El barroquismo historiográfico en José Trigo

Fernando del Paso es escritor, dibujante, pintor, diplomático y académico mexicano. Es especialmente reconocido por tres extensas novelas que son consideradas como algunas de las mejores exponentes de la narrativa mexicana del siglo XX: José Trigo (1966), Palinuro de México (1977) y Noticias del Imperio (1987).​ En 2015 le fue concedido el Premio Cervantes. Las tres novelas tienen en común el abordaje de sus personajes desde distintos puntos de vista, la documentada historia de su país y una refinada escritura, muy culta, que la hace muy elitista y de complicada lectura. 

Barroquismo y entrelazamiento.-
En la novela José Trigo se da la circunstancia histórica de la huelga del ferrocarril de 1959, reprimida hasta desbaratar el sindicato, y por extensión a todo el movimiento ferrocarrilero en la década de los años 50 (en especial el movimiento que encabezó Demetrio Vallejo, secretario general del Sindicato Ferrocarrilero durante 1958-1959), y un uso polifónico del lenguaje, que va desde el cultismo al habla popular (y en particular el albur), con voces e imágenes indígenas. Es una novela experimental y difícil de leer, y por momentos uno parece navegar en un mar picado, sin saber a dónde, a qué puerto, arribará. Si bien el territorio de la novela propiamente es la zona de Nonoalco-Tlatelolco, dentro de la ciudad de México, hay un paisaje rural entremezclado, ya sea porque sus personajes –o algunos de ellos- vienen del medio rural, o porque algunas de sus historias ocurren en el campo o en zonas alejadas de las ciudades. Además, la obra es experimental en cuanto a su forma, ya que está escrita de distinta manera, utilizando diversas técnicas narrativas.

En el centro de la novela está el personaje de José Trigo, un hombre flaco y alto con una caja al hombro y seguido por una mujer embarazada que corta los girasoles que se multiplican en el camino. Ese personaje, medio adivinado, sin que sepamos nunca bien qué o quién es, funciona como testigo de una época y es el vínculo necesario para contar la historia, que es la historia de México, también. Pero claro, cuenta como dudando, ¿habrá sido así o asá?, pero es y no importa el entremedio, importa el punto de llegada, la estación de tren y ese personaje de José Trigo apareciendo (y por momentos desapareciendo). Va para atrás en el tiempo hasta el hoy (ese hoy es el fin de la huelga del año 59), pero contará una historia antigua, tan antigua (valga la redundancia) como el tiempo.

Las frases son párrafos enteros, larguísimos, unidos por el discurso, “Era un hombre. Era un hombre cada vez más grande y cada vez más viejo y de rostro cada vez más iluminado por el sol que me daba en la nuca cuando yo caminando era cada vez una sombra más grande que vi acercarse un día en que yo estaba sentado en un carril o arrodujado y que me miró y me preguntó ¿José Trigo?” (y la respuesta del hombre que es el José Trigo de la pregunta, como si fuera otro, porque su nombre es otro aunque el que cuenta le da ese nombre, en este caso “la madrecita Buenaventura me contó el día de San Higinio y de la Sagrada Familia, de San Palemón Abad y San Alejandro Obispo, que José Trigo había mordido el mismo polvo una mañana de un mes de abril en que saltó de un tren en marcha y una tarde de un mes de diciembre en que durmió en una caja de muerto y una noche de un mes de la Virgen en que dejó para siempre esta ciudad de Nonoalco que está a cero kilómetros de la Ciudad de México, a dos mil doscientos cuarenta metros sobre el nivel del mar, y que conocí el día en que un hombre de cabello encarrujado y entretenido en relamer refocilado lacios lucios largos pelos blancos sucios y empapelados inflando sus carrillos papujados y entre masticando un pedazo de pan o de algo se rascó la barba, me miró, no me miró y me dijo: -¿José Trigo? No, no conozco a nadie que se llame José Trigo…”. O este otro párrafo que no nos dice, o nos desdice: “…vieron a José Trigo guiñándole a la muerte y lo vieron llegar desde lejos, vagar por estos llanos de Nonoalco donde cada veinticuatro horas se reciben y se despachan mil cuatrocientos carros, y lo vieron vivir con la mujer, tres días sin hablarle y siete meses sin tocarla, en alguno de esos carros olvidados, en la Ciudad del Oeste, donde hay setenta y ocho furgones y vagones y jaulas abandonadas donde viven y comen y duermen más de cien ferrocarrileros que trabajan de día alineando los rieles y de noche cuentan historias de viejas huelgas ferrocarrileras y leyendas de la Revolución…”, pág. 6-7-8). Entonces es que se va construyendo la imagen de ese hombre llamado José Trigo en base a lo que ve cada uno de los que surge en la novela y en base a lo que saben de oídas, contado por otros. La fragmentación de este hombre en muchas partes hace parte de la fragmentación de la novela que en vez de construirse parece deconstruirse para que seamos nosotros, en todo caso, quienes la reconstruyamos. Pero es una tarea difícil por lo que ya habíamos señalado más arriba, la dificultad del lenguaje, de un cultismo que debemos más o menos obviar (por la imposibilidad de estar acudiendo al diccionario cada dos o tres palabras, haciendo que su lectura se vuelva complicada) y por lo que debemos agarrar al vuelo el sentido de esas palabras aún sin saber su sentido real, y además por el habla popular (muy difícil de entender si no se ha vivido en México y si no se sabe de la agudeza del ingenio popular en este sentido, con mucha alusión sexual). Una enumeración, a modo de ejemplo, de esas palabras difíciles o poco usuales, es más precisa para explicar esto: criznejas, capulís, colodrillo, jaharrados, cazumbre, colcorros, bahorrina, mondarajas, berma, venático, manantías, larguruto, incircuncisas, desgarbilado, arrodujado, alesnadas, folciformes, máculas lúteas, aladares, tamo, ampón, calandrajos, empapuza, podrigorio… E incluso en sustantivos nuevos, como amartelado por conchabarse, o anadeante como si fuera un cualidad humana de ánade, por ejemplo. Hay una innovación del lenguaje o el nombrar cosas viejas con nombres nuevos, inventados, o casi: tez humienta (de humo), lengua de estropajo, cabello lanuginoso (pelego), piel de madera cañiza, etcétera.

Por supuesto que la historia de este hombre va a ser contada “hoy, mañana, cuando quiera, y empezará por el principio, por el final o por la mitad, por donde guste”, porque es así, tal cual, no hay ningún apuro, es más, hay un regodeo de la situación (de las situaciones), como si estuviéramos describiendo un cuadro en sus múltiples detalles. Es la historia de la pobreza y la vida de los ferrocarrileros y oficios afines en esa zona delimitada, enmarcada por las condiciones inhumanas que lo llevan a la huelga: “Sería por tantos descalabros que sufrió la huelga desde el momento en que el Gobierno la desconoció. Sería porque estaba amenazado de muerte, él, que tantos esfuerzos ímprobos hizo por el bien del gremio” (pág. 32-33). Contará cosas del recuerdo, pero a veces cuenta cosas que, estando en el ayer, todavía no sucedieron en el orden (lineal) de la narración, y ese contar, anticipatorio, nos da la clave de lo que está contando, que es, siempre, los entretelones de la vida de los ferrocarrileros, la huelga y el fracaso estrepitoso de la misma.

“Eduviges vivía en un pueblo donde se usaba mucho la pobreza. O por mejor decir, vivía en los cercas del pueblo”, otro modo de decir, como si la pobreza se pueda usar, como una moda. Todos van contando con la lengua popular, porque los personajes son del pueblo, pobres, analfabetos o semianalfabetos, desahuciados. Lo que Del Paso hace es darle a ese uso un revestimiento de barroquismo literario, adornando el adorno, como quien dice. Cuenta las cosas de una manera que bien pueden ser de una u otra forma, pero el sentido primigenio queda; la esencia, desgranada.

