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Brasil | Es preciso restaurar el Estado

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Vivimos bajo la penumbra de la más grave crisis de la historia de Brasil, una crisis económica, social y política. Enfrentamos un escenario que va más allá de la democracia interrumpida.

A mi modo de ver, se trata de una democracia sustraída por la simbiosis de intereses de una clase política degradada y de una élite egocéntrica, sin ningún tipo de compromiso con un proyecto de reconstrucción nacional – lo que, inclusive, prácticamente aniquila cualquier posibilidad de acuerdo.

Hoy, citar a un político de envergadura con notoria capacidad de pensar el país es un ejercicio exhaustivo. El Congreso es tenebroso. La mayoría que está allí se sabe bien qué fines persigue. El elenco de gobernadores es igualmente terrible. No hay uno que sobresalga. Y no voy a citar el caso de Río porque ahí lo que hay es cobardía. Lo “nuevo” en la política, o el que tiene la petulancia de presentarse como tal, es João Doria, que en verdad es un representante de la vieja extrema derecha.

La dictadura, a la cual debemos repudiar por otros motivos, no era tan ordinaria en ese sentido. No sufríamos con esa escasez de cuadros que vemos hoy. Lo mismo se aplica a nuestros dirigentes empresariales, tierra de la cual no se ve brotar un liderazgo.

La vieja burguesía nacional fue aniquilada.

Yo nunca vi una élite tan ruin como la que está aquí. Y en el medio de ese desbarajuste aun tenemos la “Lava Jato”, una operación que comenzó con los mejores propósitos y pasó a ser una acción autoritaria, arbitraria, que atenta contra las justicias democráticas, para no citar la estela de desempleo que dejó en importantes sectores de la economía.

Es de colmar la paciencia que la “Lava Jato” se haya vuelto símbolo de moralización.

Pero ¿por qué? Porque nada está funcionando.

Dicha operación es una respuesta a la inacción política. Consiguieron transformar la democracia en una farra, en la que nadie es responsable por nada. No hay ley o preceptos del Estado de Derecho que estén salvaguardados.

El futuro fue criminalizado. No estoy diciendo que el escenario internacional sea un oasis. El resto del mundo no es ninguna maravilla, comenzando por los Estados Unidos. Convengamos, no cualquier país es capaz de producir un Trump. Ellos se esmeraron.

En Europa como un todo, la situación también es desoladora. Y China, bien China es siempre una incógnita… Pero, de regreso a nuestro patio, el centro mediocre se amplió de una manera bárbara en Brasil. No hay producción de pensamiento contra la mediocridad, de ningún lado, ni de la derecha, ni de la izquierda.

Faltan causas, banderas, propósitos, falta inclusive un eslogan que prenda en la sociedad. Lo más impresionante es que no estamos hablando de un proceso largo, de una o dos décadas, sino, sí, de un cuadro con un rápido deterioro en un espacio temporal razonablemente corto.

Estoy en Brasil desde 1954 y jamás vi tamaño estado de letargo. En la dictadura, había protesta. Hoy, mal se oye un susurro.

Por otro lado, tampoco se encuentran soluciones para la economía, especialmente el ente sector productivo. La industria brasileña “se africanizó”, como hace mucho previera el recordado Arthur Candal. Nos hemos rendido a la financiarización, sin oponer resistencia alguna.

La idea del Estado inductor de desarrollo fue finalmente herida de muerte por la religión de que el Estado mínimo nos llevará a un estado de gracia de la economía. Puro dogma. Estamos destruyendo las últimas fuerzas motrices del crecimiento económico y de la intervención inclusiva e igualitaria en lo social.

Esta indignación mía, a veces mesclada con un indeseable, pero inevitable estado de pesimismo podría ser atribuida a mi vejez. Pero no encuentro que sea eso. Hace mucho que soy vieja. Lucho para no dejarme llevar por el escepticismo. No es simple dado lo que está ante mis ojos.

Lamento, pero no me doblo; sufro, pero no me entrego. Jamás hui al buen combate y no sería ahora cuando iría a hacerlo. Hay salidas para ese cuadro de entropía nacional y estoy convencida de que pasan por las nuevas generaciones.

Como diría Sartre, no podemos acabar con las ilusiones de la juventud. Por el contrario, tenemos que estimularlas, infundirlas. Por ilusión, en un sentido no literal, entiéndase la capacidad de mirar nuevos escenarios, la profesión de fe de que es posible, sí, interferir en el statu quo vigente, el fuerte deseo de cambio, asociado a la frescura, al ímpetu y al poder de movilización necesario para que ello ocurra. Sólo consigo entrever alguna posibilidad de curación de ese estado de astenia y de reordenación de las bases democráticas a partir de una sólida convocatoria y acción de los jóvenes.

