La muerte de Menchi Sábat / entrevista con William Puente

En la noche del 1º de octubre murió en Buenos Aires el artista plástico uruguayo Hermenegildo Menchi Sábat. Había nacido en 1933 en Montevideo, hijo de un profesor de literatura y nieto de un dibujante. Era pintor, fotógrafo, periodista, diagramador, músico, dibujante, considerado uno de los mejores caricaturistas del planeta. Estaba casado con Blanca Rodríguez y tenía dos hijos, Rafael y Alfredo, este último también dibujante.

La muerte de Menchi Sábat / Aquí
una entrevista inédita con
el periodista William Puente

En Montevideo trabajó en Acción, Marcha y El País, y en Buenos Aires en Primera Plana, Atlántida, Crisis, La Opinión y desde 1973 en el diario Clarín. Sus dibujos ilustraron las páginas de The New York Times y L’Express, además de otros diarios de América y Europa. Expuso sus pinturas, dibujos y fotografías en numerosos lugares, entre ellos museos de arte de Montevideo, Buenos Aires, Río de Janeiro y San Pablo. Publicó más de 20 libros con dibujos, reproducciones, textos, que se ocuparon de Borges, Onetti, Charlie Parker o Fernando Pessoa.

En 1982 creó la Fundación Artes Visuales para personas que respetan el arte y quieren ser respetadas. Sábat recibió numerosas distinciones, como el premio Homenaje de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano que dirigía Gabriel García Márquez, el premio Nacional Pedro Figari de Pintura, en Uruguay, el galardón a la Personalidad Emérita de la Cultura Argentina, entregado por la Secretaría de Cultura, y el premio María Moors Cabot Award de la Columbia University. A Menchi le gustaba el jazz tanto como escuchar a Gardel, Piazzolla o Mozart. En 1961 vivió unos meses en Estados Unidos, alojado en la casa de Al Hirschfeld, un caricaturista genial que retrataba para The New York Times a actores y actrices de cine y teatro.

En 2010 entrevistamos a Sábat en Buenos Aires, en la redacción del diario Clarin.

-¿Por qué el sobrenombre Menchi?
-Empezaron de Hermenegildo a Hermencito, a Menchito, es un apócope. Mi abuelo Hermenegildo nació el 13 de abril, el día de San Hermenegildo. Entonces, ahora ya no hay nada que decir, está todo dicho.

-¿Cuándo comenzaste a publicar?
-El primer dibujo mío se publicó en mayo del ‘49, un dibujo de Juan Alberto Schiaffino (futbolista de Peñarol y el Milan, campeón del mundo en 1950 con la celeste en Maracaná), en la página de deportes del diario El País. Unos cuantos meses antes yo había llevado dibujos al diario y durante cierto tiempo yo me fijaba todos los días para ver si lo habían publicado, pero no lo publicaban nunca. Un día un bedel del liceo adonde yo iba me dijo “¿Viste el dibujo tuyo de Schiaffino?”. No, le dije. “Mirálo”. Y creo que fue la única vez en que yo me emocioné al ver una cosa mía publicada. Ahora uno lo mira con otra… hasta diría, no solo con rigor sino con crueldad, para ver que errores ha cometido.

Ingresé al diario Acción en 1955, o sea seis años después de la publicación de aquel dibujo. Hasta entonces, en El País publicaba dibujitos sueltos y cobraba. Tengo un recuerdo de esa vez, de la primera vez que me fueron a pagar. Un hombre que después creo que fue senador –se llamaba Washington Fernández y estaba en la Contaduría de El País- me dijo: “Vos te vas a acordar de mi siempre”. Y me estoy acordando. “Porque te querían pagar dos pesos por dibujo y yo conseguí que te pagaran 2,50”, aclaró. Después ahí, en esos seis años publiqué muchos dibujos en Marcha, generalmente en la página que manejaba Emir Rodríguez Monegal, a quien yo conocía de niño porque había sido alumno de mi Viejo. Entonces surgió la posibilidad de entrar en Acción. Claro, esos dos años en que yo estuve en el diario Acción fueron muy valiosos para mí, porque yo ví a los políticos ahí, al lado mío, y yo veía como actuaban, y eso me ha servido para interpretarlos. Yo tengo recuerdos de esa época. Un tipo al que yo realmente le tenía mucho aprecio era Zelmar Michelini, a quien seguí viendo después que me fui del diario. Y siempre lo ví como era él, un gran tipo.