“Tu nahual es un perro. Un perro con ojos azulados y colmillos filudos. Y además, tu nahual es un viejo. En las noches de luna, cuando por el río corre hielo derretido y sus piedras brillan como reverberos, tu nahual sale. Sus pelos son largos y enredosos como el heno que cuelga de los ahuehuetes, los viejos del agua, y por dónde camina se encenizan las yerbas. Tu nahual es malo, tu nahual es feo. Y tu nahual es gordo, porque come aire, a tarascadas lo come y se va inflando hasta que su panza rastrilla la tierra. Tu nahual también come murciélagos, y come buñiga, y espantos. Tu nahual es pequeño, como un tlaconete, como una cuija: lo encontrarás entre los romerillos. Tu nahual es grande, grande como la luna que se aguada en el agua. Lo vieras treparse a un árbol, salir de  una acequia, saltar al fuego. Cuando se trepa a un árbol, sus pelos parecen hojas y sus ojos flores de nochtli. Cuando sale de una acequia, su lomo está verde de lenteja de agua. Cuando salta al fuego, es una sombra que se vuelve pura llama. Niña, niñita mía, cabeza de tepeguaje, collar de alondras, piedrita fina, corazón de teyolote, ojos de vidrio extraño, desorejadita, sangre de machiguis, chuparrosa: si me haces mi atole de sagú y haces todos los días la acarreada del agua, si me rameas en el temazcal, si persogas a las mulas, si me bañas a jicaradas de aguatibia, si descorucas a las gallinas y apancleas los surcos y ves de revezar a los bueyes, le digo a tu nahual: anda, vete, vete y hasta mañana. Pero si no, mi hijita, con los tanganitos de los dedos te doy en la cholla un coscorrón.

Con una reata de torsalía te doy una reatiza. Con una vara de membrillo o con un cuero crudío te despellejo las guingüingas mas que te raje la pelleja. Y lo más que todo, recuérdate, lo más que todo, te llevo a ver a tu nahual: ay, pobre de m´hijita, pobre espumilla del agua, manzanita pachichi, cocol del viento caracol de lágrimas: qué susto te vas a llevar. Porque tu nahual es un perro. Tu nahual es un miztle. Tu nahual es un tecuán. Tu nahual es un cacochime. Tu nahual es un cencuate. Cuídate de su cardillo, cuídate de su aventazón, cuídate de su voz. Que no te malmire. Que no te sople. Que no te sonsaque ese triste de tu nahual. Así que pórtate bien, que mejor que ver a tu nahual es ver colar a las güilotas cegajosas y ver nadar a los patos zambullidores y ver cantar al cenzontle que tiene tántas voces como años tiene el tiempo, o como tuecos tiene mi corazón para que tú te escondas, niña, niñita mía, colibrí de las cometas, mariposita del agua” (pág. 81-82), ahí está el modo y la dificultad de entender su escritura y lo que dice, a veces incluso contradictorio. Hay algo del lenguaje del campo contra el de la ciudad, y de su mezcla sale esto, a veces inentendible para quien no sea mexicano o que no haya vivido unos años en aquél país.

Hay una búsqueda incesante de términos lingüísticos, a veces por oposición, términos comunes, términos científicos y otro grupo de términos cercanos, que vienen siendo palabras semejantes, como si fueran primas o hermanas, así como antónimos y sinónimos. La expresión más ajustada sería “deshojando palabras” hasta dejar el esqueleto, la raíz, la esencia, porque las palabras ya vienen dadas y sólo se trata de reordenarlas: “Las palabras sueñan, porque ya otros hombres las soñaron y te las dieron así” (pág. 258).

Y, cada tanto, nos da una serie de términos técnicos sobre la propia profesión relacionada al ferrocarril, como en “El ángulo de cualquier crucero es el número de grados que hay entre los ejes de las dos vías en el punto donde se cruzan dichos ejes. Cuando el crucero tiene cerca de 90 grados, se dice que es en forma de diamante” (pág. 195). Estos párrafos técnicos funcionan como pausas en medio del discurso, nos ofrecen  un descanso a la vez que nos ilustran de algún aspecto de la profesión: “El extremo superior del eje vertical o vástago de todos los tipos de árboles de cambio tiene la forma de espiga para que enchufe en el agujero de la lámpara de cambio. El alvéolo es construido de manera que la lámpara no pueda ser colocada en el árbol más que en una sola posición, apropiada para dar una correcta indicación de la posición de las agujas de cambio” (pág. 322). Estas explicaciones tienen por objeto, además, comprobar, o no, el hecho de que el accidente de ferrocarril que ocurrirá (avanzando la narración) fue provocado.

Y además, otros párrafos son de los distintos modos de contar una misma historia: “Si José Trigo vestía un saco negro con grandes hombreras, zapatos muy andados y pantalón de dril cuando tocó a la puerta de don Pedro el carpintero. El tren de Laredo corría a setenta kilómetros por hora. O si vestía un saco pardo y un pantalón gris como parches negros cuando don Pedro el carpintero abrió la puerta y le preguntó: “¿Qué quiere?” Manuel Angel discutía en un burdel. O si tenía un sombrero que se quitó cuando dijo: “Soy José Trigo, usted me recuerda porque vivo con la Eduviges”. El hombre estaba tendido a la sombra del Puente de Nonoalco. O si no tenía sombrero que no se quitó cuando don Pedro dijo: “No, no me acuerdo, ¿qué quiere usted?” El tren de Laredo entró a una curva. “Quiero una caja porque se murió su niño.” Manuel Angel levantó la voz. O si no fue así, don Pedro el carpintero no lo recuerda, o al menos no tan bien como recuerda lo que pasó, si no ese día, sí todos los días del mes. Cepillaba la madera, y pasaba un ferrocarrilero. “¿Qué noticias hay”, le preguntaba”, (pág. 202).

 Los cristos y anticristos.-
Uno de los aspectos singulares de la historia mexicana, es sobre la Cristiada. La Cristiada o el movimiento cristero fue un movimiento que reaccionó ante las medidas anticlericales que adoptó el gobierno mexicano de Plutarco Elías Calles. Los antecedentes directos de esta guerra son, por un lado, la resistencia católica contra las políticas del presidente Sebastián Lerdo de Tejada (1872-1876) que fue llamada los Religioneros, o los Religionarios, y, por otro, la propia Constitución Mexicana de 1917, tras la Revolución mexicana, que incluyó fuertes medidas anticlericales (artículos 3 y 130) que negaban a la Iglesia el reconocimiento legal, exigía que los sacerdotes se registrasen y limitaban sus actividades, prohibía la educación religiosa, nacionalizaba las propiedades de la Iglesia e ilegalizaba la celebración de ceremonias religiosas fuera de la Iglesia, y, justamente, la aplicación estricta de las reglas anticlericales de la Constitución Mexicana de 1917 que fue conocida como la Ley Calles, fue la que dio origen al conflicto en el año 1926; además no se puede olvidar que la jerarquía de la Iglesia estuvo en contra de los sacerdotes, como el padre Miguel Hidalgo y el padre José María Morelos y Pavón, durante la lucha por la independencia. Las medidas del gobierno de Calles fueron, específicamente: la decisión de cuantos sacerdotes debían de servir en cada templo, el registro en una especie de censo y la necesidad absoluta que estos sacerdotes debían ser mexicanos por nacimiento para poder así realizar sus actividades de culto religioso. Además, todos los sacerdotes extranjeros fueron expulsados del país, por ningún motivo podía la Iglesia involucrarse en asuntos políticos, como el tener prohibido sostener o abrir colegios, ya que en el artículo tercero constitucional se enfatizaba el carácter laico de la educación, donde sólo al Estado le correspondía su impartición y control) y su visión que sobre ella da Del Paso en esta obra. Dice, “En 1913, el majestuoso Volcán de Colima, cuyo cono de traquitas y basalto porfídico estaba coronado por un penacho de vapores sempiternos, entró en erupción. Sus lávicas deyecciones agostaron las plantas alpestres. La Tierra trepidó. Las aves huyeron de los bosques y el auspicio fue siniestro: volaron hacia el Occidente, hacia el mar. Trece años más tarde, se habló de una nueva erupción y se sucedieron los acontecimientos luctuosos, cada uno de mayor cuantía y trascendencia. En la Catedral Metropolitana fue suprimida la ceremonia ritual de La Seña (en dicha ceremonia los canónigos se vestían de negro y cubrían sus cabezas con un capirote. Del coro, salían uno a uno, acompañados por el solemne toque de una campana oculta. Al llegar a la primera grada del presbiterio, se arrodillaban, se persignaban y acto seguido tomaban su lugar correspondiente. Después, aparecía otro capitular con una enorme bandera negra cruzada, en su totalidad, por una ancha cruz roja, y cuyas puntas sostenían dos canónigos. Colocado el abanderado en el centro el círculo formado por los hombres de negro y volteado hacia los fieles, inclinaba la bandera hacia la derecha y la izquierda, la echaba una y otra vez sobre sus hombros, y la abatía; en tanto que los canónigos se tendían sobre el suelo boca abajo. Después, desde el presbiterio y con la bandera enarbolada, hacía la señal de la cruz para bendecir a los fieles. Finalmente, colocaba el estandarte en el altar mayor. Esta espectacular ceremonia simbolizaba el triunfo del cristianismo sobre los paganos. El color negro representaba las sombras en que Jesús quedó envuelto al morir, y el rojo de la cruz, la sangre que derramó en el Monte Calvario). La Diócesis de Colima, erigida en 1881, fue declarada en entredicho. Ingentes cúmulos de langosta enlobreguecieron los cielos azules del Bajío. El Episcopado Mexicano publicó una carta pastoral colecticia donde anunció la cesación del culto en toda la República. Se reservó la Eucaristía. Dos millones de peticionarios, en un intento de humanar a las autoridades, signaron un manifiesto donde pedían la derogación de los preceptos que la infalible voz pontificia, en sus nada conciliares alocuciones y rescriptos a la grey católica, consideró írritos y temporáneos –a más de poco acordados- y entre los cuales se ordenaba la desapropiación de los bienes eclesiásticos. Oración, más luto, más boicot, fue la fórmula valedera propuesta para la victoria. Sobre todo oración, arma taumaturga. Y prendió el polvorín. Cundieron la cisma y la sedición. Sonó el primer tiro. El cuerpo del primer hombre muerto quedó en un campo de salvias, abandonado a la gana voraz de los gallinazos sarcófagos. Y los hombres que cumplían con el precepto, los hombres que cada día comulgaban con pan supersustancial, compatricios en Dios, connacionales en Cristo, al grito de “Viva Cristo Rey” sintiéronse apellidados a las armas, aprestaron el bridón y se lanzaron a una lucha encarnizada y temeraria que trascendía la importancia de  un conflicto intestino, pues afectaba a toda la Iglesia Militante, Purgante y Triunfante. Quien estaba por Dios no se detendría en matar a su hermano, su amigo y su pariente: negarse a ello hubiera sido pecado indispensable para el cual no habría compunción posible” (pág. 92-93). En Fernando Del Paso, la Cristiada es fundamental porque de su derrota es que salen algunos de sus personajes, sobre todo la madrecita Buenaventura (quien es la que cuenta sobre él, José Trigo, y lo preliminar de la guerra cristera), que terminan yendo a los campamentos de Nonoalco-Tlatelolco y son los sujetos de la novela José Trigo. En esta parte de la narración hay una voz al modo antiguo de contar, muy a lo español, por ejemplo: “De los ollares de las acémilas salía un vapor opalino” (pág. 96). E incluso, aunque todo lo que se cuenta referente a la Cristiada tiene un sello de mágico realismo, es, en cuanto a discurso, más coherente, sigue un hilo más nítido y claro.

