Entrevista realizada
por Daniel Feldman 
(*)

Pablo Vierci sobre su novela El fin de la inocencia

“El protagonista cuenta lo más sórdido de su vida para que el lector haga el mismo ejercicio, con peripecias menos terribles”

Conversamos con Pablo Vierci, sobre su más reciente novela, El fin de la inocencia, editada por Alfaguara y presentada en la reciente Feria Internacional del Libro de Montevideo.

Una novela escrita en primera persona, y cuyo protagonista se llama como vos, ¿ya dice mucho de lo que encontrará el lector en El fin de la inocencia?

La novela está planteada como una suerte de psicoterapia, donde el protagonista relata su vida, muestra sus entrañas, comenzando con un hecho traumático, y siguiendo con todas las ramificaciones que tuvo ese accidente, cuando tenía 19 años. En ese sentido era clave, para mí, que fuera escrita en primera persona, y para que resultara más verosímil, que el personaje se llamara como yo.

Así funciona una relación psicoterapéutica, donde, en este caso, el lector sería el terapeuta, en el sentido de que es quien escucha, o lee, con compasión por el que cuenta. Luego claro que esta relación se invierte, y lo que busco con la novela es que sea el propio lector el que construya su propio relato, con sus propias peripecias, acicateado por las peripecias que relata el protagonista de la novela.

O sea un juego a dos puntas.
Sí, exacto. El protagonista comienza a contar, en caliente, su propia experiencia, para lograr con el lector un grado de confianza y complicidad tal, que a partir de determinado momento es el lector el que está interpretando lo que sucede en la novela de acuerdo a su propia experiencia. Y por suerte lo estoy logrando, porque con los lectores que hablo, sucede exactamente esto.

Pablo Vierci

¿En ese sentido fue bueno jugar con algunos hechos autobiográficos?
Se trata de una novela realista, o sea yo narro los hechos ocurridos con la mayor precisión posible. Hay dos tipos de hechos, aquellos que fueron mojones del tiempo que me tocó vivir, donde ocupan ese rol en el relato, son mojones de aquel tiempo, desde la llegada del hombre a la luna hasta la violencia de los años 60 y comienzos de los 70. Otros recuerdos de hechos verídicos, en cambio, los reelaboro, o sea parto de un hecho que ocurrió, como un accidente en canoa en 1967, y lo recreo, es decir que no hablo de aquel accidente sino que ese hecho histórico sirve de chispa para una reelaboración completamente nueva. Pero son recuerdos que para mí tienen mucha electricidad, mucha carga dramática, y por eso me seduce mucho partir de esa fotografía y reelaborarlo de otra manera.

¿El hecho de que se inicie con el hecho traumático, el accidente, “in media res”, es parte de este objetivo?Sin duda, no quería que quedaran dudas sobre el rumbo de la novela. Arranca con un accidente en canoa, en el año 1968, con tres víctimas y un sobreviviente. Como en toda experiencia  psicoterapéutica, comienza a analizarse el revés de la trama, o el mar de fondo, o sea lo que está detrás de las apariencias. Es como si a un hecho lo observáramos como una fotografía, y vemos solamente lo que aparece en la imagen. Pero al mismo hecho lo podemos ver a través de una radiografía, donde se ve la trama sutil que está detrás, la urdimbre que no se ve a simple vista. Y si lo miramos como si fuera una tomografía, tendremos imágenes antes y después, donde podemos ver no solo los hechos que pueden haber influido para que ese accidente ocurriera, sino todo lo que eso generó, como cambió el curso de las vidas de los personajes.

