Lenin clasificado (14 de junio de 2018)

“En Rusia nunca sabemos lo que va a pasar ayer”, dicen los propios rusos con genial sentido del humor (mezclando en una sola frase, presente, futuro y pasado, como Cadícamo cuando escribió “hoy vas a entrar en mi pasado”), pero este año los rusos lo tienen todavía un poco más complicado que el cada día. Este año no saben lo que va a pasar hace exactamente un siglo, si una dictadura terrorista o la revolución popular que marcó la historia para siempre.

Cuando le preguntaron al presidente Vladimir Putin qué pensaba hacer al respecto, contestó con vaguedades. Son muchos los intereses electorales creados en torno al tema. Dijo que a él seguían gustándole las ideas socialistas y comunistas, que nunca quemó ni rompió su carné del Partido, pero que Lenin destruyó a la Unión Soviética, poniéndole una bomba de tiempo cuando la constituyó, al reconocer el derecho a secesión de las repúblicas y que hizo mal en matar a los zares y especialmente al médico de los zares. La dibujó por ahí, con bastante chanfle, y se encargó de que su indefinición tampoco tuviera mucha trascendencia.

Venía de trascender abundante cuando le dijo en Moscú, en un acto público, a la presidente alemana, Angela Merkel, que los norteamericanos se la cogen (textual). ¡La cara que puso Merkel fue más poética que el verso de Cadícamo! Después Putin aclaró que sólo le había recordado lo que les dijo Victoria Nuland, la Portavoz del Departamento de Estado de Estados Unidos, “¡fuck Europe!” (sic).

Lo cierto es que para este año, Putin mandó construir dos maquetas gigantes, una temática de la Rusia prerrevolucionaria, con el Zar viajando en tren por campos en paz labrados por felices mujiks (sin ver asomarse a Alexander Ulianov) y la otra temática de la gran guerra patria en que, más allá de los enormes esfuerzos realizados por Hollywood, el ejército soviético rindió en Berlín a la Alemania nazi.

Sin embargo, aunque Vladimir Vladiimirovich Putin –así llamados él y su padre, en intentos de homenajes a Vladimir Ulianov, Lenin–, no quiere que le armen quilombo el 7 de noviembre –el centenario del cañonazo del Aurora anclado en el Neva, que fue contraseña para la toma del Palacio de Invierno en 1917–, sabe que un mausoleo que atrae más turistas que el Kremlin, no debe ser desperdiciado cuando, durante el Mundial, a Rusia la visiten millones de extranjeros y tampoco debe ser desperdiciada ninguna de las pocas estatuas que quedan de un pelado que para la mayoría del pueblo ruso, según las encuesta, sigue siendo un héroe fundador.

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Por eso –aunque Lenin lo detestaría– mantienen el mausoleo de Lenin embalsamado, que levantó Stalin, sin cumplir la última voluntad, escrita, del Pelado, de que lo enterrasen junto a su madre, y por eso también, están poniendo a punto el estadio principal del Mundial, a la sombra de una enorme estatua de Vladimir Ilich.

A las puertas del estadio Luzhniki de Moscú, donde dentro de 363 días se va a jugar el partido inaugural del Mundial, es Lenin el primer clasificado. Hasta noviembre son sólo los centenares de obreros que ya están construyendo las terminaciones del estadio, quienes se cruzan a diario con la figura de Lenin, pero el 14 de junio de 2018, el partido inaugural en el Luzhniki será el puntapié inicial, también para otro relato de la historia de un país que influyó como pocos en el último siglo.

Por supuesto, junto a la de Lenin, no menor que ella, va a estar la estatua del más heroico de los futbolistas profesionales rusos de todos los tiempos –es decir “profesionales”, exceptuando a los mártires del Dínamo–, con la casaca celeste y la cabeza sangrante vendada, va a estar nuestro Ruso Pérez. “Sólo Yashin se le iguala”, declaró Putin.

(continúa)

 

Por José Luis González Olascuaga
Periodista y escritor uruguayo

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