Acuerdos y recuerdos.-
En el capítulo 6 se hace una cronología de la huelga ferroviaria junto con otros hechos en una alternancia de tiempo. Por ejemplo, la entrada del 18 de enero de 1960 habla de la génesis del movimiento ferrocarrilero y de la lucha por el aumento de salarios (pág. 127). Se dan entonces las primeras luchas y en una primera instancia triunfa la huelga, luego de la recomposición de la dirigencia mediante el voto. Hay entonces, en toda la novela, una descripción de las distintas situaciones que atraviesa el movimiento huelguístico, el apoyo que tiene, las dudas, la traición (o las traiciones, donde incluirá la corrupción de los líderes con los argumentos estrictamente económicos, monetarios, y seudoideológicos) y la represión final.

Destaque principal tiene Luciano, quien es el líder por antonomasia, incorruptible. Primero describirá su vivienda, su modo de vida, para indicarnos su composición social y sus vivencias. Así, en el inicio del capítulo 7, dice: “…la casa de Luciano, en el campamento Oeste, estaba formada por cuatro vagones, todos sin ruedas y desmantelados por dentro. O, para ser más exactos, por tres vagones y un furgón. En un principio fue uno, sin más aspiraciones. Luego, cuando Luciano regresó de Cholula y empezó a ascender en el escalafón ferroviario, se consiguió otro que colocó esquinado con el primero. Y así hasta que fueron cuatro que formaban un cuadrángulo con el jardín en el centro, un vergel colorido donde María Patrocinio, floricultora empírica, había sembrado rosales multífloros, un durazno que ya tenía algunos serpollos, alcatraces y esbeltos acantos espinosos. Manufactura de rodrigones. Gruesos. También un limonero, un naranjo y otras agruras cuyos ramajes, languor, derramábase rebasando los techos de los carros. Lentor. No brillaban por su ausencia en este jardín, como es de imaginarse, los girasoles silvestres característicos de los campamentos. Se entrecriaban y entrelucían con las plantas sativas. Malhojo. Gorjeos” (pág. 165).

La naturaleza anida en las regiones menos pensadas, entre los rieles y vagones en desuso. “Enredaderas de muchas campanillas, con flores de muchas polendas, cubrían las fachadas de los cuatro carros. Inclusive la antena de la televisión, que campea en la actualidad en el furgón del Norte, está cubierta por una bugambilia; o  “camelina” como la llama María Patrocinio” (pág. 166-167). Porque es la naturaleza de las cosas así como la de los hombres, naturaleza belicosa o sumisa. En el barroquismo clásico la naturaleza es uno de los elementos centrales. La clasificación, en detalle, del reino natural, como en Alejo Carpentier y su obra Los pasos perdidos, donde hace la descripción de la naturaleza americana, con sus nombres locales o regionales. Pero además, hay una descripción de ambiente, una descripción ocular: “Casi todas las mesas de “El Edén”, eran redondas, con cubiertas de fórmica amarilla. Las sillas, plegadizas, eran de lámina. Tras el mostrador de granito empotrado en la pared, en los entrepaños del anaquel o vasar, se distinguían los casos de las bebidas gaseosas. Relumbraban, chispeantes y heterogéneos. “Orange Crush”, aurianciáceo. “Ginger Ale Canada Dry”, cingiberáceo, y otros tales como aguas mineralizadas. Placer ocular. Así como latas cono néctar de pera, inmortal ambrosía de piña, elixir de mango. Macedonia de frutas. Calidoscopio” (pág. 167). En ese sentido notamos una precisión del recuerdo, puntillosa: “Fue un 29 de mayo, porque ese día José Trigo y Eduviges fueron a enterrar al niño” (pág. 167), aunque junto a esa precisión, y para darla, envuelve y desenvuelve el rollo del discurso, lo entrevera, lo oscurece y luego lo aclara, tira y afloje.

El mecanismo del recuerdo: “Porque la gente recuerda. Cada quien a su manera, cada quien unas cosas sí, porque las sabe, y otras no, porque no las sabe o se le han olvidado. Cada quien unas cosas primero y otras después, y otras al mismo tiempo” (pág. 208). La foto, como claveteada en la pared, es la imagen de José Trigo y la Eduviges, y es lo que da certeza a la memoria (el recuerdo). “Y no porque así fuera de verdad, no porque  el día del segundo paro pasara José trigo con la caja blanca, sino porque el día en que fue el primero de muchos días de zozobra, hambre, bayonetas, gases lacrimógenos, fue también aquel en que pasó José Trigo con una caja blanca al hombro, y ahora quien recuerda esos días y recuerda las palabras culatazos, testículos, granaderos, fusiles, banderas rojinegras, antorchas, policías, cárcel, separos de las Zonas Militares, periódicos, sabotaje, recuerdan también hasta el cansancio, hasta la muerte, las palabras blanca blanca blanca blanca blanca y girasoles girasoles girasoles flores flores girasoles, caja, blanca, girasoles” (pág. 217), esa es toda la anécdota de José Trigo andando y desandando el campamento tras la muerte de su hijo, con el cajón a cuestas (que es como decir que lleva su propia martirologio), y todo lo que resultó de la huelga. En este párrafo queda resuelto el resumen de la obra. Por supuesto que hay más, porque nos da la impresión de querer decirlo todo, al detalle, por más nimio que sea. Es que todo, todo, es necesario, es indispensable para entender la historia del ferrocarril que, como una metáfora, es la historia de México andando por los diversos carriles de su destino, el prehispánico, el de la colonia, el de la independencia, el de la revolución y sus consecuencias hasta llegar al México de los años cincuenta, cuando comienza el declive pronunciado que dura hasta hoy día.

