Brasil / El Golpe del 2016 y sus implicancias

Para mí, mayo de 2016 marca un comienzo: la instauración de otro estado de cosas como consecuencia del evidente golpe parlamentario, económico y mediático, evento que nos lanzó al camino que hoy amenaza mortalmente la única experiencia democrática amplia de nuestra conturbada história.

Vivimos tiempos oscuros, sí, pero la negrura no es total, o aun no es total.

Por ello, la reflexión crítica sobre la decisión del gobierno federal, tan grave en sí misma, tan extrema y tan preocupante, debe tener en cuenta, además lo que significa per se, ese contexto más amplio que nos toca a todos, o al menos a aquellos que vemos al régimen del 88 amenazado; y, junto con él, nuestra corta vida democrática.

La intervención federal – creo que el subrayar tal efecto es fundamental para apartar un poco ilusiones tal vez demasiado arraigadas – agrega otra dinámica a la crisis total que vivimos, esa que pasa por todas las esferas que la sociología funcionalista llama, en su conjunto, sistema social.

En clave de esperanza, nuestro ‘hecho social total’, categoría cara a Marcel Mauss, quién sabe creará espacio para una transición estructural cuyo vector final puede ser positivamente innovador. Pero también arriesga venir a ser, en el registro más trágico, nuestra caída en abismo sin fondo.  Ese sentimiento de vivir «a la vera del abismo» está muy diseminado entre los de mi generación.

En cierta forma, desde el día en el cual la intervención fue anunciada, estamos viviendo otro largo momento decisivo. De aquellos que quitan EL sueño de todos los que ven cómo se va abriendo temible abanico de amenazas a nuestra solitaria experiencia democrática.

Digo experiencia solitaria porque el régimen del 88 fue nuestra primera aproximación al concepto de democracia amplia. La democracia del régimen del 46 fue claramente limitada.

En 1988, democracia casi plena. Pero a partir de 2016 el régimen pasó a ser una sombra de lo que fue.

Un golpe fue dado en el 2016, en Brasilia; otro, en el 2018, en Porto Alegre. El tercero, y más reciente, desencadenado el 16 del mes pasado.

Con tal contexto en mente, haremos algunas breves observaciones con relación a las garantías con las cuales contamos – o pensamos que contamos -, y también sobre las amenazas reales que hoy pesan sobre todos los derechos humanos, derechos de todos los que hoy viven en el territorio brasileño.

Las garantías están inscriptas en las leyes, de la ley suprema a todas las que, versando sobre derechos y garantías individuales y sociales, políticos y culturales, constituyen, aun, nuestro andamiaje jurídico.

A esas garantías hay que articular las protecciones resultantes de nuestra participación en acuerdos, tratados, convenciones y pactos que nos vinculan al sistema global de protección de derechos humanos y al sistema regional interamericano.

Las garantías están inscriptas en los textos, em tanto que las amenazas ostensibles se muestran con las armas y en las acciones de los que operacionalizan la intervención federal en las calles, callejones y callejuelas de las comunidades en donde viven los pobres, mayoritariamente negros, tanto en la ciudad de Rio de Janeiro como en todo el estado.

Por un lado, textos ordenadores; del otro, acciones que se desarrollan y se desarrollarán, inevitablemente, a partir de una lógica de guerra.

Manifestaré algo que refleja apenas mi convicción personal: la intervención federal está destinada al fracaso. De ese hado no escapará, creo, sobre todo si pensamos en el objetivo desmedidamente ambicioso consignado en los discursos del gobierno.

¿Cómo ´solucionar la cuestión´ hasta el 31 de diciembre próximo?

La experiencia acumulada en los últimos diez años se tradujo, en Rio de Janeiro, por lo menos en otras trece intervenciones. Todas ellas, al final, agravaron el problema en vez de solucionarlo. No consigo entrever por qué el producto final sería, esta vez, totalmente distinto.

Por otra parte, hay que reconocerlo, esta modalidad de intervención es inaugural. Es una novedad em sí misma porque se trata de una intervención vertical, hecha de arriba hacia abajo.

El ‘verticalismo’ difunde la ilusión de que estamos delante de un salto cualitativo, mientras que, a contramano, los hechos proclaman que se trata de más de lo mismo. Mucho más de lo mismo será operacionalizado en el cuerpo de la población más pobre. Mucho más de lo mismo que ya fue hecho y que se reveló ineficaz, como ya se sabe desde hace mucho.

No pienso que especular sobre los motivos que llevaron a un gobierno tan impopular y tan antipopular a decidirse por esa jugada temeraria, que tiene aire de un ‘todo o nada’, sea intempestivo ni tampoco inadecuado.

Arriesguemos, entonces, lo que quizá sea un ejercicio especulativo algo educado. Hagamos tal esfuerzo, aunque el ejercicio entero sea tan solo frágil tentativa de atribuir alguna lógica al caos.

Un golpe fue dado en el 2016, en Brasilia; otro, en el 2018, en Porto Alegre. El tercero, y más reciente, desencadenado el 16 del mes pasado.

Cadena con tres eslabones. Cadena a la cual no sabemos si se agregarán nuevos eslabones hasta octubre de este año. Cadena que tendencialmente puede – recordemos el desfile de la “Escola de Samba Tuiuti” y su mensaje alegórico, marcas indelebles del último carnaval – reducirnos a una situación en la cual pasaremos a ser no-ciudadanos. Otra vez.

De momento, continuamos siendo, al menos por ahora, ciudadanos. Pero, desconfío, somos ciudadanos ya en proceso de atrofia.

Ante este desafío que es el nuestro, algo debe grabarse en nosotros, en nuestra memoria, en nuestra voluntad, en nuestros deseos.

Una especie de alerta, algo así como una alarma de incendio.

El golpe formalmente tiene plazo fijo para acabar, espero. Las elecciones de octubre del 2018, si se realizan, significarán su término.

Si los que montaron los tres golpes, y de ellos se aprovecharon, resultan vencedores en las presidenciales de este año, sea con el candidato x, la candidata y o el candidato z, la legitimidad democrática, hay que reconocerlo, retornará. Pero retornará bajo una forma pauperizada, dada la certeza de la exclusión que será impuesta al candidato opositor más fuerte en cuanto a las preferencias hasta ahora detectadas por las encuestas electorales. Consumada la exclusión, reequilibrar el campo político-electoral raya lo imposible.

En otras palabras, independientemente de las preferencias partidarias, lo único seguro es que algo de gravedad extrema persistirá. Y esto se deberá a que el proceso iniciado en el 2016 no concluirá en el 2018. Forma y contenido se oponen.

A lo que todo indica, ese mal encuentro nuestro con nuestra historia, inscripto en las estrellas del desastre, nos acompañará por muchos años. Tal vez por un plazo generacional, no importa quien sea el vencedor en las presidenciales de octubre venidero.

Pensemos en Honduras. Pensemos en Paraguay.

Pensemos en Brasil.

 

Por Tadeu Valadares
Embajador brasileño, jubilado

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