# CINE | “FRANTZ”: EL REMOVEDOR DRAMA DE LA AUSENCIA

Los traumáticos estragos provocados por la guerra, que impactan dramáticamente en los afectos y los vínculos humanos, constituyen el eje de la propuesta que desarrolla “Frantz”, el removedor largometraje franco-alemán del realizador galo Francois Ozon.

En esta oportunidad, el autor de recordados títulos como la estupenda y transgresora “Joven y bella” (2013), “Ocho mujeres” (2002), “Bajo la arena” (2000) y “La piscina” (2003), entre otros, ratifica su intrínseca sensibilidad para indagar en los conflictos y los traumas del ser humano.

La radical diferencia es que este drama está ambientado en un tiempo de mutaciones históricas signado por el odio y el resentimiento, al finalizar la Primera Guerra Mundial.

No en vano la acción transcurre en 1919, un año después del epílogo de la conflagración que enfrentó al bloque denominado Triple Alianza liderado por Alemania y el Imperio Austro-húngaro con la Triple Entente, integrada por Gran Bretaña, Francia y el imperio ruso. El trágico saldo fue de dieciséis millones de víctimas entre civiles y militares.

En este caso, por supuesto, el tema central del relato son las desgarradoras secuelas derivadas de esa espeluznante hecatombe generadora de dolor y desolación.

La protagonista de la historia es Anna (Paula Beer), una joven alemana que padeció la pérdida de su prometido Frantz Hoffmeister, quien cayó para siempre en un dantesco campo de batalla de Francia.

Como sucede en estos casos, su cuerpo fue sepultado en una fosa común junto a los cadáveres de otras víctimas de la guerra, por lo cual su tumba es una mera lápida simbólica instalada en el humilde cementerio de Quedlinburg, donde acuden sus deudos.

La mujer, que aun está conturbada por el dolor, vive con sus suegros – un anciano médico y su esposa- quienes la han adoptado y la amparan como a una hija.

Como si fuera realmente una viuda, la joven acude frecuentemente a la necrópolis, donde coloca flores junto a ese sepulcro vacío, que representa obviamente la ausencia del amor arrancado salvajemente por los fatales designios del destino.

Por supuesto, sus rutinas cotidianas son grises, en una suerte de noria que la condena a una permanente angustia y a vegetar sin consuelo entre su casa y el cementerio.

Otro tanto sucede en ese hogar virtualmente destrozado, que destila odio, al igual que la comunidad de un país derrotado y humillado por las duras condiciones del denominado Tratado de Versalles.

Como se recordará, dicho pacto condenó a la coalición perdedora y en particular a Alemania, a cargar con toda la responsabilidad moral del conflicto y a pagar exorbitantes indemnizaciones a las potencias victoriosas.

Es en ese ambiente enrarecido en el cual se desarrolla esta película, cuyo eje narrativo no es la guerra pero sí las graves consecuencias y secuelas de esa confrontación bélica.

Ozon filma en un simbólico blanco y negro, con el propósito de explicitar esa inconmensurable carga emocional que deviene del carácter naturalmente irreparable de la pérdida.
La tensión dramática se agudiza con la aparición de un ignoro personaje que concurre también con frecuencia al cementerio, para depositar flores en esa tumba que es un auténtico monumento al dolor.

El desconocido es Adrien Rivoire (Pierre Niney), un joven francés que aduce haber conocido a Frantz antes de la guerra, durante un viaje de estudios a París.

Aunque la primera reacción hacia el hombre es de rechazo por su nacionalidad, ya que es oriundo de un país enemigo, luego su presencia comienza a transformarse en un auténtico bálsamo para los agobiados padres y la desolada mujer.

Es recién en ese momento que el color comienza a plasmarse en la escenografía cinematográfica, cuando la memoria devuelve el recuerdo del muerto y la nostalgia muta en incipiente esperanza.

El realizador galo trabaja con esmero y profundidad reflexiva las conductas de los personajes, unidos por el compromiso afectivo común del homenaje a la persona ausente.

En este tramo del film la música se transforma en el hilo conductor de las emociones compartidas, que conjugan los mágicos acordes de un violín con la armonía que comienza a instalarse en un hogar que procura restañar sus heridas.

Ozon, director y guionista de esta emotiva película, imprime al relato un giro radical que es, a la sazón, un golpe demoledor a las expectativas de todos los protagonistas de este drama.

En este contexto, la que juega es la culpa en tanto crucial sentimiento que remueve conciencias y enfrentar a los seres humanos a sus propios demonios interiores.

Aunque la guerra está presente explícitamente en tan solo una secuencia que se desarrolla en una devastada trinchera, el horror de la violencia se respira igualmente en el ambiente.
No en vano el joven francés es permanentemente hostilizado por los lugareños del poblado, al igual que la familia alemana que es acusada de actitudes anti-patrióticas por acogerlo en su seno.

Incluso, en esa pesada atmósfera se percibe y hasta se intuye el advenimiento de algunos núcleos ultra-nacionalistas duros, que, en el futuro, se transformarán en potenciales embriones del patológico nazismo liberticida.

“Frantz” es una suerte de alegato anti-bélico, que indaga en la psicología de personas impactadas por el fantasma de una tragedia de reales proporciones y de implicaciones que exceden a la política y la mera lucha por el poder.

François Ozon pilotea con singular sabiduría este film sin dudas testimonial, que mixtura –mediante un lenguaje eminentemente poético- el drama, el romance y el desencanto.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

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