NOTA: Zelmar Michelini nació en 1924 en Montevideo, fue dirigente del sindicato de empleados bancarios, militante colorado y secretario del presidente Luis Batlle Berres. Integró el grupo de “los jóvenes turcos”, fue elegido diputado por primera vez por el Partido Colorado en 1954, creó posteriormente la Lista 99-Movimiento por el Gobierno del Pueblo, en 1965 fundó el diario Hechos y en 1967 fue ministro de Industria y Comercio del gobierno colorado del presidente Oscar Gestido, aunque pronto abandonó ese cargo. En 1971 integró el grupo fundador del Frente Amplio y fue elegido senador. Poseedor de una oratoria brillante, Michelini fue uno de los primeros en denunciar en la Cámara legislativa las torturas a las que eran sometidos los opositores políticos encarcelados. En la noche del 25 de junio de 1973, pocas horas antes de que en la madrugada del 27 se produjera el golpe de Estado, Zelmar pronunció un histórico discurso en el recinto parlamentario y con una argumentación abrumadora demostró que la justicia militar no tenía independencia y, por lo tanto, no podía juzgar a los civiles. Así derribó la falacia argumental del presidente Juan María Bordaberry y desmoronó la estrategia armada por los militares para combatir a la población. El discurso no pudo ser publicado en la prensa, porque el golpe se le anticipó. Michelini se exilió en Buenos Aires, donde denunció las violaciones a los derechos humanos en Uruguay y trabajó en los diarios La Opinión y Noticias. En 1974 viajó a Roma para participar de un encuentro del Tribunal Russell II, donde el 30 de marzo intervino para denunciar la situación en la que se encontraba el Uruguay en medio de la dictadura cívico-militar. Dijo entonces:»Los uruguayos torturados superan los 5 mil y por las cárceles y cuarteles militares han desfilado más de 40 mil personas. El número debe relacionarse con el total de habitantes del país y entonces las conclusiones son escalofriantes». Su actividad militante no le impedía tener un gran sentido del humor. El autor de esta entrevista compartió con Zelmar la redacción de Noticias en la sección de política internacional, adonde continuamente llegaban uruguayos que decían ser exiliados y pedían hablar con Michelini para que los asistiera. Sin preocuparse de si realmente eran refugiados, Zelmar los atendía y los ayudaba, muchas veces dándoles dinero. Después regresaba a su escritorio, junto al que yo ocupaba, y con una sonrisa pícara comentaba: “Che, Flaco, estos tipos después votan, ¿no?”, en alusión al antiguo clientelismo electoral uruguayo.En noviembre de 1975 la Embajada de Uruguay en Buenos Aires comunicó oficialmente a las autoridades argentinas y a la Embajada de Estados Unidos la cancelación del pasaporte 102.454, a nombre de Michelini, y de los pasaportes 110.315, perteneciente a Wilson Ferreira Aldunate, y 106.046, a nombre de Héctor Gutiérrez Ruiz, estos dos últimos legisladores del Partido Blanco también exiliados. En la madrugada del 20 de mayo de 1976 un grupo de tareas llegó al Hotel Liberty, en la calle Corrientes, y secuestró a Michelini. A esas horas también era aprehendido en su casa Gutiérrez Ruiz, mientras que Ferreira Aldunate lograba escapar. Tres días después, los cuerpos de Michelini y Gutiérrez Ruiz aparecieron en el interior de un automóvil estacionado en una esquina de Buenos Aires. Dentro del mismo coche estaban los cadáveres de otros dos uruguayos secuestrados: los ex militantes del Movimiento de Liberación Nacional (MLN-Tupamaros) William Blanco Whitelaw y Rosario Barredo, también exiliados en la Argentina. Todos presentaban claras señales de haber sido torturados con sadismo antes de recibir los tiros de gracia. En marzo de 2010, la fiscal Mirtha Guianze pidió en Montevideo una condena de 30 años de prisión para el ex dictador Bordaberry y para su canciller, Juan Carlos Blanco, por sus responsabilidades en esos crímenes. Bordaberry murió en 2011.

-Fue una barbaridad lo que pasó con Michelini. Y que no tiene reposición, como diría Aníbal Troilo cuando murió Homero Manzi. No hay reposición. La primera vez que yo escuché el nombre de Zelmar Michelini fue en un partido preliminar de Peñarol y Nacional, en el Estadio Centenario. Él jugaba de half derecho en Potosí Carrasco. Yo le mencionaba eso, cuando nos veíamos. Parece que jugaba bien. Él después pasó al Banco Hipotecario, donde ahí sí creo que era jefe del sindicato, o como se llame, de la gente del Banco Hipotecario.

Y tengo recuerdos de otras personas ahí, de esa época en el diario Acción, incluido Jorge Batlle, quien se portó bien conmigo. Jorge Batlle fue el que me llevó al diario y el que me dio la oportunidad de que yo trabajase ahí. Yo después -son esas cosas que le pasan a uno, para eso sirve tener 22 años-, yo en algún momento me distancié de él, pero por cosas operativas, no por cuestiones de principios ni nada por el estilo. Después, con los años, yo me he reencontrado con él y creo que -a mi me resulta justo decir-, que él hizo una gestión muy honrada como Presidente. Se mandó aquella frase que, bueno, la dijo como se dice, off de record, pero que sirvió para que se armara un escándalo.

NOTA: El 2 de junio de 2002 la cadena televisiva Bloomberg entrevistó al entonces presidente uruguayo Jorge Batlle (2000-2005). Cuando la entrevista finalizó, las cámaras continuaron encendidas sin que lo advirtiera Batlle quien, molesto con el periodista que insistía en preguntarle si Uruguay tendría el mismo destino que la Argentina, que atravesaba una dura crisis, le dijo: “Estimado amigo, en el 2001 la situación argentina, con los problemas argentinos. ¡Una manga de ladrones del primero al último! ¿Entiende? Ahora, no compare Argentina con Uruguay, ¿o usted es ignorante?” Batlle agregó que el entonces presidente argentino Eduardo Duhalde “no tiene fuerza política, no tiene respaldo, no sabe adónde va”. Cuando estas declaraciones fueron difundidas por la prensa de Argentina y Uruguay, Batlle llamó por teléfono a Duhalde para darle explicaciones y el 3 de junio viajó a Buenos Aires, fue recibido por su colega del país vecino en la Residencia Presidencial de Olivos y, muy compungido, pidió disculpas al pueblo argentino ante las cámaras de la televisión.

