra luz: “Mirarán los ojos un paisaje que otros/ verán. Será la misma y otra la mirada./ Verán lo mismo y no serán iguales./ Sólo el ojo escondido de la luz verá/ lo que no vieron tus ojos y los míos” (Geografía).

La selección de 30 poemas, en cambio, comienza con “Hay olor a verdad/ en los caminos”, sentencia justa por donde se la mire, ya que sólo es el camino el que nos llevará a alguna parte, y la verdad se manifiesta en su transcurso. Estos poemas nacen, en una primera aproximación, desde el centro mismo de la tarde, es decir que no es este un tiempo de uso horario, como la anotación en o por horas y minutos del punto medio, la exacta mitad de la tarde, sino una sensación, una temperatura. Es el momento para preguntarse sobre los múltiples aspectos del recuerdo, de tu recuerdo preciso, bajo qué forma existes, aún, estando “en el aire para siempre”. Y todo se enreda, como se enreda la vida, lo de atrás, adelante; lo del costado, lejos. Seguir, o quedarse, en definitiva es lo mismo, mientras “ya no sé”, mientras el mundo ha perdido algunas certezas y ha ganado dudas y relatividades. Y a los perseguidos, a los distintos, los que son, justo, lo que quieren ser —y que van siendo, son, por cierto— será capaz de enviarle un conjuro: “que lo alumbre la luz de la mañana y de la noche/ la que sale del cardo, la que nace en la piedra,/ la que vive en los ojos sin tiempo de las cosas” (San Mateo V, 10). Como una sentencia bíblica que nace de la piedra.

Y hasta su creencia es firme, afincada en la naturaleza, y más precisamente en la naturaleza de dios, y del “que se bajó hasta aquí/ para ser hombre/ con carne hermosa y rubia barba” pero que está aquí “junto a/ todos los seres que luchan y reviven”. Ese es su creencia, su credo: un dios justo más que justiciero, más terrenal que celestial. Pero así como le canta al todopoderoso, puede hablar de alguien, no muy definido, alguien que “no era un gran hombre/ no tenía/ méritos extraordinarios/ ni virtudes/ uno de tantos” (No era un gran hombre). Y acá habrá algo, “bajo toda esa cosa suya”, algo que no es otra cosa que la vida, y que con su muerte se nos presenta, inmortal. Porque así como podemos estar dentro del centro de la tarde, también podemos estar en la alta noche, cuyos horizontes se fugarán de la luz.

Llama la atención la curiosa relación con los espejos, con los dos lados del espejo, en los que alude a lo que está oculto dentro de nosotros, ese otro que a veces creemos ver cuando miramos un espejo de refilón y nos muestra una cara distinta, como si una luz opaca desdibujara nuestra silueta (Alicia I, El espejo). Y allí, dirá que “He perdido cosas./ Seres que fueron”, porque allí está el tiempo, y cómo ser el mismo si han pasado cosas, hechos, mojones que fueron orientando la vida, ésta, reflejada en el espejo: “…un rostro más oscuro/ una luz temblorosa y la ilusión cansada” (El espejo). Porque aquí, en este poema, está resumida la vida entera de un hombre y también la imprescindible muerte, puntual.

O, por ejemplo, lo que vemos: “la imagen de un espejo borroso/ donde se esfuma la forma de seres y de cosas/ que en la alta noche se concentran y duelen” (Ultimo Ulises, pág. 75). Tanto allí, como en el poema Penélope, hay reminiscencias mitológicas, un volver a los clásicos como punto de partida. Y esa imagen también, aunque en otro plano, se manifiesta en el recuerdo: “Tú mueres a la medida de mi olvido” —lo que, al poner el verso de cabeza, la frase adquiere otra dimensión: tú vives en el recuerdo, pero siempre que se recuerde, si no será la muerte—.

Arbeleche introduce algunos poemas en prosa, que son (en este caso) de 1983. “Y cuando se miran no buscan su reflejo sino esa parte de cada uno que permanece sumergida y sólo el otro puede hacer surgir”, donde está el uno y el otro, y éste último en función del primero. Pero, ¿cómo somos? Porque está eso de que “Nadie conoce a nadie. Máscaras”, somos máscaras, impenetrables, y cuando nos la sacamos quedan las otras cosas, la no tan lindas ni buenas, las ideas difusas acerca de la perfección, el olvido y la derrota. Quizá hemos perdido, pero contra nosotros mismos. Hay que dar la pelea, “aunque no seamos jóvenes ni bellos”, pero seremos capaz de atravesar “la transparencia el humo la ceguera/ la sed el grito el agua el río desmadrado/ y me hundo en la búsqueda y emerjo” (IX).

