Hasta el Mundial del 30

Existen muchos modos y formas y maneras de violencia. El más repugnante de todos es la violencia machista. Pocos o ningún otro actor social se ve tan afectado por esa violencia patotera como el futbolista. Tiene que soportar que públicamente y masivamente se le insulte y se le humille y se le reduzca por la violencia machista patotera de las “barras bravas” y de las hinchadas mimetizadas en “barras” e incluso de algunos locos sueltos que en la tribuna se sienten impunes al agredirlo, que les golpeen los techos de los túneles, las puertas de los vestuarios, que los “apreten” a la salida de las canchas, en las concentraciones, que apedreen sus ómnibus y no ya por obra de los ajenos en una visita de Copa Libetadores, sino, muchas veces, de los propios si se pierden dos o tres partidos seguidos.

Claro que en algunos clubes eso no sucede y explica, entre otras cosas, que equipos de muy bajo presupuesto tengan rendimientos tan superiores a los esperados. Tienen hinchadas distintas o, “gracias a Dios”, casi no tienen hinchada, pero en general, el clima de respeto en los estadios –e incluso, increíblemente, de atención al juego–, que se imponía hace muchas décadas, lamentablemente se ha perdido y los jugadores lo sufren. A veces lo internalizan al caer ellos mismos en ese tipo de violencia.

Por eso fue histórico y tan trascendente el unánime apoyo del gremio de los futbolistas uruguayos al paro de mujeres contra el femicidio y la manifestación, sin excepciones, de todos los planteles con brazaletes rosados y la consigna “ni una menos”. Estaban defendiendo lo más sagrado, la justicia, a sus madres, a sus hermanas, a sus compañeras y a todas, pero además se estaban defendiendo del modo más radical y eficaz posible, implacable. Ya aportó resultados bien tangibles.

La participación de los futbolistas es clave para la solución de los problemas del fútbol y se está dando no sólo en Uruguay. Siempre fue clave y determinante. Es otra forma, antagónica, de violencia, la violencia pacifista, la violencia revolucionaria, partera de la historia.

Hoy cualquier revolución que se precie de tal tiene que hacer llegar los acontecimientos hasta el dominio de los medios. Por supuesto que no es fácil ni rápido ni luce un brillo prestigioso, sino todo lo contrario. Esa revolución en el fútbol uruguayo yo entiendo que la ha hecho y no tiene solución de continuidad con todos los errores posibles, Paco Casal. Pueden imaginarse que no me parece natural (aunque esa disputa de prestigios lo naturalice ante el sentido común de la opinión pública) que un presidente clubista, José Luis Palma, se jacte de ser el único que ha votado siempre contra Casal. Parece de un guión de mala película mexicana, aquellas que en su panamericanismo a tope imitaban las poses de los vaqueros de los westerns: “no te odio: te detesto” y, sin embargo, reconozco que Palma en eso tiene razón, que fue el único que antepuso su oposición a Casal en el debate por el contrato de los derechos de comercialización de la camiseta celeste y así, por cierto, mantuvo ése, su extraño invicto en votaciones de la Asociación Uruguaya de Fútbol.

El tema estaba trancado. El Presidente de la Asociación no podía pedirle a la empresa que tenía un buen contrato a término pero con derecho a igualación, otro mejor, ajustando los números a la época, como hizo, por ejemplo, en su momento, el presidente José Luis Corbo, cuando, al asumir, le exigió a Casal cinco millones más por la selección y casi diez para los clubes para renovar contrato. El actual Presidente no podía, entre otros motivos, porque el grupo de futbolistas de la Selección que, a la postre, destrancó el tema, se oponía  a contratos largos con derecho a igualación, pero ellos mismos acercaron una propuesta a siete años (la AUF con la empresa apenas estaba intentando negociar dos) y con derecho a igualación que lleva el contrato hasta el Mundial del 30, tan emblemático para Uruguay y que, seguramente se juegue en Uruguay con Uruguay ya clasificado. Tenfield, por lógica, igualó y superó –como, desde el primer instante, adivinó Palma que sucedería–, ya que agregó a la AUF lo que en la propuesta inicial iba para una comisión intermediaria. El contrato quintuplicó las cifras del anterior y es bueno para ambas partes.

Fue un caso puntual, pero la participación de los futbolistas también es vital para el todo, bastante más importante, de los problemas del fútbol.

 (continúa)

Por José Luis González Olascuaga
Periodista y escritor uruguayo

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