-Y te digo realmente, no le quito ni le agrego nada a lo que él dijo, es triste pero es así. Lo he visto una o dos veces a Jorge Batlle. Es sorprendente la vitalidad que tiene ese hombre, tiene 81 años y actúa como si fuera un muchacho.

Bueno, tengo recuerdos además de Manuel Flores Mora. Era un tipo también muy singular. Y tengo recuerdos así, de compañeros de la redacción, como Paco Amaral, que era redactor. Era el que hacía los libretos radiales de “La Gaceta Sideral”. Estaba Carlos María Gutiérrez (quien después fue el primer periodista uruguayo que entrevistó a Fidel Castro en la Sierra Maestra, antes del triunfo de la Revolución cubana). Y había algunos personajes casi folclóricos sobre quienes es mejor callarse y dejar que la memoria se diluya. Si, porque no voy a dar el nombre, pero había uno que yo sabía que era batidor de la policía, directamente. Y delante mio, en el escritorito, se sentaba el cronista policial de Acción, que era un tipo que se llamaba Alejandro Napoleón Sierra Fernández.

Cuando llegaba hablaba a los gritos y era un tipo que verdaderamente también tenía una curiosa relación con la policía, y con las mujeres que circulaban por ahí, por la calle Brecha. A mí me contaba, no lo sé, porque estos son 55 años, me contaba que él las mandaba presas a esas mujeres y después las hacía sacar. Y me imagino que en el medio debía de haber algunos favores exigidos… Pero, era otro tipo de gente. Han pasado 55 años. Era otra época también.

Había un tipo que se llamaba Gualberto Fernández. Y me dijo que una vez él atendió a Joaquín Torres García, no sé en que diario, creo que en un diario anterior a Acción, pero que se hacía también en el Palacio Salvo. Y Torres García quedó impresionado con los diagramas de los diarios, como se concebían los diagramas de los diarios, y le dijo: “Eso es lo que yo hago”. Era el constructivismo, ¿no? Eso me contó Gualberto Fernández.

Yo estuve dos años y algunos meses en Acción. Estaba Julio María Sanguinetti, quien sería presidente de Uruguay, y estaba este muchacho que se llamaba Alberto Pérez Pérez, que después fue decano de la Facultad de Derecho y se salvó de ir en cana porque estaba curiosamente en un congreso en Buenos Aires cuando se produjo el golpe de Estado en 1973.

NOTA: Julio María Sanguinetti, abogado y periodista, dirigente del Partido Colorado, autor de una biografía del pintor Pedro Figari, vicepresidente del Club Atlético Peñarol, fue ministro, senador y diputado, y presidente del Uruguay en 1985-1990 y 1995-2000. En su primer periodo de gobierno, a la salida de la dictadura, impulsó la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, aprobada por el Congreso en 1986 y que por dos décadas impidió procesar judicialmente a militares y policías por los crímenes de lesa humanidad cometidos durante el terrorismo de Estado (1973-1985).

-Sanguinetti es un hombre, diría, un político profesional. Él ahí tenía 19 años y hacía el diario Canelones, que lo dirigía Maneco Flores Mora. Estaba ahí sentado casi en el suelo, allí trabajaba. Y él hizo su carrera de abogado y siguió y siguió. Es un tipo respetado, lo respetan en todos lados. Hace años, una vez estando en París hicimos la visita guiada de la Opera de la Bastilla. Y allí lo vi a Sanguinetti en una foto al lado de François Mitterrand.

Yo me fui de Acción y estaba en banda totalmente y un día me crucé con César Di Candia, al que yo conocía de El País y él me acercó de nuevo y entré a trabajar en ese diario. Ahí en la redacción de El País había gente que yo conocía, como Emir Rodríguez Monegal y Homero Alsina Thevenet. Yo a Alsina lo conocía del Club del Jazz. Yo creo que Alsina es un hombre que le ha hecho mucho bien al periodismo del Río de la Plata.

NOTA: Homero Alsina Thevenet fue un periodista y crítico cinematográfico uruguayo que vivió entre 1922 y 2005. Trabajó en Cine Radio Actualidad, dirigida por René Arturo Despouey, el semanario Marcha y el diario El País, en Montevideo, y en las revistas Primera Plana y Panorama y los diarios La Razón y Página 12 de Buenos Aires. También vivió exiliado en Barcelona. Firmaba HAT sus textos y aquellas iniciales valorizaban los medios en los que escribía y eran buscadas por los incondicionales del cine. Apasionado del jazz tanto como del cine, Alsina era preciso y riguroso en la información que publicaba. “Comience diciendo tac, vaya al grano”, le pedía a los periodistas que trabajaban con él. El escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez recordó en un artículo el “estado de absoluto deslumbramiento” que le provocó la primera nota firmada con las iniciales HAT que leyó en El País. Era una presentación del film Signora senza camelie, de Michelangelo Antonioni, realizado en 1953 y que no se conocía en Buenos Aires. “En cada línea había un dato, una ubicación de la obra en el contexto del nuevo cine italiano y un análisis minucioso de sus aportes visuales y dramáticos. Nunca había aprendido tanto de un artículo tan breve y pocas veces en la vida se me volvió tan transparente el horizonte infinito de lo que ignoraba”, memoró Eloy. Alsina escribió ensayos sobre la censura en el cine, la persecución del macartismo en Hollywood, la magia de Charles Chaplin, la historia de los Oscar y en 1964 publicó Bergman, un dramaturgo cinematográfico, en colaboración con Emir Rodríguez Monegal. En su última tarea, a los 83 años dirigió la Revista Cultural del diario El País.

