El proyecto opositor

El arco opositor basa su proyecto en la agresión sistemática y metódica contra el Gobierno en particular y el Frente Amplio en general.

Así han ido quemado los puentes al quitarle fuerza a la búsqueda de consensos en políticas de Estado con el poder ejecutivo, dándole prioridad al agravio antes que a la crítica. De esta manera, la oposición ha optado por cruzar a la vereda de enfrente.

Nadie es perfecto. Obviamente este Gobierno no lo es, ni tampoco el Frente Amplio. Lo que sí tienen es seriedad y una razonable autocrítica, atributos de los cuales la oposición en su gran mayoría parece carecer. No por casualidad ocho de las doce intendencias blancas tienen denuncias por irregularidades y, en los hechos, casi nada hicieron para enmendar la plana.

Azuzan la cuestión de la inseguridad social que, si bien es un dato de la realidad, la descontextualizan del fenómeno regional y global.

Es lógico que el Ministerio del Interior se haya desgastado en materia comunicacional por imperio del continuo ataque de la oposición y sus padres fundadores, los medios de comunicación.

Es natural y comprensible reclamarle a esta Secretaría de Estado una mejora aún mayor en su gestión en el combate al delito. Pero también es de estricta justicia reconocerle a sus autoridades los notorios avances que han logrado tanto en lo que refiere al aumento en la dotación de policías en los puestos de acción, como en los medios y técnicas para mejor dotar a aquellos, bien como en las diferentes reestructuraciones operativas de la fuerza policial en el combate al crimen organizado.

Sería tan vano como hipócrita el no querer ver que el Uruguay no escapa a la dinámica necrófila del narcotráfico y sus secuaces. Asimismo, resulta deleznable el no admitir públicamente el problema sociológico que todas nuestras sociedades padecen. La nuestra, por si lo anterior fuera poco lleva de cuatro a cinco generaciones de personas que viven de otros modos y con otros códigos de los que “normalmente” hacemos gala, para cuya solución, que siempre es cultural y a largo plazo, se requieren consensos nacionales.

Es en este punto donde la Izquierda, desde el Frente Amplio, se ha erguido y puesto cara a la dramática situación de tantos hombres y mujeres de a pie.

En cuanto a la posible incidencia de la inseguridad, en cuestiones electorales, vale la pena recoger expresiones de Oscar Bottinelli en diálogo con Leandro Grille, de Caras y Caretas: “(…) Lo que nosotros hemos observado es que globalmente el promedio de la sociedad cuestiona a todos los que han gobernado Uruguay o considera que el fenómeno excede a los gobiernos. Es un tema en que Uruguay no está tan mal como otros países de la región, y si está mal, se culpa a los gobiernos y dice que es un proceso largo que ha atravesado a todos los gobiernos y que cada vez fue peor y no ve alternativa en otro lado. Los desconformes con el tema de la seguridad que votan al Frente Amplio no consideran que el Partido Nacional, el Partido Colorado o el Partido de la Gente sean una alternativa al problema como para cambiar el voto”.

El Frente Amplio ha probado en casi tres lustros – que tienden a extenderse – que ha sabido compatibilizar la presencia del Uruguay en la esfera del capitalismo productivo mundial y, al mismo tiempo, en lo interno, desplegar un creciente socialismo redistributivo.

Para la oposición esto último constituye el meollo de la cuestión, pues consideran al otro como un número, como un aditamento a un total que debe tenerlos a ellos como el centro del universo, mientras que la gente de a pie – los más – son su periferia.

Para el Gobierno y el Frente Amplio la persona humana es el centro de la cuestión. Por ello desde las filas de FA se reclama más izquierda y menos progresismo. La cuestión, entonces, radica en ser más genuinos que radicales.

A nuestro entender, la diferencia entre lo genuino y lo radical estriba en que lo primero es un compromiso, ético y posible, y lo segundo una huida, inviable y populista. Que los radicales son los otros: aquellos que promueven un solo Uruguay, que alientan las trágicamente históricas refinanciaciones del BROU bien como los peligrosos llamados a la defensa de la tradición y otros tótems que nos hacen recordar a aquellas logias militares y aquellos grupos fundamentalistas religiosos que nadie debiera de volver a despertar. Bastante daño y destrucción hicieron en su momento, de cuyas consecuencias aún hay familias enteras que lloran a sus muertos y mutilados, hombres y mujeres, sin siquiera saber dónde se encuentran sus restos.

La tarea de gobernar continúa. Restan aún por concretar logros nacionales y alguna que otra desagradable sorpresa regional. Ambos extremos del adentro y del afuera nos deben encontrar a todos – incluso desde nuestras diferencias – caminando juntos hacia el mañana.

Que de nada vale el intentar dividir como estrategia de lucha ni mucho menos correr a toda prisa en busca de mezquinos réditos políticos individuales. Para lo cual nada mejor que recordar – y atender – aquella frase citada por un dirigente nacionalista que decía que “El que se precipita, se precipita”.

Por Héctor Valle
Investigador social y periodista

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