Las ideas que expresa el poeta, entonces, son el reflejo y la representación de una época y una sociedad determinadas. Es cierto que en nuestro andar por el mundo, ya nos hemos sentido cansados, “aún esperamos la cuota que nos debe la vida”. Lo bueno, lo decididamente bueno, es que la felicidad existe —y cuando le habla a Borges nos habla a todos, a través de Borges— porque “la felicidad, si acaso existe/ y se parece a algo,/ se parece a la gente”. La felicidad sucede en la medida que colma las expectativas del que se sentirá feliz y él mismo hace una lista de cosas o situaciones posibles de hacer feliz a alguien (a él por lo pronto) y que nosotros nos podamos identificar con alguna de esas situaciones (Carta a Borges).

La muerte, sin embargo, se presenta, una y otra vez, como si de a poco estuviera cerrando el cerco: “He visto a un perro/ comerse la oreja de un cadáver/ y le cuento que mi hermano tenía ya/ en su cuerpo de luz/ el tenebroso color de lo podrido/ porque toda la muerte es una sola e igual/ y es siempre un acto de barbarie/ y siempre su sombra va/ delante, detrás, o dentro de nosotros./ Le cuento que pienso a veces/ en las nubes como pastores blancos/ que preparan la mesa roja de la resurrección/ y allí estaremos todos sentados y serenos/ mirándonos mirar la cabecera/ donde nos estará mirando Dios” (Con Martha en Florencia), y allí está la sombra dentro de nosotros, guiándonos, nos estará mirando como una especie de autoconciencia a la que no se le puede hacer trampa. Y en medio de todo ello, también hay otros recuerdos, como los de los amores que alguna vez fueron nuevos, y que ahora están “durmiendo suavemente/ a lo largo del tiempo”, que suena a una forma delicada de decir adiós a alguien con quien se fue feliz alguna vez. La forma del amor debe ser total para ser, y para ello “te siento en mí/ como la abeja cuando dora/ en su zumbido/ la siesta del verano” (Ecuación), porque estar dentro de ti es ser parte tuyo.

La descripción de animales, a veces incluso la mera nominación, y de los frutos de la tierra buscan dar una impresión de sencillez (y pienso en Las Geórgicas, de Virgilio, donde quiso ensalzar el medio rural), pero esa sencillez tiene también algo de destino inexorable que recorre, o puede recorrer, todas las cosas de este mundo, incluida la naturaleza por entero (ríos, cordilleras, sistemas estelares). “Esta noche compartirán la cena/ las voces de los muertos/ los ojos serenados de Africa/ sus riscos/ —dialogaremos—/ en la anchura compartida del tiempo” (Agape). Y aquí se trata de la muerte, desde el origen a que podría aludir esa mención a Africa. Según T.S. Eliot, citado por el autor del poemario: “El concepto de destino nos deja un misterio, pero un misterio que no se opone a la razón, porque implica que el mundo, y el curso de la historia humana, tienen sentido”.

En Federico, nos hace compartir el dolor por Federico García Lorca, por su muerte, porque Federico es de “los que sufren y aman”, y a su vez el poeta admite haber querido ser feliz, hay una simbiosis por la que el poeta se transforma en Federico García Lorca, otro poeta, y de ese modo la poesía es un vínculo que une a los dos pero también une en cuanto a lo que quiere decir, a lo que transmite. Y en esa vida: “Traté de hacer las cosas/ lo mejor que he podido/ y en estos menesteres/ se fue la luz y el agua/ pero el aire ha quedado” (Carta a Federico). A pesar de todo hay fiesta en el mundo, y festejantes: “el mundo es fiesta/ cuando la montaña se ama con la nube/ bajo la blanca sonrisa de los dioses”.