Foto; losandes.com.ar

-Alsina era un tipo que para algunos podía ser un maniático, pero que más que maniático era un perfeccionista. Entonces él aspiraba a que se cumpliera una serie de normas, de datos y de respeto a los datos. Generó un estilo y hay dos o tres personas que estaban cerca de él que han cumplido con aquellas normas. Yo conozco la vida de Alsina, que fue una especie de niño prodigio. Una vez, a los 12 años, creo que eran, 13 años, se lo llevó una bicicleta por delante y estuvo un tiempo enyesado. En la cuadra de donde él vivía había un cine y como lo conocían lo dejaban entrar todos los días a la sala. Y empezó a vincularse con el cine a partir de esa instancia. Esta es una historia que ya es conocida. Entonces empezó a trabajar en la revista Cine, Radio, Actualidad y mantenía un consultorio cinematográfico, pero con preguntas absurdas, como por ejemplo a qué hora desayuna Eisenstein. Y Alsina daba los datos, toma esto y jugo de esto, y como eran las tostadas, estaba enterado de todo. Pasó después a Marcha y junto con Hugo Alfaro mantenían la crónica cinematográfica. Ahora se está publicando un libro que va a tener tres volúmenes. Salió el primero y va a salir el segundo, con todas las crónicas que escribió Alsina en su vida. Todo eso puede parecer una exageración, y sin embargo no. Es un homenaje y además una cosa como para que la gente la tome en cuenta.

Yo estuve en El País desde ese momento, que era 1957, hasta 1965. Estuve ocho años. Y ahí sí, yo cumplí diversas funciones, a veces escribía, titulaba, diagramaba, sacaba fotos y eventualmente, entre mayo del 65’ y diciembre del 65’ estuve, de algún modo, a cargo de la redacción. Yo había puesto condiciones cuando me lo ofrecieron. Yo dije, yo no quiero rótulos y usted no me llame por el interno. Esto se lo dije a Carlos Eugenio Scheck, que era el administrador del diario.

Bueno, pasados seis meses o siete meses un día suena el teléfono interno, levanté el tubo y era este hombre que me da la orden: “¿Viste que no te llamé?”. Si, le respondo. “¿Podés venirme a ver?”. Si, como no. Entonces yo fui y me dijo que ya me habían confirmado como secretario general del diario. Yo le dije que no. La cara de ese hombre yo la tengo acá, ¿eh? (se señala el entrecejo). Primero porque era un hombre que estaba acostumbrado a que todo el mundo le dijera que sí y segundo porque él no se imaginó que yo le iba a decir esto.

Porque yo, repito, no quería el rótulo, no quería el cargo. Lo mío era sacar el diario y la verdad que se quedaron contentos porque evidentemente hubo una cosa numérica; aumentó la circulación del diario. Pero yo no sirvo para cargos ejecutivos, como no sirvo para la publicidad. Y no sirvo para la publicidad porque yo no sé vender. La publicidad es eso, una especie de brazo armado del capitalismo. Y yo, en otro sentido, me considero un tipo afortunado porque haciendo lo que hago, y sin tener que estarlo vendiendo, me he ganado la vida.

   -Ya que hablas del brazo armado del capitalismo, una vez te escuché recordar una copla. Algo así como El señor Don Juan Ordoñez, con bondadez sin igual…
-No, no, a ver. El señor don Juan de Robres / con bondadez sin igual / ha donado un hospital / pero antes hizo a los pobres. Sí, es una cosa del medioevo español que me enseñó mi padre. Yo no juzgo a los que… no es que yo diga hay gente para todo, no. Alguien tiene que hacerse cargo de ciertos cargos, para repetir la palabra, abundar. Yo no sé, pero lo tengo claro, no voy a aceptar cargos y después voy a contradecirme haciendo cagadas.

Yo creo que hay una marca que en Uruguay deja, o que dejó, cierta época de la cual yo soy una especie de sobreviviente. Que es, llamémosle, la época heroica de José Batlle y Ordoñez en el Uruguay. Batlle (tres veces presidente entre 1899 y 1915) hizo algo que para mí es el cimiento de la idiosincrasia uruguaya, que fue la separación de la Iglesia del Estado, donde participó mi abuelo Hermenegildo. Porque mi abuelo era el que hacía los dibujos en el diario El Día, que era un diario sábana, realmente mucho más grande de los que se conocen ahora. Mi abuelo dibujaba esqueletos con sotana. Entonces él, de algún modo, fue colaborador de Batlle en eso.

Bueno, esas cosas a mi me marcaron, sin duda ninguna. Me influyeron esos personajes de principio de siglo en el Uruguay, Batlle y Ordóñez, Florencio Sánchez, Joaquín Torres García, Pedro Figari –que, además, había sido ministro de Batlle-, Eduardo Fabini, toda esa generación de creadores nítidamente uruguaya. Nosotros somos los que crecimos mirando y observando a esa gente. Yo hace 44 años que estoy en la Argentina, así que he vivido más acá en tiempo real que en Uruguay, pero a mí me marcó todo eso. Y estoy contento de que me haya marcado. No reniego de esas cosas. Creo que así como es muy difícil explicar a la sociedad argentina y a la Argentina en general, no es tan difícil comprender al Uruguay, especialmente para un uruguayo.

-Y que se reconoce hasta en las marcas que van dejando el Carnaval o el fútbol o la permanente nostalgia por el maracanazo…
-Mirá, cuando volvieron los celestes campeones de Maracaná en 1950, una vez fueron llamados, les pidieron desde la cárcel que fueran a jugar al penal de Punta Carretas. Y evidentemente tenían que jugar sobre cemento. Bueno, los campeones del mundo fueron allí, jugaron y, aparte, los cagaron a patadas… a los campeones. Y recuerdo otro partido…  En el barrio donde yo vivía, que era en Pocitos, había una familia de apellido Falco que decían que pertenecían al primer club de fútbol que había habido en el Uruguay, que era el club Albion. Y había un tipo que después yo creo que fue presidente del Sodre en una época en que… no sé, vamos a obviar eso, Enrique Falco, que cantaba. Entonces organizaron un partido, lograron organizar un partido del Albion con los campeones del mundo, en la cancha de Central, ahí frente al Estadio Centenario. Y entonces, por supuesto, Enrique Falco se puso la camiseta número 9, era el centrodelantero. Y no agarraba una. Y de repente un tipo –son esas cosas que pasan en las canchas chicas-, un tipo gritó “agarrá una, veterano”. Y estaba la madre del jugador -que debía ser la primera vez en su vida que iba a una cancha de fútbol-, y se da vuelta la mujer y dice: “Veterano no, tiene 25 años”. Y el otro le dice: “veinticinco en cada huevo”. Extraordinario. Y bueno, son esas cosas que pasan en las canchas de fútbol.

En el Uruguay, curiosamente –y esto es una aproximación-, después de esos conatos con dictaduras y cosas por el estilo, se recuperó un estilo de vida. Antes estuvo la dictadura de Gabriel Terra. Yo nací en aquel año.

-En 1933, cuando Terra se atrincheró en el cuartel de bomberos.
-Eso fue Macondo. Yo conversé mucho, fui vecino de un hombre que estaba aquella noche del 31 de marzo en el cuartel de bomberos, que era Ángel María Cusano, que también fue director de El Debate. Hubo un tiempo en que yo vivía en el sexto piso de un edificio de 18 de Julio y Paraguay, en Montevideo, y Cusano tenía su apartamento en el tercer piso, y en algunas ocasiones conversábamos. A veces le tiraba de la lengua y Cusano contaba cosas con respecto a aquella instancia dramática. Me decía que Terra estaba furioso esa noche, que golpeaba sobre la mesa. Yo creo que lo que sucedió, y que de algún modo resultó más importante que el golpe de Estado para el pueblo, fue el suicidio de Baltasar Brum. Entonces, todo eso para una democracia joven y tierna fue un golpe muy grande.

NOTA: Gabriel Terra (1873-1942) fue un abogado, militante del Partido Colorado, aunque muchas veces enfrentado a su líder, José Batlle y Ordóñez. Asumió la presidencia en 1931, pero el 31 de marzo de 1933, acantonado en el Cuartel de Bomberos y con el apoyo de la Policía que dirigía su cuñado, Alfredo Baldomir, dio un golpe de Estado, disolvió el Parlamento, censuró la prensa e impuso un gobierno autoritario y conservador. El mismo día del golpe se suicidó el integrante del Consejo Nacional de Administración Baltasar Brum, en un inútil intento de resistencia. Brum, un colorado que había sido presidente de la República entre 1919 y 1923, se atrincheró en su casa en el centro de Montevideo armado con dos revólveres y anunció que no se entregaría si iban a detenerlo, mientras esperaba un levantamiento popular contra lo facciosos que nunca llegaría a producirse. Después de algunas horas, rodeado por la policía y una multitud de curiosos, Brum caminó con rapidez hacia el centro de la calle en la esquina de Río Branco y Colonia, gritó “¡Viva Batlle! ¡Viva la libertad!” y se disparó al corazón. La dictadura de Terra confinó a numerosos opositores políticos en la Isla de Flores, entre ellos al socialista Emilio Frugoni y al batllista Luis Batlle Berres. Otra de las víctimas fue Julio César Grauert, uno de los fundadores de la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU), diputado batllista que promovió el seguro médico integral y la vivienda para los trabajadores, se opuso al régimen de Terra y dirigió el semanario Avanzar. En la noche del 26 de octubre de 1933, la policía emboscó y baleó el automóvil de Grauert que regresaba a Montevideo después de un acto político en la ciudad de Minas. Grauert, herido de varios disparos, fue arrojado a un calabozo donde murió tres días después sin atención médica. Terra también impulsó la industrialización e inauguró la represa de Rincón del Bonete sobre el río Negro -hasta hoy la central hidroeléctrica más importante del país-, en 1935 su chaleco antibalas lo salvó cuando un hombre le disparó casi a quemarropa durante la visita a Uruguay del presidente brasileño Getulio Vargas, y en el mismo año su gobierno rompió relaciones con la Unión Soviética y reconoció a la facción del generalísimo Francisco Franco que se había levantado contra la República española. Entregó la presidencia a Baldomir en 1938.

-Ahora, el punto es este ¿qué era lo que había quedado de la época del Viejo Batlle? Un Presidente de la República con tres ministros: Interior, Defensa Nacional y Relaciones Exteriores. Después, un llamado Consejo de Administración con todo el resto de los otros ministerios. Pero estaban, además, la Cámara de Senadores, la Cámara de Diputados y el diario El Día. Era muy difícil gobernar ese país. Terra se animó y la familia Batlle se ofendió; fue ese el asunto. Luis Alberto de Herrera (uno de los principales líderes del Partido Blanco) no estaba en el país, creo que estaba en Porto Alegre o por ahí, pero obviamente Herrera apoyó el golpe de Estado, lo cual ayudó a tirar más nafta sobre el fuego.

