¿Qué tan demócratas somos los uruguayos?

El dictador mexicano, Gral. Porfirio Díaz, que su país se sacó de encima en la revolución de 1910 había dicho “pobre méxico, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Aunque la analogía parezca escasa, en la actualidad, no hay país latinoamericano alguno tan próximo, histórica y geográficamente, al Brasil como el Uruguay.

Desde los tiempos coloniales, cuando las disputas entre portugueses y españoles y las oscuridades del Tratado de Tordesillas, los vecinos del norte han ansiado apoderarse de la Banda Oriental y de hecho han intervenido en la misma, numerosas veces, desde el siglo XVII.

No está tan lejos la Provincia Cisplatina, bajo el yugo imperial (1817-1825) y si bien el actual candidato ultraderechista no es Lecor ni Pedro I sino un mediocre y relamido fascista, el intervencionismo brasileño, directo o indirecto, nunca será una posibilidad totalmente disipada. Más cerca está Tamandaré y su flota apoyando la Cruzada del gran traidor Venancio Flores contra el gobierno legítimo, la destrucción de la heroica Paysandú y el crimen de lesa humanidad que significó la Guerra de la Triple Alianza contra el hermano Paraguay. Mucho más cerca están las maniobras militares de la dictadura brasileña en 1971, cuando amenazaban con una invasión si el Frente Amplio triunfaba o la participación de los militares brasileños en el Plan Cóndor.

Desde las cloacas abiertas que son los “comentarios” en las páginas de los medios de comunicación de nuestro país, cierto número de racistas y violentos, cobardes de todo género y pelaje, amparados en el anonimato, festejan un factible triunfo de Jair Messías Bolsonaro como una epifanía derechista, una victoria de la que ellos se apropian para trasladarla a nuestro país. Son los trolls y la gritería de la carne de cañón de los fascistas de siempre, los provocadores cegados por sus intereses mezquinos, sus perversiones morales y el odio que los envenena.

Aunque nadie es capaz de negar que los problemas del Brasil los deben resolver los brasileños, sin injerencia alguna del extranjero, tampoco se puede ignorar que ningún país será más afectado por el deterioro de la democracia, la pérdida de esta por el ascenso del nacionalismo agresivo “mais grande do mundo”, que el Uruguay.

Ahora es el momento en que los políticos uruguayos deberán mirarse en el espejo de la política brasileña, de los políticos brasileños como el propio Bolsonaro (que no es un recién llegado porque hace casi treinta años que calentaba un sillón como diputado de un partido insignificante sin que se le hubiera caído una idea que valga la pena en todo ese tiempo).

Su auge mediático viene siendo trabajado desde hace años con bolazos provocadores, contra las mujeres, contra los negros, contra los pobres, contra los homosexuales, como promotor de la violencia, el armamentismo, el desprecio por los derechos de la inmensa mayoría del pueblo brasileño, el autoritarismo, el nacionalismo imperial, la tortura y la pena de muerte. 

Los uruguayos debemos expresarnos, sin esperar agazapados un triunfo de Bolsonaro o la difícil reversión del resultado por parte de Haddad, acerca del valor que asignamos a la democracia, al respeto por las reglas de la convivencia pacífica y los derechos humanos y al rechazo a los métodos autoritarios, fascistas, corruptos, provocadores y agresivos propios de la guerra sucia que se ha venido librando en Brasil desde que Dilma Rousseff fue electa como Presidente del Brasil en el 2014, destituida a través de un golpe de gran bajeza por un parlamento henchido de corruptos, pasando por la persecución y amañado encarcelamiento de Lula, el único candidato que hubiera sido capaz de volver a la Presidencia en primera vuelta.

La situación en Brasil y la posible incidencia de un Presidente claramente anti-democrático, autoritario y prepotente nacionalista, es para el Uruguay un problema de Estado. Que nadie piense que con un silencio complaciente o con saludos de cortesía se podrá evitar el deterioro de las relaciones comerciales con uno de nuestros principales clientes y por cierto un competidor avasallante en los mercados internacionales para los productos de nuestro país.

Que nadie se llame a engaño pensando que el Uruguay podrá sustraerse al nacionalismo agresivo y anti democrático que puede encarnar Bolsonaro como Presidente del gigantesco vecino. Que nadie se haga el distraído acerca de la intervención cultural de las sectas brasileñas en la vida cotidiana y la política del Uruguay: los sectarios colonizadores de los medios de comunicación, esos que a duras penas se expresan en portuñol, vendrán por todo a imponer su fanatismo que, como ya lo han dicho, está por encima del derecho internacional y de la Constitución de la República. Que nadie espere por parte de un gobierno autoritario y militarista en Brasil el respeto de nuestras fronteras terrestres y marítimas, o la ausencia de presiones y amenazas que ninguna camaradería entre militares latinoamericanos será capaz de contener.