En el capítulo 8, se dan todos los usos del tren y su historia, para afirmar, rotundo, que ¡la revolución va en tren! Hay, sobre todo, una página hermosa, de alta poesía, donde se comparan los barcos con el tren y muestran su relación simbiótica, y que vale la pena transcribir: “Allí donde se juntan el mar y la tierra, se juntan los barcos y los trenes. Y allí también, se separan. Los barcos les prestan su sirena a los trenes, y los trenes se la llevan, con toda su cargazón de tristeza y de nostalgias./ Y allí también, donde se juntan al mar y la tierra, donde los ferrocarriles entregan al mar su carga de maderajes y cotonías para hacer arboladuras y velámenes de barcos que ya no existen: para construir masteleros y cofas, baupreses y botavaras, y coser velas cangrejas y velas mesanas, foques y contrafoques, y allí, donde los barcos entregan a la tierra la carga preciosa del mar: esponjas y mariscos, púrpura y ámbar gris, guano y corales, allí nace el marino de la tierra, nace el viejo lobo de tierra que perdió una pierna en el descarrilamiento de El Cazadero, que perdió un ojo en la toma de Zacatecas y ganó la gloria en San Pedro de las Colonias./ Porque los ferrocarriles son como los barcos./ Los trenes de carga son como las naos mercantes, las locomotoras Gran Mogol son como los viejos piróscafos de ruedas, los trenes estacioneros son como los buques de cabotaje y las mensajerías, los trenes de recreo son como los yates veleros, las máquinas de cremallera son como los buques rompehielos, los trenes de guerra son como los acorazados, las locomotoras remolcadoras son como las falúas escampavías y los trenes plateados Diésel son como los trasatlánticos./ Los carrilanos son también como los marineros: como  hay pilotos, hay conductores; como hay timoneles hay maquinistas, como hay grumetes hay peones de vía./ Y son nuestras Casas Redondas como los astilleros…/ Silba el tren./ Y cuando silba, pienso en él, en el viejo lobo de tierra con la cara atezada, curtida por mil soles, con dedos como garfios de aferravelas, cabellos de humos, boca de caldera, vello blanco que le sube como espuma por el pecho. Y lo veo sentado en  un viejo muelle de carga de estos campamentos, rodeado de furgones y vagones que naufragaron hace muchos años. Los niños, a horcajadas en cubas y barriles, se juntan en corro para oírlo. De vez en ven transcurre alguna vieja locomotora fantasma cuyo humo sube hacia el Puente como un remolino de burbujas” (pág. 231-232).

En el capítulo 9 vuelve al discurso hablado, o casi hablado, como si fuera un poema, un canto poético, homérico y experimental, cuyas palabras (las voces) se dan por la cercanía del sonido que provoca: “afelpados belfos de adelfa”. Hay descripciones por acercamiento, abundativos: “Y mira que Genoveva era bella en sumo grado como la letanía lauretana sus cabellos gateados enrubiábanse en las puntas sus ojos ferinos y ojizarcos eran como las hidrófanas se transparentaban con las lágrimas sápida era su saliva como la miel de arce rojos eran sus labios como piropos almandinos sus dientes margaritas eran de suave oriente y sus pechos peras mosqueruelas enjoyeladas con mamelones de azúcar mascabado/ Ah Genoveva/ tu aliento era oloroso como la grama de prados o el agua de nafa alhurreca trasmarina dejaba el trasudor en tus corpiños néctar de adormideras el plenilunio en tus enaguas y lúnulas plata las de tus uñas eran chapetas luciferinas tus mejillas amapoladas carne de fruto doncel tu piel encarnizada” (pág. 247), y en esto hay una suerte de escribir un poema en prosa, o una prosa poética (hay adivinos por nigromancia, oniomancia, actinomancia y etcéteromancia). En este capítulo también se desenvuelve la serie de oficios trashumantes al Oeste de Nonoalco (así como en la segunda parte descubrirá el terreno y los oficios al Este) y pinta la serie de habitantes que pueblan sus rincones.

 Letanía y tristeza. La huelga y el fin del movimiento.-
En ese decir todo, de nombrarlo todo, hay un sesgo múrice, inconfundible: “Sólo que seguía el revoloteo de palabras, pero había que decirlas todas para refrescar la tierra, había que hacerla de bufones para quitarnos tristeza” (pág. 261), es decir, había que sacarle la solemnidad a las palabras y poder hacer, con ellas, malabarismos y magia, la magia del renombrar de las cosas y de recomponer a la gente. Esas palabras nuevas, que en realidad son viejas, indígenas, prehispánicas, que están en el origen del mundo, se van revelando y nos van recomponiendo el mundo: “De nuevo, entonces, se me fueron las palabras hilvanando en un canto sin ton, en un decir sin son, sinsonte de las cuatrocientas voces” (pág. 259). “En el lugar del eterno olvido, los cuatro dioses tomaron la palabra” (pág. 263), y esos cuatro dioses son el dios de la lujuria, “un mono que se reía del mundo, danza que danza”; el dios de la riqueza, “su cuerpo era rojo y en su rostro aleteaba una mariposa”; el dios juvenil, el cazadorcito, que “le dará muerte al mellizo precioso, al que amó a mujeres extranjeras (pág. 263-264), y la diosa de las flores, María Patrocinio, “nueva y otra señora de las flores” que alude a un mito fundacional. Porque estando sobre el puente, ya lo que hay, en los nombres de las calles en los dos campamentos (Oeste y Este), con reminiscencias de códices mayas o mitos y leyendas de pueblos originarios, son “palabras antiguas y distintas” (pág. 263).

El puente de Nonoalco-Tlatelolco es fundamental. Un puente, ya lo sabemos, une pero también separa. De un lado se puede ver lo que hay del otro, pero también el estar en el puente, es como estar a medio camino de dos mundos, suspendido en un no tiempo. En este caso, el puente oficia como un parteaguas, y así como desde el campamento Oeste los capítulos van del uno al nueve, desde el campamento Este los capítulos tienen un orden regresivo, del nueve al uno, que es una manera de darle circularidad a la novela.

Por lo tanto, la segunda parte de la novela, al cruzar el puente se está ya en el campamento Este y nos va mostrando lo que José Trigo ve (y nosotros también). Es, al igual que antes, verborrágico, monumental, ilustrativo, donde las palabras caen, unas junto a otras, las parecidas, las hermanas y las iguales, o caen las ideas que quiere trasmitir y nos las acercan con términos similares o que vienen de junto –por la costumbre o por la tradición-. Sirva para esto un solo ejemplo: “¿Es que se aparatarsa el cielo? ¿Es que se antuvia un diluvio? No por cierto sino por mentira que estos Talleres Centrales de los Ferrocarriles en esta Calle de Lerdo atalleres son pero de nubes. ¿Ves cuántos humeros tienen dicho sea chimeneas?” (pág. 272-273). Pero, por si hace falta, hay otros ejemplos, tomados al azar: “rebombar los timbales de los timbaleros”, “retinglar el clarín de los clarineros”, “aluviones de alubias; especiosas especias, cántaros a cántaros; jaeces de toda jaez, granos a granel, mantas a manta de Dios” (tomado de pág. 297). O estos otros: canícula de los mil canes; los estragos de los tragos, como unos “albures calambureros”, meros pasatiempos. O el pleonasmo singular: “un uñero en la uña”. O esa barba que “le sombreaba las quijadas”, que es la famosa barba de tres días, algo más que pelusa pero ya sombra.

Es en esta segunda parte de la novela cuando José Trigo es testigo de un asesinato y, descubierto por el asesino, huye por debajo del puente y pierde un zapato. Vuelve al Oeste, que es donde se siente seguro. El muerto es alguien del sindicato, y en esto se quiere ver la mano de agentes policiales o matones del gobierno, y a partir de allí el movimiento de la huelga entra en un declive hasta su extinción por hambre y por la represión desatada.

Por supuesto que no puede faltar la religiosidad en toda la obra, así como no puede faltar la Iglesia de Santiago Tlatelolco (construida sobre las ruinas de un templo azteca), los distintos mercados y el mercadeo de todo tipo de alimentos y objetos, y el muestrario completo (como si fuera una especie de zoológico) de seres, oficios y maleficios sincréticos, “Vuelan entonces los bulbos de ajos y cebollas, realidad y metáfora, en lluvia nivosa que cae sobre una parada de juglares y bufones, gigantes y cabezudos, dominós y diablos cojuelos de espantables carantoñas” (pág. 294), y nos muestra esos habitantes que siempre están en los bordes de lo humano. “Allí está el pulpero. El lonjista que vende cacao y azúcares diversas: cande, mascabado y florete. El vendedor de dulces de leche torcida, melindres, pastafloras, alfajores. El vendedor de glútenes y mucílagos, tales como la colapiscis extraída de la vejiga del esturión, o la litocola en cuya fórmula intervienes las claras de huevo y los polvos de mármol. Y el peletero reverente y ponderoso que atiende al decrépito y recalvastro presbítero présbita de elegante porte y barba acarambanada, frente ceñida con ínfulas imaginarias…” (pág. 294), y un largo etcétera de vendedores a cual más estrafalario.

