Brasil | En el laberinto, sin el hilo de Ariadna

El próximo 4 de abril, el Supremo Tribunal Federal brasileño (STF) decidirá en cuanto al mérito del pedido de habeas corpus presentado por los abogados de Lula da Silva. El análisis preliminar del tema ocupó su sesión del 22 de marzo último, sin que ninguna decisión sustantiva haya sido tomada. La eventual concesión del remedio jurídico evitará la prisión del ex presidente al menos hasta el agotamiento de todas las instancias recursales.

Por otro lado, la denegación del pedido dará paso al inmediato cumplimiento del mandato de prisión determinado por el tribunal de segunda instancia el 26 de marzo próximo pasado.

“A ave que leva em seu nome
os nossos nomes que lhe pertencem.”
Carlos Henrique Escobar, “A notícia da ave”

“Lo oscuro
es réplica terrible
de lo incierto.”
Ida Vitale, “Cada uno en su noche”

La esperada decisión de la suprema corte deja a la nación en suspenso, al mismo tiempo en que se acentúa la división de la sociedad brasileña, desde dos años atrás fuertemente polarizada a resultas del golpe mediático y parlamentario que al final impuso el ‘impeachment’ a Dilma Roussef.

Si dejamos de lado los aspectos jurídicos y encaramos la dimensión política, surge de inmediato el principal problema que ha debido confrontar la izquierda por lo menos desde el año 2016: su escasa capacidad de movilizar al conjunto de los que, perteneciendo mayoritariamente a las clases populares, e minoritariamente a las capas medias, se oponen al golpe pero no engrosan las manifestaciones callejeras. Ese fenómeno, que conjuga rechazo al estado de cosas imperante con persistente introversión, pide por variadas interpretaciones, por ensayos hermenéuticos que puedan dar cuenta de esa relativa apatía y de su algo sorprendente continuidad a lo largo del gobierno Temer.

Para comenzar a entender ese proceso, la principal clave descifradora tal vez sea la que ve en el génesis y en la permanencia del distanciamiento que se estableció entre los partidos de izquierda, especialmente el PT, y la masa de seguidores, falla manifiesta en uno de los principales ejes de la estrategia lulista de transformación social, política y económica del país.

Durante los años en los que ejerció el poder ejecutivo, el Partido de los Trabajadores evitó, en el sentido fuerte del verbo, integrar a su propuesta de ‘aggiornamento’ la práctica de permanente contacto movilizador sea con sus propias bases sea con el arco de la izquierda que le era mayoritariamente favorable al menos al inicio. Consecuencia de esa opción estratégicamente equivocada, desde el golpe del 2016 el partido está pagando, junto con todos sus aliados y el universo entero de la izquierda, el alto precio de ese fatídico abandono. La factura surge como escasa capacidad de movilización popular, aunque la propia dinámica claudicante del proyecto gubernamental suscite la expectativa de que en algún momento la apatía venga a ser superada, y multitudes tomen las calles.

Por lo pronto, es teóricamente más fácil imaginar qué reacción popular maciza tenderá a asumir la figura del voluntarismo marcado por lo espontáneo. En otras palabras, la presencia en las calles del pueblo que protesta en gran número difícilmente resultará de algo organizado a partir de la lógica que racionalmente articula medios y fines en un tipo de construcción de rebeldía o de desobediencia civil que integra el imaginario político de los partidos de la izquierda tradicional. Esa misma modalidad de acción contestataria es generalmente compartida por sindicatos, por la mayor parte de los movimientos sociales y, en menor grado, por los frentes de oposición al golpe.

Además, si un amplio movimiento de ese tipo eclosiona en la sociedad, y en caso de que, a despecho de la segura represión, se sustentara por tiempo significativo, es lógica e históricamente imposible asegurar que la dinámica instaurada se atendrá al objetivo táctico inmediato de la oposición. Fundamentalmente, la meta oposicionista para este año se limita, en lo que más cuenta, a mantener viva la candidatura de Lula y, con ella, en um escenario ideal, viabilizar la superación del golpe de 2016 por la vía electoral. Una salida de ese tipo garantizaría para los brasileños algo efectivamente distinto del destino impuesto a hondureños y paraguayos por los respectivos golpes institucionales.