Por más escarpada que sea la caminata, no vislumbro salidas a no ser por la propia sociedad, especialmente por nuestros jóvenes. No los jóvenes de cabeza hecha, premoldeada, como si fueran bloques de concreto apilados por manos ajenas. Esos mal llegaron y ya están a un paso de la senectud. Me estoy refiriendo a una juventud sin vicios, sin amarras, de mente abierta, capaz de indignarse y construir un saludable contrapunto a ese torrente reaccionario que se esparce por el país.

Y hay que comenzar el trabajo de sensibilización, pero sabiendo que el tiempo de cambio insumirá décadas, vaya a saberse cuántas generaciones. No consigo vislumbrar otra posibilidad para que salgamos de esta gelatina generalizada, de esta ausencia de movimientos de cualquier lado, de cualquier origen, sea de naturaleza política, económica, religiosa, si no es por una convocatoria a los jóvenes.

Hasta porque, si no fuera a la juventud, ¿para quién se va a hablar? ¿Para la oligarquía que está en el poder? ¿Para la burguesía cosmopolita – que fue la que sobró – con su “conveniente” y perversa indiferencia? ¿Para una élite intelectual aguada y un tanto y cuanto sin gracia?

Al mismo tiempo, cualquier proyecto de costura de los tejidos del país pasa obligatoriamente por la restauración del Estado.

Es urgente un proceso de reordenamiento del aparato público, de llenado de las graves lagunas pensantes. Nuestra propia historia nos reserva episodios didácticos, ejemplos a ser revisados.

En la década del 30, durante el primer gobierno de Getúlio Vargas, guardadas las debidas proporciones, también vivíamos una dura crisis. No íbamos a ninguna parte. Aun así, surgieron medidas de gran impacto para la modernización del Estado, como, por ejemplo, la creación del DASP – Departamento Administrativo del Servicio Público, comandado por Luis Simões Lopes.

En la estela del DASP, cabe recordar, vinieron los concursos públicos para cargos en el gobierno federal, el primer estatuto de los funcionarios públicos de Brasil, bla fiscalización del Presupuesto. Fue un puñetazo en el estómago del clientelismo y del patrimonialismo.

El DASP imprimió un nuevo modus operandi de organización administrativa, con la centralización de las reformas en ministerios y departamentos, así como también la modernización del aparato administrativo.

Disminuyó también la influencia de los poderes e intereses locales. Esto para no hablar del surgimiento, en las filas del Departamento, de una élite especializada que combinó altísimo valor y conocimiento técnico al compromiso con una visión reformista de la gestión de la cosa pública.

Emprendo este pequeño paseo en el tiempo para reforzar que nunca hicimos nada sin el Estado. No somos una democracia espontánea. El hecho es que hoy nuestro Estado está muy pobre. De esa forma, es muy difícil hacer una política social más activa.

No es sólo la falta de dinero. Lo más grave es la falta de capital humano. Hoy se asiste a un proyecto satánico de desconstrucción del Estado, véase Eletrobras, Petrobras, BNDES…

Restauración

El Estado siempre fue la nobleza del capital intelectual, de la calidad técnica, de la capacidad de formular políticas públicas transformadoras. Lo que se hizo en Brasil es asustador, una calamidad.

Es necesario un profundo programa de reorganización del Estado incluso para que se puedan hacer políticas sociales más agudas. Llegamos, a mi modo de ver, a un punto de bifurcación de la historia: o tenemos un movimiento reformista o una revolución.

La primera vía me suena más eficiente y menos traumática. Aun así, reconozco, precisaremos de dosis equinas del medicamento para enfrentarnos a tan grave enfermedad. Los síntomas son de barbarie.

Parece un fin de siglo, aunque estemos en el rayar de uno. En una comparación ligera, recuerda el comienzo del siglo XX. Los hechos llevaron a las dos guerras mundiales. Además, la guerra, aunque indeseable, es una manera de salir del impase.

Por eso, repito: precisamos de una acción restauradora. Lo que tenemos hoy en el Brasil no es una heridita insignificante que pueda ser tratada con un poco de mertiolate o cubierta con un esparadrapo. El Estado y la sociedad brasileña están en una mesa de cirugía. El corte es profundo, órganos vitales fueron alcanzados, el sangrado es dramático. Este resurgir no vendrá de las urnas. No veo la elección como un evento potencialmente restaurador, capaz de dar vuelta la página, de ser un marco de la reconstrucción.

Con el neoliberalismo no vamos a ningún lugar. Sobre todo, porque, repito: históricamente el Brasil nunca dio saltos sino con impulsos del propio Estado. Estos últimos dos años han sido pavorosos, desde el punto de vista económico, social y político.