Fijate las cosas que pasaron después. En 1935 el presidente de Brasil, Getulio Vargas, hizo una visita al Uruguay y cuando iba por la rambla en un coche descubierto junto con Terra un hombre que se llamaba Bernardo García le tiró unos balazos a Terra. Este hombre era el padre de un periodista que fue compañero nuestro en El Pais, que era Bernardo García Rospide, el cronista de deportes que firmaba Bernardo Garros. Las cosas que han pasado,,,.

-Pero Terra se llevó puestos a los mejores del batllismo de Batlle, se llevó a Julio César Grauert, por ejemplo.
-Si, digamos, ahí fue la barbaridad de un comisario, creo. Y sí, hay gente bien mandada que hace brutalidades. Yo no justifico de ninguna manera eso, yo digo que era difícil gobernar ese país. Y fijate que al fin y al cabo Terra fue quien generó la construcción de la represa de Rincón del Bonete y César Batlle (hijo de Batlle y Ordóñez) después quería dinamitarla. Son esas cosas que… Yo no puedo hablar porque yo tengo hace muchos años prohibido hablar.

Yo creo que el uruguayo de nuestra generación era un hombre incluso profundo, que leía, leía y entendía lo que leía, no sólo era leer. Para todos los años pasan, pero el Uruguay se permitía cierto tipos de cosas, por ejemplo que las películas de Igmar Bergman se dieran primero en Montevideo que en Estocolmo. Y eso era mérito de Alsina Thevenet, de lo que había hecho, de las cosas que escribía sobre Bergman. La gente confiaba en el buen juicio de los críticos uruguayos. Yo conozco una historia interesante. Resulta que cuando comenzó a salir la revista Primera Plana, en Buenos Aires, un buen día decidieron hacer una nota sobre el hombre que en ese momento era el principal productor de películas de la Argentina, que se llamaba Silvio Mentasti.
Tanto el director de la revista como uno de los subdirectores, que eran Ramiro de Casasbellas y Tomás Eloy Martínez, habían dicho toda la vida lo que se les ocurrió sobre Mentasti y entonces tenían las puertas cerradas. Mentasti no los iba a recibir. ¿Y qué hicieron?, lo llamaron a Homero Alsina. Y Homero Alsina vino y entrevistó a Mentasti. Eso fue un gambito que hizo la revista pero que le valió a Alsina seguir colaborando desde ahí con Primera Plana.

-Durante mucho tiempo Uruguay tuvo muy buenos críticos cinematográficos aunque, curiosamente, no producía cine.
-Ah, por supuesto. Eso vale no sólo para el cine, vale incluso para la pintura. Uruguay tenía muy buenos pintores, pero un modestísimo museo de bellas artes. Yo creo que, de todos modos, al Uruguay no se le puede subestimar. Yo nunca lo subestimé y no lo subestimo. Es un país de características muy especiales, la gente sigue siendo mayormente educada, los mejores mozos en restaurantes de Buenos Aires son todos uruguayos, son los más respetados. Y eso porque son gente que trata bien a los demás.

¿Cómo llegaste a la Argentina?
-Bueno, en 1965 cuando dije no en El País consideré que me había quedado sin trabajo y me abrí. Y empecé a hacer las gestiones para venirme a Buenos Aires. Cuando llegué fui a la Editorial Abril y estuve ocho meses trabajando ahí. Ahora, yo no entendía una cantidad de cosas cuando vine acá, no entendía. Porque yo estaba acostumbrado a trabajar de otra manera y me costó ponerme a pensar como aquí. Además -y esto vale también, o valió, para mucha gente durante la época de la dictadura- no se puede vivir acá en la Argentina esperando saber el resultado del partido, digamos, de Defensor el fin de semana. Y eso te habla verdaderamente de cómo hay puertas cerradas.

Acá la gente se ocupa de lo que pasa en el país, entonces si vos estás trabajando pendiente de lo que pasa allá no lo vas a saber. No son reglas de juego, son evidencias. Hay formas de saberlo, desde ya, pero no se puede vivir en dos lados al mismo tiempo. Si vos venís a vivir acá, bueno, tenés que vivir acá. Y aunque duela, te tenés que olvidar de las cosas que pasan allá.

Yo no estoy aislado, tengo mis formas de estar al día con Uruguay, pero hay otra gente que procede de otra manera. Hay otra gente a la que directamente ya no le importa el Uruguay, ni la Argentina, ni ningún lado. Le importa su vida y se acabó.

-Es difícil eso.
-Pero hay gente que lo logra.

-¿Y como fue tu trabajo en Buenos Aires?
-Acá, durante cinco años, estuve ocho veces en la calle. Muy duro. A mí no me lo tienen que contar porque a mí me pasó. Es muy duro quedarse sin trabajo y más en esta ciudad. Porque en Montevideo si un tipo se queda así, sin trabajo, siempre hay conexiones, es más chico. Entonces acá hubo que pelear duro. Yo no sé, a mí no me gusta hablar de mí, pero yo lo que procuré fue encontrar algo parecido a lo que yo sé hacer mejor, que es dibujar. Entonces eso me valió a la larga, a la larga sirve. Pero hubo que esperar y superar una cantidad de malos momentos, también. ¿Por qué? Porque la verdad es que además acá hay una sociedad muy desconfiada. Y están esos chistes que se hacen, porque de algún modo son ciertos, que acá una cosa que no se tolera es el éxito. Y es cierto, es demostrable eso. Lo que pasa es que entonces llega un momento en que uno está, digamos, actuando. Es decir, yo pienso en el diario cuando estoy en el diario; cuando no estoy en el diario me olvido del diario, para tener una vida que pueda controlar. Hace 37 años que estoy en Clarin. Yo quisiera que fueran 37 segundos, pero son 37 años. Desde 1973.

