El maracanazo y los botines de Ghiggia

El 16 de julio de 2015, el mismo día en que se celebraban los 65 años del Maracanazo, moría en Montevideo Alcides Ghiggia, autor del gol del triunfo celeste frente a Brasil en aquella lejana tarde. Tenía 88 años y su corazón se detuvo, así nomás, como si hubiera llegado a destino. Era el último sobreviviente del legendario equipo dirigido por Juancito López que sorprendió al mundo y entristeció al pueblo brasileño.

Aquel gol convirtió a Ghiggia en un héroe deportivo para sus compatriotas, pero también lo obligó por más de seis décadas a contar una y otra vez su corrida por la punta derecha, la escapada al marcador Bigode y el disparo certero que sorprendió a Moacir Barbosa, quien esperaba que otra vez diera un pase a Juan Alberto Schiaffino, responsable de la primera anotación y el transitorio empate de los uruguayos.

«No me pesa contar aquella jugada mil veces, fue algo importante», me contó una vez el Hijo del Viento que con su velocidad se convirtió en una pesadilla para los defensores brasileños. «El gol fue lo que me quedó, porque aquí, a cada jugador nos pagaron 500 pesos por el partido ganado y 2.500 pesos por la obtención del título. Nada más», recordó Ghiggia en una entrevista que le hicimos en 2007 para la agencia Ansa.

Décadas después de la hazaña deportiva, en 2002, el campeón tuvo que vender las medallas que atesoraba de aquella historia gloriosa, en un momento económico difícil de su vida. Pero El Narigón no se quejaba. En sus últimos años vivía en Las Piedras, ciudad cercana a Montevideo y cobraba una pensión que el gobierno pagaba a los sobrevivientes del Maracanazo. Generalmente no iba a las canchas y prefería ver el fútbol por televisión.

Durante la conversación de aquella tarde, Ghiggia me dijo que no creía en “la maldición de los botines”.

Es que días después de regresar a Montevideo con el título mundial de 1950, marchó con otros jugadores a Florida, 98 kilómetros al norte de la capital, para ofrecer los botines que calzó en el Maracaná y «agradecer» a San Cono, el más popular santo de los uruguayos, tan agnósticos. «A Florida fui con Julio Pérez, fue Oscar Míguez, fue Schubert Gambetta; unos llevamos los botines, otros las camisetas», me explicó. Y recordó que «algún tiempo después unos periodistas me dijeron que los zapatos habían desaparecido, y no supe más nada del asunto». Alguien se los llevó.

Cuando en 1954 los celestes no pudieron repetir en el Mundial de Suiza la hazaña de Maracaná, algunos fanáticos vaticinaron que «hasta que no aparezcan los botines que Ghiggia le regaló a San Cono, los uruguayos no conseguirán otro título mundial».

«Siempre fui católico”, señaló el veterano futbolista. “Pero, cuando jugaba, yo confiaba en lo mío, en lo que se hacer. Si me iba bien agradecía y si no, qué vas a hacer. Pero que pueda influir la desaparición de los botines… Bah, no creo en esas cosas”.

Aquella vez también me dijo que sentía una gran satisfacción y me repitió lo que había resumido orgulloso en otras oportunidades: “Sólo tres personas fueron capaces de silenciar a 200.000 personas en el Maracaná: el Papa, Frank Sinatra y yo».

Por William Puente
Periodista

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