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Miro a todos lados y me pregunto quiénes y cuántos serán

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Por Daniel Feldman

Salgo a caminar y desconfío del prójimo

No es una columna sobre la inseguridad; para eso están los noticieros de la televisión que abundan en charcos de sangre, relatos en off con voz de caverna o los agoreros de la llegada de Sodoma y Gomorra, que solo podrá ser impedida mediante la intervención de los militares.

Me voy a referir a imaginarios y estados de opinión, a tratar de discernir de qué estamos hechos los uruguayos y cómo es posible que el 44,9% tenga una opinión negativa sobre el arribo de inmigrantes al país.

Cuando nuestros antepasados, no muchas generaciones atrás, descendieron de los barcos, aspiraban a escapar de las guerras, las hambrunas, discriminaciones o vaya a saber qué, y veían en nuestro país una especie de tierra de promisión, de mar de la tranquilidad donde empezar de nuevo o continuar construyendo sus destinos. Fruto de esa mezcla de amargura y nostalgia por abandonar sus lugares natales y de los sueños por lo nuevo, es que nosotros recorremos hoy esta tierra, palpitamos con la celeste y, aunque no tengamos ni medio gen indio, nos sentimos un poco charrúas.

Miro a todos lados y me pregunto quiénes y cuántos serán.

Al presente, muchos de los migrantes y en especial aquellos que escapan de los territorios en guerra, solo pueden aspirar a una vida de penurias, pero tal vez para ellos sea más que suficiente, tal el infierno de donde huyen.

Sin embargo, la memoria es corta y el olvido envolvente. Los “uruguayos nativos” parece que en su mayoría se consideran dueños ancestrales de vaya a saber qué uruguayez inyectada en alguna perdida mitocondria, según se desprende de la Encuesta Nacional de Actitudes de la Población Nativa hacia Inmigrantes Extranjeros y Retornados.

El estudio en cuestión, elaborado por Koolhaas, Prieto y Robaina, de la Facultad de Ciencias Sociales, analizó entre otros puntos, cómo perciben los uruguayos a la inmigración extranjera que arriba a radicarse en nuestro país.

“En general es bueno para el país que lleguen inmigrantes extranjeros a vivir aquí”, es la afirmación que se le presentaba a los encuestados, que debían responder si estaban de acuerdo, en desacuerdo, o ni uno ni lo otro (*).

Es así que 44,9% del total de encuestados manifestó estar en desacuerdo con la afirmación, y un 15,4% se mostró indiferente ante ella. O sea que a un 60,3% de los uruguayos no le parece buena la inmigración a nuestro país, o le resulta indiferente.

No puedo quedarme encerrado en mi casa; por diferentes motivos debo interactuar con parte de la ciudad y los ciudadanos. Moro en un edificio que tiene apartamentos en planta baja y en siete pisos por encima. Entonces, ocho pisos en total. Vivo en el primero, abro la puerta del apartamento para salir, me detengo, y en base a los datos de la encuesta, pienso que a partir del piso 3 y hasta el 7, son contrarios o insensibles a los inmigrantes que arriban a nuestro país. Por suerte estoy en el primer piso y no tengo que cruzarme con los habitantes de las alturas.

No va a faltar quien diga que soy un abusador y manipulador de las cifras, y que pongo en una misma bolsa a quienes se identifican como contrarios a la inmigración con aquellos que ni/ni, ni les va, ni les viene, les resulta indiferente, o, como te digo una cosa, te digo la otra. Me referiré solamente a aquellos que se manifiestan contrarios a la inmigración.

Salgo a la calle, camino unos metros y veo una cuadrilla de trabajadores haciendo reparaciones en la vereda. Todos hombres. Son diez. Trato de identificar a través de alguna señal cuáles son los cuatro que rechazan a los inmigrantes. Un tanto frustrado –y desconfiado- sigo mi recorrido, llego a la principal avenida, y en una reconocida tienda de vestimenta femenina me detengo a ver al público que deambula entre las mercaderías. La enorme mayoría son mujeres. Las cuento. Quince. ¿Cuáles serán las siete que consideran que no es bueno para el país que lleguen inmigrantes?

Tengo más de 60 años… uno más, pero no es excusa y son más al fin de cuentas. Imagino una reunión de sesentones. Me veo con 99 más, cien en total. ¿Estará a mi lado alguno de los 52 que de alguna manera aborrezca a los inmigrantes?

Fui de los que, gracias a la enseñanza pública de este país, pude cursar estudios universitarios. ¿Alguno de mis excompañeros integrará el pelotón de 23 entre cada 100 que considera negativa la inmigración?

Me considero –siempre me consideré- una persona de izquierda. Por lógicas afinidades, la mayoría de mis amigos también se consideran de izquierda, lo que no implica que todas mis amistades lo sean. No tengo muchos amigos; no sé si ello es bueno, malo o todo lo contrario, pero es así. Pero pongamos que son diez. ¿Tres o cuatro de mis amigos izquierdistas serán contrarios a la inmigración? Y no vale que me digan que si mis amigos fueran todos derechistas esa cifra subiría a más de cinco.

Soy de Montevideo y aquí estoy afincado, pero suelo ir con frecuencia (no con la que desearía) al Interior, pero ahora miro atentamente a diestra y siniestra, porque uno de cada dos habitantes de fuera de la capital no ve con buenos ojos la inmigración.

“Las actitudes negativas hacia la inmigración se sustentan sobre una serie de prejuicios y temores de distinto tipo. La llamada ‘teoría de la amenaza integrada’ define cuatro tipos de amenazas percibidas por las sociedades de acogida que se conjugan en actitudes negativas hacia ‘el otro’: 1) amenaza material, asociada al temor por la competencia por empleos y recursos limitados; 2) simbólica, asociada al temor a la pérdida de una identidad o cultura nacional; 3) ansiedad intergrupal; y 4) estereotipos negativos dicen los autores del informe, citando a Walter G Stephan y colaboradores; y a Stephan, Ybarra y Kimberly.

En determinado momento, las migraciones fueron las formas que la humanidad se dio para ir construyendo sus identidades. Hoy, en la mayoría de los casos, no es más que un mero traslado de fuerzas de trabajo. Según datos de la ONU correspondientes a 2017, cada minuto 24 personas abandonan su lugar de residencia. A veces migran dentro de su propio país; otras atraviesan fronteras hacia uno vecino y en muchos casos recorren enormes distancias en busca de la Quimera, monstruo fabuloso de la mitología griega y hoy sinónimo de un sueño que tal vez nunca alcancen pero al que constantemente intentarán aproximarse. Muchos han llegado y llegan a nuestro país.

Cultivaron, crearon y procrearon, han formado familia, cultura y ciudadanía… sin embargo, muchos de los nuevos “uruguayos nativos” consideran que no es bueno para el país. ¿Considerarán entonces que no fue bueno que sus padres, abuelos o bisabuelos hayan recalado en estas tierras?

Salgo a caminar. Miro a cada lado y me pregunto quiénes y cuántos serán. No quiénes serán los inmigrantes; a los de hoy los veo en sus colores, en sus vestimentas, en sus sonrisas y tristezas, los escucho en sus acentos. No me preocupan ellos. Pienso en un futuro renovado y con otras voces.

Desconfío del prójimo, tras el que puede estar agazapado un “uruguayo nativo”, tanto como yo, pero que cree que la inmigración no es buena para el país. Desconfío de él o de ella, y me pregunto de qué estará hecho su ADN.

(*) Tabla tomada del trabajo citado

Por Daniel Feldma
Periodista uruguayo

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