Los motivos para la muerte.-
El segundo libro se descompone en tres partes. La primera se llama Monte vide eu, y en sus versos todo buscará el origen, por más remoto y distante que esté, pero para ello empezará en el ahora, en el preciso instante, donde se marca y demarca el territorio del poemario, aunque para ello sea necesario volver sobre sus pasos, “por esa calle Sarandí/ setenta años después…”. Todo ese espacio de tiempo, esos setenta años, se verán reflejados en la frase: “…una pareja/ adolescente pasee de nuevo/ su belleza y vuelvan a ser otra vez/ Paris y Helena/ partiendo hacia su Troya…”. Aquí está el momento de su máximo amor y conjunción, pero también causa de todos los desvelos posteriores, y sin embargo seguiremos pretendiendo que haya parejas aún que quieran partir hacia Troya, pase lo que pase. Y la extrañeza, ahora, en ese sentirse viejo, “con la arruga/ un poco más profunda”, incluso a sabiendas que este tiempo iba a llegar y que es casi un privilegio seguir estando dentro de la vida. Es cierto que lo que más ansía (la corona y el reino: o sea, la luz, la verdad) no puede realizarse. De pronto, como anotación salida de la página de uno de esos diarios íntimos que aún se siguen utilizando (aunque no podamos saber la escala de ese uso clandestino), el poema “Manzana” hace un juego casi infantil pero al que la perspectiva del tiempo, y la perspectiva del deseo, es la misma, en otro escalón de su vida-experiencia. Y es una confirmación que va más allá del hecho puntual, más allá de esa mujer, una mujer de “risa simple y gorda/ de noble fruta sana,/ su pulposa guiñada coquetona”, por fuera, por supuesto, de todo estereotipo, pero mujer real al fin. Real como una sequía, donde “cruje el pastizal”, quejándose, pero también donde “un resuello reseco raja/ el aire. Brama el horizonte/ tapiado por la sed”, donde cada uno de los adjetivos reafirma la idea fuego. Porque ese nombrar la seca, naturaliza un estado de ánimo, el desierto interior, “la cuenca arenosa del insomnio”.

Y para sentirse (aún) vivo, el dolor. El dolor físico nos recuerda que existimos, somos, mientras los dolores nos duelan (es decir que nos hagan doler), y con ello llegue el sufrimiento. Más vale sufrir, pero vivo, que estar perfectamente bien… muerto. Es por eso que no hay necesidad, ni apuro, en morir, aunque se sufra. Y además, como buen vate, podrá pedirle a Caronte que vaya más despacio, para aprehender aun lo que tenga que ver y sentir en el último tránsito, donde pueda paladear el eco de su voz, llamándose. Es que todos somos iguales en que somos distintos, por más pequeñas, e invisibles, que sean nuestras diferencias, pero todos buscamos lo mismo, de una u otra forma. Con las manos —por ejemplo—, que palpan, tocan, o diseñan el contorno de otra piel. Y para ello tendrá a la palabra, el verbo, y serán palabras las que “habrán de despeñarse/ al pudridero”, y las que “no hacen sombra/ las que atisban…”, ambas, “habrán de apacentar/ el inquerido roce/ —o rasgadura—/ de la gracia”.

Hay, entonces, un dualismo de todas las cosas, una dialéctica capaz de unirse en los contrarios, y su unión se da en el objeto, pero también en el sujeto, tanto exterior como interior, el poeta o nosotros, que escuchamos de este lado del poema.
La segunda parte es Galería, donde desfilan, en claro homenaje, a quienes el poeta desea honrar. Hará un espacio para glorificar a los artistas que cumplen su propia existencia sin pedir nada a nadie, como un poeta solitario que se consume en la creación, ininterrumpida, de su poema. Y la muerte apenas un momento, donde la mayor parte de su vida pasará desapercibida, ausente, signada por el dolor: “No se extinguió entre los velos/ de una casa solitaria ni recibió/ un balazo después de la pasión/ ni la melancolía lo demolió de a poco./ No tuvo la aguja de morfina ni/ la foto. La tuvo sí para el dolor./ Y lo aguantó. Como pudo. Como supo”. Porque la muerte se hace presente, siempre, aunque sea injusta: “Nadie/ debería morir más allá de su puerta./ Nadie/ debería morir/ lejos ni cerca. Debería./ Nadie” (J.E.R.: José Enrique Rodó, a propósito de su muerte). O la muerte trágica de Delmira Agustina, cuyo misterio “Al filo del silencio/ como el badajo de una campana muda/ cuelga/ el eje de tu enigma/ y lo que no puede hablar quedó/ inefable”. Es decir que en esta parte estará la galería de sus muertos ilustres, maestros del poeta en la poesía, en la vida, dando sus ejemplos en el modo de vida que le ha tocado a cada uno. Así, de María Eugenia Vaz Ferreira rescatará “unas alas despojadas de pájaro” y que “de un solo golpe cerraste la tapa del piano (o sea desterraste la música de tu vida)/ y desnucaste/ la estrella el sapo y el pescuezo”. O de Juana de Ibarbourú, su mentora y maestra (según sus propias palabras, Juana de Ibarbourú no sólo “ofició de “hada madrina”, sino que, contra lo que pueda pensarse, tuvo una muy ajustada mirada crítica hacia los textos de un novel e inédito poeta veinteañero. Juana tenía un rigor ceñido, pero nunca descorazonador”): “más allá de un rojo borroneado/ a veces en los labios”, o “allí/ entre tus vocales esponjadas en el vaho/ de su propia sombra”, porque Juana, la de América, sabe que en cualquier momento puede volver con “el furor alazán de tu galope”, a pesar de los golpes que ha recibido en la vida.