La única forma de conjurar esos peligros es la claridad y el coraje cívico en cuanto a la defensa de la democracia. En otras palabras, si Bolsonaro como Trump promueve el armamentismo, el Uruguay deberá declararse contra él y aplicar aquí y ahora políticas eficaces de desarme. Si promueve, como lo hace, el racismo y la xenofobia, el machismo patriarcal, los uruguayos debemos reafirmarnos en nuestra condena al racismo, en la defensa de las libertades, la inclusión social y los derechos humanos. Si continúa el desbaratamiento de las políticas sociales y las privatizaciones desatadas ya por Temer y anunciadas por Bolsonaro, en el Uruguay deberemos hacer un esfuerzo redoblado para defender el patrimonio de la nación, la políticas de desarrollo social y de cuidados, la protección a la infancia y a los adultos mayores. Sobre esto habrá que pronunciarse en forma programática y concreta, no retórica, porque el arsenal retrógrado, fanático y derechista ya se ha empezado a esgrimir aquí.

Quien quiera que en este país pretenda hacer política, de cualquiera de los partidos políticos existentes o los que aspiren a crearse, deberá exponer su explicación acerca de los fenómenos del Brasil y habrá que hacerlo sin la lógica oportunista de arrimar aguas fáciles para su molino en la campaña electoral que ya empezó hace rato.

La cifras empiezan a mostrar una realidad que el simplismo no desvela. El analista Álvaro Padrón- uno de los investigadores mejor informados acerca de la realidad brasileña – advierte que los votos obtenidos por Bolsonaro, en la primera vuelta (>46%) no significan que todos sean un calco de las posiciones ultra derechistas del candidato. Aproximadamente la mitad de los votos del viejo político venido a más serían de la clase media urbana aterrorizada por la inseguridad y la violencia que reina en muchos puntos del país. En tanto una cuarta parte de los votos de Bolsonaro (no es poca cosa, 14 o 15 millones de votantes) se identificarían con las balandronadas fascistas y otro tanto, una cuarta parte se compondría con los brasileños “desencantados” con la política de la izquierda.

En este marco es notable la fragmentación del espectro político en el país del norte. Cuando Lula ganó las elecciones, en el Parlamento había nueve partidos políticos representados. Ahora, en esta primera vuelta electoral estarán representados en la Cámaras 21 partidos políticos. El sector social que dio el apoyo más homogéneo a Bolsonaro fue el de los terratenientes y propietarios de la agroindustria. El que perdió pie fue el que representa a la gran industria brasileña, radicada fundamentalmente en San Pablo. Bolsonaro no recibió muchos votos de los sectores más desfavorecidos: de hecho el noreste y el norte poco poblado dieron la mayoría a Haddad y en menor medida a Ciro Gomes. En el populoso sur y centro la mayoría fue para el ultra derechista. Solamente el 25% de los brasileños más pobres votó a Bolsonaro mientras que si los hizo más del 45% de los más acomodados.

Se ha dicho que las sectas evangélicas, que son económicamente muy poderosas en Brasil y que poseen cadenas de televisión y radio, periódicos y revistas y un gran aparato de comunicación contribuyeron en gran medida a la campaña sucia de la derecha. Este es seguramente un fenómeno cupular, los “apóstoles”, “profetas” y otros opulentos jerarcas de las sectas son ultraderechistas, fundamentalistas. Sin embargo, parece que no todos los seguidores de las sectas votaron efectivamente a Bolsonaro.

Ahora habrá que ver si un país con un porcentaje tan elevado de afrodescendientes es capaz de mantener su apoyo al peor racista de los últimos tiempos y si la movilización femenina contra las más groseras manifestaciones de machismo y violencia es capaz de mover la aguja en los resultados electorales de la segunda y definitiva vuelta electoral. 

Brasil es un país extraordinariamente complejo pero habrá que hacer un esfuerzo para entenderlo y ese esfuerzo debemos hacerlo como país, como comunidad de personas libres más allá de las banderías que son respetables pero inadecuadas para un análisis que nos sirva como una pequeña nación cuya coraza debe forjarse en torno al sabio lema artiguista: con libertad ni ofendo ni temo.

 

Por Lic. Fernando Britos V.

 

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