Tampoco faltará la primera locomotora, llamada “La Guadalupana”, que ya desde el nombre lleva implícita su identidad. “Es una locomotora de piel de seda brochada, y el humo es un velillo de glacé que forma blondas de encaje. Como las locomotoras antiguas que ilustran algunos rompecabezas” (pág. 292). “Lo despidieron damas con atacadas cotillas y emballenados corpiños, albanegas. Lo recibió una salva de artillería que lanzaron a la historia los cañones de la isleta de San Juan de Ulúa y el Baluarte de Santiago. El magno acontecimiento se conmemoró también con un Tedéum de gracias en la Catedral de México. Diáconos entonadores agitaron sus incensarios, y nubes de incienso subieron a las alturas, como nubes de polvo subirían en la Iglesia de Santiago Tlatelolco cuando fuera cerrada al culto y convertida en Aduana y Bodega de Santiago” (pág. 295).

Sin embargo, “pero la palabra se cansa”, lo que alude al cansancio de nombrar las cosas para que sucedan, si bien es algo que ya sucedió; es la farragosa recopilación, el cansancio inútil de las palabras que no pueden decir lo central: el sentimiento verdadero de José Trigo. Apenas su trayecto, su itinerario, su lento, y persistente, llevar ataúdes, el ir del Oeste al Este pasando y repasando por el puente de Nonoalco-Tlatelolco tras de la estela del destino. Y en ese destino está la necesidad de Luciano, el dirigente, de hacer un discurso para alentar la huelga cuando el entusiasmo decae y cuando las necesidades se hacen apremiantes, y no encontrar el modo. Además está el traidor como un arquetipo de todos los traidores, de los vendidos –y comprados-, apenas entrevisto, o supuesto, o infalible, como ese que en algún momento de la historia va a aparecer porque siempre hay quienes traicionan, por debilidad, por hambre o por cualquiera de las otras razones que se le quieran adjudicar. Y de la mano de los traidores están los que le hacen el juego a los patrones, los ultra super revolucionarios (esos que Lenin decía que tenían “la enfermedad infantil del comunismo”), y que harán que una de las locomotoras, que hace el servicio de pasajeros a Laredo, sufra un accidente, magnificado por la prensa como argumento para la posterior “mano dura” y como una posibilidad cierta de perder la huelga. “La huelga se ganaría a la fuerza” (pág. 314), es decir venciendo todos los obstáculos, o no se ganaría. Hablará como si fuera un sueño, afiebrado, calenturiento. Despertará las pasiones ocultas: “Volvería a su discurso o proyecto de. Con un lápiz bicolor (rojiazul), subrayaría, sería específico, haría hincapié, compaginaría, copiaría de la ya conseguida acta, literalmente y a discreción, frases de nervadura (era una posibilidad): “…establecer para los asociados seguros de vida, de invalidez y cesantía, resolver el problema de la educación de los hijos…” (pág. 318).

Las calles tienen nombres de árboles y flores: Sauce, Níspero, Laurel, Crisantema, Trébol, Nardo, Bugambilia. Hay calles con nombres de astros y planetas: Saturno, Mercurio, Sol, Vesta, Sirio, Luna, Marte, Estrella (hoy en día estas denominaciones siguen estando presentes, y como anécdota, nada más, fui a una escuela en el año 1977-1978 que estaba en la esquina de Violeta y Luna, si mal no recuerdo).

Es Luciano, entonces, el dirigente (dirigente = dirigir gente) que va a la Asamblea y Manuel Angel quien lo desvía, lo arrastra la Carpa Buenavista donde hay un circo y números de saltimbanquis y todo tipo de juegos. En este caso la traición se da, primero, por los infundios transmitidos, por des-noticias, por rumores de un incendio en el taller central mientras asiste a un strep strease en un teatro de variedades de bajo nivel, con falsos oropeles, números insólitos y verborrágicos –rocambolescos y arabescos-, y churriguerescos. Y Luciano se pierde en pensamientos internos, muy lejos de la asamblea. Todo su discurso es febril, alucinado. La decisión gira en torno a si continuar o no la huelga, porque el gobierno ha cedido en algo pero sólo como medida de apaciguar ánimos y para dividir las posiciones y al sindicato.

Un punto central en la trama de la novela, es la justificación del movimiento ferrocarrilero, de la justicia y lo justo de las reivindicaciones laborales, el bajo salario, las malas condiciones de trabajo, el largo horario y las pésimas condiciones de vida del conjunto de trabajadores, en especial de los que están en ambos campamentos, que se parecen más a villas miserias o ciudades perdidas. En ese centro está el discurso sobre la libertad: “Sí, sí, compañeros, viva la libertad que hay en nuestro país… ¡La libertad de ser líderes charros y formar sindicatos blancos! ¡Viva la libertad que hay de crear monopolios y latifundios!” Sí, así, Luciano, y no importan que vengan más cólicos: ayudan. “¡La libertad que hay para provocar alcances y achacárselos a los comunistas! ¿La libertad que hay para castrar ferrocarrileros!” Sus cualidades orales aumentaban, primero por quilates, luego incontenibles hasta alcanzar desmesuradas proporciones, o desproporciones. “¡Viva la libertad para ser burgués y millonario! ¡Para ser un Gobierno hijo de la chingada que habla de democracia y mete en la cárcel a los héroes del movimiento obrero!” Así, Luciano, así. Otro cólico del colon. Paroxismo. Embraga, cambia a segunda, mete el acelerador hasta el fondo, y síguele, da de sí, sé trascendental, habla sin restricciones, honradamente. No suprimas las palabrotas: deja las damerías y los melindres. “¡Viva la libertad para comprar a los periódicos, para darles concesiones a los gringos, para ser senador y potentado con palacetes y carrazos!” (Lujosas limusinas) “¡Y hablar de la Revolución y la Reforma Agraria!” Y al que no le guste el fuste. “¡Mientras los líderes honrados se pudren en la sombra por comunistas, por rojillos traidores a la Patria!” ¡Viva, viva un millar de veces esa libertad, Luciano, hurra, bravo! ¿Estaban desmoralizados? Aquí les va la avalancha, la inyección de coraje, la transfusión de huevos. Ya no, superfluo: los caló hondo, sin previo aviso. Desvirtuó conceptos, tendencioso y colérico. ¿Qué importa? Nótese lo denonado, las inflexiones de la voz: “¡Vivan todas esas libertades, carajo, que nuestro sudor nos cuestan, que cada vez que cargamos unleño o le echamos una carbonada a la caldera las estamos pagando!”. Solecismos, barrabasadas, gazapos, rimas arrimadas y perogrulladas. ¿Qué importan? Lo esencial era magnetizarlos. ¡Vaya inspiración! “¡Y las pagaron nuestros padres cuando se fueron a la Revolución para morir por ellas, para conservar las libertades en beneficio de esos rotos descosidos, hambreadores comemierdas! ¡Y las pagarán nuestros hijos con la cárcel y la vergüenza!” Acentuó, recalcó, puso de relieve y dio realce, sugerente y encendido, original e impersonal… “A ver: ¿Quién se pone con esas libertades? ¿Quién es el machito que se pone con Sansón a las patadas” (pág. 346-347). Es este largo párrafo, donde hay una apología mitificadora (creadora de un mito), que explica y nos explica, a la vez que muestra la calidad de ese dirigente y sus formulaciones. Además los comentarios del autor como narrador extemporáneo, dan el tono de la narración, le agrega énfasis y destaque. Toda la narración de la asamblea es dicha con liviandad, como si buscara hablar de algo que no tuviera la trascendencia que tiene, porque de allí saldrán las próximas medidas, continuará el desarrollo de ese conflicto, es una narración des-acartonada, de modo irreverente, quizá como forma de que la historia “suene” más real. Entre el delirio febril de Luciano al imaginar a la mujer –Genoveva- y sus hijas haciendo jabón allí mismo, un poco antes que comience la asamblea, y las ganas furibundas de ir al baño que se le presentan de forma brutal, casi incontenible –y parte de ese imaginar a la mujer es para distraer el pensamiento y aguantar-, y ese discurso acerca de la libertad que opera como sucedáneo, la asamblea se encuentra, finalmente, liberada a sus propio arbitrio, ya sin miedo. Por eso también la provocación, ante esa repentina unidad obrera hasta el final, cuando el final, ya allí mismo, parece ser una derrota en toda la línea. La provocación se expresa, con “…los Talleres Centrales con sus Casas Redondas, sus montacargas, sus fosas en cruz, sus gatos “Whiting”, sus portalones como poternas, y que ahora, crepúsculo de limaduras al rojo vivo, fulguración de fogaradas, huyen hacia el cielo transformados en una espiga, en  un penacho de fuego” (pág. 351). Pareciera dar vueltas concéntricas, yendo y volviendo, no se decide, va a la feria, luego aparece en Ciprés 337 (que es la dirección donde se desarrollará la asamblea), de pronto surge en torno a los talleres, cruza el puente. Lo más probable es la repetición mental, ya que cuando está en un lugar imagina estar en otro, como en un juego de espejos. Es la confusión del no saber si se avanza o si en realidad se está retrocediendo.