Teniendo en cuenta esa moldura más amplia, la izquierda y los demócratas de variados colores que alinean con ella persistirán con su objetivo de corto plazo: asegurar que el líder en las encuestas electorales ejerza el derecho de lanzar su candidatura. La esperanza de que se concreten improbables victorias en el STF mantendrá viva por más tiempo la perspectiva de viraje antigolpstta a partir de los resultados del juego político-electoral. En la vigencia de ese escenario ideal, el suceso del líder petista en las presidenciales de octubre pasaría a ser fortísima probabilidad.

Dados el desgaste notorio del proyecto inaugurado por el gobierno Temer y la falta de nombres del MDB y del PSDB que atraigan al electorado de  centro-derecha, desenlace de la disputa por el comando del ejecutivo favorable al PT, además de asegurar el retorno del partido al palacio del Planalto, fortalecerá el debilitado arco izquierdista como un todo, por más que la izquierda aun patine, aun no consiga proponer nada de fundamentalmente nuevo ante la gravedad y amplitud de la crisis que sumerge a Brasil. Por ahora, la estrategia oposicionista mayoritaria parece anclarse en la idea algo simplista de volver a hacer lo mismo, sólo que más y mejor. Vale decir, hacer lo mismo con ciertos ajustes no explicitados.

En paralelo, a partir de un rincón olvidado del tablero, la izquierda anti sistémica y antiparlamentaria, que hace años elabora crítica permanente del lulismo por ver en el PT y en su líder actualizaciones agotadas del varguismo y del nacional-desarrollismo, continúa, a partir de su condición marginal, a refinar su posición. En lo más profundo, esa franja minoritaria centra sus expectativas en la emergencia de los grupos y actores que ve como los equivalentes funcionales, en el siglo XXI, de la ‘clase universal’ del siglo XIX. Esos ‘proletarios’ postmodernos y su compleja subjetividad formarían la izquierda que no teme decir su nombre, la punta de lanza de ese imprevisible acontecimiento inaugural y taumatúrgico que, al concretase, crearía espacio para mudanzas estructurales conducentes a la superación del capitalismo brasileño-cosmopolita, perversa articulación de lo ‘rezagado’ con lo ‘moderno’.

En lo inmediato, parece más importante tener en cuenta que el desdoble de este año electoral depende del destino que tendrá Lula, sea como candidato sea como ‘hacedor de reyes’. Aunque la propuesta petista se cumpliera integralmente, la reconquista del poder ejecutivo por Lula o su indicado, a despecho de su extraordinaria importancia, no abrirá automáticamente perspectivas de hecho animadoras, dadas las dimensiones de los desafíos que habrán de colocarse para Lula, el PT y la izquierda aliada en caso de concretarse ese proyectado regreso al Planalto.

Alcanzado su objetivo electoral, la alianza victoriosa deberá confrontar –consciente de que estará utilizando su última chance en mucho tiempo – con las diferentes cabezas de la hidra llamada crisis total. A lo que todo indica, aunque el golpe sea electoralmente contenido en octubre próximo, por Lula o su vicario, nada en la relación de fuerzas vigente en el congreso, en la sociedad civil, en el mundo del trabajo, en los medios de comunicación ni en el poder judicial, bien como en la alta burocracia de estado, será objeto de visible cambio para mejor. La dialéctica coyuntura-estructura o la relación problemática entre diacronía y sincronía continuará siendo desfavorable a la izquierda.

Además, si Lula se mantiene como candidato, si sale jurídicamente victorioso, la situación es una. Pero si es forzado a actuar como ‘hacedor de reyes’, la hipótesis de triunfo electoral petista se debilita. La operación de transferencia de votos del líder carismático para su indicado es operación harto insegura, tanto más cuanto el número de votos a ser transferido se sitúa en el entorno de tres decenas de millones. Por eso, el llamado ‘plan B’ tiene algo de optimismo exagerado, y también de angustiante pesadilla. Triunfos de Lula en el STF son improbables. Algo, en contrapartida, es clarísimo: negar su derecho de disputar las presidenciales es vital para que el golpe prospere y para que los golpistas recuperen la legitimidad democrática, lo que les asegurará la continuación del proyecto regresivo en curso.

