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CINE: “Mi mundial”: El fútbol con valor de mercado

La permanente tensión entre el éxito y el fracaso y entre la euforia –a menudo efímera- y el siempre traumático desencanto constituye el convocante sustento argumental que propone “Mi mundial”, el largometraje uruguayo del realizador compatriota Carlos Morelli, que indaga en diversos entretelones del micro-mundo del fútbol profesional.

Esta película, que es una coproducción con Argentina y Brasil y marca el debut del director y guionista compatriota, es la adaptación cinematográfica de la novela homónima de Daniel Baldi, ex jugador de fútbol y exitoso escritor de literatura destinada al consumo de niños, adolescentes y jóvenes.

Como se recordará, el libro fue editado en 2010, coincidiendo con el inicio del exitoso ciclo de la selección uruguaya dirigida por el maestro Washington Oscar Tabárez en el Mundial de Sudáfrica con la obtención del cuarto lugar, luego de cuarenta años de participaciones meramente marginales en las competencias ecuménicas organizadas por la FIFA.

El propio título sintetiza la quimera más arraigada de los jugadores uruguayos oriundos de un país periférico, cuyos sueños son enfundarse la camiseta celeste y obtener una transferencia internacional que les permita ganar el dinero suficiente para garantizar el futuro propio y el de sus familias.

No en vano el proyecto fue apoyado por la Fundación Celeste y particularmente por el ex capitán del combinado uruguayo y amigo del propio autor de la novela Diego Lugano. Como se sabe, esta organización, integrada por connotadas figuras de la selección, fomenta los valores del deporte en niños y adolescentes.
La película, que al igual que el libro apunta a transformarse en un gran suceso de taquilla, reflexiona –más allá de su eventual acento de comedia y su tono amable- sobre el fútbol como negocio con valor de mercado.

Obviamente, esta mirada está asociada al contemporáneo auge del profesionalismo de elite en el balompié mundial, que tiene su correlato en contratos millonarios y en los jugadores de primera línea transformados en rico y famosos, con una exposición mediática muy similar a la de los grandes astros cinematográficos o las estrellas de rock.

Empero, uno de los temas analizados por esta producción es la temprana captación de jugadores por parte de empresarios no siempre honestos, que suelen comprar los derechos económicos de los futbolistas y luego revenderlos al mejor postor.

En tal sentido, contemporáneamente es habitual que las fichas de los jugadores sean adquiridas cuando estos son aun meros adolescentes, como sucedió en el caso del crack argentino Lionel Messi o, recientemente con el uruguayo Federico Valverde, que se marchó al fútbol español –una de las ligas más importantes del mundo- con apenas dieciocho años de edad.

Más allá de su acento si se quiere lúdico, por tratarse de un film cuyo tema central es precisamente el fútbol, “Mi mundial” pretende ser y en muy buena medida lo logra, una película realmente aleccionante para compartir en familia.

En efecto, esta historia, al igual que la novela que la inspiró, corrobora que el más popular de los deportes tiene claroscuros que trascienden a la mera escenografía idílica signada por un éxito que está reservado a una minoría de privilegiados.

En ese contexto, el protagonista de este largometraje es Fernando “Tito” Torres (Facundo Campelo, quien es realmente jugador de las formativas de Montevideo Wanderers), un niño de apenas trece años de edad que sorprende por sus descollantes cualidades para la práctica del fútbol.

El preadolescente proviene de una familia de clase media baja del Interior, lo cual, a priori, puede condicionar sus posibilidad de destacarse como estrella del balompié.

Sin embargo, la irrupción de un ambicioso contratista brasileño (Roney Villela) propicia un cambio cualitativo en el destino de la familia. En efecto, la propuesta de este “caza-talentos” es que el joven se traslade a la ciudad y se dedique, como prioridad, a desarrollar esa inusual aptitud para el deporte.

Como sucede en estos casos, el fútbol competirá con el estudio y hasta con los afectos del protagonista, lo cual originará múltiples conflictos hacia el interior de la familia, integrada por el padre Ruben (Néstor Guzzini) y Marisa (Verónica Perrota), que es la madre.

Incluso, el subtítulo del film –que es “El camino es la recompensa”- resulta singularmente alegórico acerca del dilema que afronta ese grupo humano urgido de soluciones económicos pero no exento de valores que desafían a la mera coyuntura.

Queda claro que este lema, que tiene una profunda connotación reflexiva, opera como una suerte de guía y hasta de contención para administrar las ansiedades y las incertidumbres.

La película, que tuvo un costo de ochocientos mil dólares, retrata, en muy buena medida, la idiosincrasia de un pueblo uruguayo para el cual el fútbol es una suerte de seña de identidad.

En ese contexto, a un buen trabajo de montaje y fotografía particularmente en las secuencias de los partidos, se suma el plausible rendimiento actoral de los adolescentes debutantes, a lo cual se suma la valiosa participación de nombres de la talla de César Troncoso, Marcel Keroglián y Jorge Bolani.

“Mi mundial” es una película realmente consumible y hasta recomendable, en tanto reflexiona sobre el fútbol como fenómeno social, más allá de lo meramente deportivo.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

La ONDA digital Nº 823 (Síganos en Twitter y facebook)

 

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