Arbeleche, además, se sentará en la silla de Julio Herrera y Reisig en la Real Academia de Letras (que considerará un gran honor), y su poema J.H. y R. (1910, que es el año de su muerte), dice: “a mí me destinó el azar/ un sillón con el aura aromada de tu nombre” y esa condición disminuye al poeta, porque se siente de algún modo inferior, no por su empeño, sino por el aura enorme de Julio Herrera y Reisig, del que se siente deudor, porque es un “imperator, no me dejan lugar para sentarme. Me apoyo/ sobre el borde y aún así no puedo con mis pies/ tocar el suelo: —el mismo que pisaste—”. Y desde la torre de los panoramas “sólo vi/ un desolado panorama de torres”, de la misma forma en que uno ve lo que está a su nivel o al nivel natural de la altura de la mirada y ver, claro, las mismas cosas, aunque transformadas.

Pero sigue siendo la palabra. “Palabras/ a veces moscas/ avispas/ luciérnagas a veces”; la palabra y la forma de la palabra, lo que dice y lo que quiere decir. “Y de repente nada se ve./ Está ese mar al lado. Y tú lo veías lejos./ La montaña está lejos, y tú la veías cerca./ Pero no lo sabías”. Y aún más: “Manoteabas el aire/ para agarrar las letras. Pero no lo sabías”. Ya estabas del otro lado (como si fuera del otro lado del espejo, viendo el reverso de los días), en “la escarpada corola de la gloria”.

La extensión de la libertad.-
En la última parte, aprenderemos que a la pradera “hay que verla/ antes que escape/ hay que aprender/ a oírla/ aunque enmudezcan de arena los oídos”, y el rastrillar arenoso, siseante, ocultará tus palabras, pero sin duda que para ver la pradera hay que meterse en ella, interactuar. Además, en realidad sólo “bordeamos la pradera/ la olimos/ la escuchamos vibrar/ palpamos su sabor detrás del velo”, pero también “esquivamos sus ángulos”, porque eso que llamamos pradera está afuera, podemos entrar, claro, pero está afuera de nosotros, y sólo desde fuera podemos verla por entero. E irá cambiando, de colores y de consistencia, en invierno vendrá la soledad, o la desolación, y surgirán las grietas, lamidas por el polvo o por el tiempo, y el poeta aprenderá “a rescatar la espuma de los bordes”. Porque esa pradera, que se transforma con el paso del tiempo, y que nos ofrece alternos estados de ánimo, es como su vida, que se transforma con el transcurrir de la misma. Y hasta en ese páramo de soledad, puntual, como si no quisiera perderse la cita, “desde el ojo oracular de la pradera emerge/ única/ la rosa”, y emerge, belleza y vida, desde la raíz, y ese emerger por tanto es radical, y transformador. Ya el desierto —y que nos lo diga Saint D´Exupery— tiene su flor, y “todo en su sitio. Todo esmero”. La rosa tiene espinas, es cierto, pero no hay mal que dure cien años.

Y lo que está encima de la pradera, “árbol sin ramas, un pájaro, las vacas y hasta un unicornio” que “embiste desvelado el aire”, todo, son la custodia de sí mismo. De allí viven, de allí son. Forman parte, como nosotros formamos parte de un todo, una comunidad, un grupo poblacional; forma el conjunto —el ecosistema—de la vida, la interacción vital.

En definitiva, Arbeleche lo sabe, y nos lo dice, en la pradera reside la alegría. Y si la muerte llegase, no es más que otra etapa del ciclo de la vida a la que echar luz.

(El hilo de la lumbre, Jorge Arbeleche, Ediciones de la Plaza, 1998, Montevideo, 127 páginas)
(Para hacer una pradera, Jorge Arbeleche, Ediciones de la Plaza, 2000, Montevideo, 49 páginas)

 

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.

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