_¿En Clarín siempre dibujaste?
-A veces publicaba algunas notas, escribía algunas notas, pero llegado cierto momento yo me he dedicado solo a esto porque vos no podés estar en todos lados de la redacción, porque eso es muy incómodo para mí y para los demás. Yo con lo mío, y aspiro a no molestar y aspiro a no ser molestado, ambas cosas.

NOTASábat era una persona esencialmente amable, pero de pocas pulgas. Una pequeña historia ilustra esta observación. El 25 de noviembre de 1962 se realizaron en Uruguay elecciones nacionales y Menchi integró un equipo del diario El País destinado en esa jornada a recorrer Montevideo para buscar y retratar “notas de color”. Luis Rico, Luis Horacio Vignolo y el autor de esta entrevista fueron los cronistas de ese grupo y Sábat el fotógrafo. En los días electorales uruguayos, la policía queda acuartelada y los regenteadores de la timba prohibida aprovechan para adueñarse de calles y plazas con sus dados, ruletas caseras, carreras de “caballitos”, cartas o juegos de la mosqueta. Viajamos desde el Centro hasta Manga, donde se apostaba fuerte en las canchas de taba, cruzamos la Unión, pasamos por la Comercial y el Reducto, registramos el choque de dos vehículos que trasladaban a votantes de listas rivales y hasta fuimos protagonistas cuando nuestro propio automóvil chocó y volcó a otro, sin que nadie resultara lastimado. Así llegamos a la Ciudad Vieja. Frente al edificio de la Aduana y a metros del Mercado del Puerto, una multitud de aspecto patibulario jugaba al seven eleven y los dados rodaban en el suelo. Nos aproximamos a uno de los grupos, sintiendo las miradas desconfiadas y los gestos de malestar. “Mirá, nos quieren escrachar”, dijo uno. “Tómensela”, advirtió otro. Como si no oyera, Sábat tomó su cámara, midió la exposición, giró el anillo de enfoque, apuntó a unas manos con los dedos enhebrados de billetes y se dispuso a hacer su trabajo. Un hombre enorme que parecía oficiar de “capo” se le paró delante. “Fotos no”, dijo secamente. Sábat lo miró con hosquedad, intentó sin éxito apartarlo con un brazo y enojado le disparó una frase sorprendente: “¿Qué te pasa, papafrita?” El tipo abrió grandes los ojos y algunos apostadores dejaron por un instante los dados y levantaron sus cabezas. Con el gesto y las palabras desafiantes, el Menchi no sólo le metía pechera al inoportuno sino que hasta parecía retar a toda la pesada del puerto. Vignolo y Rico tuvieron un instante de lucidez; tomaron cada uno del brazo al amigo y comenzaron a alejarlo. Caminamos con dignidad hacia el automóvil sin volver las cabezas, le pedimos al conductor que arrancara rápido y pusimos una distancia salvadora entre nosotros y el edificio de la Aduana. Creo que fue el asombro, la incredulidad ante la respuesta inesperada de Menchi, lo que inmovilizó por un instante a aquellos jugadores y permitió nuestra retirada.

-¿Y como fue tu vida en la Argentina durante el periodo de la dictadura?
-Similar a la de todos, con tantos riesgos como cualquier otro. Pasa que, lo cierto es que lo mío era una cosa muy pequeña, diminuta, dentro de la edición del diario. Eso por un lado, y por otro lado a mí no me gusta ubicarme en lugares públicos.

-Pero estás en un lugar público.
-El diario, el diario es papel de diario.

-Yo recuerdo que algunos de tus dibujos se destacaban notoriamente en aquella época
-Pero una cosa son los dibujos y otra soy yo, como persona. He ahí una división, que yo generé. Eso funciona hasta el día de hoy. Cuando estoy acá en el diario me entero de las cosas que pasan y entonces trabajo en consecuencia. Pero cuando salgo me pongo a pensar en las otras cosas que yo hago y no trato de que el diario y esas cosas entren en colisión. Ese es el asunto, lleva tiempo eso porque está toda la cuestión de acostumbrarte al diario. Pero, sí, yo ahora bajo la cortina y hasta el día siguiente no pienso en el diario.

-Lo que quise decir es que algunos de tus dibujos fueron críticos de la dictadura y que eso se destacó del resto.
-Lo sé muy bien. Pero, aunque pueda parecer contradictorio, yo no era consciente de que lo que hacía era tan especial. Yo estaba metido, ensimismado en el trabajo y nada más. Después tuve noticias de que hubo gente, incluso exiliados en otros países, que seguían los dibujos.