Todas las reformas propuestas son reaccionarias, desde la laboral a la de la previsión social. Vivimos un momento de “ajuste de cuentas” con Getúlio, con una saña inquisidora de derechos sin precedentes. Se trata de un ajuste hecho encima de los desfavorecidos, de la renta del trabajo, de la contribución previsional, de la mano de obra. Brasil viró una economía de rentistas, lo que yo más temía. Es necesario hacer una eutanasia en el “rentismo”, la forma más eficaz y perversa de concentración de riquezas.

Renta mínima

Me causa espanto que ninguno de los principales candidatos a la Presidencia esté tratando de una cuestión visceral como la renta mínima, propuesta que siempre tuvo en el ex senador Eduardo Suplicy su más férreo defensor y propagandista en el Brasil. Suplicy fue ridiculizado, pisoteado por muchos, llamado de político de solo una nota. No lo era, pero, aunque lo fuera, sería una nota que daría un nuevo tono a la más trágica de nuestras sinfonías nacionales: la miseria y la desigualdad.

Una vez más, estamos a contramano del mundo, al menos del mundo que se debe anhelar. Si, en Brasil, la renta mínima es apedreada por muchos, más y más países centrales adoptan la medida.

¿QUÉ HACE UN PACIFICADOR CUANDO NO HAY LO QUÉ PACIFICAR?
Entre los candidatos a la Presidencia, sólo consigo divisar a Lula como alguien identificado con la propuesta. Si bien que la cosa está tan mal que, incluso si él pudiera candidatearse y ser electo, tendría enorme dificultad para implementar proyectos realmente transformadores. El PT no tiene suficiente fuerza; los otros partidos de izquierda no reaccionan. Lula siempre fue un gran conciliador. Pero un conciliador pierde su mayor poder cuando no hay conflictos. Y una de las raíces de nuestra apatía, de este letargo, es justamente la ausencia de conflictos, de contrapuntos. No tiene nada para conciliar. Más que conflictiva, la sociedad está anestesiada, casi en coma inducido.

En Canadá, la provincia de Ontario dio inicio el año pasado a un proyecto piloto de renta mínima para todos los ciudadanos, empleados o no.

En Finlandia fue por el mismo camino y comenzó a probar un programa también en 2017. Por lo que se sabe, cerca de dos mil finlandeses pasaron a recibir algo así como 500 euros por mes.

En Holanda, cerca de 300 residentes de la región de Utrecht pasaron a recibir de 900 euros a 1,3 mil euros por mes. El nombre del programa holandés es sugestivo: “Weten Wat Werkt” (“Saber lo que funciona”). Funcionaría para el Brasil, tengo la certeza.

El modelo encontró acogida hasta en los Estados Unidos. Desde la década del 80, Alaska paga a cada uno de sus 700 mil habitantes un rendimiento mínimo llamado “Alaska Permanent Fund Dividend”. Los recursos vienen de un fondo de inversión amparado en los royalties del petróleo.

Es bueno que se diga que dos de los fundamentalistas del liberalismo, los economistas F. A. Hayek y Milton Friedman, eran defensores de la renta básica y hasta disputaban la primacía por la paternidad de la idea. Friedman decía que la medida sustituiría otras acciones asistencialistas dispersas.

En Brasil, el debate sobre la renta básica prima por su circularidad. El programa Bolsa Familia fue una “proxy” de una construcción que no avanzó. Según el FMI, la distribución del 4,6% del PIB reduciría la pobreza brasileña a un espectacular 11%.

Esa es una idea que precisa ser rescatada, una bandera a la espera de una mano. Entre los candidatos a la Presidencia, sólo consigo divisar a Lula como alguien identificado con la propuesta. Si bien que la cosa está tan mal que, incluso si él pudiera candidatearse y ser electo, tendría enorme dificultad para implementar proyectos realmente transformadores. El PT no tiene suficiente fuerza; los otros partidos de izquierda no reaccionan.

Lula siempre fue un gran conciliador. Pero un conciliador pierde su mayor poder cuando no hay conflictos. Y una de las raíces de nuestra apatía, de este letargo, es justamente la ausencia de conflictos, de contrapuntos. No tiene nada para conciliar. Más que conflictiva, la sociedad está anestesiada, casi en coma inducido.

¿Qué hace un pacificador cuando no hay lo qué pacificar?

Por la Profesora Maria da Conceição Tavares(1)

 

Traducido por Héctor Valle para La ONDA digital.

[1] Recientemente, la prestigiosa revista brasileña de análisis INSIGHT INTELIGENCIA, edición 79, publicó el presente texto, entre otros destacados artículos.

La ONDA digital Nº 849 (Síganos en Twitter y facebook)

 

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