El mundial de Putin

Eugenio Figueredo, Julio Grondona, Joseph Blatter y otros dirigentes de la FIFA hicieron, durante décadas, de lo mismo que les imputó la Fiscalía General de Estados Unidos de Norteamérica, pero cuando fueron justamente condenados, no fue antes, sino después de que la FIFA le adjudicó a Rusia el Mundial 2018.

El momento era, sigue siendo, cada vez más, de tendencia al regreso de guerra más o menos “fría” entre Estados Unidos y Rusia.

Cuando el momento fue de tendencia contraria, de salida de esa guerra imprecisamente llamada fría, Joao Havelange le adjudicó a la Unión Soviética el Mundial Juvenil de 1985 y el entonces Presidente de la Confederación Sudamericana de Fútbol, el peruano Teófilo Salinas perdió su cargo, acusando a Havelange de seguir los dictados de Coca–Cola, que planeaba entrar con fuerza al mercado soviético (nuestro Ondino Viera, siempre que nombra a la FIFA en su libro lo hace seguida de “–COCACOLA”).

Ese incidente abrió el camino a la Presidencia de CONMEBOL a Nicolás Leoz, otro que junto a Grondona, Blatter y Figueredo fueron cayendo últimamente, tras el propio Havelange y un par de decenas de dirigentes de esa estructura. Tantos que cabe la pregunta, ¿qué tan de la FIFA puede hacer la FIFA el próximo mundial de Rusia?

Si es que la propia guerra no lo deja por el camino como dejó al de 1942 que se disputaban Argentina, Brasil y Alemania. Si es que la que se llamaría Tercera Guerra Mundial deja algo de este mundo. “La cuarta será con palos”, dijo Albert Einstein.

Hasta el momento, cada mundial FIFA de la era comercial, dejó a los países organizadores una hojarasca de puro gasto, cero beneficio y todo negocio fugaz y para pocos.

Los mundiales pasaron y a los países anfitriones, ¿qué les quedó?

Los brasileños que en las calles de las sedes mundialistas del 2014 protestaron en masa contra el Mundial, adujeron que se trataba de un gasto excesivo, sin mayor utilidad posterior, en tanto que se necesita inversiones en salud, educación, transporte y otras prioridades. Argumentaron además que la FIFA haría sus negocios, se llevaría millones y millones de ganancias, unos cuantos empresarios también, pero para el pueblo brasileño circo para hoy y hambre para mañana. Sus fronteras más permeables al crimen organizado, que dejaría a la madrugada su hojarasca horrenda de fiesta concluida, de basura desperdigada. “En estos países, los gigantescos y fugaces eventos como los mundiales de fútbol y los juegos olímpicos, contribuyen a las crisis, desde México a Sudáfrica, pasando incluso por Grecia”, dijeron, analizaron, mostraron gráficas, hicieron números. Así ocurrió y para el gobierno del PT ese mundial tuvo un costo político alto.

Nosotros, que aspiramos a co–organizar el Mundial de 2030, ¿acaso seamos capaces, también, de reformar las reglas del juego económico para que en trece años –que son muchísimos a la velocidad que va la historia–, a nuestros países, un Mundial, más acá de la permanencia futbolística, no nos cueste tanto y nos deje bastante más que la hojarasca?

El próximo año en Rusia, si la guerra no lo impide, quizás podamos hacernos una idea de qué tendencia promueve el Mundial de Vladimir Vladimirovich Putin.

Lo seguro es que va a seguir habiendo corruptos que tal vez algún día sean juzgados y corruptores impunes. Estos últimos, decía Federico Mayor Zaragoza, ex director general de la Unesco, son la gran cuestión.

Volviendo a Figueredo. Hubo Blatter, Grondona, Leoz y sucesores, casi todos pasaron, algunos a la cárcel –siguen estando en sus oficinas Gorka Villar y Alejandro Domínguez–, pero la que quedó fue la Fox.

(continúa)

Por José Luis González Olascuaga
Periodista y escritor uruguayo

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