Además ubicás ese hecho en un año muy particular, 1968.
Exacto, lo que intento es armar una suerte de “bomba”. Un grupo de amigos en una expedición temeraria, en el año 1968, en plena revolución de las costumbres, cuando a su vez los personajes tienen 19 años, o sea la edad de la “educación sentimental”, o sea un torbellino dentro de otro torbellino, y en plena Guerra Fría, cuando los jóvenes de aquella época teníamos la sensación de que el holocausto nuclear estaba a la vuelta de la esquina. Y una época muy peculiar en Uruguay, cuando había una democracia jaqueada, en un país que era el más igualitario de América, fundador de la socialdemocracia a principios del siglo XX, el más republicano del continente desde 1813, pero que vivíamos un poco a oscuras, éramos un paraíso fiscal, tiempos en que se estaba pergeñando todo esto que vivimos mucho después, en esto que ahora le llamamos el “siglo de la transparencia”. Esos hechos detonando en esa época y en los años siguientes conforman esa bomba.

Si el protagonista, Pablín, no logra desentrañar qué es lo que ocurrió, incluso narrado muchos años después, ¿vivirá su naufragio definitivo?
Es así, en la vida nosotros solemos “enterrar vivos” los recuerdos o hechos que nos lastiman demasiado, generalmente cuando todavía no podemos procesarlos, entonces los barremos bajo la alfombra, los enterramos vivos, y van a parar al inconsciente. Pero no desaparecen, sino que pujan por asomarse, porque el inconsciente es parte de nosotros. Lo que intenta el protagonista, al narrar la historia, al interactuar con los otros personajes, es, con la perspectiva del tiempo, entender lo que sucedió y permitir que asomen esos fantasmas, que antes no podía hacerlos convivir en la conciencia, pero que ahora tal lo logre. Porque si no es así, nunca encontrará la redención, que es la liberación, la paz.

Es interesante cómo en la novela va quedando cada vez más claro que vivir en la incertidumbre, para Pablín, puede ser aterrorizador pero también puede dejar de serlo. ¿Cómo es este proceso?
Cuando el protagonista pone la lupa para registrar las zonas que la simple vista no percibe, para comprender la trama sórdida que se teje en torno a su vida, donde el naufragio de la canoa fue una consecuencia, se le presenta la oportunidad de redimirse. Porque como tú dices, puede ser fascinante o aterrador descubrir algunos de los imponderables que gobiernan nuestras vidas. Vivimos en la total incertidumbre, al punto que la única certeza es el morir, pero ni siquiera sabemos cuándo, ni dónde, ni cómo. ¿En cuántos instantes que no sabemos ni sospechamos se torció nuestro destino, a veces por un suspiro, un milímetro, un desliz? ¿Somos conscientes de que en buena medida estamos navegando a ciegas, a la deriva, con información incompleta de lo que sucede a nuestro alrededor?  Con la novela El fin de la inocencia invito al lector a una expedición en canoa para vivir la experiencia trágica de naufragar, y, juntos, con el sobreviviente y protagonista, hundirnos y llegar al fondo, hasta que en determinado momento sea necesario dar un golpe de timón para evitar el naufragio definitivo.

Poco a poco, iremos rehaciendo la misma peripecia pero ahora no será a ciegas, sino alumbrando zonas que estaban a oscuras, u ocultas, para visualizar algunos de esos imponderables que nos gobiernan, como cuando se divisan las rocas cuando baja la marea.

¿Cuál es la salvación?
La peripecia de Pablín es terrible, pero el derrotero no será trágico. Yo he aprendido que cuando uno relata una experiencia desmesurada, trágica, el lector puede ponerla en perspectiva respecto a su propia vida, decir “lo mío no es tan radical pero se le parece”, con lo que facilita la identificación.

La redención es poder reelaborar la vida sin que los hechos traumáticos definan el destino, sin que existan zonas ocultas en el inconsciente que pujan por asomar de manera disfuncional. La redención para el protagonista es vivir sin culpas, y aceptar que si bien mucho de lo que le sucedió es de su directa responsabilidad, otros imponderables estaban más allá de él, y él no fue más que una víctima. Si logra entender y sentirse bien con estos sentimientos contrapuestos, habrá encontrado la paz.

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