CINE | “Invitación de boda”

El choque intergeneracional, las miradas antagónicas sobre la realidad y la impronta de la tradición son las tres vertientes temáticas que explora “Invitación de boda”, el tercer largometraje de la realizadora y poeta palestina Anne Marie Jacir, que fue galardonado en el Festival de Cine Mar del Plata y aclamado en el Festival de Cine de Locarno, Suiza.

Este es el nuevo opus de una autora tan inquieta como sensible, que ha dirigido una veintena de producciones entre cortos y largos. En el decurso de su prolífica carrera artística, ha elaborado y presentado otros dos largometrajes: “La sal de este mar” (2007) –que es la historia de una refugiada que vuelve a su país- y “Al verte (2012).

Actualmente, Jacir reside con su marido en Amán, Jordania, luego que en 2008 las autoridades israelíes le prohibieran entrar en Cisjordania y volver a su hogar, por sus furibundas críticas al intervencionismo sionista.

No en vano “La sal de este mar”  -que es un descarnado  testimonio de la infamia- retrata del drama cotidiano de los palestinos expoliados, sojuzgados y expulsados de sus tierras por el invasor.

Con los estigmas de ser mujer en una sociedad patriarcal y parte de un pueblo condenado a la diáspora por los intereses geopolíticos y la mezquindad, esta promisoria directora encaró precisamente “Invitación de boda”, su nuevo y fermental film.

Esta historia es una suerte de rescate de la tradición puesta en valor, en un contexto social, político y geográfico particularmente adverso para los palestinos.

No en vano el relato está ambientado en Nazaret, que es la ciudad israelí con mayor cantidad de pobladores de origen árabe y tiene un numeroso contingente de habitantes que profesan las religiones cristiana y musulmana.

«Wajib”, que es el título original de la película, refiere explícitamente a una tradición bien arraigada en la idiosincrasia palestina que consiste en repartir, personalmente y casa por casa, las invitaciones a un casamiento.

En ese contexto, los protagonistas de la película son Abu Shadi y Shadi, interpretados por Mohammad Bakri y Saleh Bakri respectivamente, que son padre e hijo en la ficción y –obviamente no es casualidad- también en la realidad.

La misión de ambos será trasladarse, a bordo de un añoso automóvil, a las residencias de parientes y amigos, con el propósito de entregarles la invitación al casamiento de Amal (Maria Zreik), quien es hija del hombre maduro y hermana del joven.

La narración está condicionada por dos circunstancias: la ausencia de la madre que ha abandonado el hogar y la condición de emigrante del hijo, que es arquitecto y está radicado en Italia.

Más allá del fuerte vínculo afectivo que une a padre e hijo, el propio desarrollo del periplo trasunta las visiones radicalmente opuestas que ambos ostentan sobre el presente.

Es tal el desconocimiento de los lugareños sobre el exterior que incluso confunden a Italia con los Estados Unidos, sin poder distinguir a diferentes países del denominado mundo desarrollado.

Esa auténtica dicotomía entre el Oriente Próximo y el Occidente detona naturalmente más de una controversia, con fuertes apelaciones a la identidad y a la nacionalidad.

En ese marco, la boda en cuestión no es naturalmente el foco de la narración, sino la relación entre dos seres que se aman pero que, en lo cotidiano, están separados por algo más que la distancia que existe entre sus espacios geográficos de residencia.

Incluso, si bien ambos son víctimas del destino aciago que los condena a no tener nación propia, hasta sus miradas sobre el sempiterno conflicto palestino-israelí son antagónicas.

Por supuesto, ambos se aferran a sus convicciones que son funcionales a sus propias ideologías y, obviamente, a las visiones que marcan las diferencias generacionales.

La propia circunstancia que tengan que distribuir las invitaciones en un periplo tan interminable como estéril, genera el clima para que ambos trasunten sus más íntimos sentimientos.

No en vano la propia tarea genera disensos, entre seleccionar el procedimiento más cómodo y funcional para cumplir con la obligación o respetar a rajatabla las premisas de la tradición.

La pulseada, que jamás adquiere una dimensión realmente dramática y hasta aporta algunos momentos de humor, es, sin dudas, la gran motivación de dos personas que se mantendrán fieles a sus ideas, sus propósitos y sus respectivos temperamentos.

La propia directora, en el marco de una entrevista concedida a una agencia internacional confesó:”Trato de mostrar el choque generacional y los diferentes puntos de vista que tienen un padre y un hijo sobre la situación en Palestina, pero sin dar una respuesta sobre quién tiene la razón o qué es lo correcto”.

Esa parece ser la consigna de Anne Marie Jacir, quien claramente reflexiona a través de sus personajes, sin adoptar una  postura radical sobre los tópicos que los unen y los separan.

Aunque la violencia del conflicto bélico no esté presente en forma explícita, sí se inhala en el ambiente la situación de postración de una población sometida.

En ese sentido, la directora y guionista apela a diversos lenguajes no tan subliminales para sugerir que, en la escenografía donde se desarrolla la historia, la libertad está seriamente amputada.

“Invitación de boda” es bastante más que un mero film costumbrista. Es el elocuente retrato de un conflicto que trasciende a la dimensión política, para transformarse en una suerte de peripecia existencial compartida con una fuerte impronta histórica y social.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

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