CINE | “La flor de la vida”: El horizonte de la memoria

La vejez como nueva estación existencial, como recreación de la memoria y también como fuente de eventuales conflictos, es el planteo argumental de “La flor de la vida”, el nuevo documental de las realizadoras uruguayas Claudia Abend y Adriana Loeff,  autoras de “Hit”, que ha tenido una exitosa incursión en festivales internacionales.

No en vano este nuevo trabajo audiovisual tiene una importante presencia en la cartelera local, una situación bastante inusual tratándose de producciones nacionales.

En este caso, la película indaga en la siempre recurrente cuestión de la ancianidad, una franja etaria que suele suscitar múltiples reflexiones, tanto en su dimensión social como política, cultural y hasta económica.

Como es obvio, el envejecimiento poblacional y la estancada tasa de crecimiento poblacional que se registra en nuestro país, constituyen en el presente uno de los temas más importantes de nuestra agenda pública.

Por supuesto, este tópico motiva otros debates, como el lugar de los ancianos en la sociedad –que es casi siempre marginal- la necesidad de una adecuada inserción y continentación y la visión meramente pragmática del tema.

Lejos de humanizar la discusión, los actores institucionales suelen banalizarla y limitarla únicamente al aspecto económico. En efecto, el único tema que parece interesar es la financiación y sustentabilidad en el tiempo del sistema jubilatorio, cuyo déficit seguramente seguirá creciendo por el aumento de la expectativa de vida y el notorio desequilibrio de la ecuación entre nacimientos y defunciones.

Este proyecto cinematográfico comenzó a gestarse hace siete años, cuando las realizadoras publicaron un aviso clasificado que rezaba: “Si tiene más de 80 años y quiere compartir su historia, llámenos”.

En ese contexto, los postulantes fueron entrevistados en un set instalado en el escenario de la sala mayor del Auditorio del SODRE “Adela Reta”, que es también una de las locaciones donde se desarrolla el relato. Posteriormente, se procedió naturalmente a la correspondiente selección.

“La flor de la vida”, que jamás se aparta del formato documental, aborda el tema de la vejez desde una mirada superlativamente humana y despojada de prejuicios, que contempla particularmente las emociones de sus personajes reales.

Más allá que los entrevistados que narran sus vidas y aportan sus reflexiones son numerosos, el eje del relato es la peripecia de

Aldo Macor, un octogenario italiano radicado en Uruguay, y Gabriella Pelissero, quienes han permanecido casados durante más de medio siglo y tienen hijos y nietos.

La longevidad de la propia relación de pareja es por cierto el disparador de esta experiencia cinematográfica de recreación, que apunta primordialmente a indagar en el origen de esta historia de amor, sin soslayar, naturalmente, las inevitables desavenencias.

El film, que discurre permanentemente entre el presente y el pasado, se nutre de filmaciones propias de sorprendente nitidez y calidad que datan, en algunos casos, de las décadas del cincuenta y el sesenta del siglo pasado.

Ese material -de altísimo valor documental- permite al espectador atisbar en una historia compartida, con una familia en crecimiento, abundantes viajes y momentos de solaz y esparcimiento.

Las escenas se alternan obviamente con los comentarios de los protagonistas, que reconstruyen los momentos de felicidad más significativos y relevantes de la pareja.

La propia explicitud de las imágenes permite visualizar un Uruguay conservador radicalmente diferente al del presente, en lo que tiene relación con la vestimenta, los hábitos y las costumbres de una generación con creencias y códigos de convivencia propios e intransferibles.

En ese marco, los reveladores testimonios de los personajes reales de este romance trasuntan el firme temperamento de ambos ancianos, particularmente el exacerbado personalismo de Aldo, fruto de una mentalidad patriarcal que el tiempo y las transformaciones sociales y culturales se han encargado de ir sepultando en el pasado.

En este caso, el film –que está narrado en lenguaje coloquial por sus protagonistas- corrobora el cuasi inevitable desgaste de una relación que abarca más de cinco décadas de historia.

No en vano se trata de una pareja separada aunque con buen  vínculo, pero únicamente unida por el común afecto por sus hijos y por la necesidad de conservar enhiesta la memoria.

Los restantes testimonios aportan también a una profunda reflexión sobre la vejez, en lo que tiene relación con la inexorable decadencia física y emocional, el demoledor peso de la soledad y el desgarrador drama de la pérdida.

“La flor de la vida” es una conmovedora experiencia cinematográfica, que explora el siempre complejo tema de la ancianidad, sin eventuales tramas ni complejos.

En ese contexto, el propio relato adquiere una dimensión intransferiblemente testimonial, que reflexiona sobre el amor, el desamor y el conflicto, entre otras tantas conductas y emociones inherentes a la condición humana.

En ese marco, se percibe claramente la indudable sapiencia de ambas cineastas para construir una historia conmovedora pero no necesariamente edulcorada, que indaga -sin cortapisas ni miradas complacientes- en un tema tan controvertido como el de la vejez.

Una de las mayores virtudes de este plausible trabajo audiovisual es la frontalidad y la honestidad en el abordaje del tema, que para nada soslaya los problemas, los conflictos y las eventuales disfuncionalidades en la relación de pareja.

 

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

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