Y antes, con ramalazos de esa fiebre que lo altera todo, “caminaba por el barrio, por sus arrabales, fascinado, absorto, y todos sus recuerdos acudían de  una sola vez” (pág. 353).Y volvía a la imagen de Genoveva, y su ansia irresuelta: “Ella tan prendida, él tan preso en sus encantos” (pág. 353), como si estuvieran, definitivamente, “flechados con curare, incurables” (pág. 355) y la imposibilidad de toda unión. “El resto 358 pensamiento” (pág. 358), esa obstinación de Genoveva (que es de otro y él se la imagina suya). Y lo puede decir con  juegos de palabras: “No creas en consejas, te lo aconsejo” (pág. 359).

Luciano se va, y se dividen opiniones si por el Poniente o por el Oriente, pero desaparecerá, lentamente y luego vendrá la desbandada, hecho que se cuenta en “las cronologías”, que ubican, cronológicamente en el tiempo, lo que ocurre, ordenando los discursos y dándole sentido lógico. La del 19 de setiembre de 1960, dice: “Los presuntos culpables (del incendio de los Talleres): Atanasio y su concuño, son careados. El concuño da un mentís, una réplica rotunda a las declaraciones del primero, pero éste conserva la ecuanimidad y no se intimida. Se investiga el ideario político y la filiación de ambos, comprobándose sus tendencias filo-comunistas, sectarias. Se dice que agentes del FBI encabezan los interrogatorios y las confrontaciones. Son gringaderas” (pág. 374); la del 11 de agosto de 1960: “Llegado el término del plazo fijado a la gerencia para resolver las cláusulas del Contrato Colectivo relativas a prestaciones, se declara la huelga general en todo el sistema, a las 0 horas del día. 30 minutos después de estallar la huelga, la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje la declara inexistente, sin analizar la supuesta ilicitud. Nortazos” (pág. 369); la del 24 de agosto nos informa de la “aprehensión del protagonista del drama ferrocarrilero: el Secretario General del Sindicato, y de otros elementos representativos, acusados de la comisión de diversos delitos, entre ellos el de subvertir el orden público y el de infringir la Ley de Comunicaciones. Sin atenuantes y con agravantes. El movimiento queda acéfalo. Algunos carrilanos chaqueteros se contrapasan al banco contrario. Alegarán después “que sólo habían cubierto el expediente” (pág. 372), o una muestra significativa de la represión selectiva (a la vez que nos informa del desarrollo de los acontecimientos) en la entrada del 27 de setiembre: “Atanasio se evaden de la julia, al ser trasladados del Campo Militar a la Cárcel Preventiva. El concuño lo logra. A Atanasio se le aplica la Ley Fuga, y muere acribillado a balazos. Deja huérfanas a una hija casada –Genoveva- y a 11 varonas más en estado de merecer, todas desirables, y que se equivocaban unas con otras de tan parecidas. Nuevas aprehensiones. Se ofrece una gratificación por la captura del concuñado. El sepelio del occiso, q.e.p.d., tuvo lugar en la necrópolis de Dolores. No dejó a su muerte testamento alguno: nuncupativo, ológrafo…” (pág. 374). La represión general queda expresada de la siguiente forma en la entrada del 1, 2, 3, 4, 5 de octubre de 1960: “Brutales represiones sistemáticas, vejámenes, redadas, delaciones, degollinas y otras vilezas torpes a cual más. El Gobierno parece decidido a ultimar el movimiento. Se insertan en la prensa comunicados falsos firmados por líderes sindicales ficticios. Los ferrocarrileros reciben visitas domiciliarias de esbirros de la Judicial, quienes pistola en mano catean astutamente las asas, cachean a los t4abajadores y los compelen a asistir a sus labores. Riña tumultuaria (el día 4) en Nonoalco-Tlatelolco. Los rieleros son atacados con culatas, cachiporras, nudilleras. Responden con trancas. Se habla de reincorporar el antiguo lema del Sindicato: “Por la Lucha de Clases” ” (pág. 378). Y al sumarse el Sindicato del Magisterio, el conflicto se generaliza, en 18 de octubre: “Laicos profesores de la Sección IX del Sindicato de Magisterio, con objeto de vitalizar el movimiento ferrocarrilero, patentizan su adhesión abandonando en día lectivo los planteles escolares para efectuar, sin obtener antes el permiso sufragáneo de la Secretaría de Gobernación (que les hubiera sido denegado) un mitin que más bien resultó un movido motín. Reyerta en plena calle. Abundan los dicterios. Se habla de fusionar varios sindicatos para así consolidar una alianza y combatir la intransigencia genética de los patronos. Algunos catedráticos universitarios hablan en pro de la huelga” (pág. 381).

En la entrada correspondiente al 2 de noviembre, encontramos el meollo del asunto de José Trigo: “José Trigo lleva una caja, por segunda vez, a los “Funerales Pescador”. Mira, con sus ojos reventones como ovezuelos, algo que lo perderá, que lo hará abandonar estos campamentos para siempre. ¿Muerto?  Quién sabe. Ese día pierde un zapato. Meollo”. (pág. 382-383), porque es después de que ha sido testigo del asesinato y en la huida pierde ese zapato. El núcleo, que es a la vez el escenario, es el Campamento Oeste (aunque también el Campamento Este y el Puente de Nonoalco-Tlatelolco, aunque en segundo orden), y lo que cuenta es cómo se va poblando e integrando ambos campamentos, en un grupo de algunas familias representativas de todo el espectro, y hace el seguimiento para atrás y para adelante. El personaje de José Trigo es un personaje simbólico, alguien que es testigo, con su sola presencia, de las cosas de que está compuesto este mundo.

El 7 de noviembre reaparece Luciano, que estaba oculto, clandestino hasta para los mismos compañeros del sindicato, tras la intensificación represiva: “Día del Ferrocarrilero, en homenaje al Héroe de Nacozari. Los campamentos están acordonados por contingentes de granaderos situados en la periferia. La tribuna ferrocarrilera está reducida a uno que otro orador y panegirista deslucidos y demagogos, que discurren sobre tarimas improvisadas. En las galeras del nosocomio de los Ferrocarriles, los hospitalizados pacientes se declaran en huelga de hambre. La apoyan la dotación de enfermeros, parteras y afanadoras. Reaparece Luciano, Luciano el avenible, el prototipo, Luciano el unigénito. Acontecimiento de gran resonancia” (pág. 384), y su gran resonancia es porque los huelguistas quieren ver, en ello, una suerte de señal que pueda llevarlos a buen puerto, más allá de que todos sepan que ese barco ya encalló y que nada habrá que pueda hacerlo andar nuevamente.

El autor ahora nos llevará a la historia de Buenaventura(s) a la ventura, con traiciones conyugales que se pagarán caras con la ida y nunca vuelta de Santos, que naciera un día de Todos los Santos. “Que al fin y al cabo no tenemos la vida comprada ni la muerte vendida”, claro, y por eso la muerte nos puede tocar en cualquier momento. Y más, cuando “lo vi, agachado, curvando el espinazo grueso y crestudo, recogiendo yerbas y embuchándoselas. Y vi que me miraba con sus ojos grandes de pálpebras como fárfaras de huevo” (pág. 404), esto es “ojos grandes de párpados finos, delgados” (la fárfara es la fina telilla que existe debajo de la cáscara, la cual recubre y cuida el delicado interior del huevo).

