16 de febrero de 1920; dos hermanos

La Maestra
Nació  en Guichón el 16 de febrero de 1920. Hija de Marcelino García, inmigrante asturiano devenido comerciante en el pueblo recién fundado y de Juana Castro, lugareña cuya madre era probablemente de origen Charrúa.

Julia era la mayor de once hermanos  y de adolecente vivió en Paysandú durante sus estudios de magisterio. Recibida de maestra, su primera experiencia fue en la escuela rural de Guayabos. Nos decía que, ni bien se recibió, esperaba ansiosa el encuentro con “sus alumnos”. A su llegada,  esperaba  una comitiva de padres dándole la bienvenida, pero nada ocurrió.  Nadie la esperó y para presentarse como  maestra-directora  tuvo que animarse el domingo a concurrir a la pulpería.  Le habían dicho algunos vecinos que se acercaron a la escuela,  que ese era el lugar seguro de concentración de los padres de los alumnos que necesitaba para comenzar las clases. En ese ambiente pidió la palabra… mientras todos  miraban sin entender  su presencia…hasta explicarles y presentarse como “la nueva maestra”.  Fue tal la alegría de los parroquianos,  que alguien con el vaso en alto “mandó a servir la vuelta para todos”… y a falta de refrescos,  Julia pidió una caña. Fue una prueba de fuego,  tanto  la caña como el hecho de lograr el interés de los padres para enviar a  sus hijos.-  Al poco tiempo conoció a Ricardo Fabre, con quien se casó, y pasó a ejercer y residir definitivamente en Guichón.-  

La escuela Nº 5 llegó a tener en dos turnos cerca de 1.500 alumnos y era dirigida por Carlos Quintana Solari. Este recordado director, trascurrido el tiempo, la asignó a la Secretaría de la Dirección y cuando se retiró, Julia fue  designada  Directora del enorme establecimiento en colaboración con otra guichonense a quien siempre adjudicó gran parte del cabal cumplimiento de la gestión: la  maestra Gloria Terzano.

Los cinco hijos del matrimonio no mermaron su disposición. Por el contrario, integró el selecto grupo de profesores del Liceo local donde dictó por muchos años Filosofía e Historia Universal.  Y al final de su carrera integró los cuadros docentes de la restante Institución educativa estatal  instalada en el pueblo, la Universidad del Trabajo.

En referencia a su vida familiar, es sabido que ejerció con responsabilidad y afecto su rol de hija, luego el de esposa y madre. El único reproche, infundado e inútil dada su personalidad y libertad de  decisiones, es que su capacidad y condiciones ameritaban  ejerciera   en otros ámbitos en los que generosamente, no sin desmedro de su cómoda posición en la comunidad, ayudó a posicionar a otros.

Con la participación del Periodista Miguel Ángel Guichón.

El Piloto
En el interior del departamento de Paysandú, rodeado de grandes establecimientos de campo, Guichón contó tempranamente en el siglo pasado con pilotos de aviones. El campo de aviación local fue la sede del Aeroclub y el nombre Appaulaza permanecía en la memoria colectiva desde el accidente, que en plena planta urbana, lo llevó a la muerte. Esa actividad inspiró al hijo mayor de Marcelino García, oriundo de Oviedo, agente Ancap y comerciante, afincado en el pueblo casi desde su fundación. “Loyo” fue a la Escuela militar donde se recibió como piloto aviador.

Cada vez que el inconfundible sonido de un avión de guerra, más fuerte y grave que el de las avionetas locales se hacía sentir en el pueblo, “es el Loyo”, decían. Y efectivamente, se había desviado de algún vuelo programado para visitar a su madre…y a toda la familia.

Su presencia se hacía sentir fuertemente entre nosotros, acompañada de noticias y anécdotas de la capital vividas por el único militar activo del pueblo. Su destreza se hizo notoria cuando en una temporada de lluvias, con el pequeño aeródromo inundado, aterrizó el enorme avión en la carretera de balasto. Circulaba el rumor que con el mismo había pasado bajo el puente del río Santa Lucía. Años después se casó y tuvo sus hijas en Tacuarembó, ejerciendo como piloto para el Frigorífico del mismo nombre.

Mientras tanto, yo estudiaba en Montevideo cuando me contrataron para hacer un relevamiento de los centros asistenciales de Salud Pública en los departamentos del norte. Llegados a Tacuarembó le visité y comenté que nos faltaba relevar Vichadero en Rivera, casi inaccesible por los caminos de entonces. Sólo dijo “vamos”. Nos llevó al aeropuerto y  fuimos en la avioneta.  Esperó hasta que terminamos el trabajo para traernos.

Me llevó un largo tiempo percibir su motivación. Ahora sé que ya estaba dispuesto a hacer un trueque; su vida por una mejor para todos. La que ahora tenemos en Uruguay.

Fue apresado, torturado y condenado por la dictadura. Se ensañaron por ser militar y por haberlos burlado trayendo en su avión al “Bebe” Sendic hasta Melilla mientras lo buscaban por todo el País. Contó a su hermana, mi madre, que declaró no conocerlo, que para él era “sólo un pasajero”. Años antes la había llamado para comentarle que iba a Estados Unidos a traer un avión. Pocos días más tarde apareció en Bolivia el “Che” Guevara. No dí crédito al comentario de un amigo en el pueblo uniendo los dos episodios, pero aquí en la capital escuché la misma versión en una rueda de viejos militantes.

Después de muchos años enjaulado, el peor de los castigos para un ser volador, degradado y humillado, los volvió a burlar; se murió en Libertad. Ningún libro de historia ha recogido la suya. Pero mientras tengamos memoria “Loyo” seguirá volando.

 

Por el Arq. Luis Fabre

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