Los comunimperialistas y la República Catalana

El 31 de diciembre de 1922, Lenin escribió un informe en el que criticó las bases del acuerdo que constituyó a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, elaborado y aprobado un día antes por los dirigentes de Rusia, Ucrania, Transcaucasia y Bielorrusia, y ampliamente defendido por Stalin. 

Escribió entonces Lenin: una cosa es «la necesidad de agruparse contra los imperialistas de Occidente y otra cosa es cuando nosotros mismos caemos, aunque sea en pequeñeces, en actitudes imperialistas hacia naciones oprimidas quebrantando por ello nuestra sinceridad de principios».

Lenin se oponía al artículo 24 del acuerdo, que decía «Las repúblicas de la Unión modifican sus constituciones en consonancia con el presente acuerdo», lo que transfería todos los poderes constituyentes de las repúblicas a la Unión, de las soberanías nacionales y populares a la dirección multinacional centralizada. Ese artículo dejaba de lado el numeral 26 que decía «Cada una de las repúblicas de la Unión conserva el derecho a salir libremente», numeral 26 exigido por Lenin desde el primer momento de la discusión, pues consideraba que el acuerdo que establecía la URSS era, de otro modo, un «oportunismo» del Partido Comunista y de las repúblicas más poderosas, porque se realizaba en el momento que varios movimientos revolucionarios estaban por triunfar en repúblicas asiáticas y era una forma de obligarlos a entrar en la Unión, dejando de lado su soberanía. A eso llamaba Lenin «quebranto de principios».

Aún este año, Vladimir Putin, prolongando el relato antileninista de Stalin, dijo que la URSS «implosionó por una bomba de tiempo que le puso Lenin en su constitución», el numeral 26 que varias repúblicas citaron al separarse casi setenta años después (es interesante constatar hoy que casi todas esas repúblicas -Rusia incluida- junto a otras tantas y más, integran libremente ahora el Foro de Shangai, una unión bastante más potente que aquella).

Fidel Castro, en su crítica a las faltas de principios en la historia de la URSS (crítica enmarcada en un resumen para nada maniqueo de su historia, formulada personalmente pero destacando que era fruto del estudio del mando militar cubano) señaló los quebrantos a la libre autodeterminación de los pueblos, tanto en el pacto germano-soviético -al que además consideró militarmente perjudicial para la URSS, porque dio más tiempo a la maquinaria nazi que al ejército rojo- como en las ocupaciones posteriores.

Ayer, la portavoz del ministerio de exteriores chino, Hua Chunying, citada por la agencia Xinhua, coincidió con el portavoz del Kremlin Dmitri Peskov en que el informe Trump, que los califica como enemigos de Estados Unidos, tiene «un fondo imperialista que rechaza una concepción del mundo multipolar»
(Peskov). «China jamás llevará a cabo su propio desarrollo agrediendo a otros países» resaltó la dirigente del Partido Comunista Chino. Esta crítica al imperialismo compartida por Rusia, en un lenguaje que Rusia había abandonado, no deja de remitir a Lenin «cuando nosotros mismos caemos en actitudes imperialistas hacia naciones oprimidas quebrantando por ello nuestra sinceridad de principios» y a su defensa de la palabra «socialdemocracia», que era la del nombre inicial de su partido, el Partido Socialdemócrata Ruso. Lenin llamaba «socialimperialistas» a los sedicentes «socialistas» o «socialdemócratas» que no tomaban en la situación concreta partido antiimperialista. Hoy defendería también la palabra «comunismo» llamando «comunimperialistas» a los «comunistas» españoles que ignoran los matices históricos y actuales entre el independentismo catalán, republicano y antifranquista de siempre, en todas sus vertientes, y la monarquía borbónica reimpuesta con la pistola de Franco sobre la mesa.

Y no es lucha de clases, sino su simplificación equívoca, decir que Cataluña es más rica que España. Si mañana China se reconoce primera potencia económica mundial (si ya no lo es), de todos modos sería imperialista una agresión norteamericana que pusiese hechos a las palabras diestras de Trump.

¡Salud a la nueva mayoría independentista del Parlament -con mayor porcentaje de votos que la anterior y una participación inédita por lo masiva, del 81 % sin voto obligatorio y en condiciones de competencia antidemocráticas, con los principales dirigentes independentistas presos y exiliados-! ¡Salud a la República Catalana, en nombre de todas las que nos hemos independizado del reino borbón, por la República Española por volver y por venir y por Lenin!

Por José Luis González Olascuaga
Periodista y escritor uruguayo

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