Luciano reaparece, resucita, (y uno piensa en que esperó a que aclarara, a que pasara lo peor de la tormenta para reaparecer), un 11 de noviembre de 1960, y “a partir de ese día, se transforma en paradigma y piedra angular del obrerismo” (pág. 404). El 29 de noviembre el gobierno anuncia una amnistía para “ferrocarrileros insumisos” que vuelvan al trabajo. Y Manuel Angel persigue a José Trigo (porque el primero es el asesino y el otro el testigo), lo quiere echar fuera del campamento; José Trigo se esconde en la carpintería de don Pedro y luego –otro día- en la caseta de Bernabé. El 12 de diciembre, que es el día de la Virgen de Guadalupe –símbolo sincrético de la religiosidad mexicana-, sin ser protegidos, en definitiva, por la Virgen, la manifestación es reprimida. Una “lluvia de fuego, gases lacrimógenos, pedradas, balas, que caen a barrisco sobre todos los ferrocarrileros” (pág. 406). Y el 23 de diciembre de 1960, “el movimiento, exhausto, llega a su epílogo”, aunque para el gobierno es una victoria pírrica, pues ha perdido mucho dinero y tiempo, entre otras cosas porque los esquiroles que intentan hacer que los trenes sigan circulando no tienen experiencia en ello y provocan pérdidas continuas.

 La pérdida de los privilegios.-
En el capítulo 5 de la segunda parte, se ahonda en la cristiada, ese movimiento clerical que enfrentó con las armas la pérdida total de sus privilegios y, luego de su derrota, logra una lenta pero paulatina recuperación de algunas de sus prerrogativas. La justificación contra ese movimiento, esa la exacción a “los senescales de la plutocracia”, esos altos dignatarios de la religión que no están dispuestos a ceder sus ventajas económicas y políticas. Bajo su égida surgen los guerrilleros de Cristo, y a pesar de la gran mortandad de las tropas agrarias y del gobierno, no podrán retener el terreno a su favor. Se habían establecido en el terreno, habían escogido el teatro de las batallas, los métodos de defensa, lo nombran a su manera, a una manera nueva, con nombres de santos o nombres que tienen un significado profundo para su religión, se apropia de ese terreno y luego desarrolla la acción en esa zona, produciendo una “precisión” geográfica que es paralela a la histórica, y es una precisión literaria. “Son menos que eso, menos que paganos que impíos, que infieles o indevotos” (pág. 413), y allí está la justificación ideológica, la visión y la justiapreciación. Y sin embargo, ¡hay un mal cálculo! Es el mal cálculo de las reacciones de los hombres, que si están preparados para el triunfo, el ánimo no es el mismo cuando empieza la derrota, a pesar de todas las oraciones y los sacrificios a los dioses. La batalla tiene un color de “día estuoso”, un sol rugiente.

Y el autor nos describe, con una pintura capaz de realizar esos cuadros de batallas épicas, la guerra, en la aventura del zopilote y su compadre: “En lo hondo, sobre unas grandes piedras redondas lamidas por la corriente, se veía el cuerpo de un hombre. Unos zopilotes se cernían sobre él. Se escuchó otro tiro. Uno de los zopilotes se sacudió, dio dos aletadas y empezó a ascender. Luego, abatióse, con los remos inmóviles y abiertos, y cayó en el agua” (pág. 431). El gasto del parque, excesivo y estúpido en sí mismo, se compadece del hombre que fue su amigo (también me trajo a la memoria cierto pasaje final de una obra de José Revueltas, El luto humano). Y la derrota contiene “una punición de Dios por no haber sabido comprimir nuestra carnalidad inveterada; pero todo está preordinado, y los designios arcanos son inescrutables” (pág. 431).

Hay, asimismo, el paralelismo de la historia, y así como allá se busca a José Trigo en todas las cosas y en todos los rincones, acá quien se erigen en líder militar busca a Buenaventura hasta encontrar al indio Mayo y luchará a muerte con él por algo más antiguo que la guerra. Esta se pierde por el número de tropas y por los recursos de combate. Y si bien la planificación es, o parece ser, conveniente, sobre todo desde el punto de vista defensivo, no tiene, el ejército cristero, la capacidad de respuesta o de un contraataque en forma, apenas un esporádico y tibio embate. Por lo tanto, lo que hay es una clara disposición militar –federales y agraristas- y un sustento ideológico emanado de la revolución y algunas de sus ideas sobre reformas sociales que es deseable que se hagan: la tierra para quien la trabaja, en la forma clásica del ejido y la comunidad ejidal, por ejemplo. Su derrota es total en el sentido militar, pero no en el ideológico ya que persisten en recuperar sus viejas prerrogativas, es una derrota dura, sin embargo, para los que oficiaron como simples guerrilleros de Cristo, los que murieron, los heridos y los que tuvieron que empezar todo de nuevo. Se expresa de este modo para advertirnos de la desordenada retirada final: “…cuando se agotaron sus reservas, saciaron su sed con aguanieve, y la hambruna con carne salvajina de bestias montaraces que guardaron en los sibiles de las govas. En ellas, también, hicieron nuevos altares de adornos grotescos, entarascados, y comulgaron con hostias que tenían resabios a leche. De los heridos, unos murieron. Otros, una vez que sanaron, volvieron a sus pueblos” (pág. 438), es la derrota total, la desbandada que principia con la muerte del cura, el exilio y el posterior olvido. “Nadie volvió tampoco, jamás de los jamases ni nunca de los nuncas, al Volcán. La tierra no dio a sus muertos. Los huesos nunca reverdecieron. Los hombres cambiaron sus armas por instrumentos de labranza: destrales, espadas, carabinas, se transformaron en hoces, coas. Los astiles de las hachas sirvieron para hacer mangos de azadas. La madera y el hierro de las lanzas y fortificaciones, para construir los timones y las estevas, las béstolas y los pescuños de los arados. Volvieron así a sus originales labores rurales y geórgicas. Y las fuerzas naturales se desencadenaron. Un centellón destrizó y convirtió en chamizo la parota que otrora sirviera para la confesión auricular. Pronto se escucharon ruidos soterraños y la tierra del Volcán, que había permanecido intrépida por largo tiempo, se conmocionó en forma tremebunda y cayó para no levantarse. El santoscali quedó bañado en cardeñas y arenas volcánicas, y tesoros de granizo barrieron el campamento, refugio de la mentira. No, nunca regresó nadie al Volcán, ni el Volcán resurgió de sus cenizas, otros fueron los prados y terrazgos que reflorecieron” (pág. 439).

Y es que entonces, de alguna manera, los pobladores de ambos campamentos tienen un origen común en que muchos de ellos estuvieron en esa guerra cristera, de uno u otro lado, o tomó partido por algún bando. Hay quienes terminaron engrosando dichos campamentos. Todo eso se cuenta en los intervalos de la huelga, en el intervalo que sucede cuando aparece José Trigo y su desaparición, que es a la vez el intervalo histórico y desde donde viene, la genealogía y la historia. El medio de ese recuerdo es el ferrocarril y la historia de la huelga. [La historia y la histeria→] “Cuando a Luciano lo fue a buscar el hombre de la tumbaga unos días después de que había vencido el plazo perentorio que le dieron a la empresa y púsose la ropa del hombre y se escondió dicen que en la Calzada de los Misterios, ya todos sabían o empezaban a saber que a la huelga se la iba a llevar el carajo porque unos días antes había chocado el tren de pasajeros con las dos locomotoras estacionadas y siguió el incendio de los Talleres Centrales de los Ferrocarriles y después vino la aprehensión de Atanasio el suegro de Manuel Angel y de su concuñado además del Secretario General del Sindicato y de algunos teóricos del movimiento acusados los primeros y los segundos unos de homicidios lesiones e injurias ataque contra las vías generales de comunicación, y unos y otros de disolución social conjura contra las Instituciones Nacionales y otros delitos sobresabidos, luego vino el careo de acusado y coacusado, autores y fautores, a quienes hasta entonces se les tenía incomunicados en las mazmorras del Campo Militar Número Uno, se hicieron las fichas antropométricas y se instruyó el proceso sobre lo que llamaron indicios vehementes, más tarde vino la Ley-Fuga-Muerte de Atanasio ¿el falsario? Y el cómplice que no aparece, gratificación para quien lo encuentre y para derramar la última gota el ferrocarrilero muerto” (pág. 449). Entonces, cuando reinicie la lluvia, pertinaz, ¿lavará las culpas?