NOTA: Los dibujos de Menchi nunca necesitaron epígrafes ni globitos con parlamentos de los personajes, pero no siempre fueron fáciles de interpretar. En abril de 2008, por ejemplo, publicó en Clarín una caricatura de Cristina Fernández de Kirchner que mostraba a la entonces presidenta argentina con una venda sobre su boca. En medio de la crisis provocada por las patronales agropecuarias enfrentadas al gobierno para no ceder ni un centésimo de su rentabilidad y con Clarín decididamente volcado a la oposición, la jefa de Estado reaccionó con molestia. Calificó la ilustración como “un mensaje cuasi mafioso” y preguntó “¿Qué me quieren decir? ¿Qué es lo que no puedo hablar? ¿Qué es lo que no puedo contarle al pueblo argentino?” Sábat prefirió guardar silencio y dejar las cosas ahí pero algunos colegas prestigiosos no, como el periodista Horacio Verbitsky quien escribió en el diario Página/12 que Cristina equivocó el enemigo. Aseguró que “rozar con la sombra de una sospecha al gran maestro del periodismo, que desde hace cuarenta años regala excelencia y ética, a una persona exquisita como Menchi Sábat, que cuestionó las peores atrocidades cuando nadie se animaba, es una tontería indigna de quien la cometió. Sábat no es Clarín, como antes no fue La Opinión, ni Primera Plana, ni Atlántida. Es un artista maravilloso y el mejor analista político del país”. Verbitsky se preguntó: “¿Por qué dar por sentado que el autor del mensaje es Menchi y no que, gracias a su impresionante sensibilidad para detectar corrientes profundas de la sociedad, interpretó con ese dibujo la intolerancia de las patronales rebeldes, que intentan silenciar a quien apenas lleva cien días de gobierno?” Y terminó diciendo: “Por eso, éste sí es un mensaje mafioso. Los admiradores incondicionales del Maestro decimos: No se metan con el Menchi”.

-Tu sos dibujante, caricaturista, pintor, músico, tocás el clarinete…
-Clarinete, sí. Este fin de semana toqué un poquito. Pero es un instrumento muy duro porque tenés que tocar todos los días. La famosa embocadura. Yo hago lo que puedo,

-…y sos fotógrafo, diagramador.
-Cada vez se va concentrando más la cosa y cada vez va existiendo menos tiempo para hacer las otras cosas.

-¿Y en que lo vas concentrando? ¿En el trabajo en el diario?
-Y sí, y en la pintura.

-Y en la Fundación Artes Visuales.
-Ahí doy clases.

-¿Por qué se te ocurrió dar clases?
-El asunto es que me metí en eso cuando empezó la Guerra de las Malvinas, en 1982. Yo la verdad que estuve a punto de irme del país, porque yo dije esto ya no lo aguanto más. Entonces intenté eso y fue una cosa feliz, porque de ese modo estabas con gente que también tenía el mismo problema que tenía yo. Y se generó una suerte de compatibilidad con personas que querían ser respetadas, nada más. Desde entonces yo estoy con eso. Y a mí me da satisfacción. Eso es una fundación en serio, ¿no? Porque yo no saco un mango de ahí, aunque pueda parecer grosero decirlo. Pero funciona, digamos, con todos los papeles. Yo hago un chiste ¿no? Porque hay fundaciones sin fines de lucro y hay fundaciones sin fines de gasto. Entonces, la mía es sin fines de lucro. Es decir, cumple con el reglamento.

-¿Que le enseñás a tus alumnos? ¿Qué es lo importante?
-¿Sabés lo que pasa? Se pueden enseñar pocas cosas y aprender pocas cosas, el resto es información. Ese es el asunto. Ahora, yo no incito a la gente a que haga las cosas que hago yo. Eso no. Entonces la gente ahí sale aprendiendo a dibujar o a pintar, pero harán sus cosas en sus casas. Porque yo les digo, las mejores cosas no las van a hacer acá, las van a hacer en sus casas. Pero lleva tiempo eso, la gente tiene que aceptar que lleva tiempo, y lo acepta. Hay gente que va hace varios años y la pasa bien.

-Y aprenden la técnica.
-Sí, aprenden, pero yo te digo que la capacidad de agarrar bien el lápiz es una cosa que se pierde. Es decir, todas las cosas en las que intervienen las manos, especialmente la música, se enseñan. En cambio, los niños, cuando comienzan a dibujar, dibujan maravillas sin ser enseñados. Y después viene la escuela y todo el mundo agarra el lápiz desde la punta, así, y entonces están tapando con la mano lo que están escribiendo. Pero yo les digo “tienen que tomar distancia con eso porque van a ver mejor las cosas”.

-¿Y en tus dibujos que retratás, que es lo que ves en el rostro de la gente?
-Mirá, no sé. La lectura de las facciones es una cosa que también se va desarrollando. Es decir, hay que tener una especie de compulsión por hacerlo. A veces a mí me pasa que miro mal, yo sé que miro como si fuera un cana. Pero entonces tengo que controlarme. Yo he tenido a veces algún paráte por esa razón, de mirar mal. Pero nunca llegó a una cosa desagradable… Una vez yo subía una escalera de un subte, acá, en el Centro, y de repente yo reconocí a un tipo, yo lo miré, y debo de haber mirado mal, era (el activista y dirigente peronista) Guillermo Patricio Kelly. Esto fue en 1970 ¿eh?, es decir que hace 40 años. Y bueno, y el tipo me dijo “¿qué hay?” Yo dije, lo reconocí. El que estaba con él se cagaba de risa. 
Bueno, pero yo puedo mirar mal, yo sé que miro fijo, pero es una deformación profesional. Es una mirada que busca reconocer, mirarlo al tipo con sus detalles.

Una entrevista del Periodista uruguayo William Puente a «Menchi» Sábat.

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