Pero como en el campo golpista ningún nombre tiene fuerza propia, ni incluso el del desgastado gobernador paulista, las chances de triunfo del eventual “candidato plan B” no son imaginarias.  Lanzado por Lula, su primer gran desafío consiste en llegar al segundo turno. En caso de que eso ocurra, y si el otro candidato fuera el representante máximo del extremismo brasileño de derecha, la probabilidad de victoria del candidato de la izquierda aumentará. En ese escenario, la derecha que no se reconoce en la visión de mundo del candidato extremista pagará el costo de votar con la oposición o de anular su voto, una vez que el centro fue reducido a mera palabra, a simple instrumento retórico.

Si las fuerzas oposicionistas consiguieran desplazar del poder ejecutivo la alianza golpista, hay que pensar desde ya en lo que podrá ser hecho inmediatamente después de haber pasado el momento de las celebraciones. En ese caso, tal vez la consecuencia primera del éxito electoral sea algo más limitada de lo que el entusiasmo de los victoriosos pueda concebir. Antes que asegurar avances sociales y abrir espacio para la actualización a la izquierda de la estrategia económica conciliatoria que rindió frutos hasta la crisis del 2008, derrotar al golpismo en octubre puede generar algo de escaso valor estratégico, aunque tácticamente significativo en el contexto de la real correlación de fuerzas en una sociedad polarizada. A mi modo de ver, la victoria permitirá algo potencialmente decisivo en tiempos de anomia: ganar tiempo. Tiempo esencial es aquel, indeterminable de antemano, a ser aprovechado por el jefe del ejecutivo para diluir lo peor que nos amenaza con creciente fuerza. En esas circunstancias, quien ocupe el Planalto en nombre de la izquierda tendrá que maniobrar con inmensa habilidad táctica y rara firmeza estratégica.

Además, para que ese pragmatismo – quizá otro nombre para la metamorfosis de la necesidad en virtud – no degenere en haraquiri, es imprescindible que el jefe de estado consiga anular los riesgos inmediatos de colapso institucional sin todavía incumplir el meollo de lo prometido durante la campaña. La otra cara de esa moneda es lo que llamo de lo peor que nos amenaza con creciente fuerza. Creo que en el tensionado inicio del próximo gobierno, habrá que prioritariamente hacer frente a la amenaza de recaída en el autoritarismo militar sin máscara.

Por otro lado, de no materializarse el mejor desenlace electoral, después de una derrota más de catastróficas proporciones, habremos ingresado en el tiempo largo de la historia, aquel en cuyo lento fluir la izquierda brasileña tendrá que repensar las matrices de sus ideas, proyectos, prácticas, teorizaciones, fundamentos, tácticas, estrategias, alianzas, todo lo que efectivamente permita crear en plazo generacional otra visión de mundo, otra concepción de poder, otro proyecto. En su significado crucial, una derrota en octubre señalará que el poder, incluso el que es ejercido a partir del ejecutivo, se apartó de nosotros para volver mucho más adelante.

En ese período de travesía del desierto que el pueblo brasileño tal vez esté condenado a enfrentar, no hay Moisés a la vista, lo que no necesariamente es malo. En medio de las incertidumbres, es clara apenas la tarea principal: reconstruir la izquierda. Algo inmensamente fácil de decir; algo inmensamente difícil de realizar.

Aun así, incluso porque las chances de éxito electoral de algún modo permanecen, que quede absolutamente claro: la victoria de la izquierda ciertamente permitirá la adopción de soluciones parciales, cada una de ellas evidentemente diminuta ante la gigantesca crisis. Pero todas se revisten de importancia porque el país – estado, sociedad, economía, cultura y convivencia mínimamente civilizada entre ciudadanos – se encuentra a la vera de un insondable abismo.  Pequeños grandes pasos iniciales, si estrechamente articulados a ambiciosa estrategia, tendrán como efecto crear o recuperar el entusiasmo indispensable a la reconstrucción de la democracia brasileña hoy en coma, esa que, de 1988 a 2016, habíamos ingenuamente concebido como a prueba de golpes.

Si, por otro lado, el resultado de las elecciones legitimara la continuidad de la contrarreforma neoliberal, entonces, a partir de octubre y a pesar de la irrefutable legitimidad electoral recuperada por la derecha, algo también es seguro: el puente para el desastre inevitablemente multiplicará los focos y la intensidad de la crisis general, sobre todo porque la élite (?) desconoce, en su Olimpo de la concentración de ingreso, poder, estatus, riqueza y vasallos, la realidad que marca la vida cotidiana del 90% de los brasileños. Esa, nuestra mayor tragedia.

 

Por Tadeu Valadares
Embajador brasileño, jubilado

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