Cuatro estrellas, relatos en disputa

«El tiempo apremia, no estamos mal, pero apremia, no solo con un plan director de la candidatura sino de la preparación de los países. Hay que tener en cuenta que aunque no sea otorgada la sede al Río de la Plata, lo que no está en discusión es que a 100 años del primer Mundial de FIFA, al menos en Uruguay va a haber celebraciones de importancia como las hubo cuando se cumplieron los primeros 50 años y se realizó el campeonato conocido vulgarmente como «El mundialito», afirmó el Secretario Nacional de Deportes, Fernando Cáceres a Océano FM.

Los argumentos precavidos sobre la realización en 2030 de un Mundial FIFA en Uruguay ya los expuse en una nota anterior de esta saga, “El mundial de Putin”. Lo que motiva ésta es precisar qué se celebra en 2030 respecto a los mundiales. No los 100 años del primer Mundial de FIFA, porque, a pesar del sentido común impuesto desde entonces, FIFA consideró sus mundiales desde 1920, en el congreso de Amberes, incluyendo el de 1924 y el de 1928, ganados por Uruguay. Por eso la camiseta celeste de la Selección Uruguaya de Fútbol tiene cuatro estrellas sobre su escudo, cuatro mundiales ganados (24, 28, 30, 50), reconocidos oficialmente y popularmente en aquellos tiempos.

Oficialmente en Amberes, en 1920, aprovechando la ocasión de los Juegos Olímpicos, se llega a la determinación de que la FIFA organizaría la competencia de fútbol dentro de los Juegos Olímpicos y decidió considerar al Campeón Olímpico de fútbol como Campeón Mundial de fútbol hasta el Mundial de 1930.

Popularmente el himno murguero “Uruguayos Campeones” es de 1927. Habla del triunfo celeste en el Sudamericano de Chile en 1926, “del mundo son campeones, de América lo son/ lo mismo que en Colombes en campos de Nuñoa…” Ya eran entonces campeones del mundo, en el campeonato mundial de fútbol de 1924, en Francia, que coincidió en el país anfitrión con los Juegos Olímpicos de ese año y se integró a los mismos, pero no coincidió en el tiempo, ya que la competencia de fútbol se realizó antes, y fue Mundial FIFA según resolución de esta organización en su congreso de Amberes en 1920.

Lo que en 2030 se celebra es el primer Mundial FIFA separado de los Juegos Olímpicos y el primer y único, hasta hoy, tricampeonato mundial consecutivo de fútbol ganado por una misma selección, la uruguaya.

¿Qué importancia tiene esta precisión, si ya bastaría con celebrar el centenario del estadio Centenario por la importancia que tuvo y ha tenido? Si no tuviese importancia, los centros de poder, futbolístico y mundial, no se hubiesen ocupado de confrontarla hasta lograr su omisión en el sentido común.

No es lo mismo saberse adaptar a las exigencias del momento, del instante, que contemporizar. Una época tiene significación dada por su fijación en la historia. La de los tres mundiales consecutivos ganados por Uruguay (cuatro si contamos sólo aquellos en los que participó -Uruguay se mantuvo invicto en mundiales hasta el de 1954, que no ganó por un milímetro de barro, literalmente-) fue una época del fútbol mundial que desmintió en los hechos el relato racista imperialista de la superioridad (Obama le llama excepcionalidad) de los países anglosajones, relato que se impuso al fútbol y se internalizó en nuestro país, incluso en el ámbito universitario, que se supone científico.

Los rectores de la Universidad de Montevideo, a principios del siglo pasado, recomendaban la práctica del football para “ayudar a formar en nuestro estudiantado la disciplina del espíritu anglosajón”, pero el fútbol es un juego de origen latino, de espíritu artístico, hijo de la ciudad de Leonardo y de Miguel Ángel, que arraigó, antes y más que en la Italia contemporánea, en el Río de la Plata, a donde migraron bastantes de sus calciatori peninsulares y donde aportaron progenie.

Las reglas integrados al calcio en Cambridge y Eton, llamadas football al igual que otras variantes de juegos de pelota con pie, se desarrollaron a la vez en colegios ingleses y alemanes. Cuando, diez años después de la creación de estas reglas, el equipo de la Universidad de Oxford fue a jugar a Alemania en 1875, encontró varios cuadros de fútbol con evidente calidad en canchas perfectamente reglamentarias. Alemania fue el primer país de Europa continental donde la nueva variante del calcio adquirió carta de ciudadanía. En 1900 la Federación Alemana de Fútbol fue fundada nada menos que por 96 clubes, cuyos delegados se reunieron en Leipzig.

De todos modos, la liga profesional inglesa derrotaba a alemanes y a otros, pero sin toparse con los rioplatenses.

Hasta que en 1951, Argentina fue finalmente a Wembley echando por tierra el mito de la liga profesional inglesa, lo mismo que en la revancha en el Monumental de Núñez, en 1953, cuando Ernesto Grillo gambeteó a tres ingleses y la metió junto al primer palo en boceto del gol que  en 1986 les haría Maradona. El 31 de mayo de 1953, Inglaterra llegó al estadio Centenario y los futbolistas uruguayos le dieron un “paseo”. La revista Fútbol Actualidad tituló su tapa, “Los maestros fuimos nosotros”. En 1954 Rampla fue de gira por Inglaterra. A todos les pareció hazañoso cómo aquel cuadro del Cerro de Montevideo les ganaba a “los mejores de la cuna del fútbol” y ese mismo año, en el Mundial de Suiza, fue pesto, 4 a 2 con uno menos porque se lesionó Jacinto en el primer tiempo y en aquella época no había cambios. Así que jugó Schiaffino de centrojás. Es lícito saber que por lo menos desde los años veinte hasta la década del 60, el mejor fútbol del mundo fue el rioplatense.

No hubo un evento aislado en el año 30. La propia Italia fue campeona en dos Mundiales a los que no concurrieron ni Uruguay ni Argentina, 34 y 38, alineando en puestos claves a dos argentinos y un uruguayo, Monti, Orsi y Andreolo. Si Uruguay y Argentina hubiesen contado con sus “italianos” y “repatriables”, difícilmente hubiesen perdido los mundiales del 58 y 62. Argentina tenía en Italia nada menos que a Sívori y a Angelillo, que se despidieron de la albiceleste goleando a Brasil en el Sudamericano del 57 y entre los delanteros uruguayos que brillaban en el exterior y no fueron “repatriados” estaban Ghiggia, Abbadie, Walter Gómez, Schiaffino…

En la disputa de relatos algunos símbolos son claves. Las cuatro estrellas en la camiseta celeste lo son más allá del fútbol, entre el de las potencias que en la década del 20 coadyuvaban a sumir a la Rusia revolucionaria en un nuevo caos y el pequeño país sudamericano cuyo líder máximo de la época rendía homenaje a Lenin, aquel 1924 en que Uruguay ganó su primer Mundial.

(continúa)

 

Por José Luis González Olascuaga
Periodista y escritor uruguayo

La ONDA digital Nº 828 (Síganos en Twitter y facebook) 

(Síganos en TwitterFacebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA

Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.

Más del Autor: