Brasil: sospesa, Dilma y el Santander

Dice la sabiduría popular que el pollo que sigue al pato termina muriendo ahogado. Siempre nos resultó extraño, a lo largo de los últimos gobiernos, la excesiva atención reservada, por la clase política brasileña, hacia lo peor que existe del empresariado ibérico, sobre todo los que vinieron de España a partir de los años 90.

Se creó en nuestro país, con el ingreso de Madrid en la zona euro, la ilusión de que España, que había pasado la mayor parte del siglo XX sumergida en una dictadura medieval y agraria, habría sido – mediante el simple cambio de la peseta por una moneda más valorizada – repentinamente promovida al desarrollo.

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En los siglos XIX y XX, en un proceso que se venía consolidando desde el derrocamiento de su Invencible Armada, Madrid vivió a la sombra de Inglaterra y de los EE.UU., que se apoderaron de lo que quedó de su imperio, en la Guerra Hispanoamericana de 1898.

De Cervantes a Picasso, España dio una gran contribución al mundo. Pero nunca fue el paradigma de de la iniciativa empresarial y de la pujanza que aportó aquí en la época del PROER y de las grandes privatizaciones.

Desde 2008, por lo menos, se sabe que la “fortaleza” ibérica estaba basada en miles de millones de euros en ayuda de los fondos de la Comunidad Europea y en cientos de miles de millones de euros en deudas, que dejaron a su paso un desempleo de casi el 30%, y miles de familias desalojadas y de jubilados perjudicados por los bancos.

Cuando se habla del IDH español, es preciso recordar que, por detrás de él, está una de las mayores deudas per cápita del mundo. Y que, si no fuese por el hábito de exportar sus problemas y sus desempleados hacia países como el nuestro, cada dos generaciones, los españoles no tendrían el nivel de vida que tuvieron hasta hace pocos años atrás.

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En la época en que, en América Latina, había mayoría de gobiernos neoliberales, los “empresarios” españoles eran recibidos, aquí, como potentados.

Y, lo que es peor, continuaron teniendo derecho a las mismas adulaciones después de la crisis, cuando sus ”grandes” empresas, altamente endeudadas, comenzaron a depender, como del agua para un pez en el desierto, de las exorbitantes utilidades obtenidas en territorio brasileño.

Siempre nos sorprendió – y sobre esto ya escribimos con anterioridad – el número de veces en que el Señor Emilio Botín – investigado, en el pasado, en su país y vilipendiado por gran parte de la población española – fue recibido en el Palacio por la Presidente Dilma.

Nunca es conveniente que un presidente de la República reciba personalmente a hombres de negocio y, mucho menos, si son extranjeros. Para esto existen los ministros, como el de Industria y Comercio o el de Hacienda, por ejemplo.

Si hubiese evitado las sonrisas y las fotografías que le brindó al dueño del Santander, en tantas oportunidades, con seguridad la Presidente Dilma se estaría sintiendo, ahora, menos avergonzada – después de la carta enviada por este banco a los “inversores”, criticando duramente la orientación y las expectativas económicas de su gobierno.

Por Mauro Santayana
Periodista brasileño

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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