Elementos para una descripción hecha por José Trigo acerca de la madrecita Buenaventura: “las greñas, guedejas y balcarrotas lloviendo en las orejas, pelombriz mugreñuda y desplumarando una gallina de tanto flaca” (pág. 459) (es cuando va a buscar a la comadrona). Porque es la madrecita Buenaventura la que sabe, enterita, toda la historia de José Trigo.

Luciano, en cambio, había sido echado por el viejo Todolosantos, su padre y su abuelo, descuidó sus deberes de ferrocarrileros; él, de putañero y la relación con la ex prostituta de muchos nombres seguidos. María Patrocinia quedará en el medio entre Luciano y Manuel Angel, y el enfrentamiento también es por esto, adquiere un tono personal.  Y es José Trigo (que tiene, por supuesto, cabello trigueño y por esto es reconocido en primera instancia) quien ve la pelea y la muerte de Luciano por el puñal enarbolado por Manuel Angel, y debe correr, literalmente, por su vida, porque fue visto viendo y pierde un zapato en el intento de salvarse. Es por eso que José Trigo anda con un zapato de un color y otro de distinto color.

 Cuando ya la vida no vale nada.-
La resistencia al sindicato es real, como si se pregonara la vuelta a una resignada pasividad: “Nunca faltó quien le metiera esas ideas en la cabeza (huelgas, intolerancias y arbitrariedades). ¿Y para qué nos sirvieron? Para morirnos de hambre, para que nos maten” (pág. 494). Porque nada se ha conseguido, o lo poco no es suficiente. Al contar la historia desde una perspectiva posterior, ya que se cuenta cinco años después de sucedidos los hechos, precisamente cinco años después de la muerte de Luciano (y estaría por verse si este Luciano tiene a Vallejo, el líder comunista y ferroviario, como su prototipo), todos los hechos tienen una pátina mística, como si se estuviera hablando de algo que ya es parte del mito, del mito ferroviario o huelguístico, aunque más en sentido negativo, ya que lo que ha quedado en la historia oficial del gremialismo mexicano es su derrota, el abandono político al que fue orillado el dirigente máximo. La aparición del cuerpo de Luciano, paseado ante el silencio de todo el campamento, revoluciona el estado de ánimo, y renueva el ardor en el combate: “…si viene es porque no nos ha fallado nunca…” (“y ahora se va a aclarar todo” lo referente a su desaparición), porque su desaparición trae ahora la aparición, y aunque está muerto los demás todavía no lo saben, como si se enteraran primero de su aparición y luego, cuando ya lo dejan de ver, de su muerte, de manera que cuando lo sepan ya estará en parte recorrido el camino para santificarlo, para declararlos como héroe, y como mártir de la causa de los hombres libres.

“-¡Viva Luciano! ¡Viva Luciano! –gritaron cientos de ferrocarrileros, y el alarido empezó a recorrer la enorme valla, como un río desbocado, rebotando en todas las cabezas, salpicando las palabras, y parecía que no iba a detenerse, que iba a llegar hasta la vieja torre de castillo y que de allí iba a regresar, cada vez más fuerte y más ronco” (pág. 509). Se describe el tránsito de Luciano entre la aparición y su última desaparición, la muerte, o la resurrección por la muerte y por la lucha obrera. “El miedo fue desmoronando el coraje que se había levantado entre ellos tan alto como una montaña. Piedra por piedra, palabra por palabra se fueron cayendo desde su boca hasta el fondo de sus tripas. Todas las palabras que habían tenido en la punta de la lengua: “Véanlo”, “Es Luciano”, “Está muerto” (pág. 512).

Porque, necesitados de creer, los ferrocarrileros, para que no se pierda todo lo que han hecho por el movimiento, por la huelga, por lo que poco que han conseguido: “si lo mataron es prueba de que no nos traicionaba”, y que es verdad, después de todo, como nos lo muestra el autor, ya que Luciano se ocultó –o incluso hasta es posible que se haya acobardado, pero no traicionado-, y en ello está, un poco a trasmano, esa necesidad fuera de tiempo, la necesidad de un amor puro con la ex prostituta, un amor clandestino, mal visto y que a todos parece mal, como un asunto inmoral. Pero también Luciano vuelve de la muerte –al tercer día, resurrecto-: “Todos se empezaron a acordar de la vez que Luciano firmó el manifiesto pidiendo los aumentos. De la vez que Luciano los defendió delante del Comité Ejecutivo del Sindicato. De la vez que prometió renunciar si renunciaba la gerencia de los ferrocarriles. De la vez que les habló en Nonoalco y que les juró primero morir que traicionar el movimiento” (pág. 513-514). El “nosotros éramos José Trigo” que se enuncia, es porque todos somos testigos, no sólo actores o víctimas: testigos de la infamia y el dolor, pero también de la lucha y el sacrificio. Ilusos, los ferrocarrileros pensará que un 12 de diciembre, por ser la fiesta de la Virgen de Guadalupe, no podrán reprimirlos, y el pensamiento también funciona al revés: “seguro que esos desgraciados ferrocarrileros se aprovechan de la fiesta de la Virgen de Guadalupe para hacer un relajito, así que les vamos a mandar a los granaderos: y se acercaban y nadie los veía” (pág. 519), cada uno de ellos enfrentado al mar de cabezas y al ruido de las mil antorchas encendidas y sus pasos, sus voces y banderas. En medio de eso, José Trigo pierde su otro zapato.

Después de todo eso viene, ¿qué otra cosa iba a venir?, la urbanización, la modernidad y la urbanización. El autor como testigo de la cruel devastación: “vi como cercenaban los campamentos, cómo los antiguos moradores batieron tiendas  se fueron. Y detrás de ellos se fue mi corazón atijerado que se desbarató en palabras; palabras como tugurios, catastro, cojinetes, belenes, aranas, industrias fabriles y metalúrgicas, zonas decadentes, villancicos, barreños, explosión demográfica, tierra calaverial” (pág. 527).

Posteriormente, “…el tren que los trajo, los vino y los fue” (pág. 532), como una conclusión desinteresada; el tren como el medio de atraer a la ciudad a ingentes masas que irán a engrosar la miseria. Y la ciudad engulle y engloba lo que queda de campo, y la atrapa en una selva de cemento.

Hay una muestra de “introito”: “Una tarde de un lunes de un mes veintiséis de diciembre de un año bisiesto de mil novecientos sesenta día de San Marino, San Esteban Papa y Arquelao Obispo por este campamento, por estos santos lugares de Nonoalco-Tlatelolco en esta ciudad de México, en esta cuenca Norte del Valle de México bañada por los Río Unido y Consulado que bajan de la Sierra de las Cruces y de la Sierra de Monte Alto por los ríos Papalotla, Texcoco y Coatepec que bajan de la Sierra Nevada, que bajan, se hunden, fluyen, refluyen y esparcen palabras: palabras que cuento como cuento los años, como cuento los días, como cuento las horas” (pág. 532). Una definición: “Y como cuento los años cuento los días que hace tantos, tantos y cuántos días en que yo, José Trigo, alto como una cucaña, y tú, Buenaventura, maestra en tropelías y él, Todolosantos, viejo hucha y manicorto y ellos y nosotros, los hombres de uniformes azules, los fogoneros, maquinistas, conductores, garroteros, auditores, telegrafistas, mayordomos, patieros, factores, peones, boleteros y despachadores: pusimos las palabras” (pág. 533). Los hombres, esos hombres, son: “unos llenos de sol escociendo las espaldas de los hombres que instalan los sapos de abrazadera en las vías de los patios y los peines y vías industriales y otros llenos de polvo espolvoreando la carne de los viejos ferrocarrileros que recuerdan a los camisas doradas que rompían las huelgas a caballazos, y unos llenos de  hambre y otras llenas de hijos que mañana serán peones de vía y vivirán en unos campamentos de ferrocarrileros” (pág. 533-534).

Finalmente, el lugar donde hemos transitado (la geografía del lugar), al descubierto: “…bajo esta tierra antaño zona de tugurios, hospicio de pobres de solemnidad, refugio de pecadores y hogaño tierra baldía, lugar de esterquilinios y carnuces” (pág. 534). Los habitantes del campamento que ya nunca más serán: “ferrocarrileros bravucones, putas rufianas, perros regañones, gatos muradores; y gitanos, soldadescas y mendigos” (pág. 534). Porque todos, absolutamente, habrán de irse para siempre.

Ahora, será la soledad:
“Nada bajo el cielo.
Y sobre la tierra,
Nadie.”

Por Sergio Schvarz
Escritor, poeta, y ensayos breves.

 

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